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Siete #4

Lili inhala profundo y trata de seguir descendiendo, pero se le entrecorta la respiración. No es que esté temblando, es solo que…

—¿Quieres parar? —murmura él.

Sus dedos acarician con tanta suavidad la curva de su cuello que Lili sería capaz de echarse a llorar.

—No —susurra. Apoya la frente sobre la de él—. No, quiero seguir.

Rota las caderas y anima a su cuerpo a abrirse para él. Para ella. Cuando él la penetra un poco más, ahoga un grito y se aferra con más fuerza a su pelo. Una punzada de dolor la hace estremecer.

—Estoy bien —murmura al ver la preocupación en la mirada de él—. Estoy bien.

Abre más las piernas. Cada vez que mueve las caderas, despacio, con cuidado, logra que él se hunda en ella un poquito más, logra llevárselo más adentro, y empieza a sentirse llena. La sensación que estaba buscando.

Mientras se mueve —lento, acostumbrándose poco a poco—, siente la cálida presión de los labios de él sobre su cuello, nota cómo le aparta el jersey ancho que le ha prestado, siente que él no desea de ella nada salvo a ella misma. Se le corta de nuevo la respiración; es instintivo: quiere apartarse.

«Estoy bien —piensa, tratando de relajarse—. Estoy bien».

Cuando la boca de él vuelve a encontrar la suya, Lili se siente como si le estuviera dando oxígeno en lugar de quitárselo. La desgarra un poco pensar que tal vez desee que él le dé, en lugar de que solo le quite. El calor se le acumula en el vientre. Un gimoteo resuena en su garganta.

—Dime qué necesitas —le pide él en voz baja, con los labios pegados a los suyos.

No sabe por qué, pero así es más difícil. Le cuesta más permitir que la alivie la ternura, en lugar de la violencia. Sin embargo, Lili traga saliva y le ruega a su cuerpo que siga blando, relajado, que aproveche esta oportunidad.

—Solo… Solo a ti —susurra.

Algo se revela en la mirada de él, entonces, una cierta tensión, pero que se acerca a la liberación.

—Ya me tienes —murmura.

Con la mano temblorosa, pero con firmeza, coge el antebrazo de Aleksandr, que tiene bajo su jersey, y se lo aprieta más, clavándoselo en la piel —en los moratones, lo sabe—, al tiempo que mueve las caderas hacia delante. Él comprende lo que quiere y empieza a guiarla, a marcar un ritmo lento que hace que a ella se le enrosquen los dedos de los pies de gusto, que le alivia, en parte, el dolor de los muslos, a la vez que aumenta la presión que ha empezado a acumularse en su vientre, que se está transformando en una luz insoportable. Refulge en ella un destello de placer.

Y se produce un temblor a través de su cuerpo, como si estuviera liberando una tensión ante la que llevaba años doblegada. Rendición, supervivencia. Cosas que le pertenecen a ella y que, en brazos de él, se siente a la vez lo bastante segura y vulnerable para mirar. Siente el instinto de protegerse tras sus escudos, pero, quizá por vez primera, Lili se pregunta si encontrará fortaleza si se deja llevar, si recibe con los brazos abiertos la dulzura en lugar de la brutalidad.

Así que se acerca en esa dirección. La aterroriza; es de una blancura desconocida y cegadora, pero… quiere confiar en algo.

Quiere confiar en él, y ese murmullo casi inaudible en su interior se hace cada vez más fuerte.

Mientras Lili se deja caer hacia delante, apoyando la frente en la suya, jadeando ante el ardor que se le arremolina en el vientre —dulce aun bordeando el dolor; más cercano a la liberación que al sufrimiento—, Aleksandr sigue meciéndole las caderas al mismo ritmo. Él sabe cómo moverla hasta hacer que la dicha la alcance hasta en los arcos de los pies, hasta debajo de las uñas, hasta en la espina dorsal.

Y la luz empieza a quebrarse. Limpia, se siente limpia, cada vez más ligera, ingrávida, pero llena de sentido.

Sin embargo, hay tensión en los hombros de él. Lili nota su contención al acariciarlo.

—Aleksandr —le dice en voz baja—. Aleksandr, también quiero que te corras tú.

Frunce el ceño.

—No tengo que…

Pero ella se hunde más sobre él, uniendo más sus cuerpos. Y, cuando por fin está completamente dentro de ella, por fin, lo nota, lo nota en la tensión de su mandíbula y en el temblor de su propio cuerpo, y lo besa.

—Por favor —murmura, con la boca pegada a la de él—. Por favor…

Sus palabras se transforman en un gemido, y mientras ella se mece sobre él, mientras él se hunde cada vez más en ella, ese placer avanza y avanza. Empieza a arrebatarle la capacidad de hablar, de pensar, de hacer nada que no sea desear. Pero esto es lo que ella desea. Lo desea a él, con ella.

—Está bien —murmura Aleksandr y, poco a poco, empieza a moverse un poco más rápido, con un poco más de brusquedad; no tanto como para hacerle año, pero sí para que le cueste más respirar de forma acompasada, para que la presión en la base de su espalda se agudice, ansiando más y más y más.

