Games Seis #6
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Seis #6

Aleksandr le pone una mano en la rodilla por debajo de la mesa.

—Abre los muslos.

—Hay que saber ganar —le espeta ella.

—También hay que saber perder.

—Eso no ha sido justo —se queja, indignada.

Él sonríe con más ganas.

—Juega solo cuando sepas que vas a ganar, Lili.

A Lili siempre le han encantado los desafíos, y se está dando cuenta de que este —él— le gusta más de lo debido.

Durante la cena, se obliga a seguir sonriendo, a dar respuestas inteligentes, a reírse con ganas y a mantener los muslos bien abiertos, para desafiarlo. Le resulta insoportable seguir la conversación, interactuar con el personal, conseguir que los latidos de su corazón no se descontrolen sobre el sonido de las risas, los ojos brillantes, los platos de comida recién hecha, el vino. Mientras tanto, nota el peso y el calor de su mano sobre su muslo, los dedos que dibujan patrones sobre su piel desnuda, que suben más y más cada vez que el camarero vuelve a retirarles los platos.

—¿Lili?

—¿Cómo? —Estaba abstraída, y no tiene claro lo que le ha preguntado el camarero, que la mira expectante.

—El postre, Lili —repite Aleksandr pacientemente—. ¿Te gustaría tomar algo de postre?

—No, no, nada de postre —consigue decir; él sigue moviendo la mano cada vez más arriba, escondida bajo la mesa—. Estoy bien, gracias.

En cuanto vuelven a quedarse a solas —solo un instante, pues siguen rodeados de gente—, ella se hunde de nuevo en su asiento. Reina un ambiente secreto bajo el tenue resplandor de las velas, y ella siente una descarga cada vez que él la mira, cada vez que la roza con los dedos, cada vez que inhala con calma.

—Aleksandr… —lo llama en voz baja.

—¿Sí? —Ladea la cabeza para examinarla, con fingida curiosidad, pero con un brillo cómplice en la mirada.

Su serenidad la saca de quicio.

Lo coge de la muñeca y se sube aún más la mano.

—Llévame a casa —susurra, casi furiosa por tanta excitación—. Ahora mismo.

Es rápido. Un saludo, la cuenta, una firma que garabatea con aire autoritario. Cuando se pone de pie, el borde del vestido vuelve a caer por debajo de sus rodillas. Aleksandr la coge de la mano, con la suya, que es mucho más grande, y desliza los dedos entre los de ella para conducirla al exterior.

Mientras esperan a que llegue el coche, empieza de nuevo a llover. Lili se ríe bajito mientras levanta la vista hacia el cielo oscuro, en el que se arremolinan las nubes de tormenta. La lluvia le cae sobre el rostro con suavidad, pero ya puede sentir cómo se le alborota el pelo por culpa de la humedad.

—No hay tregua, ¿eh? —comenta con tristeza, mirando a Aleksandr.

No está del todo clara, ni tampoco es amable, la forma en que la mira. Hay una intensidad, una intención que no logra concretarse. Interpretarla como lujuria no acaba de parecerle acertado, y la neblina que el alcohol ha dispersado en su mente no le permite comprenderla.

—¿Qué? —le pregunta Lili con curiosidad—. ¿Qué miras?

De repente, ve un atisbo de tensión en su mandíbula. Cuando llega el coche, él baja la vista hacia la calle.

—Nada.

Cuando están en el coche —Aleksandr le indica al chófer que se aparte con un gesto y él mismo le abre la puerta—, ella permite que esa pequeña punzada de inquietud se convierta en algo más.

El Maybach zumba suavemente con un acelerón y se cuela entre el tráfico. Lili se acomoda contra el cuero y se acerca más a Aleksandr. Siente que el alcohol la arrulla con suavidad; deja caer ligeramente la cabeza. Desliza la mano sobre la camisa de él y empieza a jugar con los botones.

Lo hace despacio. Una sensación extraña, delicada, de expectación atraviesa poco a poco a Lili cuando él le mira la boca. La tensión se le acumula en los hombros, aunque no es capaz de localizar su origen con certeza. Se le ocurre que tal vez debería pedirle que la deje en su piso. Que tal vez debería irse a casa. Abre los labios, vacilante, preguntándose si…

Aleksandr se inclina y la besa, apenas rozándole los labios con los suyos. Ve un movimiento en la periferia de su campo de visión, cuando él sube la mampara, y entonces desliza la mano por su pierna, tan ancha que le cubre todo el muslo, y mete los dedos dentro de ella, que ahoga un grito en su boca.

—Espera —susurra—. El chófer… Nos puede oír…

—Pues no hagas ruido. Ya he esperado suficiente.

Nunca había pensado en el control —en la disciplina— como en algo peligroso, pero el que ha ejercido sobre ella en el restaurante —absurdo, molesto, beligerante— se transforma en algo más oscuro. Es exigente, injusto, que la toque así. Está mojada y caliente y ansiosa por más, y él enseguida la acerca a la incoherencia.

Con cada movimiento de sus dedos. Con cada roce de sus nudillos. La ligereza de sus caricias, como una pluma, transmite una severidad inesperada. Con círculos lentos, provoca oleadas de agitación en su interior, como lo que sentía cuando estaba sola en su apartamento, bajo el agua caliente de la ducha, atrapada por culpa del huracán.

