Seis #4
—Hay una razón por la que esa idea persiste —dice—. Hay una razón por la que terminamos a este lado del océano.
—«Dame tus cansados, tus pobres, tus masas hacinadas anhelando respirar en libertad, los despreciados de tus congestionadas costas» —recita Lili.
Aleksandr resopla. No es del todo una risa, aunque se le acerca.
—Ese poema hace llorar a Michael. Me obliga a ir a Liberty Island al menos una vez al año.
—Vaya. No lo tenía por alguien muy sentimental.
—En realidad, no creo que sea sentimentalismo. A veces, me pregunto si solo los inmigrantes somos capaces de amar a los Estados Unidos de verdad.
—¿En qué sentido?
—Si este país es lo único que has conocido, si tus raíces familiares se adentran en estas tierras desde hace generaciones, no puedes verlo tal y como es —responde, oteando el ajetreado salón; una ciudad y sus riquezas—. Esa sensación de libertad, supongo. No puedes apreciarla si no has experimentado su ausencia.
Una vez más, la sombra del pasado y de lo personal empañan sus palabras. La curiosidad que siente por su vida le resulta incómoda, por lo que significa: que se está convirtiendo en alguien importante para ella. Decide hacer caso omiso de su desasosiego.
—¿Me… me contarías más sobre ello? —pregunta—. ¿Sobre Rusia?
—¿Qué te gustaría saber?
Oye la tensión en su voz: no hay rechazo, no está a la defensiva, pero percibe la sombra de un instinto de esconderlo, que asoma bajo la decisión de, aun así, contárselo.
—¿Cuándo te fuiste?
—En el 93. Unos meses antes del golpe.
—¿Cómo? O… bueno, ¿por qué?
—Para estudiar.
—¿Y tu madre se quedó allí?
Aleksandr suelta una carcajada. Una sola.
—Sí, claro que se quedó.
—¿Por qué?
—Creo que se pasó más de una década llamándome «desertor» después de que me fuera.
Lili frunce el ceño.
—¿Era una defensora del Estado cuando eras pequeño?
—No, en absoluto. Era muy crítica, y bastante expresiva al respecto, pero cuando toda tu vida se ha basado en reaccionar a algo, no puedes abandonarlo sin más. O eso asegura ella. Sus prioridades siempre estuvieron muy claras.
Lili lo observa mientras él contempla el restaurante; no la mira a los ojos.
—¿Alguna vez has pensado en volver? —pregunta.
Niega con la cabeza.
—No. Tras la la universidad, pensé en irme a vivir a Francia.
Ella ladea la cabeza.
—¿Por qué Francia?
—Mi francés era bastante bueno. Mi madre me enseñó literatura francesa, y había estudiado en París un tiempo, durante un intercambio en la universidad.
—Guau. —Lili se ríe con dulzura—. París a los veinte.
Aleksandr se ríe también, pero es un sonido retorcido, duro. Le provoca una punzada de dolor en el pecho.
—Era muy infeliz —admite él.
—¿Qué? ¿Qué quieres decir?
Él suspira.
—Cada día pasaba algo en casa. Más noticias, más desgracias. Sentía que todo se estaba derrumbando, que se desmoronaban todas las esperanzas de que se produjera algo remotamente parecido a la libertad o al cambio, algo que no fuera hambre, muerte, corrupción… Pero yo nunca tenía una imagen completa de lo que ocurría. A mi alrededor, nada había cambiado. La gente vivía su vida, reía y yo… yo no me sentía ni parte de la misma especie. Probablemente, es la época que más solo me he sentido en toda mi vida.
Lili no dice nada. Contiene el aliento mientras los ojos de él siguen recorriendo la sala, contemplando las charlas ajenas a ellos. Todavía lleva el pelo alborotado tras su anterior encuentro, alborotado por sus propias manos, y el cuello abierto de la camisa se le antoja íntimo.
Quiere que siga hablando; quiere seguir escuchándolo.
Él da vueltas a su copa de vino entre los dedos.
—Cuando esperaba el Métro, no es que quisiera tirarme a la vía, pero había algún tipo de… Lo comprendía. La razón por la que la gente hace algo así. No tenía la intención de hacerlo, pero…
—No, lo entiendo —murmura Lili.
Él la mira entonces. Con cautela, con una expresión inquisitiva.
Lili lo mira a los ojos.
—Cuéntame más sobre París —le pide.
—¿Has estado alguna vez?
—No, ¿por qué?
—Por tu madre. Hablaba francés, ¿no? Siendo libanesa…
—Ah, sí, claro. Pero ella tampoco había estado nunca en Francia. —Se encoge de hombros, apartando un dolor oscuro y complejo que resurge en su pecho, el dolor por todas las cosas que sus padres no hicieron nunca—. Sigue —lo apremia—. Háblame de París, tengo curiosidad.
—Pasaba mucho tiempo en iglesias —le cuenta con una sonrisa triste.
—Pensaba que no eras religioso.
