Siete #5
Aleksandr coge su móvil de la mesita de noche y Lili ve que lo tenía en modo «no molestar». Revisa una larga lista de llamadas perdidas, mensajes y correos electrónicos. Abre una conversación —el nombre del contacto es Kara Taylor— sin hacer ademán de esconderle la pantalla.
09.30. ¡La presentación para la reunión de las 10 está lista!
10.07. ¿La reunión de las 10.30?
10.45. ¿11?
11.07. ¿Petrov?
11.31. Lo he comprobado tres veces. Tus asistentes me han dicho que tenías la agenda despejada todo el día.
11.57. En la bandeja de entrada tienes la presentación (pendiente de tu firma), los puntos a tratar y un borrador del comunicado.
12.03. Como mínimo, necesito tu comunicado para hoy.
12.56. ¿Eres consciente de que tendrás que hablar en directo después de emitirlo? Ni siquiera tú te puedes sacar eso de la manga.
13.47. Imagina lo que pasará con los mercados si se corre la voz de que estás desaparecido.
13.47. Imagina las consecuencias para el valor de las acciones.
14.50. ¿Significa esto que ahora soy la CEO? ¿Cuenta como notificación formal de mi ascenso?
16.39. PETROV.
17.47. Michael está yendo a buscarte. Te lo mereces.
Aleksandr suspira y aparta el móvil. En lugar de levantarse, empieza a jugar con el pelo de Lili.
—¿De veras es necesario? —Se enrolla un mechón en uno de sus largos dedos—. Ya he visto los números. Firmé el informe hace semanas.
A Michael parece que vaya a darle un ataque.
—Pues claro que es necesario.
—Creo que se va a quedar ahí hasta que vayas —finge susurrar Lili.
—La pobre niña perdida tiene razón —contesta Michael—. Si no me regalas una hora de tu tiempo, presentaré mi dimisión.
—Está bien —accede Aleksandr saliendo de la cama—. Acabemos con esto de una vez.
Cuando salen del dormitorio —Aleksandr hace caso omiso de la camisa que Michael le tira sobre la cama, así que vuelve a cogerla con una mueca—, Lili busca su móvil. Echa un vistazo a sus mensajes y descubre que tiene un chat en un grupo nuevo en el que no está Amina.
Jackie. 17.59. Bueno bueno bueno. Hoy es la gran noche. Ya han abierto las puertas de la galería. A qué hora llegáis?
Jackie. 18.00. Amina está nerviosa, pero no le hagáis ningún comentario o acabaréis con un ojo morado.
James. 18.01. Estoy en mercer, llego en 15!
James. 18.01. Con varsha, hassan y los demás
James. 18.01. Estamos comprando unas flores
James. 18.04. Pues ya no, tommy me ha relevado de la responsabilidad
James. 18.04. Al parecer, hay un IDIOMA de las flores? Y yo soy analfabeto
James. 18.04. Iba a decirle a mi novia que solo la quiero como amiga con unos girasoles
Jackie. 18.07. Lol ok perfecto! Solo falta que marwan salga de la mazmorra sexual
Lili. 18.08. OYE
James. 18.09. HA VUELTO
Jackie. 18.10. ESTÁ VIVA
James. 18.10. Sé sincera, puedes andar? Necesitas ayuda?
Lili. 18.10. Ja, ja, ja. Llego sobre las 19
Jackie. 18.11. Pero has tenido en cuenta lo que te va a ralentizar la cojera?!?
Lili esboza una sonrisa y tira el móvil sobre la almohada. Se incorpora, se recoge el pelo en un moño suelto y empieza a calcular cuánto tiempo le llevará ir caminando a la exposición y de cuánto tiempo dispone para arreglarse. Ella también debería comprarle flores a Amina, sería un gesto bonito y…
De repente, su móvil empieza a vibrar, amortiguado por las sábanas.
Lili echa un vistazo a la pantalla distraídamente… y se queda de piedra.
«Llamada de Jane Remnick».
Se queda con la mirada fija en el teléfono. El pelo le vuelve a caer sobre los hombros. La vibración del móvil está amortiguada; cristal y acero agitándose entre las sábanas blancas. Parece una criatura viva y peligrosa.
Puede contar con los dedos de la mano el número de veces que su madre de acogida la ha llamado desde que se graduó del instituto, y esas llamadas siempre fueron acordadas, agendadas, solicitadas por Lili: para hablar sobre formularios que necesitaba que Jane y Robert le mandaran, para demostrar que había vivido en una casa de acogida y para que siguiera recibiendo la ayuda financiera para universitarios que ofrecía Columbia sin que les pidieran la declaración de impuestos cada año, para que la ayudaran a entender los confusos correos de su seguro médico —Lili tenía que tener Medicaid, porque, como vivía en acogida, no entraba en el plan familiar del seguro de Robert—, que no hacían más que enviarle a Mill Valley en lugar de a Nueva York; para organizar la logística del envío de las últimas cajas con las cosas de Lili, ya que necesitaban su habitación porque venía otro niño. Aquella conversación había sido tensa; era el segundo año de universidad y Lili sintió que la borraban de una forma tan metódica y fría que se quedó entumecida y tuvo que agarrarse del teléfono para tratar de no llorar. Luego salió y se emborrachó tanto con Jamie que acabó vomitando y luego nadando en la fuente Bethesda…
La llamada se corta. La pantalla se tiñe de negro.
