Games Seis #3
36%

Seis #3

—Fromm diría que se trata, en esencia, de una necesidad de libertad o de una necesidad de pertenencia. Una maniobra para lidiar con la ansiedad causada por el aislamiento.

Lili se dispone a insistirle, a decirle que esa no es su opinión, sino una referencia al pensamiento de otro, pero justo entonces regresan los camareros. Solícitos y atentos, les retiran los platos, les preguntan qué les han parecido, les rellenan las copas y les sirven el siguiente plato.

—¿Y qué hay de ti? —le pregunta Lili cuando el personal se retira. Mete la cuchara en el consomé: es de fresa y de tomate, una combinación dulce y salada que la desorienta. Está delicioso—. ¿Por qué las finanzas? ¿Por qué todo esto?

—Ah, probablemente por mi total ausencia de moralidad —contesta él con una sonrisa—. Todo encajaba muy bien.

—Responde a la pregunta.

Se encoge de hombros.

—Como has dicho, el capital y el trabajo dictan nuestras vidas. Quería tener voz en eso.

—Eres consciente de que el dinero no es real, ¿no? —lo pincha.

Aleksandr se la queda mirando.

—¿Cómo dices?

—Es un constructo social —le aclara, dando un traguito de vino.

—Puedo asegurarte que es un constructo social con mucho peso.

Ella hace un gesto con la mano, como quitándole importancia.

—Bueno, el caso es que querías jugar al Monopoly en el tablero de los chicos mayores. ¿Es eso? Avasallar al gobierno, aplastar al proletariado, dejar que el libre mercado se expanda hasta el infinito, gobernar sobre todo ello…, ¿no?

—Sí, creo que el gobierno debería dejarnos en paz, dejarnos competir en un libre mercado sin restricciones —contesta él con una sonrisa de suficiencia, como si quisiera irritarla a propósito.

—¿Y nunca deseas…? No sé. ¿Saber que hay algo que va a cogerte a tiempo? —pregunta, tratando de abordar el tema desde otro lado. No es la primera vez que hablan de este tema. Se recuesta contra él con la copa en la mano. Se siente cobijada en ese rinconcito, a su lado—. Desde un punto de vista teórico, por supuesto, pero saber que hay un sistema que te apoya, que cuidará de ti si te caes.

—Para ser alguien que aborrece tanto depender de los demás, estás muy obcecada con la responsabilidad compartida —musita.

Descansa el brazo en el respaldo del banquito, tras ella.

—No aborrezco depender de los demás —protesta.

—¿No? —dice, alzando una mano para apartarle el pelo del hombro desnudo.

—Sé lo que se siente —contesta—. Cuando tienes la sensación de estar siempre a punto de caer.

—Sí, y yo también. Esa precariedad, ese miedo al fracaso… Es lo que te empuja para conseguir tus logros. —Poco a poco, empieza a deslizar los dedos sobre la línea de su clavícula, entre la piel desnuda y la tela, donde sus dedos juguetean con el fino tirante de su vestido—. Esa sensación de que lo tenemos todo garantizado nos hace perezosos. La mediocridad, el confort, la seguridad… No es lo que nos ha llevado hasta donde estamos.

—¿Y dónde estamos, Aleksandr? En serio —pregunta, molesta, pero también apasionada por la sensación que ha despertado en ella el hecho de que hayan coincidido en una experiencia, para luego divergir de un modo tan drástico en la solución—. ¿En la era del sistema de salud del GoFundMe? ¿De privatizarlo todo, arrastrando a millones de personas a la pobreza, y realizar así el gran proyecto neoliberal?

Aleksandr se encoge de hombros.

—La supervivencia del más fuerte.

Lili aprieta los dientes y coloca la palma de la mano, plana, sobre la mesa.

—Como seres humanos se nos debe una pizca de dignidad. ¡Cierta capacidad de ver cubiertas nuestras necesidades básicas!

—El mundo no nos debe nada.

Lili frunce el ceño, perpleja por su frialdad. Le asombra lo rápidamente que pasa de mostrarse meramente entretenido a esa asertividad tan fría y clara; darse cuenta de que son creencias más que ideas, convicciones más que teorías.

—El mundo, o nuestro país, no debería herirnos activamente —replica—. No creo que sea mucho pedir.

—Si me quita parte de mi libertad, sí.

Ella niega con la cabeza, desconcertada.

—No lo entiendo, Aleksandr. ¿Qué quieres, poder o libertad?

—Son lo mismo.

Le cuesta, pero aparta ese instinto reflejo de discutir; quiere comprender lo que le dice, quiere comprenderlo a él.

—¿Cómo concilias ambas cosas?

—El poder de definir tu propia vida, de vivir como te plaza, según tus propias habilidades: eso es libertad. Nadie puede elegir por mí. Nadie puede tomar mis decisiones por mí. Sé lo que es no tener nada, no tener ningún control. He luchado por esto, por tener ese poder, y nadie me lo va a quitar.

—¿Es ese tu mayor miedo, entonces? ¿La impotencia?

—Sí —responde con sencillez—. La pobreza, la impotencia, me aterrorizan. Pensar que no pueda controlar lo que ocurre, que no pueda cuidar de mí o de los míos. Eso… eso es un infierno. La inseguridad, la falta de amparo. Viví en esa situación durante demasiado tiempo.