Pero no. Él no le da nada.

Cada vez que le empiezan a temblar los muslos —ahí, ¡ahí!, el sabor de la liberación, ¡casi!—, Aleksandr aparta los dedos, convierte sus caricias en algo tan ligero que le resulta doloroso. Se lo hace con gran cuidado de no rozarla con el anillo, con atroz esmero para que la fricción no se acumule demasiado. La sangre se le sube a la cabeza de golpe; una espiral rápida y lenta de placer sube y baja por su columna vertebral.

Cada vez que el coche se detiene ante un semáforo en rojo y vuelve el sonido amortiguado del tráfico paralizado en pleno centro, de la gente que vive la noche, a Lili le entran ganas de gritar.

Con torpeza, trata por fin de tocarle a él, palpando el contorno de su erección a través de los pantalones.

Oye la forma de su risa; su frialdad. Hace que ansíe cosas complejas, oscuras, brutales, una liberación, brusquedad; un borrado de sí misma que acalle por completo el ruido de los pensamientos a medio formar: ¿Por qué no la sigue tocando?

—¿Qué pasa, Lili? —Su voz suena tan grave que arrecia el dolor que se le clava en el vientre—. ¿Quieres algo?

Una tensión peligrosa se ha colado bajo la forma de sus vocales, las curvas de sus consonantes; ella la oye en la distancia. Confundida y abrumada, entierra la cara en la curva de su cuello y trata de respirar.

Nota el tirón de pelo al instante.

—No —la regaña Aleksandr, tirándole la cabeza hacia atrás—. Vas a tener que utilizar palabras.

Ella intenta decir algo, lo intenta de verdad, pero le cuesta formarlas, las palabras que desaparecen, palabras, palabras, palabras…

La toca con un poco más de dureza, mueve la mano un poco más rápido; con los dedos flexionados, apenas obtiene suficiente fricción, de tan mojada que está. Una interrupción en su leve gemido lo convierte en un sollozo; lleva demasiado tiempo al límite y el placer empieza a escapársele. Trata de aferrarse a él con los dedos de los pies que se le enroscan, con las lágrimas que afloran en sus ojos, con la camisa a la que se agarra con los dedos.

—Con palabras, Lili —gruñe él.

Nunca se había fijado en cómo pronuncia su nombre, no en realidad. Es íntimo, como si la estuviese desnudando, pero ahora ese matiz se entremezcla con el ardor tenso de algo cercano a la ira, con una textura áspera y casi amarga, como si ella hubiese hecho algo malo.

Antes de que logre aunar por fin su voz —antes de que logre reunir las fuerzas necesarias para regresar a la periferia de sí misma y dejarle claro que él debe darle lo que quiere, que ella no ha hecho nada malo—, el coche se detiene. Un gemido de frustración escapa de su garganta.

Una chaqueta de traje cae sobre sus hombros. La lluvia brilla sobre el pavimento mojado; una mano en la suya, equilibrios con los tacones sobre los adoquines mojados. Pegada a su costado, no ve mucho más allá del contorno difuso de todo aquello que está tratando de retener.

El ascensor se abre con un pitido; la recibe el loft familiar, el confort de ese espacio abierto. Él la conduce a su dormitorio, y siente el alivio de estar, por fin, allí, por fin en casa.

Su cuerpo parece seguirla unos pocos segundos antes de su mente, o unos pocos segundos después: se disuelve, se desvía, se desconecta, y luego vuelve a su sitio, de repente y de golpe, justo a tiempo para notar la boca caliente de él sobre su piel, que le deja besos húmedos sobre los pechos.

Nota la seda que cae de sus hombros; el vestido se convierte en un charco a sus pies. Ella alarga las manos hacia él, pero él no quiere besarla en los labios. El alcohol, los pensamientos dispersos, la vergüenza y la dependencia se unen en una nube perniciosa; ¿por qué no la desea tanto como ella a él?

—Sasha… —susurra Lili, aferrándose a su nombre. Ella es suficiente, ¿verdad? Puede pedírselo, ¿verdad?—. Sasha, por favor…, bésame. Necesito que…

La boca de él colisiona contra la suya, pero lo hace sin una pizca de dulzura. No hay nada de lo que había antes, en la fiesta, no ha obtenido la misma respuesta febril al paladear el diminutivo ruso en la lengua. Es un beso sucio, para que se calle, como si descargara toda su rabia contra ella, como si quisiera hacerle daño, y la amenaza de esa intención…, oh, desata una parte defectuosa en su interior, la parte que ansía que le hagan daño una y otra vez, despierta los moratones que quieren que los aprieten, las cicatrices que quieren que las muerdan. Quiere que le haga daño. Lo desea.

Sin dejar que se aparte de ella, Lili le tira de la camisa, torpe, desmañada. Aleksandr toma las riendas enseguida; se quita la camisa por la cabeza, sin molestarse en soltar los botones, mientras ella le desabrocha el cinturón al tiempo que retrocede hacia la cama, tropezándose, llevándoselo con ella. Y, antes de que logre rozar siquiera algo parecido al control, Aleksandr la empuja contra las sábanas, arrancándole las manos de él.