Seis #2
Claro. Hay una razón por la que están cenando juntos. Ella se inclina hacia él, radiante. Quiere compartir con él su éxito, hablarle de lo que ha logrado, sumergirse en unos detalles que sus amigos no comprenden del todo: no es su campo, no es su mundo.
—Bueno, Kerr todavía tiene que releérsela en profundidad, pero ya le he entregado la versión corregida. Tendrá más notas y correcciones, la fecha de entrega final no es hasta otoño… Pero tengo la sensación de que por fin está tomando forma.
—No seas modesta. Eres inteligente y lo sabes. El capitalismo prospera gracias al trabajo de personas excelentes pero inseguras. No le des esa satisfacción, ¿vale?
—Yo no soy una persona excelente pero insegura —protesta Lili—. Ha ido muy bien. Muy muy bien. Cree que podría publicarla.
—Ahí lo tienes —contesta Aleksandr—. ¿Y es eso lo que quieres hacer?
—¿A qué te refieres?
—A tu carrera. ¿Te gustaría publicar, dedicarte al mundo académico? No parecías muy entusiasmada con la idea de unirte a nuestro equipo de inversiones sostenibles —observa, sin molestarse en esconder lo graciosa que le parece la situación.
—No, gracias. Si quieres que te diga la verdad, preferiría venderle mi alma al diablo y tratar de renovar el Fondo Monetario Internacional de cabo a rabo antes que unirme a una firma de gestión de activos. O que dedicarme al mundo académico, ya puestos. Los tejemanejes políticos y las luchas entre departamentos no son para mí. Me niego a ser una profesora adjunta que apenas pueda permitirse asistencia sanitaria, explotada por una torre de marfil.
—¿Agricultura urbana, entonces?
Frunce el ceño, desconcertada.
—¿Qué te hace pensar eso?
—El otro día parecía ser algo que te apasionaba. Esa noche, en mi despacho.
—Sí, bueno… Ya veremos. —Se encoge de hombros, incómoda—. No es que sea una vía profesional viable. Al menos, a mi tutor no se lo parecería, eso seguro. —Las palabras de Kerr resuenan en sus oídos: «Tienes un potencial inmenso, no lo malgastes en algo pequeño»—. ¿Y tú? —pregunta, tratando de cambiar de tema demasiado rápido—. ¿Has disfrutado contaminando el mundo durante tu viaje, evangelizando sobre la teoría del derrame?
—Pues sí.
Lili frunce el ceño.
—Eres un monstruo capitalista.
—Gracias —contesta, con una sonrisa sin duda demasiado pagada de sí misma.
Conteniendo las ganas de poner los ojos en blanco, Lili da otro trago de vino. La copa está casi vacía y, cuando vuelve a dejarla sobre la mesa, Aleksandr se la rellena, girando la botella ligeramente con un movimiento de muñeca. El reloj le brilla bajo la luz; la hora que marca es más tardía que la real, un resquicio de su viaje.
—Viajas mucho —comenta Lili.
—Es una parte necesaria del trabajo.
—¿No lo encuentras excesivo? ¿Ser a la vez presidente y director ejecutivo?
—¿Por qué iba a querer trabajar con alguien diciéndome lo que debo hacer?
Entonces Lili sí pone los ojos en blanco.
—¿No te resulta difícil engrasar tú solito las ruedas del capitalismo?
—Tengo una gran fe en el poder del individuo —responde él con una sonrisa.
Lili resopla y se apoya en el respaldo del asiento, pero… echaba de menos esto. Ya ha hecho sus comprobaciones debidas para aclarar la situación; no es más que una cena juntos, así que puede relajarse y disfrutar de la tensión sexual de la discusión.
—¿A la mujer de Michael no le importa que viajéis tanto?
Aleksandr parece confundido.
—¿Mujer?
—Sí. He visto el anillo.
Él niega con la cabeza y se echa a reír.
—El marido de Michael trabaja en la firma, es uno de nuestros directores generales… Y lo acabas de conocer. Es Andrew, el hombre al que casi haces llorar en la fiesta.
—Oh… —Sorprendida, revisa cómo ha juzgado a Michael. Le desarma pensar en él (tan frío, tan desaprobador) casado con Andrew, con su sonrisa amable, al que ha despedazado sin pretenderlo—. Oh. Oh, yo no… Mierda, debería disculparme. No pretendía hacerle eso a él.
—Lo superará.
Entonces recuerda lo que Aleksandr le ha confesado hace un rato. «No solo mujeres, Lili».
—¿Alguna vez…? ¿Alguna vez Michael y tú habéis…? Ya sabes.
Aleksandr empalidece, claramente horrorizado.
—No, por Dios. Michael es como un hermano, eso… No, no, ni hablar.
Lili se inclina hacia él y sonríe. Quiere disfrutar de verlo más consternado que nunca, pero justo entonces llega el primer plato: un equipo entero de camareros rodea la mesa con unas radiantes ensaladas, con escarola rizada y achicoria roja, un ingrediente poco convencional. A uno de los camareros, el pelo rubio casi blanco le brilla bajo la luz de las velas; el tema de los amigos, los hermanos, le hace pensar en James. En la fiesta, se ha echado a reír cuando le ha informado, con un gesto de disculpa, que se iba a escapar de la fiesta, que Aleksandr la estaba esperando abajo. «No te disculpes —le ha dicho—. Arréglate el pelo y diviértete también por mí».
