Seis #5
—Al principio, sí que pensaba que aquí me sentiría en casa —continúa en voz baja bajo el murmullo del restaurante—. Que si había un lugar en el mundo donde me sentiría en casa, sería este, con tantas personas distintas… Creo que esperaba demasiado. Me decepcionó. Y luego empecé a pensar en otras ciudades donde quizá no me sintiera tan sola. El sitio siguiente, mis otras vidas. Pero eso… Eso nunca ocurre. Nunca consigues atrapar la soledad, ni tampoco escapar de ella, creo. Igual que esa sensación de haber encontrado un hogar —añade con tristeza, mirando a Aleksandr.
Él la está observando. Con la mirada serena, firme.
La forma en que la mira se le antoja un recuerdo. Aire frío y salobre, el aroma de una naranja.
Antes de dar crédito a esa sensación que se ha despertado en su interior, esa impresión de recuerdo extraviado, continúa:
—¿Qué sientes ahora cuando miras a Rusia?
Una pausa. Se toma un segundo antes de responder.
—Veo un país que se tira el último puñado de tierra en su propia tumba.
Ella levanta las cejas, sorprendida.
—¿Te refieres al régimen de Putin? ¿A lo que le ha hecho al país?
—Sí, pero el país ya se estaba pudriendo mucho antes de que llegara él.
—Entonces ¿qué crees que podría cambiarlo?
Suelta una fuerte carcajada.
—No creo que, para Rusia, el cambio esté en el horizonte.
—¿Qué? ¿Por qué no? ¿No crees que allí merezca la pena luchar por la democracia, por una sociedad libre, por un futuro mejor, por el progreso?
—No es tan sencillo.
—Yo diría que sí. Hay que luchar por el futuro que se quiere.
Aleksandr suspira. En un primer momento, Lili se siente irritada, pero enseguida se da cuenta de que no lo ha hecho con condescendencia.
—No se puede entender Rusia desde un prisma occidental —dice.
—¿No es eso una excusa para quedarse de brazos cruzados mientras el horror persiste? Los crímenes de guerra, las violaciones de los derechos humanos…
—No lo estoy defendiendo, Lili. Lo estoy explicando.
Siente de nuevo su resistencia habitual, pero la deja pasar; lo que busca es llegar a una comprensión, no a un compromiso.
—De acuerdo —asiente—. Explícamelo. Quiero escuchar.
—Rusia nunca, ni una sola vez, ha tenido una concepción de su propia identidad nacional que no se centrara en la grandeza. Siempre ha tenido predilección por gobernantes que representaran el arquetipo del hombre fuerte; Putin no es nada nuevo. Estas movilizaciones a favor de los ideales occidentales, el activismo en las calles, el apoyo de los Estados Unidos a los disidentes… En realidad, no tiene mucho que ver con el empoderamiento del pueblo ruso. Los Estados Unidos jamás querrán una Rusia fuerte. Pero, además, malinterpreta esencialmente la psicología del pueblo. Después de casi cien años viviendo en un estado constante de terror, ese miedo totalizador cambia de forma irrevocable tu forma de pensar el mundo, tus concepciones del yo, las posibilidades del imaginario político, de lo que pueda traer el futuro. El ideario occidental no puede importarse ahí en bloque, como si nada.
—Bueno, pero hay valores que ya no son solo occidentales, sino universales. La democracia, la libertad de expresión… Son cosas que cualquiera querría, en cualquier sitio.
—Sí, pero no hay ningún país, y los Estados Unidos menos que ninguno, que esté tratando de llevar la democracia y la libertad a otros por pura bondad.
—¿No es eso un poco derrotista?
Aleksandr se encoge de hombros.
—El optimismo es un rasgo de juventud. De países jóvenes, de gente joven. En Rusia hay una psique distinta, una mentalidad colectiva distinta. No apática de por sí, pero sí que hay una sensación de extenuación histórica colectiva. La historia se ha reprimido durante tanto tiempo, tantas décadas… Hay un sentido del humor cáustico, amargo y gris, producto de haber vivido décadas y décadas de desesperación y represión.
—Me da la impresión de que lo que describes es conformismo. Luchar por el cambio es nuestra responsabilidad, ¡y también elegir un gobierno que ayude a crearlo!
—Esta agitación infinita para que tu gobierno refleje exactamente tu visión del mundo… ¿No te resulta agotadora?
—¿Para qué está el gobierno entonces, Sasha? —le pregunta, alzando la voz.
Aleksandr sonríe. Ella se da cuenta de lo que acaba de decir un segundo demasiado tarde.
—Así que ahora es Sasha, ¿eh? —dice él.
Lili se sonroja; solo lo ha llamado así cuando se la está follando hasta hacerla llegar al extremo de la incoherencia.
—No estés tan satisfecho —gruñe ella, jugueteando con su servilleta—. Me refiero a que es una línea peligrosa. Te desilusionas con el gobierno, te pones apático… Está muy bien si puedes mantenerte en pie tú solo, pero si no puedes, y si no eres blanco, cisgénero y heterosexual, las cosas se complican. Y los derechos humanos son importantes, sin importar dónde estés. Comprendo lo que dices, es un contexto histórico diferente, pero hay cosas que deberían permanecer inmutables a través de todo, debajo de todo. Como, por ejemplo… Mierda, ¡perdona! —Mientras gesticula animadamente, Lili casi vuelca su copa de vino. Aleksandr se ríe y la coge antes de que su contenido se derrame. Le da un beso en la mejilla mientras lo hace, y ella siente que le arde la piel—. Gracias —murmura.
