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Seis #8

Porque es mucho. Es mucho lo que trata constantemente de alcanzar, a través de este despliegue de soledad que es tan gris y que la engulle, es humo residual, señales de un incendio que lleva mucho tiempo extinguido y que se infiltra hasta en los momentos en los que tal vez sea feliz. Ese espacio inalcanzable que nunca puede acabar de cruzar que hay entre ella y sus amigos, el mundo al que aspira a pertenecer, separado de ella por ese gris asfixiante, que la hace sentir desamparada, el martilleo persistente de la convicción de que, si ella desapareciera, si simplemente dejase de estar aquí, a nadie le importaría mucho. Quienes la quieren seguirían viviendo después de ella. Acusarían una tristeza momentánea, pero seguirían viviendo.

Ella, en cambio, no ha sabido vivir después de la pérdida de la vida que nunca tuvo de verdad, de los padres a los que no puede llorar, porque más allá de todo ese dolor… no hay nada. Todo se disuelve en una oscuridad demasiado llena, saturada de demasiado sufrimiento. El único alivio que atisba a imaginar —el único alivio que puede sentir, que es la fuerza de él dentro de ella— es el de tirar la toalla del todo. El de hacerse más y más daño, hasta que se ahogue en su dolor.

¿Y si, en ese empeño, también se ahoga ella misma?

—¿Es esto lo que mereces, Lili? —A él se le rompe la voz del esfuerzo, de algo parecido a la devastación.

¿Lo es? ¿Merece que su cuerpo esté roto? ¿Que su mente se escinda de todo pensamiento, de toda concepción del yo? ¿Que desaparezcan la ambición, la voluntad y las esperanzas? ¿Quedarse fláccida, incapaz de moverse por iniciativa propia, abierta a la fuerza, y que su concepción de sí misma se reduzca a algo totalmente desprovisto de valor?

Un grito surge en su garganta, como si se lo arrancaran, cuando se produce una cresta, un pico —un placer distante, un temblor, una cima alcanzada—, y su cuerpo colapsa por fin. En algún lugar, se corre, pero significa menos que nada.

El silencio se alarga, y su cuerpo se ahoga, y a ella no le queda nada.

No es nada.

No le queda nada que dar.

Nunca se había sentido menos persona.

La calma repentina, el silencio estrangulado.

Adopta un nombre, se quiebra.

Espacio. Entre las notas de la música, entre una inspiración y una expiración. Como pintar un lienzo blanco de color, un lugar de no existencia.

El silencio engulle lo que tal vez viviera dentro de su cuerpo.

Y en ese vacío, algo florece. Un sufrimiento que no puede… Que no puede…

Hubo más, una vez.

Amó —a la perfección— a alguien, algún lugar.

Sonidos que llevan consigo definición. Forma, significado: palabras.

«¡Li! Aquí, cariño». Un rayo de sol más allá de la niebla, un puente sobre una bahía, cabos verdes junto al océano, loros en el cielo. Una felicidad tan intensa que parece lo contrario. Trata de alcanzarla, pero ya no está.

Distante. Desvaída.

«Lili, cariño, ¿me ayudas con la cena?». Secuoyas, arena negra, lana áspera, soledad en el bosque, aire frío, senderos entre los árboles, el deseo único de desaparecer.

«Hola, te llamas Lili, ¿verdad?». Asientos de madera, libros de texto usados, un aula magna, una chica con el pelo rojo como el fuego. Un chico dorado que la hace sentir segura; una chica que siente como una hermana.

No, eso no. No del todo. No es ahí.

«Lili».

Oh.

«Lili».

Una voz cercana que la llama. En algún momento. En algún lugar.

Alguien.

Contornos conocidos toman forma, como los muebles de un dormitorio al amanecer.

Parpadea y no ve nada. Poco a poco, cierta nitidez.

Un nombre, otra vez.

Podría significar algo.

«Lili».

Calor, piel que la toca: una presión suave y cálida —una tela— contra su piel.

—Lili, por favor…

El aire del océano, risas perdidas como la luz del sol, el bosque frío, el trino de los pájaros, las mondas de mandarina sobre la nieve, la piel mojada.

Un cuerpo que, vagamente, recuerda cómo moverse.

—Lili. —Un aliento exhala, pesado de alivio. Esa voz que abraza un nombre. Familiar, significativa, pero que nunca antes había oído así—. ¿Estás…? Lili, por favor, di algo.

«¿Eres tú?».