Lili lo abraza por los hombros, tratando de asirse a algo, a él, mientras el placer se acumula, la rompe…

—Aleksa… Estoy a punto… Sasha, me voy…

Y él lo sabe. Lo sabe.

El placer le vacía la mente, se convierte en una oleada lenta y ardiente que la atraviesa, que le derrite los huesos, que le arrebata el aire y hace que todo sea muy sencillo: la luz, el beso que él le da en el cuello, el temblor que le recorre la piel y el suave grito que se le queda atorado en la garganta, un grito que es de dolor pero la cura. Cree atisbar la posibilidad —remota, pero presente— de que haya un lugar en su interior que permita a la vez el dolor y la felicidad, y puede respirar, puede respirar… Y entonces Aleksandr exhala con fuerza, apretujándola más contra él, y a ella se le enciende el cuerpo entero al ver que halla placer en ella, al sentir su descarga en su interior, y entierra la cabeza en su hombro. No lo quiere soltar.

Sigue lloviendo.

Recuperan el resuello.

Poco a poco, ella le suelta el pelo, del que le estaba tirando con fuerza. Deja que sus manos vaguen por su espalda y traza patrones abstractos sobre sus hombros. Aleksandr respira contra su cuello y le besa la piel antes de apartarse un poco para contemplarla.

Ella le aguanta la mirada transparente. Al notar el calor de una sonrisa en los labios, se inclina hacia él y le da un beso en la mandíbula.

—Esos cigarrillos que tienes en el vestidor… Fumémonos uno.

Él se ríe con despreocupación. Le acaricia el pómulo con un dedo y le pone un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Pensaba que tu generación aborrecía el tabaco.

—Bueno, nos gusta más vapear —admite—. Pero dudo que pueda convencerte de probarlo.

Se ríe al ver la expresión que pone él.

Mientras él abre una de las enormes ventanas batientes —un chirrido de hierro, la oleada de sonidos urbanos—, Lili va a buscar los cigarrillos. Se sienta en la repisa, junto a él, y da unos golpecitos en el culo del paquete con la palma de la mano.

Aleksandr la observa con una sonrisilla.

—Toda una experta.

La ventana abierta deja que entre la lluvia, la tormenta húmeda que se ha desatado fuera. Lili deja que el aire frío la acaricie mientras Aleksandr se enciende el cigarrillo —el chasquido del mechero, el suave crepitar del papel—, y luego lo observa dar una larga calada. El humo se adentra entre sus dientes, frunce el ceño fugazmente y luego suspira, y exhala despacio hacia la ventana abierta antes de pasarle el cigarrillo.

Después, ella le pide que le siga leyendo Pabellón de cáncer. Le gusta que su petición le haga sonreír, y que apoye la mano en su barriga cuando ella descansa la cabeza en sus piernas, y abandonarse al sonido de su voz mientras la lluvia golpetea contra los cristales. Ella pone un disco de Buckley; él hace más café. No ha vuelto a sacar el tema de la noche anterior. Ella se lo agradece en silencio.

Las últimas horas de la tarde dan paso a la noche. Se prepara un baño.

—Puedes meterte conmigo —lo invita Lili mientras se recoge el pelo en un moño.

Aleksandr se agacha junto a la bañera.

—Creo que necesitas un baño de verdad, y no que te distraigan.

Lili se sorbe la nariz y saca una pierna del agua para enjabonarse detrás de la rodilla. No se le pasa por alto que él sigue el gesto con la mirada.

—Vale. Pues entonces vete. No me voy a ahogar.

—No sé, la última vez no te faltó mucho.

Ella le salpica con agua y él se echa a reír.

Cuando termina, le presta una camisa limpia, suave, de lino blanco.

—Tengo mi propia ropa, ¿sabes? —le recuerda Lili mientras se sube las mangas.

—Supongo que me gusta verte con la mía puesta —responde él, sentándose en el borde de la cama.

Tira de ella hacia él, y con las manos, frías en contraste con su piel caliente y sonrosada tras el baño, le acaricia el dorso de los muslos.

Lili sonríe y se inclina para besarle; con un movimiento brusco, él tira de ella para tumbarse en la cama revuelta. Ella cae sobre él, cogiendo aire de golpe, sorprendida, y entonces la boca de Aleksandr se estampa contra la de ella, con fuerza. Ella nota su sonrisa, pero permite que el beso siga su curso, cada vez más abrasador, más profundo…

—Veo que sigues vivo.

Lili contiene un grito al reconocer la voz, exasperada e intrusiva. Aleksandr la cubre con las sábanas antes de que a ella le dé tiempo a ofrecer ninguna otra reacción y la abraza contra su pecho.

—Estoy ocupado, Michael.

—Por nada del mundo querría interrumpirte. Me limitaré a anular los servicios de la funeraria.

—Lárgate, Michael.

Pero Michael no se larga.

—¿Tienes idea de cuántas llamadas perdidas tienes?

Aleksandr se pasa una mano por la cara. Lili reprime una carcajada.

—Es sábado —masculla él.

Michael frunce el ceño.

—¿Te encuentras bien?

—Lo estaba hasta que has llegado tú.

—¿Sábado? ¿Se supone que eso tiene que significar algo para mí? La temporada de resultados empieza el martes y hace casi veinticuatro horas que no sabemos nada de ti.