—No lo soy. Y entonces tampoco lo era, pero nunca había experimentado lo que era entrar en una iglesia, no en realidad. Lo más cerca que había estado eran los monumentos del Estado. Así que me sentaba en esas viejas catedrales cuando se encontraban vacías, las mañanas de los días laborables, antes de ir a clase. Contemplaba las enormes arcadas de piedra y trataba de sentir algo a la misma escala, algo más poderoso, más misterioso, más majestuoso, que no tuviera nada que ver con el Estado o la política. —Se encoge de hombros—. En fin, las catedrales. También paseaba mucho. Los jardines de Luxemburgo quedaban cerca de mi universidad, así que iba allí casi cada día a leer. Había unos libros usados muy baratos, livres de poche de Gibert Joseph, que se podían comprar por poco dinero.
Lili no quiere ni respirar, temerosa de interrumpir el momento.
Nunca lo había visto hablar de este modo. Sus pensamientos y sus recuerdos confluyen en palabras un instante antes de que las pronuncie. Es como si estuviera pensando en voz alta, y ella no quiere apartar la vista.
Aleksandr suspira.
—Supongo que estaba tratando de conseguir tantas cosas que el hedor de mi propia ambición me repugnaba. O, mejor dicho, me agotaba. Pensar en lo lejos que quedaba lo que quería ser de lo que era, de dónde estaba… En aquellas iglesias quería volver a sentirme pequeño, pero no anónimo, no insignificante, que es lo que supongo que típicamente uno siente en París.
—¿En qué sentido?
Aleksandr desliza un dedo por el borde de su tenedor.
—París tiene un cierto peso. Existe en la sombra de nuestros recuerdos, de nuestras expectativas. En la ciudad pesa la responsabilidad de ser profundo, apasionante, de ser capaz de cambiar vidas. Cada calle lleva el nombre de algo importante, ya sea una persona, un acontecimiento o un lugar. Sentía que llevaba sobre los hombros la carga de que todo aquello significase algo para mí, mientras que, al mismo tiempo, en aquella época, sentía que nada tenía un gran significado. Tenía la sensación de que nunca sería capaz de relajarme, de que no lograría alcanzar una sensación de descanso o comprensión. Cuando crecí, todo se movía constantemente bajo mis pies, y yo no confiaba. Tuve la suerte de salir, pero no sé…
Se oyen una risas en la mesa de al lado; una botella de champán al descorcharse. Aleksandr desvía la mirada al oírlo. Luce una expresión serena, como si estuviera en paz con esos recuerdos que a ella le hacen sentir tantas cosas que no debería sentir, un anhelo por él, una sensación de experiencias compartidas, el deseo de alisarle esa arruguita que le sale en el ceño al perderse en sus recuerdos.
Pasan unos momentos de silencio entre los dos.
—Y ahora, ¿te sientes en casa? —pregunta con dulzura—. ¿En Nueva York?
—Tanto como podría sentirme en cualquier parte.
—¿Qué quieres decir?
Él se toma unos instantes antes de responder.
—A veces siento que mi hogar, o lo que sea que haya experimentado que podría ser mi hogar, que podría tener ese matiz de historia y de significado… ya no está ahí. Una ciudad diferente, con un nombre diferente.
—¿Te refieres a San Petersburgo? ¿O, mejor dicho, Leningrado?
—Sí, pero, en realidad, también a algo general. Un hogar es un poco una ilusión, ¿no? Algo que nos contamos para sentirnos mejor. Una ilusión de que hay un lugar hacia donde vamos, adonde podemos regresar, cuando en realidad nos fuimos de allí hace años.
Una costa distinta, el sonido de los loros y los tranvías por la mañana. Kilómetros y kilómetros de océano, golpes de viento, las olas limpias rompiendo contra la orilla, risas familiares. Un lugar que retrocede un poco más con cada paso hacia delante que da.
—¿Y tú? —le pregunta, mirándola—. ¿Sientes que esto es tu hogar?
—Es la mejor ciudad del mundo —bromea. Él la mira con una ceja enarcada y ella exhala un suspiro—. Siento que aquí hay tantas cosas que no tengo que preocuparme de si lo siento como mi hogar o no —admite—. Es el centro de algo, significa mucho para mucha gente… y es bonito estar en medio de todo eso. Sentir que estás en un lugar que importa, en un lugar que significa algo. Como si los años que pase aquí no pudieran estar malgastados, ¿sabes? Hay millones de personas merodeando por esta isla. Supongo que pensé que, si tenía que estar sola en alguna parte, aquí sería donde menos sola me sentiría.
Cuando se concentra en el ruido constante que la aísla, en los muchos otros comensales que les rodean, es capaz de compartir unas palabras que se le antoja que dan voz a cosas enterradas, cosas sin nombre; a lo que escribía en su diario cuando acababa de llegar a la ciudad y sentía que ese pánico volvía a instalarse en su pecho, que no había logrado dejarlo atrás, ni tampoco alcanzarlo. O a sí misma, mejor dicho.
No había logrado ni huir de sí misma ni tampoco alcanzarse.
Cuando lo piensa, siente un dolor que le resulta familiar. Lili siente el apremio del instinto de alejarse, pero, en lugar de hacerlo, respira. Es capaz, de algún modo, de mantenerlo a una cierta distancia de seguridad, de mirarlo.
Tiene la oportunidad de sentarse junto a ese sufrimiento, y no de convertirse en él.