Seis #7
La inmoviliza contra el colchón, le abre las piernas a la fuerza, y ella intenta besarlo, arqueando la espalda del ahínco con el que trata de llegar hasta él, pero él la vuelve a empujar contra la cama; es como si no quisiera que lo tocase. La coge de la rodilla y se la sube hasta la cintura —el fuego le nubla la visión, aliento, oscuridad; está desorientada, desnuda, sin el vestido, sin la ropa interior que ya se ha quitado en el restaurante— y con su peso le abre la otra pierna y ella nota su dureza contra él. Lili abre la boca para decir algo —«¿Qué te pasa?»— pero él la penetra de golpe, casi hasta el fondo.
Suelta un grito entrecortado y agudo —por la sorpresa, por la fuerza— y deja caer la cabeza sobre la almohada. El gruñido que se le escapa a él de la garganta cuando se la saca e intenta penetrarla otra vez —el estallido de avidez, la cascada de dolor, el cuerpo contraído— hace que se sienta como un animal, que se sienta utilizada. Intenta llegar hasta él, quiere sentirse aniquilada. Pero él pone los brazos sobre ella, agarrándola de las muñecas con más fuerza —atrapándola— y baja la boca a su oído.
—Déjame entrar, Lili —le dice, y en su voz hay crueldad—. ¿No confías en mí?
No, eso no, no… No puede. No puede responder a eso. A ideas como la confianza, como dejarse caer. «Por favor —piensa—, por favor, fuérzame y ya está».
En lugar de responderle, de escuchar los esfuerzos de su propio cuerpo por pedirle que baje el ritmo, trata de recolocar las caderas, trata de dejarlo entrar aún más, porque, sea lo que sea lo que él quiera hacerle, ella encontrará el modo de soportarlo. Pero él, en lugar de valerse de esos débiles movimientos, esos intentos por su parte —esos sonidos frustrados e impotentes que emite tratando de acomodarlo—, la embiste de nuevo. Le nubla la vista, la fuerza le sacude los hombros.
Inmersa en esa abrumadora brusquedad, asoma por la periferia de su mente: la sensación de que algo no va bien. Esa mirada bajo la lluvia, ese control en el coche, esa contención; esto no es como la primera noche, ni como la mañana posterior a su cumpleaños. Aquí ocurre algo más.
—¿Te duele, cariño? —Un murmullo oscuro y tenso contra su oído.
La voz de él amenaza con desvelar el sentido, la elocuencia en el dolor, y ella no quiere eso. No quiere aquello de lo que se escondió en la ducha hace semanas, aquello de lo que escapa con el sexo, aquello que no quiere abrazar. Quiere un sufrimiento que la borre, que la limpie, que la engulla entera, que no la impulse a examinar las texturas de todo lo que le duele por dentro, a desvelar sus raíces retorcidas.
Lili empieza a luchar para obtenerlo, a retorcerse contra las manos que le sujetan las muñecas.
Pero otra cruel embestida le arranca un grito. Y entonces ya está dentro de ella, al completo, y su cuerpo, mojado de sudor, no logra comprender ese embrollo de placer y de pánico. Mientras tanto, él sigue follándosela hasta más allá de la poca resistencia que le queda, más allá de su cuerpo que se entrega, que siente de nuevo ese destello de placer que crece y crece, el que casi había conseguido atrapar en el coche.
Tambaleándose entre el hambre y el dolor, intenta una vez tras otra inclinarse hacia lo violento, hacia la anónima agonía y, sin embargo, sigue creciendo, sigue aumentando esa profundidad que ha alcanzado y que podría hacerla llorar, esa liberación tan compleja, ese dolor más oscuro que no quiere.
—Pensaba que te gustaba que te hiciera daño, Lili. —Hay una intimidad devastadora en sus palabras.
Le arrancan un gemido, porque sí, le gusta, le gusta, pero… Sí, quiere que le haga daño, quiere sufrir en sus manos, pero no quiere que la haga sentir su propio dolor. Ese es el acuerdo al que han llegado, ese es el intercambio: él la sacará de sí misma, no la empujará más hacia las profundidades de las amenazas que lleva bajo su propia piel, las sombras que acechan tras sus ansiedades y aspiraciones, el miedo que impregna sus pensamientos, las carencias que tanto le duelen, el grito que nunca ha liberado.
—Aleksa… —Un sonido ronco estalla en su pecho.
Está a punto de suplicarle que se la folle más fuerte, de suplicarle que la deje en paz.
Una parte de ella no quiere sino dar y dar, hasta que no le quede nada.
—¿Qué quieres de mí, Lili? —A él la voz le sale con dificultad, con esfuerzo.
Es demasiado, todo es demasiado. Lo que ella quiere, y lo que él tal vez le dé en su lugar.
—Yo… —Lili se interrumpe; jadea, y está… está exhausta. Está exhausta, tan cansada que podría soltarlo todo. Su lucha contra el duelo que no quiere hacer, la enormidad de su deseo, de la vida que le robaron, de los recuerdos que nunca pudo tener. Lo poco que, tal vez, ella signifique en realidad, el hecho de que quizá merezca ser tratada así. Todo contra lo que lucha en su día a día. Liberación, alivio, eso es lo único que quiere. Su propia absolución, perder su propia responsabilidad sobre todo ello—. Solo… Solo… Hazme daño —susurra, apremiándolo—. Hazme daño, eso es lo único que quiero… Hazme daño.
