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Siete #3

—El pensamiento trata justo de eso. Si no, no es más que seguir a ciegas una ideología.

—No todas las ideologías se siguen a ciegas.

—Adherirse a algo, en su totalidad, es problemático.

—La ideología tiene un propósito —rebate ella—. Aporta coherencia a un sistema de valores y te permite ver el objetivo para el que trabajamos, que es un mundo más justo.

Aleksandr niega con la cabeza.

—La inevitabilidad histórica es un engaño.

—¡No lo es! La idea de que nos estamos esforzando para conseguir algo mejor, de que la historia es acumulativa, es importante.

—La historia no es una fuerza singular, Lili. Es el caos. No existe una suma de sus partes.

—Entonces ¿debemos aceptar el sufrimiento, sin más?

—El materialismo histórico nos ciega. Ofusca la absurdez, la tragedia y el poder de elección naturales de la historia. La reduce a su inevitabilidad en pos de una ideología cohesionada. Nada es inevitable, diga lo que diga Marx.

—No puedes desechar el marxismo en su totalidad —protesta—. Sí, tiende a la grandiosidad, pero es valioso.

Aleksandr inclina la cabeza en un gesto conciliador.

—En eso estoy de acuerdo. —Le acaricia la pierna desnuda—. El marxismo ofrece una visión del mundo cautivadora; entiendo que, cuando se es joven, resulte muy atractiva.

—No seas condescendiente conmigo —salta ella.

—Hablo en serio —insiste—. Respondió a una necesidad real. Le dio a la gente un lenguaje con el que podían representar y reconocer una historia que ya llevaban mucho tiempo contando. Comprendo los encantos de la dialéctica, en serio, y también creo que era un genio en sus observaciones sobre la realidad política. Pero flaquea cuando propone estos grandes esquemas ideológicos, estas proyecciones hacia el futuro.

Ella suspira.

—No te entiendo —se limita a decir—. Un minuto hablas de Marx como si fuera el demonio y al siguiente dices que tenía buenos argumentos.

—No todo es blanco o negro.

—Hay cosas que sí lo son.

—No te tomaba por alguien religioso.

Ella se ríe por la nariz.

—Y no lo soy.

—La ideología puede convertirse en una religión.

—¿Y el capitalismo no?

—Lo veo más como la más perfecta encarnación de libertades, tanto las positivas como las negativas. —Sonríe—. Como una cosmovisión de libertades.

—Sí, bueno, todo puede llevarse a los extremos.

—Y ese es tanto el atractivo como el peligro del marxismo, que ofrece lo que antaño ofrecía la religión. Es absolutista: responde a todas tus preguntas, le da un objetivo a tu rabia, un propósito a tu sufrimiento… Incluso la progresión narrativa que utiliza lo es; hay una razón por la que Koestler llamó al marxismo «el Dios que fracasó», una razón por la que haya resonado más en los países católicos y ortodoxos que en los protestantes —apunta, alargando un brazo sobre sus piernas para coger su café.

—Eso… —Lili frunce el ceño y hace una pausa—. Esa es una observación bastante perspicaz. —Aleksandr sonríe con suficiencia y le aprieta el muslo mientras se apoya en el respaldo del sofá—. Pero… —añade, cogiendo su café— Marx no constituye en absoluto la totalidad del pensamiento socialista. —Él suelta un gemido—. ¡El socialismo ha evolucionado más allá de Marx! —insiste.

—El socialismo precisa de una fe ciega en su planificador, sea en la forma que sea.

—¡No estoy argumentando a favor de una dictadura! —exclama; el esfuerzo le provoca cierto dolor en la garganta, sombras de la noche anterior—. Ningún socialista demócrata está a favor de eso.

Él no parece convencido.

—Es un hecho, Lili. El socialismo tiende al totalitarismo.

—¡Y el capitalismo tiende a la desigualdad salvaje y la miseria!

—El vicio inherente al capitalismo es el desigual reparto de bienes. La virtud inherente al socialismo es el equitativo reparto de miseria.

Esta vez es Lili quien suelta un gemido.

—¿Churchill, en serio? ¿Vas a citar a Churchill? ¿Thatcher también te la pone dura?

Aleksandr se ríe con ganas, con sinceridad.

—Siento un sincero respeto por ella.

—Tu forma de ver el mundo —continúa Lili, apartando de un plumazo el afecto que le ha hecho sentir su carcajada—, esta fe en el libre mercado, en el…, neoliberalismo… La intervención gubernamental sigue estando ahí.

—Sí, cuando es necesaria y está justificada, y siempre que los mercados tengan más poder.

—Por mercados, te refieres a la gente con dinero.

—No, me refiero al libre mercado, que se comporta como un referéndum constante, como un acuerdo colectivo entre todas las personas que evoluciona de forma continua. Sinceramente, ¿no te parece eso más democrático?

—No creo que tenga estómago para seguir soportando tus referencias a Hayek —replica Lili.

—Tiene su utilidad, por limitada que sea.

—¿Cómo vas a ser neoliberal si no te gusta Hayek?

—Lili, tienes que dejar de adorar o rechazar a pensadores en su totalidad —la regaña—. Estás demasiado apegada a estas filosofías monolíticas y cerradas.

