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Tolerancia al riesgo

—Estoy cien por cien segura de que aquí no hay comida vegana —murmura.

—Ya me encargo yo de eso —contesta Aleksandr mientras el maître los conduce hacia la sala.

Él descansa una mano en la parte baja de su espalda; el delicado roce de sus dedos sobre la suave tela del vestido la hace estremecer, incluso a pesar de la humedad de la noche estival.

Espacioso, refinado e íntimo a la vez: es un restaurante formal y elegante del centro, Le Coucou, con paredes de ladrillos pintadas de blanco lavado, gruesos manteles blancos, velas e hileras de cubiertos brillantes. Hay grupos de amigos bien vestidos, mujeres esbeltas, hombres guapos, algunas familias adineradas con hijos ya mayores celebrando algún cumpleaños. Los espejos desvaídos reflejan el tenue resplandor de la sala y a los camareros, que sirven platos de nouvelle cuisine. Abren botellas de vinos con movimientos ágiles y confiados, y luego lo sirven en las delicadas copas. Un sumiller se abre paso entre las mesas.

Se ha pasado la semana arrullada por del dinero de Aleksandr, presa de un conflicto interno por beneficiarse de él, incómoda sobre sus orígenes, pero ha podido apartar todo eso cuando estaba concentrada en el trabajo. Sin embargo, ahora, al entrar en el restaurante, es difícil no reparar en ello: en su riqueza, en el modo en el que él la habita, en cómo los espacios y la gente se orientan a su alrededor y en cómo él espera que lo hagan.

—¿Estás seguro de que te parece bien comer aquí? —le pregunta Lili, levantando la vista hacia él—. Creo que solo tiene una estrella Michelín.

Aleksandr le da un apretón en la cadera y sonríe. A su alrededor, el murmullo de las conversaciones sube y baja; las lámparas de techo cuelgan, bajas, sobre los grupos de gente guapa y los opulentos despliegues de comida demasiado cara.

Lili sabe que es guapa. Sabe que, bajo las luces adecuadas, con el estado de ánimo adecuado, puede ser hermosa. Pero la sensación del peso de las miradas ajenas, curiosa y eléctrica, mientras camina al lado de él por el salón es nueva, y demasiado abrumadora sobre su piel sensible.

Es consciente de que lo que está viviendo es una fantasía: este momento en el que ella es una prioridad para él, estos ratos externos a su vida normal, este alivio temporal de la cuerda floja en la que se ve obligada a caminar constantemente, esta ilusión de tener bajo ella una red de seguridad… Pero es… embriagador, y no puede evitar desearlo durante un ratito más.

—Su mesa, señor Petrov.

Es un pequeño reservado situado en una esquina. Íntimo, recluido. Cuando se sienta, Lili se permite respirar hondo, tranquilizarse, instalarse. Aleksandr se sienta a su lado al tiempo que aparecen más camareros para dejar las cartas de platos y de vinos, y para llenarles enseguida los vasos de agua.

Lili ajusta ligeramente las caderas. Bajo el suave resplandor del restaurante, siente que su piel brilla, que es de un dorado secreto y oscuro. Se siente tirante y dolorida, colmada de él; todavía tiene los muslos pegajosos.

«Debería ducharme», le ha dicho antes, mientras se recolocaban la ropa. Él ha deslizado una mano entre sus muslos y le ha metido los dedos de repente, empujando su descarga más adentro, y ella ha inhalado con fuerza, aferrándose a su traje. «No, Lili», le ha dicho. «No te vas a duchar».

—¿Qué clase de vino prefieres? —Aleksandr la está mirando.

—Ah…, blanco —responde distraída.

Aleksandr asiente y vuelve a mirar la carta de vinos.

—Yo también.

—Te había tomado por un aficionado al tinto. Châteauneuf-du-Pape y todo eso.

—Si eso es una mofa por mi edad, te dejaré que lo reconsideres. —Lili esboza una sonrisilla. Por debajo de la mesa, le acaricia el tobillo con la punta del zapato—. ¿Hay alguno que te llame la atención especialmente?

—Hum… —Echa un vistazo a la carta de vinos, a la mezcla de tierras y nombres de familia—. No estoy segura.

—No pasa nada —dice—. ¿Qué te suele gustar en un vino?

—Me gustan secos —responde—. Secos y ácidos. Me gusta mucho el albariño, pero este es un restaurante francés, así que no sé…

—No, me sirve. Ya sé qué te puede gustar.

Levanta la vista y el sumiller aparece de inmediato para darles otra vez la bienvenida. Mientras Aleksandr le dice el nombre de un Chablis, Lili mira a su alrededor, oteando el resto de la sala. Cuando ve las parejas, los amigos y las familias, comprende la imagen que Aleksandr y ella dan en el contexto de ese restaurante, la clase de lugar al que la gente va en ocasiones especiales y celebraciones. Comprende lo que parecen los dos, en esa esquina. El camarero se marcha y su preocupación florece; debería aclarar…

—Tomas la píldora anticonceptiva, ¿verdad?

Lili pone unos ojos como platos.

Él está mirando la carta; parece mucho más interesado en la selección de entrantes.

—Pues claro que la tomo —responde ella con rotundidad.

Él adopta una expresión de alivio.

—Vale.