Nunca se había fijado en lo oscuros que son sus ojos. En lo fácil que le resulta esconderse de ella, en lo poco que la deja ver. Sin embargo, ahora lo ve todo, todo, antes de que vuelva a cerrarse en banda, de que vuelva a dejarla fuera. Ve la ira que fractura la negrura, la amargura y el dolor —no hay rastro de placer, ningún placer—, y ella no lo entiende, no lo entiende, no lo entiende.
Otra embestida, esta especialmente dura, especialmente cruel.
—¿Esto? ¿Es esto lo que quieres? —le pregunta con los dientes apretados, estrujándole tanto las muñecas que puede sentir cómo se forman los hematomas.
Se siente al borde de la destrucción. Hace que su cuerpo ceda un poco más, que la resistencia se agote. Él lo siente, y sigue adelante.
—Quiero romperte, Lili. Quiero romperte, joder —le espeta.
En la intensidad de su voz no hay solo ira; también hay agonía, un sufrimiento inescrutable y confuso, pero es un espejo, ella lo sabe, de algún modo, un reflejo de su propia angustia, de la parte de ella que solo quiere que él la hiera.
Gime, tratando de alcanzarlo, porque, Dios, es eso lo que quiere: que la rompa, y que no sea su culpa. Es aterrador lo mucho que puede soportar. La sensación de que tal vez soporte más de lo que pueda sobrevivir, de que hay un vacío que la espera… Pero no, no solo el vacío. No solo el dolor físico que tanto ansía, el dolor que le descompone la mente, sino ese daño agonizante y sangrante que tiene enterrado, esa pena que emerge entre los pedacitos rotos de sí misma, el dolor de la vida, y no puede… Lili no puede… No está dispuesta a verse reflejada en eso.
No puede arriesgarse a exponerse tanto, a lo definitivo de esa caída. Eso se lo arrebataría todo.
Aleksandr inclina las caderas y empuja, y empuja más y más adentro, y Lili tiene que gritar, porque ya está. Es lo más lejos y lo más profundo que nadie llegará nunca.
—Más —insiste ella, desesperada, deseosa de alcanzar esa aniquilación física—. Joder… Por favor, más…
Y está en el límite; ya se siente a punto de correrse. Su cuerpo empieza a temblar. Trata de abandonarse —de alejarse de los cuestionamientos, de alejarse de las consecuencias—, preparada para perder el sentido en una suerte de subidón de placer, preparada para librarse de sí misma.
Pero él la agarra del cuello antes de que pueda hacerlo.
Y la golpea un dolor repentino, atronador, enfermizo e inexplicable.
—Aleksa… —intenta decir, pero, bajo la fuerza de su mano, su garganta se contrae alrededor de un sollozo.
¿Por qué está llorando? Quiere esto, y a la vez quiere disolverse en la nada.
—Toma lo que querías —gruñe, embistiéndola con tanta fuerza que se le escapa un gemido estrangulado.
Puntitos negros danzan en su campo de visión. La luz no es suficiente; el aire no es suficiente, y ahí… es demasiado. Todo lo que hay en su interior se aleja y se abalanza a la vez hacia eso. Es como si él, de algún modo, conociera las profundidades de lo que ella esquiva, como si se estuviera alimentando desesperadamente de su dolor emocional para causarle dolor físico. Como si se estuviera alimentando de lo que ella no quiere ver, de lo que no puede permitirse ver. Todos sus esfuerzos, todo su apremio, toda su convicción, todo su constante deseo no son nada frente a este sufrimiento calcificado, sin fondo, que ha reprimido, y que ahora empieza a moverse frente al dolor físico, como si estuviera siendo liberado.
Esto no es lo que ella pensaba que iba a sacar de todo esto.
«Demasiado lejos —trata de gritar un instinto de protección en su interior—. Esto es ir demasiado lejos».
—No p… No puedo resp… —El aliento se le escapa—. No puedo…
—Bien —dice él con voz ronca. No le queda aire en los pulmones; la sangre le empieza a palpitar—. Solo puedes respirar cuando yo te deje.
E, inexplicablemente, la inunda el alivio, más intenso que el clímax. La neblina de su mente, el dolor en las caderas, el enredo de su pecho: todo se abre de par en par, y la responsabilidad de todo… desaparece. Lo necesita, necesita que todo eso desaparezca.
De algún modo, su mano —débil— consigue ponerse sobre la que él tiene alrededor de su cuello, e intenta presionar más…
Es como si algo se rompiera dentro de él.
—¿Es esto lo único que quieres de mí? —le pregunta con voz ronca.
Ella ya no tiene voz; no logra encontrarla en ningún sitio. Le duele la cabeza por las lágrimas, las pestañas mojadas, los respingos de su aliento moribundo. No puede sollozar del todo; sus pulmones luchan por respirar, su cuerpo sigue resistiéndose aunque ella ya se haya rendido del todo.