—¡La coherencia intelectual es importante!

—Sí, es importante que haya un cierto rigor en las ideas de uno, pero para eso no es necesario suscribirse a una ideología.

—Bueno… Pero ¿no es eso deshonesto, de algún modo?

—¿Por qué debería serlo? —Aleksandr frunce el ceño. Desliza la mano sobre la piel de ella, hacia el borde del jersey que lleva puesto—. No hay un solo pensador que tenga la respuesta a todo.

—No puedes mezclar el marxismo con el neoliberalismo.

—¿Por qué no? La pureza ideológica es una desventaja. Tendemos a confundirla con el enfoque.

Lili abre los brazos, tratando de tomar el control de la conversación.

—En última instancia, una democracia social hace posible una vida decente —apunta—. Lo dijo Berlin. Eso es todo, después de tanto debate.

Aleksandr enarca una ceja.

—¿Has leído a Berlin?

No está siendo condescendiente. Está genuinamente sorprendido; complacido.

Ella asiente.

—¿Y qué opinas de su pluralismo valorativo? —pregunta él.

Lili siempre ha sido inteligente. Siempre ha habido gente —profesores, compañeros de clase, amigos— que mostraba interés por sus ideas, aunque fuese solo de forma momentánea. Sin embargo, el interés de Aleksandr, y su forma de mirarla, de hacerle preguntas y luego escucharla… Quiere conservar ese interés —aferrarse a él— más que a casi ninguna otra cosa.

—Lo cierto es que me resulta un poco desconcertante. —Le parece arriesgado decirle lo que piensa y admitir sus dudas, pero lo hace de todos modos. Se resiste al instinto de responderle con alguna reflexión intelectual y elegante que se desvíe un poco de lo que piensa en realidad—. Esa idea de que no hay una verdad absoluta, de que no hay nada, en el fondo, sobre lo que todos podamos estar de acuerdo no me convence. En cierto modo, refuta la idea de que es posible que lleguemos juntos a alguna parte.

—O quizá facilite nuestra coexistencia.

Ladea la cabeza.

—¿De qué forma?

—El pluralismo acepta la realidad moral de que existen verdades distintas, pero rechaza la idea de que todas puedan medirse a la misma escala. Si no hay un bien único, tampoco hay una única forma de análisis ni una única lógica política capaz de abarcar todas las cuestiones éticas.

Lili guarda silencio, pensativa.

A veces, la inteligencia de él le resulta inconveniente.

—Existe una idea que… —dice, tras reflexionar unos instantes—. Durante la carrera, cuando daba más asignaturas sobre historia, conocí a Bloch, un historiador francés, que trabajaba la idea de la «comprensión», la idea de que, para comprender un acontecimiento, es necesario que nos alejemos de cualquier marco teórico único y aceptemos la validez de varios marcos conceptuales de forma simultánea. Supuestamente, proporciona una satisfacción mucho menos inmediata pero unos logros más duraderos. Supongo que es una forma de aceptar el pluralismo, igual que la de Berlin.

Él esboza una sonrisa cálida, no triunfal, sino llena de un placer distinto.

—Realismo en lugar de reduccionismo —sugiere.

Lili asiente, de acuerdo con él.

Tiene la sensación de que han llegado a alguna parte, no mediante el compromiso, sino mediante la comprensión.

Se aclara la garganta.

—Pero lo del thatcherismo es una pena.

—Por favor, no hables mal de los más grandes.

Lili suelta un gemido y saca la pierna con la intención de darle un golpe en el hombro, pero Aleksandr se limita a reírse. Le coge el pie y le da un beso en el tobillo.

A ella se le corta la respiración.

Aleksandr la mira al oírlo y, de repente, el aire se transforma, llevándose consigo la atmósfera juguetona que les envolvía.

La mira a los ojos y le besa el tobillo otra vez. Lo hace con firmeza, sin vacilar.

Para darle espacio para decidir. Margen para huir.

Lili se inclina suavemente hacia delante. Aparta el tobillo de las manos de él, se sube a su regazo y lo besa.

Lo hace despacio, ardiente de deseo. Aleksandr le acuna el rostro y la besa con más pasión, abriéndole los labios, y Lili suspira, mientras el calor de su pecho desnudo bajo las palmas de sus manos desata el anhelo suave, dulce, de tenerlo dentro.

Casi con vacilación, baja las manos por la piel tersa de su barriga y le roza el algodón de los pantalones. Hace una pausa, alargando el beso.

—¿Podemos…?

Aleksandr desliza un pulgar sobre la curva de su mandíbula.

—Lo que tú quieras, Lili.

Cuando desciende sobre él, le duele. Acusa la presión, el calor, la punzada abrasadora, como si fuese una herida que está tocando demasiado pronto. Aprieta los dedos y le clava las uñas en los hombros. Aleksandr no se inmuta.

No puede albergarlo todo, y el pecho se le sofoca con el ritmo de su respiración; su cuerpo se resiste. Bajo su jersey —el jersey de él—, él descansa una mano en su cintura para estabilizarla, pero sin hundirse más en ella, para darle unos instantes para que se acostumbre.