—Esta conversación tendríamos que haberla tenido hace semanas, ¿no crees? —dice ella—. ¿Tienes hijos desperdigados por todo el mundo?

Adopta una expresión de desagrado.

—No, por Dios —contesta—. Y tengo intención de que siga siendo así.

Lili, incómoda, trata de apartarse del tema.

—¿Cuál es tu número? —pregunta.

—¿Mi número?

—Sí, ya sabes, el número de personas con las que… Con las que te has acostado. Si vamos a tener este tipo de conversación…

—¿He de contar desde antes de que nacieras o después?

Lili le lanza la servilleta y él sonríe, cogiéndola sin dificultad.

—Te lo pregunto en serio —insiste ella.

—No estoy seguro.

—Eres de números. Piensa un poco.

—Es una pregunta un poco personal.

—Tú me acabas de preguntar por mi elección en materia reproductiva.

—¿Acaso importa? ¿Quién lleva la cuenta? Es ridículo…

—Un número aproximado, Petrov. Aproximado.

Aleksandr se queda pensativo unos instantes.

—No lo sé. ¿Tres, cuatro?

—Espera, ¿qué? ¿Solo tres o cuatro?

—No, tres o cuatrocientas.

Lili lo mira de hito en hito.

—¿Te estás quedando conmigo?

—¿Qué?

—¿Trescientas o cuatrocientas mujeres?

—No solo mujeres, Lili.

Se queda sin palabras. Él enarca una ceja; de repente, su expresión se ha tornado fría.

—¿Es eso un problema? —pregunta él.

—No, por supuesto que no —contesta ella a toda prisa—. No, es solo que no me lo esperaba. ¿Es eso…, hum…, parte de tu vida actual?

—La verdad es que no. Fue en Londres, en los noventa. Mientras estaba tratando de descubrir quién era y qué quería.

—Aquí tiene, señor. —El sumiller, a su vuelta, se muestra deferente con Aleksandr y se inclina para hacerle probar el vino.

—No, lo probará ella —le indica Aleksandr, señalándola con la cabeza.

El sumiller —serio, mayor, con unas gafas de montura metálica— le vierte un poco de vino en la copa. Lili da un traguito, no muy segura sobre qué debe hacer. Recuerda un artículo que leyó en diagonal en Bon Appétit y sostiene el alcohol en la lengua para dejar que el suave calor permanezca ahí unos segundos, que la áspera acidez se extienda por el fondo de su garganta: mineral, acre, austero. Trata de concentrarse en el vino, porque la forma como Aleksandr la mira cuando traga…

—Bien. —Lili asiente. Aparta la vista de Aleksandr y hace caso omiso del rubor que aflora en sus mejillas—. Sí, está bien.

—Maravilloso —responde el sumiller, llenándole la copa.

Mientras hace lo mismo con la de Aleksandr y luego deja la botella en la cubitera, Lili da un largo trago de vino.

Aleksandr se ríe en voz baja.

—Deja que respire un poco.

—¿Que deje que el vino qué? —murmura.

Siente que el alcohol se propaga en su interior, calentando su estómago vacío, pero un nudo de ansiedad se le aprieta en las entrañas. Una cena, un buen vino: contornos que necesita esclarecer.

—Esto no es una cita —dice, mirando de nuevo a Aleksandr—. Para que quede claro.

—Por supuesto que no —responde él, sin ni siquiera levantar la vista del menú.

Frunce el ceño. Su despreocupación le irrita; buscaba otro tipo de reacción.

—¿Quiero saber cuánto cuesta esa botella?

Aleksandr levanta la vista, divertida.

—¿Por qué? No vas a pagar tú.

—No seas sexista —asevera ella, ignorando que suele afirmar que solo se debe esperar que las mujeres paguen una vez haya desaparecido la brecha salarial.

—¿Qué clase de hombre sería si te invitase a cenar y te dejara pagar?

—Déjame al menos que finja coger la cuenta.

—¿De verdad los chicos de tu edad esperan que pagues tú?

—Es lo justo…

—Lili, ya basta —la interrumpe, frunciendo el ceño.

Cierra la carta de golpe. Su camarero principal vuelve de inmediato, junto con otro hombre, vestido con la chaquetilla blanca de chef. Horrorizada, Lili se da cuenta de que, por frustrante que le resulte que la interrumpa (cae en la cuenta de que casi nunca lo hace), su condescendencia la excita.

Aleksandr habla con naturalidad con el recién llegado —pelo oscuro, delantal blanco—, que, como comprende Lili, es el chef del restaurante, que de repente empieza a preguntarle sus preferencias sobre tomates verdes, puerros, avellanas y grifolas frondosas, para confirmar que no come carne ni lácteos.

—¿Cómo te sentiste en mi casa? —le pregunta Aleksandr cuando vuelven a quedarse a solas.

Lili abre la servilleta y se la coloca en el regazo. Por qué no ser honesta.

—Bien. La verdad es que fue fantástico. Me salvó, por así decirlo, poder dedicarme solo a trabajar. —Se muerde el labio y confiesa—: Dormí en tu cama. Espero que no te importe.

—Por supuesto que no, no pasa nada. La conoces bien.

—No sin que estés tú —replica, provocándolo.

«No, Lili —piensa—. Eso es tontear».

Él sonríe.

—Cuéntame más sobre tu reunión con el tutor.