En momentos como este, cuando es tan sincero —incluso vulnerable—, pero sereno a la vez, es cuando Lili se siente más expuesta. Por eso y por su propia y desconcertante sensación de estar de acuerdo con el miedo que le acaba de confesar.

—Entonces ¿no deberíamos ayudarnos los unos a los otros, como sociedad? —insiste ella—. ¿Protegernos los unos a los otros de esa inseguridad, de ese infierno?

Aleksandr suspira.

—Me gustaría creer eso, me gustaría de verdad. Pero no lo he visto nunca. Lo único que he visto es a la gente proteger lo que es suyo, traicionarse para ganar algo. No es ni bueno ni malo, es lo que es.

—¿Y no es eso…? En fin, ¿no es despiadado? —repone, arrugando la nariz, disgustada.

—¿Y tan malo es eso?

—¡Sí! —exclama ella, lanzando los brazos al aire—. Por supuesto que es malo. Dios, pero ¿tú te escuchas? Joder, eres como un fan de Maquiavelo… ¡Deja de sonreír, Aleksandr! ¿Qué pasa, tan entretenido te resulta discutir conmigo?

—Me resulta placentero debatir contigo —la corrige—. Te encuentro extremadamente reflexiva.

A Lili le arden las mejillas, y un calor repentino estalla en su pecho —aunque estén discutiendo, sobre todo porque están discutiendo—, inconveniente e intenso, pero lo interrumpe la llegada del siguiente plato: berenjena sellada, piñones, pistachos y miel.

—Oye, si alguna vez te cansas de cenar en sitios elegantes, hay un restaurante libanés excelente en esta misma manzana —le dice—. Pero no sé si podré convencerte de que comas con las manos.

Él sonríe.

—La próxima vez. A mí también me encanta ese sitio.

—Oh… ¿Has… has probado mucha gastronomía de Oriente Medio?

—He pasado tiempo en esa región, por trabajo.

—¿Más allá del Golfo?

Enarca una ceja.

—Sí. He vivido fuera de los Estados Unidos durante casi toda mi vida, ¿sabes?

—Ya —responde ella—. En Asia también, cuando empezaste en BlackRiver. En capital privado.

—Ten cuidado, o tendré que interpretar tus conocimientos como interés.

Lili pone los ojos en blanco y coge con los cubiertos un bocado repleto de miel.

—¿Has estado en el Líbano?

—Sí, ¿y tú?

No habría sido difícil darle una respuesta rápida, pasar a otro tema. Encontrar consuelo en el miedo, ese viejo conocido, retraerse ante la posibilidad de abrirse con alguien, temerosa de los daños que pudiera encontrar en su interior.

En lugar de eso, Lili se aclara la garganta y responde:

—Mi… mi madre era de allí. De Beirut. Bueno, étnicamente era armenia y libanesa. Vino a California a estudiar.

—¿Stanford?

—Para el grado, sí. Estaba haciendo el doctorado en Berkeley.

Lili levanta la vista para descubrir que Aleksandr la está observando. Con curiosidad, con atención, pero sin ser exigente. Es como si estuviera esperando a que ella le cuente lo que quiera compartir con él.

Ella vacila; luego respira hondo y confía. En sí misma, cree.

—Nunca he ido —confiesa en voz baja—. Al Líbano, quiero decir. Era muy pequeña cuando murieron mis padres.

—¿Tu padre también era del Líbano?

Niega con la cabeza y vuelve a coger la copa de vino. Incómoda, se siente incómoda, contándole todo esto a él. Pero no insegura.

—No, era estadounidense. ¿Por qué?

—Por tu apellido.

Lili se ríe por la nariz.

—Qué patriarcal por tu parte. No, mi apellido es el de mi madre. Sus padres murieron en la guerra, a la que tampoco sobrevivió ningún hermano… Solo quedaban unas pocas personas de su familia extendida. Quería que el apellido de su familia perdurase. En realidad, fue idea de mi padre.

—¿Cómo se conocieron?

—En la universidad. —Lili sonríe; el recuerdo prestado la enternece—. Mi madre le hizo leer a Said antes de acceder a salir con él. Y él volvió con el libro lleno de anotaciones.

Aleksandr se ríe y niega con la cabeza.

—Yo ya he leído a Said.

Se le hace un nudo en el estómago; da un largo trago de su copa de vino.

—Antes has dicho que creciste en San Francisco, ¿no? —pregunta él.

—Sí, y luego en Marin. Mi familia de acogida vive en Mill Valley.

—¿Y luego viniste a Nueva York a estudiar?

Lili asiente.

—¿Y tú? —pregunta. Se está aproximando a los límites de lo que quiere revelar sobre sí misma—. ¿Por qué Nueva York? Me da la sensación de que casi nunca estás aquí.

—La sede está aquí.

—Ya, pero podrías vivir en Londres. Más cerca de Europa, y tenéis oficinas en todas partes.

Aleksandr se encoge de hombros.

—Supongo que me gusta este país, de algún modo. Respeta el hambre. Me permite coger lo que en casa jamás me habría atrevido a soñar con tener.

—Este país engendra el hambre, espiritual, emocional, física, de millones de personas.

—No vivo engañado respecto a la brutalidad de los Estados Unidos. Pero aquí hay margen para soñar.

—Más bien margen para caer.

—Sí, pero el revés de eso es tener muchas opciones de escalar socialmente. Solo ese potencial… ya es un privilegio.

—Estás fetichizando el sueño americano.