Cinco #8
Él se adueña por completo de ella —marcando el ritmo, inmovilizándola—, y ella debería estar enfadada. Es solo que… siente que hay algo cercano al potencial entre las manos de él, contra el cuerpo de él. Es como si él pudiera llevarla a esos lugares que están dentro de su cuerpo y fuera de su mente y que apenas puede saborear en el día a día. Momentos de paz, de silencio, momentos de una liberación absurda y asombrosa, algo que apenas empieza a alcanzar, a través de la fuerza de él, que es brutal, casi sádica.
—Oh, Dios… Sí, sí, Dios, así, así… Sasha…
Él la agarra del pelo de repente y tira de su cabeza hacia atrás. Su mirada es fervorosa, casi iracunda.
—¿Qué has dicho? —le pregunta con los dientes apretados.
—¿Sasha? —susurra, avergonzada de repente. Es un diminutivo ruso, íntimo—. Pensaba que…, he estado leyendo… Quizá no debería…
Aleksandr la besa con tanta fuerza que se traga su aliento.
La sorpresa la tensa, la hace soltar un sonido ridículo, como un gimoteo, como lo que hacía cuando fingía placer durante el sexo con otra gente, como si imitara el porno, pero le sale solo y él lo inhala. Es un beso caliente y ávido, y el cuerpo de ella está abrumado, presa del pánico, sin saber qué hacer ante la acumulación repentina de la presión y del peso, de las sensaciones, de lo rápido que se está acercando a un punto de no retorno. Tiene el vestido arrugado alrededor de la cintura, la ropa interior hacia un lado, él tiene aún la ropa puesta y aun así alcanza una sensibilidad dentro de ella que Lili siente oscura, profunda e insondable. Los muslos, apretados contra su cintura, con la piel desnuda contra el traje negro, le empiezan a temblar, toda ella tiembla cada vez que la embiste, sacudiendo la puerta con los movimientos de sus cuerpos.
—Te voy a destrozar, joder —gime él, y ella nota su aliento caliente en el cuello mientras él sigue tirándole del pelo.
Pequeñas protestas de dolor se cuelan entre sus gemidos de placer, y él no para, no baja el ritmo, y ella no le va a pedir que lo haga, sino que lo anima: «por favor» y «ahí» y «así, sí, por favor, necesito…».
—Dime qué necesitas —dice él. Es una orden, pero es lo más cercano a una súplica que ha oído nunca de su boca.
—Nada… Nada, por favor, estoy a punto… ¡Oh! No pares, así… Joder, ¡ahí…!
La mano de él abandona su pelo y se desliza por la cara externa de su muslo, le rodea la cintura. La obliga a subir más la pierna, y está a punto de enfadarse, porque le ha dicho que no deje de hacer lo que está haciendo, que estaba a punto… Solo que, de algún modo, él ha llegado aún más hondo en su interior. El placer que le envuelve el cuerpo resplandece, es intenso y atroz, como una pintura al óleo de color.
Se le empieza a nublar la vista; aparecen puntos blancos y borrosos frente a ella. Ya no es capaz de gemir de viva voz, solo de gimotear, de emitir sonidos ininteligibles que se mezclan con los que hace él al meterse dentro de ella, un encaje difícil por muy excitada que esté, un dolor que trae consigo el helor del silencio, que le congela los pensamientos.
Pero no. Esta vez no quiere perder la cabeza.
Lili entierra la cara en la curva de su cuello, en la tela de su camisa. Aparta el deseo de sentir algo parecido a la violencia en sus manos; quiere estar consciente cuando se corra dentro de ella.
La presión se pliega, se deforma, se derrumba. Incluso cuando colapsa a través de ella, convirtiéndose en un placer total y salvaje, en una niebla complicada que se le antoja demasiado grande para su cuerpo, Lili está decidida a mantenerse a alerta, a seguir presente, a sentirlo.
La voz se le rompe en la garganta. Él sigue moviéndose, follándosela a través de todas las sensaciones, y unos instantes después gime pegado a su cuello, llenándola, caliente y pesado, y ella se siente necesitada, y se siente suya, y se siente necesaria y poseída, y es entonces cuando permite que se le cierren los ojos; ahora que él vuelve a estar aquí, dentro de ella, con ella; ahora que ella está entre sus brazos otra vez.
Unos instantes para recuperar el resuello. Jadeos en sus pechos; oye los sonidos amortiguados de la fiesta, que reaparecen a su alrededor, los coches lejanos, los peatones que vienen desde la calle. Los vestigios del clímax siguen atravesándole el cuerpo.
—¿Cómo… cómo te ha ido el viaje? —le pregunta, sin aliento.
Le pone las manos en el pecho para recuperar el equilibrio y siente los fuertes latidos de su corazón bajo las palmas de las manos.
Aleksandr se ríe y levanta la cabeza de su cuello para apoyar la frente en la suya.
—Bien —responde—. Productivo. ¿Cómo te ha ido la reunión de la tesis?
—Bien. Muy bien, la verdad.
Él sonríe.
—Pues vayamos a celebrarlo —propone—. Venga, vamos a cenar. Me muero de hambre.
Tiene el cuerpo vibrante, caliente: está liberada y canturreando, extática, llena de potencial.
«Solo es una cena», piensa.
Lili asiente y le sonríe.
Y Aleksandr sonríe aún más, y la besa otra vez.