Él la rodea con un brazo y la atrae hacia sí. Luego, se apoyan en el respaldo del banquito.
—Entiendo a qué te refieres —le dice—. Simplemente, no me voy a quedar esperando a que ocurra. No ahora. Y no en Rusia.
A ella le vibra el bolso. Con insistencia.
—Disculpa —dice Lili, sacando su móvil—. Vuelvo en un minuto.
Se excusa para ir al baño, donde ignora montones de alertas silenciadas del chat de grupo y donde echa un rápido vistazo a los nuevos mensajes de texto de Jackie.
20.35. Lili!!!!
20.35. Lili, ha vuelto?
20.36. Liiiiiiiiiiliiiiiiiii
20.51. Vale, acaba de llegar Jamie. Dice que estás follando.
20.55. Tienes todo mi apoyo!!!
21.46. Vengo a ver si va todo bien.
21.46. Infórmame, porfa.
21.46. Que le den al chat de grupo, pero infórmame a mí
21.46 Venga lil, que soy tu favorita.
21.48. Estoy bien, te veo mañana! Ha vuelto antes de tiempo, lo siento. Te quiero
Pone el móvil en modo «no molestar» y se mira en el espejo. Le brillan los ojos, y hay una calidez especial en su sonrisa. También un poco de electricidad beligerante en su sangre.
Echaba de menos esto. Lo echaba mucho de menos.
Al volver a su mesa, Lili descubre que Aleksandr está de pie. Está hablando con alguien, una mujer rubia con una melena lisa que le roza las clavículas y un vestido verde vivo. Lili la ha visto antes, sentada en otra mesa con un grupo de amigos.
Aleksandr ve que Lili se acerca por encima del hombro de la mujer.
Él esboza una media sonrisa de satisfacción.
Lili frunce el ceño.
Ni hablar.
—Por supuesto, Londres es precioso en verano, mucho más agradable que Nueva York —está diciendo la mujer—. Justo estábamos diciendo que últimamente Goldman ha contratado a muchísima gente allí, con los programas de reclutamiento de nuevos graduados…
—Gracias por esperar —interrumpe Lili, mirando a Aleksandr con una sonrisa deslumbrante.
Lo coge del brazo con ambas manos y se apretuja contra su costado.
—Discúlpanos —le dice Aleksandr a la mujer—. Saluda a tu padre de mi parte.
Mientras se sienta, Lili observa a la mujer cuando esta vuelve a su mesa. Echa un vistazo hacia atrás, para mirar a Aleksandr con una expresión entre interesada y confundida.
—Qué guapa —masculla Lili.
Aleksandr sonríe al tiempo que se sienta a su lado.
—Como tú has dicho antes, esto no es ninguna cita.
—Es gracioso, porque creo que todavía se me está resbalando tu corrida por los muslos —replica ella.
Bajo la fachada distendida de su expresión, la mirada de él se oscurece.
—Bien. Quítate las bragas.
Lili se pone rígida.
—Ni hablar.
Aleksandr se apoya en el respaldo y otea el resto del restaurante.
—Pues juguemos a un juego. Ese camarero joven de ahí o bien piensa que esto es una cita o que eres mi hija.
—No seas ridículo. No nos parecemos en nada.
—Pues apuesta por lo otro, si te parece que tienes más probabilidades de ganar. Yo digo que cree que estás cenando con tu padre.
Lili se ríe por la nariz.
—Estás exagerando.
—Te lo demostraré. Y, cuando lo haga, bragas fuera.
Aleksandr hace un gesto para llamar la atención del sumiller, con indiferencia y seguridad en sí mismo, y pedirle otra botella de vino. Uno de los camareros —joven, poco más de veinte años, entusiasta— acude enseguida con otra botella.
—¿Están ustedes de celebración? —pregunta mientras la descorcha—. Muchas familias vienen aquí a cenar el día de la graduación.
—Sí, celebramos que he terminado mi tesis —contesta Lili.
—¡Enhorabuena! —contesta él con una sonrisa amable y sincera mientras le llena la copa.
—Estamos muy orgullosos de ella —dice Aleksandr.
Lili lo mira con severidad.
—A celebrarlo cenando con papá, ¿eh?
La sonrisa triunfal de Aleksandr es ridícula.
—Sí, tenía que aprovechar la ocasión —dice.
Lili le da una patada por debajo de la mesa. Apunta alto, pero él la agarra del tobillo, con el rostro sonriente e imperturbable.
—Si hay algo más que pueda hacer por ustedes, solo tienen que decirlo —añade el camarero, que no se ha enterado de nada, al terminar de servir el vino. Aleksandr le acaricia el tobillo a Lili—. Algo para que la velada sea más especial, cualquier cosa. Enseguida llegará el siguiente plato.
En cuanto el camarero se va, Aleksandr le suelta el tobillo.
—Bragas fuera, Lili.
—Has hecho trampa —protesta con los dientes apretados.
—No habíamos establecido ninguna regla. Bragas fuera.
Lili hace una mueca. Mira a su alrededor —odia perder—, pero se desliza las bragas por los muslos. Coge el pedacito de encaje, se lo mete a él en el bolsillo y, con el ceño fruncido, se cruza de piernas.