Unos segundos después, le llega un mensaje.
Coge el móvil a toda prisa.
Jane Remnick. 18.13. Hola, Lili, he intentado llamarte. No es nada urgente, pero llámame cuando puedas. Este verano estoy muy ocupada, pero últimamente me estoy acordando mucho de ti. Me gustaría que nos pusiéramos al día. Espero que la vida te esté tratando bien.
Exhala; se siente un poco inestable.
Eso… Eso es nuevo. Nuevo y sorprendente. No está muy segura de cómo reaccionar.
Lili niega con la cabeza para liberarse temporalmente de este asunto. Luego. Ya se encargará luego.
Sale de la cama, se asegura de tener los botones de la camisa abrochados —deja el móvil entre las sábanas— y va al salón, siguiendo las voces que oye en el despacho de Aleksandr.
—No.
—Estoy intentando protegerte. Cuando esto termine, te arrepentirás de…
—Ya basta, Michael. No le voy a hacer firmar un acuerdo de confidencialidad.
—¿Es una crisis de mediana edad? ¿Es eso? Porque podemos buscarte ayuda si…
Lili llama golpeando el marco de la puerta.
Aleksandr levanta la vista del portátil, que tiene abierto en el escritorio, y sonríe al verla. Se ha puesto la camisa y está apoyado en la superficie de madera con las manos cerradas en puños. Michael, que está detrás de él, la fulmina con la mirada.
Lili resiste al impulso de sacarle la lengua.
—Me voy a ir —anuncia—. Hoy se inaugura una exposición de Amina.
Aleksandr va hacia ella.
—Me habías dicho que mañana te ibas al norte del estado con el trabajo, ¿no? Durante toda la semana —pregunta mientras le acaricia el pelo. Ella asiente—. Entonces vuelve esta noche.
Lili vacila; de repente, vuelve a estar en guardia.
—¿Por qué? —pregunta con recelo.
Ya han dejado atrás el momento en el que parecía necesario hablar de lo ocurrido, ¿no es así? No necesitan volver a sacar el tema, ¿no? No es que ella lo esté evitando…, simplemente no necesita hablar de ello. Solo quiere experimentarlo.
Él se ríe, despreocupado.
—Porque me gustaría pasar un poco más de tiempo contigo.
Sus recelos se derriten un poco. Las sensaciones del día todavía le hacen cosquillas en la piel, como un calor tierno que la recorre, que le infunde esperanza.
Ella también quiere eso. Pasar más tiempo con él.
Levanta la vista, le sonríe y asiente.
A él se le ilumina el rostro con una sonrisa. Luego, la besa. Es un beso de una pasión inesperada, y Lili se descubre de puntillas, abandonándose a él.
Alguien carraspea con severidad.
Aleksandr suspira, molesto. Lili reprime una sonrisa y le da un último beso en los labios.
Mientras se marcha, oye de nuevo la voz cortante de Michael:
—Aleksandr, ¿por qué narices hueles a tabaco?
La exposición de Amina es en una galería del Lower East Side. Lili va caminando desde Tribeca. Pasa frente a estudios de tatuajes, cafeterías de especialidad que ya están empezando a cerrar y gente que fuma en las puertas de los bares. El suelo sigue brillando, mojado de la lluvia, acompañado por el sonido de las ruedas mojadas y el resplandor de los semáforos en rojo, que se reflejan en los charcos de agua que se han formado en las bocas de alcantarilla. Por el camino, compra un ramo de peonías para Amina en un quiosco de Forsyth Street.
La galería está repleta de gente del mundo del arte y jóvenes de la ciudad. Es una exposición de nuevos talentos, con obras de varios artistas y en varios medios. Los lienzos de Amina cuelgan entre desconcertantes instalaciones, esculturas abstractas y arte textil que envuelve las paredes. Lili atisba, a través de la multitud, unos feroces rizos rojos junto a la barra.
—¡Por fin! —exclama Jackie al verla, y le da un abrazo sin soltar su copa—. ¿Todo bien, amor?
Lili sonríe y se asegura de que el pelo suelto le tape el cuello; se ha ocultado los moratones con corrector, pero lo mejor es que sea cauta.
—Sí, estoy bien.
Lili ve a Amina al otro lado de la sala, cerca de sus cuadros —llamativas manchas de color, trazos deliberados, agresivos desde cierta distancia pero delicados si se miran de cerca—, donde habla con una mujer mayor que tiene pinta de ser comerciante o galerista: lleva unas gafas de montura gruesa, una melena larga y gris inmaculada y un traje de Margiella.
Un poco más lejos están sus otros amigos, reunidos ante el lienzo más grande de Amina: un enorme fondo azul que Lili adora y una maraña de gestos de pintura blanca. Junto a ellos hay un hombre al que no conoce; tendrá más o menos su edad. Es alto, con el pelo oscuro, y tiene pinte de ser un analista financiero que acaba de salir del trabajo. James y Hassan le están contando alguna historia entre los dos y se muestra interesado y confundido con él.
—Ven. —Jackie le da la mano—. Quiero presentarte a Simon antes de que los gemelos desastre me lo asusten.
—¿Simon?