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Siete #2

Y la idea de que quizá —solo quizá, y es frágil, apenas si un atisbo de esperanza, pero, aun así, más de lo que ha sido nunca— sea más fuerte de lo que pensaba: de que, cuando se lo arrebatan todo, cuando ya no tiene adónde huir, cuando debe por fin experimentar su dolor —una parte de él, no todo, pero sí los tiernos y crueles principios—, algo queda. Algo. Lo soporta, con un sentido irreductible que es solo suyo. La idea de que quizá ella sea más que solo el dolor; que ella es más que solo tratar de proteger la herida que intenta esconder en el centro de sí misma. Que puede que su pena no la engulla si algún día se atreve a tocarla.

Dios, qué frágil es, qué frágil. No puede pensar demasiado en ello.

Lili sigue respirando mientras Aleksandr lee para ella.

Y, mientras lee, su voz se desliza entre los tonos precisos de su acento de Oxbridge —claros, bien enunciados— y los momentos en los que asoma algo más antiguo, más natural, una cualidad áspera al pronunciar ciertas palabras: Kostoglótov, Tashkent, Rusánov. Apoya las manos en su antebrazo, porque su cercanía la reconforta.

Aferrada a su voz, se deja ir, se adormila.

De momento, un nuevo espacio se ajusta entre ella y su dolor. Una paz, una separación que podría ser sana. Se la permite, en lugar de darle la espalda. La deja estar —a cierta distancia—; la deja ser.

Y hay otra pregunta que la acecha en la lejanía, que otea este momento dulce.

«¿Es esto lo que mereces?».

Lili se pone tensa. Un instinto familiar.

Pero, de algún modo, le resulta —apenas— un poco más fácil susurrar: «Sí».

Aleksandr empieza a acariciarle la cadera suavemente en pequeños círculos. Lili cae en la cuenta de que ha dejado de leer. Ha terminado el capítulo y se ha quitado las gafas, y ahora la observa.

—¿Seguro que estás bien? —murmura.

—Sí —susurra ella.

Él no parece satisfecho.

—¿Quieres…? ¿Deberíamos hablar de lo de anoche?

—No —se apresura a responder. No quiere examinar lo ocurrido en voz alta; no quiere arriesgarse a perderla, esta extraña deriva posterior que nunca antes ha sentido. No quiere sino permanecer en esta calma escondida e inesperada durante todo el tiempo que pueda, durante esta mañana de lluvia, junto a él—. Pensemos en el desayuno, ¿vale? Estoy bien, te lo prometo. Solo tengo hambre.

«Ahora no —piensa—. Por favor, no me hagas enfrentarme a esto ahora».

Él le sostiene la mirada unos instantes. Ella contiene el aliento, hasta que oye:

—En fin, está bien, el desayuno. —La anega una oleada de alivio—. ¿Qué te apetece? —pregunta con una pequeña sonrisa—. El personal tiene el día libre, puedo pedir algo…

—¡Ni hablar! —protesta Lili—. No vas a hacer que nadie nos traiga comida con este tiempo.

Aleksandr frunce el ceño, confundido.

—Vale, pues iré a buscar algo de comer…

Ella le coge con más fuerza el antebrazo.

—¿No tienes nada de comida?

—No lo sé, porque, al parecer, te pasaste tu estancia entera aquí rechazando los ofrecimientos del personal… —la chincha.

—Bueno, cocinemos algo.

Hace frío; una tormenta de verano. Él le ofrece un jersey antes de que a ella le dé tiempo a encontrar su ropa. Es verde oscuro, de punto, desgastado. En la cocina, se sienta en la encimera mientras Aleksandr abre la nevera.

—¿Tienes harina? —pregunta ella—. Hay fresas, leche de avena… Podríamos hacer tortitas.

—Sí, claro —contesta él.

Enciende la cafetera exprés y el ridículo horno Lacanche. Se siente cómodo en su propia casa, y Lili frunce el ceño. Jamás se habría imaginado que pasaba tiempo en la cocina.

Aleksandr mira la leche de avena con desconfianza y luego la vierte en un cuenco. Lili se ríe en voz baja.

—¿Sabes cocinar?

—Si no, habría muerto joven. Mi madre nunca estaba en casa.

—¿Qué pensarían los mercados bursátiles? —le provoca, balanceando los pies.

Él esboza una sonrisilla.

—Por si acaso, Lili, no se lo cuentes.

La cafetera termina de hacer el primer café, y él se lo da a ella, que lo acepta agradecida. Sacude los brazos para sacar las manos por las mangas demasiado largas del jersey prestado.

Es una sensación familiar y reconfortante, estar en ese loft tan espacioso en una mañana gris, con la ciudad en silencio bajo un clima difícil, con sus libros en la mesa del salón. Como un aliento contenido, sereno y hermoso. Como un momento de suspensión, de fantasía.

—Si eres el dueño de todo el edificio, ¿que hay en las otras plantas?

—No hay nada, las plantas vacías y desnudas.

Lili frunce el ceño.

—¿Para qué quieres tanto espacio? ¿Pretendes…, no sé, tener una familia?

Aleksandr hace una mueca y se vuelve hacia la cocina.

—No, por Dios. No me gustan los niños.

Ella asiente y da un trago de café.

—¿Eres consciente de que hay una crisis de vivienda?

Se encoge de hombros. Las tortitas sisean en la sartén.

—Me gusta tener espacio.

—¿Siempre has estado así de malcriado? —le pregunta.

—Me crie en kommunalka.

