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Siete

Temporada de resultados

Es como salir a la superficie.

Como volver a respirar.

Con suavidad, por una vez, se aleja poco a poco de la distancia que le da el sueño. Casi le resulta fácil, y eso la confunde: la naturalidad desconocida de relajarse de nuevo en el propio cuerpo, la bienvenida extraña de su mente.

Nunca antes había sentido algo así.

Un espacio que no es ausencia. Una holgura entre el yo y la propia piel, como si estuviesen, poco a poco, conformándose en una sola cosa. Hay un vacío donde estarían los pensamientos reales, y solo existe el suave murmullo de las sensaciones: las sábanas usadas, la cama caliente y… alguien más. Un cuerpo al lado del suyo.

Lili se mueve y oye su propio cabello rozando la almohada. Apenas ha amanecido; la lluvia golpetea con suavidad contra las ventanas y, a su lado, Aleksandr la observa.

—Hola —le saluda en voz baja, o, mejor dicho, lo intenta.

Tiene la garganta ronca; no le sale la voz. Cuando empieza a toser, algo se mueve en la cama. Siente el frío del vaso en la palma de la mano y a Aleksandr, que la incorpora lo suficiente para que beba.

—Gracias —susurra cuando termina de beber y se lo devuelve.

—¿Estás…? ¿Cómo estás? —le pregunta él, a su lado.

Ha dejado un espacio entre los dos.

Lili se acerca a él, le apoya la frente en el pecho y suspira. Coloca la palma de la mano sobre su piel desnuda; el calor reconfortante de su cuerpo es como un peso sobre sus huesos, como el sueño.

—Estoy bien —murmura.

Y es cierto, más de lo que cabría pensar. Su interior sigue demasiado enmarañado, y ella está aún demasiado dormida para examinarlo en profundidad.

—¿Qué necesitas? ¿Más agua?

—Estoy bien. —Y lo está, aunque tiemble.

Solo quiere quedarse allí, acurrucada contra él, y dejar que los dolores de su cuerpo se sosieguen junto a la tormenta gris.

—¿Tienes hambre? ¿Quieres comer algo? ¿Bañarte?

—Estoy bien, de verdad.

—Lili… —Suspira con aspereza. Ella levanta la vista para mirarlo—. Deja… deja que cuide de ti.

Está totalmente concentrado en ella. Parece exhausto, presa de una preocupación que no se ha calmado con el sueño y que contrasta con la paz extraña e inconexa que ella siente. Es como si se estuviese preparando para algo.

—Vale —susurra Lili.

El alivio embarga el rostro de él.

—¿Qué necesitas? —le pregunta de nuevo.

—¿Podemos… podemos quedarnos aquí? —pregunta ella—. Un ratito.

Tras unos segundos, responde:

—Por supuesto.

Lili se relaja. Respira despacio, sintiendo cómo el pulso firme de él palpita bajo la palma de su mano.

Al cabo de un instante, Aleksandr le acaricia el cuello con suavidad. Le duele la garganta. De que la haya estrangulado, sí, pero también de las lágrimas, del llanto incontenible de anoche. Unos restos de vergüenza se retuercen en su interior.

—Esto… Siento haber llorado ayer.

—¿Estás de broma? —Él suspira de nuevo—. Lili, anoche…

—No —lo interrumpe—. No, anoche fue… —No quiere romper el hechizo, no quiere terminar de dar voz a la idea. La idea de que esta sensación (¿este subespacio?) es fugaz. «Me empujaste hasta donde yo te pedí, y no estoy muy segura de qué encontré en mi interior»—. No lo hagas, ¿vale?

Cauto, sigue con la mirada el cuidadoso roce de sus propios dedos sobre el cuello de ella, con los que acaricia, vacilante, el tenue peso de los moratones. Son sombras que demuestran las ansias de acercarse a un cuerpo al tiempo que se resistía contra él, el mismo cuerpo con el que ahora se acurruca, y se pregunta: «¿Está mal encontrar consuelo en esto?». Pero la embarga una sensación —nítida, como cuando por fin la liberación hace acto de presencia, medio explicitada, retándose a revelarse a sí misma, compleja y, posiblemente, problemática—, una sensación de que tal vez haya sobrevivido a algo, de que tal vez haya ido más allá de aquello que creía soportable.

No respecto a él, sino respecto a sí misma.

«¿Es esto lo único que quieres de mí?».

Lili respira hondo.

—No es esto lo único que quiero de ti —susurra.

Aleksandr deja de mover los dedos.

Haciendo caso omiso del dolor que asola su cuerpo, Lili se alza un poco y lo besa.

Él vacila un instante; pero enseguida la besa también: con suavidad, sí, pero con un fuego lento que la reconforta. Una tensión sutil se libera de los hombros de él mientras deja que se acomode entre los cojines, acunando su rostro con suavidad, con delicadeza, como si tuviera miedo de romperla.

Cuando tiene que separarse de él para respirar, Lili le deja la mano apoyada en el rostro. Él le acaricia la nariz con la suya, y un sentimiento dulce y escondido se adueña de ella. Casi nunca ve su rostro bajo el barniz de la mañana, bajo la luz serena y silenciosa.

Atisba un destello plateado, casi imperceptible.

Lili entorna los ojos. Una cicatriz diminuta, curada hace años, divide su ceja en dos.

—¿Cómo te hiciste esto? —le pregunta, resiguiendo la marca.