Poco a poco, el concepto cobra sentido de nuevo. Tú, ella. Se enraíza en este cuerpo.

—Lili —repite, preocupado, inseguro por culpa del miedo—. Lili, por favor, vuelve, yo…

—Yo… —La voz en su garganta fracasa, espira, tose con fuerza y le duele.

—Toma. —Grave, dulce, firme.

Una mano en su espalda, y la gravedad se da la vuelta. La incorpora con suavidad, la apoya en un cuerpo cálido. Siente el frío de un vaso contra los labios. El agua trae alivio primero a su garganta dolorida, y luego más dolor. Hace una mueca; en el rostro que poco a poco cobra nitidez ante ella, ve una mueca recíproca, como un espejo.

La mano se le choca con el vaso, que es incapaz de agarrar.

—¿Estás bien? —repite él, más bajo que un susurro.

Lo vuelve a intentar y bebe un poco más. Cuando le resulta demasiado, se aparta y apoya la mejilla en su hombros.

—¿Puedo… puedo quedarme aquí esta noche? —susurra.

Una mano en su pelo, y aparece el instinto de estremecerse y apartarse al mismo tiempo, pero la toca con gentileza. Le acaricia el pelo y deja suavemente que su cabeza caiga hacia atrás, para mirarlo.

—Lili, no te vas a ir a ningún sitio —responde él, Aleksandr, y es como un aliento atravesándole el pecho. Ve un ceño fruncido, una expresión indistinta, insegura en su visión borrosa.

Supervivencia. De repente, la embarga: la sensación de haber sobrevivido, de haberse arrastrado sobre las ascuas de sí misma, de haber tomado forma en un grito provocado por ella misma. De haber colapsado en el subespacio, y en un dolor emocional que nunca antes había alcanzado. De haber sido empujada, y empujarse, y de —por poco, por muy poco— haberse cogido a tiempo.

Y la sensación de que, si él no la ha cogido a tiempo, la está recogiendo ahora.

Débil. Rota, derrotada por su propio dolor. Presa de una sensación ajena de libertad temblorosa, temblando. La piel frágil, el alma vulnerable. Se siente desconectada de la escena que tiene delante, de la preocupación apremiante en el rostro de él, del dolor residual en su propio cuerpo, porque se siente —como comprende, vagamente impactada— emancipada; se siente emancipada, y dueña de una serenidad confusa que viaja a través de ella. Luz en la oscuridad. Por un instante, está en paz con la presencia del dolor, de la historia y del yo. En este espacio, respirar es algo ligero por primera vez. Nuevo, desconocido. Tan sutil, y aun así tan lacerante para sus pulmones, para su garganta dolorida.

Es como si el mar la hubiese arrastrado hasta la orilla; una rendición completa, una liberación completa. Está destrozada, pero… pero sigue aquí. Tras la tormenta, la acometida. Sigue aquí.

Siente una paz extraña y complicada que le pesa en los huesos.

Lili trata de respirar otra vez. A su garganta le cuesta; no sabe muy bien qué debe hacer.

—Lili —repite, y hay incertidumbre en su voz.

Formas de sentimientos en sus ojos que ella nunca había visto: cautela, una preocupación intensa, miedo, la tensión desprotegida de la vulnerabilidad, una pizca creciente de arrepentimiento. Y todo podría desembocar en…

—No —le dice con voz ronca, al ver en su mirada que se avecina una disculpa.

Apenas puede moverse, le cuesta respirar, pero no piensa dejar que él dé forma a esa idea. Ella ha logrado algo, algo que temía, algo que no sabía que deseaba. No piensa dejar que se lo quite—. No —repite. Deja caer la cabeza hacia delante, sobre su hombro.

Un suave golpe del cristal contra la madera; deja el agua. Unos brazos que la rodean y la atraen con suavidad a su costado. Lágrimas apretujadas entre la piel de los dos. Una pena atroz, cruda, que empieza a crecer en su interior. Se echa a llorar con tanta fuerza que tiembla, envuelta en una incoherente liberación emocional.

Es como si hubiese alcanzado los bordes de algo. Como si algo la hubiese atrapado por fin.

Una mano dulce encuentra su pelo. La reconforta, la tranquiliza, un patrón bajo el influjo del cual ella podría rendirse.

El espacio entre el aquí y el sueño. Se desliza hacia ella, acercándose cada vez más; una oscuridad que por fin trae consigo la nada. Mientras aprende de nuevo a respirar, la deja entrar.