Carraspea.
—Solo para que lo sepas… —dice, mirándolo a los ojos—. Jamie y yo… Hum… Hace años, casi nos enrollamos, cuando acabábamos de empezar la universidad. O sea, cuando nos conocimos. Fue un desastre. Nos besamos, pero no pasó nada más… Se nos volcó la cerveza encima de la invitación al funeral de su madre. Así me enteré de que acababa de morir, y nos pasamos el resto de la noche hablando, porque, ya sabes, mis padres… —Hace un gesto con las manos y luego las deja caer, dando a entender de forma implícita el resto de la frase—. Por eso he ido esta noche a la fiesta. Él finge que no, pero los eventos familiares se le hacen duros, porque su madre ya no está y su padre se volvió a casar enseguida. De todos modos, lo quiero mucho. Es uno de mis mejores amigos, pero no hay nada romántico entre los dos. ¿Vale?
Aleksandr sonríe, como si su arrebato de sinceridad le enterneciera.
—Gracias por ser clara, lo aprecio.
—Bueno…, en aras de la transparencia —murmura; no le debe ninguna explicación, pero siente que no está de más poner todas las cartas sobre la mesa tras lo ocurrido en la fiesta, que no haya malentendidos—. ¿Y Michael y tú? ¿Cuánto hace que os conocéis?
—Crecimos juntos.
—¿En San Petersburgo?
—Sí. —Da un trago de vino y se aclara la garganta—. ¿Qué te hizo elegir este tema para tu tesis? —pregunta.
Le sonríe, pero aun así, ella siente la clara sensación de que la está desviando del tema. Cae en la cuenta de que, a la mesa, tiene los modales propios de un europeo: el tenedor en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha. Hace que ella se sienta torpe, americana, joven, al ir cambiándose los cubiertos de mano.
—Quería aprender más sobre cómo internalizamos el capitalismo —responde, permitiéndole cambiar de tema—. El protestantismo fue crucial para eso, por cómo elevó el valor que le damos al trabajo.
—¿Y qué has descubierto?
—Que hizo que el capitalismo se convirtiese en algo íntimo para nosotros, le aportó unas raíces religiosas.
—¿De qué manera?
—Veamos, cuando pensamos que el trabajo nos da un propósito, un sentido a nuestra vida, nos ofrece una motivación que el dinero por sí solo jamás nos aportaría. El capital y el trabajo dictan nuestras vidas, se convierten en las formas a través de las cuales nos consideramos valiosos.
—¿No te parece que tu trabajo te da un propósito, Lili?
—Sí, pero es una cuestión compleja. Piensa en lo completa e indiscutiblemente que esto está aceptado, en esa idea de que debemos encontrar un trabajo que no solo soportemos, sino que amemos. ¡Es algo que nadie se cuestiona!
—¿Tan mala es una cultura moral que nos da motivación para brillar?
—No, pero es una cultura individualizadora. Individualizadora y alienante. Todo depende del individuo único, ganar dinero, conseguir sentido, seguir vivo, no fracasar nunca.
Aleksandr enarca una ceja.
—¿Y qué propones como alternativa, exactamente? ¿Que a la gente se lo tendrían que dar todo hecho?
Lili chasquea la lengua, irritada.
—No hace falta que te muestres tan disgustado. Por supuesto que no. Como es obvio, a veces es necesario trabajar duro, pero lo narramos siempre como una gran promesa de autorrealización personal. Esa manera de verlo idealiza la voluntad individual, ignora los factores sistémicos, o sea, la economía del laissez faire, el neoliberalismo, las ideologías que nos convertirían en polvo si así obtuvieran más beneficios.
—Pobres protestantes. ¿Les estás echando a ellos la culpa de todo?
—No seas reduccionista —replica Lili—. Weber les echó la culpa antes que yo.
—No me parece que él les echase la culpa…
—Sin la vocación de Lutero, hoy no concebiríamos el trabajo como un gran propósito.
—Estarás leyendo a Fromm, supongo.
Lili frunce el ceño. Tiene una copia llena de anotaciones de El miedo a la libertad en la mesa del comedor del loft.
—Sí —contesta con cautela.
—Entonces estarás familiarizada con lo que decía sobre la influencia de las ideas.
—Sí. Cree que la influencia de una idea depende de cómo esta responda a nuestras necesidades ya establecidas.
—Exacto. Esa idea solo podrá convertirse en una fuerza histórica potente si responde a unas necesidades psicológicas poderosas y preexistentes; creo que era así como lo describía.
—¿Y qué quieres decir con eso?
—Estás muy empeñada en examinar las consecuencias, en lugar de las raíces. Tengo curiosidad por saber a qué necesidades responde esta ética del trabajo protestante, que ahora, al parecer, es el motor capitalista de la miseria. Ese paso entre el trabajo como una forma de confirmar la predestinación y el trabajo como un medio de autorrealización secular… Ahí hay un cierto espacio. Quizá responda a necesidades similares, pero no del todo.
Lili toma en consideración sus palabras. Es una visión meditada, llena de matices, y que además la desarma: no pretende tener una respuesta inmediata, sino que apunta a una pregunta, que deja abierta para ella.
—¿Qué piensas tú? —le pregunta al fin.
Aleksandr se encoge de hombros.