—Oh… —Esboza una sonrisa frágil que no se le refleja en la mirada—. Me lo hizo un perro, cuando tenía siete años. Intenté jugar con uno de los perros de los guardias del Bolshói Dom.

Lili frunce el ceño.

—¿Qué hacías en el Bolshói Dom?

—Mi madre estaba en una reunión.

—¿Y te atacó un perro?

—Qué va. —Aleksandr sonríe casi con tristeza—. Fue un cachorro al que estaban entrenando. Empezamos a jugar y a revolcarnos. Me aburrí de esperar.

Tiene sonrisas diferentes. Las que lo delatan, las que muestra al mundo, las que ha aprendido a fingir. Pero esta… esta es distinta. En momentos como este, en los que están solos, tranquilos y un poco titubeantes el uno con el otro, se le antoja íntima. Un poco torcida, ligeramente desigual. Muestra el brillo de sus dientes, pero hay una cierta dulzura en ella, una pizca de ironía, y esa alerta tensa y constante que suele emanar de él se disipa, y tiene el pelo alborotado, y ella quiere que esté siempre así, como ahora…

Lili aparta la vista y entrelaza sus manos, deslizando los dedos por entre los suyos. Juguetea con su anillo.

—¿Y esto?

—Era de mi padre.

—Un cirujano cardiaco —recuerda Lili.

—Sí —responde Aleksandr. La besa en el hombro y vacila antes de añadir—: Trabajaba en el Centro Almazov.

—Y tu madre era profesora.

Él asiente.

Hay más preguntas que quiere hacerle.

«¿Cómo murió? Los echas de menos? ¿Oyes sus risas, a veces, en la calle?».

—Eras joven, ¿verdad? —le pregunta en su lugar—. Cuando se disolvió la URSS.

—Fue una semana antes de mi decimosexto cumpleaños.

Lili acaricia la línea de la vida de la palma de su mano.

—¿Cómo fue?

—Inevitable, en realidad. Lo cierto es que toda mi vida tuve la impresión de que se estaba muriendo. Para cuando fui lo bastante mayor para entender lo que ocurría, el país entero se había podrido de cabo a rabo.

—¿Y después? ¿Fue peor?

—Peor de otra manera, supongo. Cuando se me presentó la oportunidad de salir, la aproveché.

Lili guarda silencio y escucha su respiración. No quiere perturbar la delicada calma que se ha instalado entre los dos. Un bostezo se abre paso en su garganta. Trata de contenerlo, pero sus hombros la delatan.

Le da otro beso, esta vez, en la clavícula.

—¿Quieres dormir?

Lili niega con la cabeza.

—¿Puedes…? ¿Me leerías algo? —Alarga una mano hacia la mesita de noche, disimulando la mueca de dolor que le obliga a hacer su cuerpo.

Un dolor punzante en la parte baja de la espalda, una tirantez en los muslos. Coge la copia que ha tomado prestada de Pabellón de cáncer.

Aleksandr ladea la cabeza.

—¿Estás leyendo esto?

—Sí —contesta.

Se dispone a fruncir el ceño, a defender su elección…

Pero él esboza una débil sonrisa y acepta el libro que le ofrece.

La gente tiene un modo específico de sostener un libro al que ha amado, esos volúmenes que ha leído hasta desgastarlos. No como si fueran algo precioso, pero sí familiar; no con cuidado, pero sí como si le dieran la bienvenida. Aleksandr se incorpora, se apoya en el cabezal y coge un par de gafas de repuesto del cajón de la mesita. Lili apoya la cabeza en su muslo y nota la suavidad de las sábanas de seda en la mejilla.

Cuando se ha puesto las gafas, se pasa una mano por el pelo, distraído. Los músculos de su pecho, esbeltos y elásticos bajo la piel desnuda, se mueven al compás del movimiento. Lili lo mira, disimulando una tímida sonrisa.

—¿Qué te parece? —le pregunta él.

Oye el ruido de las hojas al buscar la página en la que se hallaba.

—Es muy crudo. Es mucho más difícil de lo que esperaba, pero es agónico. A veces no estaba segura de si quería reír o llorar.

—Los rusos no están del todo seguros de si prefieren reír o llorar —contesta él, apoyando la mano que tiene libre sobre la cadera de ella, por encima de la sábana.

—Desde el principio de la página —le indica Lili.

—Está bien. —Se aclara la garganta—. «Aunque Kostoglótov no tenía nada que objetarle, quería preservarse de un exceso de medicamentos previstos en…».**

Sigue lloviendo. Mientras el alba aclara poco a poco la estancia, igual que la luz gris que se cuela en las iglesias durante las primeras horas del día, Lili escucha el sonido de la lluvia y la voz de Aleksandr.

El dolor de su cuerpo no es insignificante, pero hay alivio en él. Es como si ahora conociese un poco mejor el mapa de sí misma. De vez en cuando la atraviesan pequeñas punzadas, agudas, como réplicas; la marea la ha arrastrado hasta la orilla y allí ha encontrado aire, la opresión persistente del dolor, en el que, más que acariciar, se ha sumergido. Ha sentido hasta el último quiebre, hasta el último espasmo extenuante.

Y, al despertar tras él, una cierta dulzura.

Y ella nunca, nunca había pensado en esto, en yacer al otro lado tras haberse partido en dos.

Aliento. Espacio entre los pedazos rotos; alivio. Sobre todo, alivio. Tras haberse rendido a lo que reprimía, a lo que había enterrado en lo más hondo, de lo que había tratado de huir con todas sus fuerzas.