—¿Y sigues sin estar enamorado del gran proyecto socialista?

Aleksandr pone los ojos en blanco y deja una tabla de cortar en la encimera, al lado de ella. Mientras trocea las fresas, Lili bebe su café y escucha el crepitar de las tortitas en la sartén. Le apoya la cabeza en el hombro y lo observa trabajar. Quiere el consuelo físico de tenerlo cerca.

—El cuadro que tienes en el vestidor… ¿de quién es?

—Ah. Es un Rublev.

—¿Y los cigarrillos? ¿Qué hacen ahí?

Hace una mueca.

—Michael ya no me deja fumar.

Lili está encantada con esa respuesta.

—¿Y dejas que tome todas tus decisiones por ti?

Pero Aleksandr no muerde el anzuelo. Se limita a colocar las tortitas en los platos que ha dispuesto.

—Me mira con una cara triste y contrariada que, no sé por qué, es mucho peor que si estuviera enfadado. «Cáncer, Sasha» —lo imita Aleksandr, cuya voz se torna rígida y cortante unos instantes—. «Es una forma horrible de morir». —Lili se atraganta con el café de la risa. Aleksandr sonríe—. Pero ojos que no ven, corazón que no siente. Venga, a desayunar.

Señala el salón abierto con la cabeza y la ayuda a bajar de la encimera. Deja los platos sobre la mesa de café y Lili lo sigue con la taza en la mano. Se sienta en el suelo, cruzando las piernas debajo de la mesa, mientras él se acomoda en el sofá.

La lluvia sigue cayendo por los enormes ventanales, envolviéndolos en una burbuja.

—¿Por qué elegiste a Solzhenitsyn? —pregunta Aleksandr mientras corta sus tortitas con movimientos secos y precisos.

—Pensé que quizá podía expandir mis horizontes, más allá de los marxistas —bromea Lili mientras se lleva a la boca un trozo recubierto de sirope de arce.

Sus batallas dialécticas le resultan familiares; son un lugar seguro, un lugar en el que seguir recogiendo los pedacitos de sí misma tras el cambio que anoche se produjo en su interior.

—Qué voluble es esta juventud.

Pone los ojos en blanco y apoya la cabeza en su rodilla.

—Tenía curiosidad sobre su perspectiva. Se supone que es un genio.

—¿Y qué has descubierto? —Aleksandr le acaricia el pelo con suavidad.

—Bueno, todavía no he terminado, pero me interesa esa idea de la búsqueda del sentido en el sufrimiento: se pregunta qué clase de vida merece la pena, qué merece la pena soportar…, o sea, qué cantidad de sufrimiento.

—¿Sentido en el sufrimiento o aceptación del mismo?

—Diría que para que se produzca una aceptación del sufrimiento es preciso haber encontrado algún sentido en él.

—No necesariamente.

—Eso es un poco nihilista.

—Argumentaría que él piensa que necesitamos sufrir para dar sentido a nuestras vidas, pero que el sufrimiento no tiene ningún sentido por sí mismo. No es el sufrimiento lo que es bueno o malo, sino nuestra aceptación, o resistencia al mismo, lo que lo hace bueno o malo.

Lili frunce el ceño.

—Eso presupone que el sufrimiento es inevitable.

—Porque lo es.

—No, no lo es —protesta—. Algo de dolor sí que va a haber, claro, pero no sufrimiento. Es evidente que él habla de un momento histórico concreto, y especialmente horroroso, pero eso no significa que el sufrimiento sea inevitable. Podemos minimizarlo.

—¿Sí? ¿Es eso lo que te ha demostrado la vida?

Es instintivo: siente el impulso de apartarlo, de replicarle que él no sabe nada de su vida.

Sin embargo, también está la cadencia de su ruso, las notas rasposas del fondo de su garganta, tan familiares como ajenas, la calma con la que ha respondido a sus preguntas, la cicatriz de su ceja y el anillo de su dedo y el cuadro de su vestidor; que no la haya tocado cuando se ha despertado, sino que se haya limitado a mirarla, el beso en su hombro, la piel contra la piel, el peso tranquilizador de su mano sobre su cadera mientras le leía…

Lili respira hondo.

—No, pero… pero de eso se trata —responde en voz baja—. De intentar ponérselo un poco más fácil a los demás, para que no tengan que pasar por lo que has pasado tú, ¿entiendes?

Los dedos de él se pierden con dulzura entre su pelo y deshacen un enredo poco a poco.

—¿De veras crees que funcionaría? —pregunta, mirándola—. ¿Confiar en que un Estado nos proteja?

—Pues sí, sí lo creo.

Él sonríe con afecto.

—Muy hobbesiano de tu parte.

—Sabes que Hobbes priorizaba la seguridad sobre la libertad, ¿no? —apunta Lili mientras sube al sofá, a su lado—. Eso está en las antípodas de lo que tú crees.

—Y tú estás convencida de que sabes en qué creo, ¿no? —la provoca, dejando que le coloque las piernas sobre el regazo.

Posa una mano grande y cálida sobre sus rodillas.

Lili pone los ojos en blanco.

—Creo que no es muy arriesgado afirmar que aborreces los gobiernos intervencionistas.

—Cierto. Y, obviamente, no estoy de acuerdo con todo lo que dice Hobbes, pero sus ideas sobre la naturaleza humana me parecen realistas.

Ella frunce el ceño.

—No puedes elegir con qué coincides en las teorías de distintos pensadores y descartar lo demás.

Aleksandr enarca una ceja.