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Cinco #7

—No he venido con Kara. Su prometido estaba al otro lado del salón.

Lili frunce el ceño.

—¿Qué?

Aleksandr la suelta y hace un ruidito de irritación con la garganta. Ella se lleva el brazo al pecho, insegura.

—El abogado rubio que estaba hablando con el fiscal general que parecía tener ganas de pegarse un tiro. Trabaja para el Distrito Sur. Así que no, no he traído a mi propia empleada como acompañante, por Dios.

—¿No es eso…, no es eso un conflicto de intereses, o algo así?

—No es peor que confraternizar con el enemigo de clase, como haces tú.

Lili lo fulmina con la mirada.

—No, no le vas a dar la vuelta a la tortilla. Yo no te he dicho ninguna mentira respecto a Jamie, pero tú sí que has mentido sobre el día que volvías.

—Por el amor de Dios —dice Aleksandr—. Serás obtusa… He vuelto antes de tiempo para verte a ti.

La ira —demasiado ardiente, más fuerte que antes; una ira que tapa la razón y las causas raíz— crepita sobre su piel.

—¡No digas esas cosas! —le grita! —¡No puedes! ¡No puedes decir esas…!

Aleksandr la agarra del rostro, le tira la copa de la mano y la pone de puntillas para besarla con tanta fuerza que sus dientes chocan contra los de ella. A su alrededor, el mundo da vueltas y vueltas mientras él la empuja contra la puerta, estampándola contra la madera. Lili ahoga un grito; la ha dejado sin aliento y tiene su lengua en la boca, brusca, enfadada, y no quiere que su piel reaccione así, de inmediato, así que se resiste, enredando las manos en su pelo, tirando de su labio inferior con los dientes, tratando de hacerle daño.

—No puedes decirme esas cosas —repite, con una insistencia desesperante, cuando él empieza a besarle el cuello—. Esto no… Esto no significa nada…

—Cállate, Lili —gruñe él con la boca pegada a su piel, con una furia que la hace estremecer.

Ella le agarra del pelo con más fuerzas.

—No me digas lo que… Oh…

Con un ágil movimiento, ha encontrado la raja de su vestido y le ha apartado la ropa interior. Cuando empieza a mover los dedos sobre ella —más rápido, más duro de lo que haría normalmente para empezar, lo que está bien, muy bien, porque ella no quiere nada más de él—, Lili le tira aún más del pelo, lo bastante para hacerle daño. Tira de él para acercar su boca a la de ella, para besarlo con dientes y con odio.

El fuego de sus caderas es vehemente y furioso, cada vez más, bajo la presión cada vez más acuciante de sus dedos. Es de esa clase de placer que provoca que la rabia —la frustración que casi la hace gritar, esos celos tan potentes que casi se traducen en náuseas— saque de ella emociones que se devoran la una a la otra. Se lo arrebatará una última vez, para que se entere bien de lo que va a perderse. Su furia tras la discusión —después de haberlo visto al otro lado del salón, después de que esa sensación peligrosa parecida a la esperanza se haya roto en mil pedazos justo tras florecer, cuando lo ha visto con otra persona— se convierte en algo simple: en una avidez violenta y exigente. Mejor será follar hasta deshacerse de esa sensación, de esa opresión en el pecho («He vuelto antes de tiempo para verte a ti») a la que solo puede llamar odio.

Trata de desabrocharle el cinturón tirando de la hebilla de metal.

—Vamos —le apremia con los dientes apretados, sacándole la camisa de dentro del pantalón—. ¿A qué esperas? —Se interrumpe constantemente para besarlo con fervor—. Si lo único que te interesa es esto, fóllame de una…, ah… una… Ah…

La agarra del pelo y tira con fuerza, sujetándolo con el puño.

—No es lo único que me interesa —le espeta, aplastándola contra la puerta para que tenga que mirarlo mientras él le aparta la ropa interior un poco más, con brusquedad; cuando ella lo nota, duro y grueso, siente un alivio abrasador, que aumenta cuando se coloca contra ella—. Maldita y preciosa idiota…

Grita cuando se la mete de golpe. La puerta se tambalea en las bisagras y a ella se le nubla la vista de lágrimas.

—Así —jadea, tratando de agarrarse a él mientras él sigue follándosela a pesar de la protesta inicial de su cuerpo, al que la embestida ha cogido por sorpresa. Un destello brillante, una oleada abrasadora de dolor y luego un alivio incomprensible, la ira que persigue a los celos que persiguen al deseo; su anhelo se desmadeja y se desmadeja y la vulnerabilidad aflora a la superficie de su piel, porque él está allí con ella, otra vez, por fin. Por fin. En parte, está furiosa con él por satisfacer este deseo que siente. ¿No habría sido mejor para ella no enterarse nunca de que podía llegar a sentirse así? ¿Como si partes de ella estuviesen hechas para él? Cada vez que la embiste, presiona algo peligroso que la acecha en su interior, que le parece trascendental—. Justo así…

Él desliza un brazo bajo su rodilla para subirla más por la puerta y ella se lo permite, ansiosa. El nuevo ángulo le arranca un gemido de la garganta.

—Joder —jadea él, furioso e incrédulo—. Joder, ¿cómo es posible que me guste tanto? No pensaba en otra puta cosa… Joder, cómo te echaba de menos.

Le da un vuelco el corazón. Parpadea para mitigar el frustrante escozor de las lágrimas. El sentido se torna coherente, los deseos se convierten en necesidades, en cosas ante las que debe cegarse, porque ella, estúpida de ella, también lo echaba de menos.

—Más fuerte —le suplica—. Más fuerte, por favor…

Inclina las caderas para que Aleksandr llegue más adentro, y gime: «Así, ahí». La atraviesa una intensa oleada de placer. Aprovechándose de cómo el cuerpo de ella cede, le levanta más las caderas para llegar más hondo. Sus zapatos de tacón se deslizan del suelo y vuelven a caer con un repiqueteo, aunque apenas se oyen junto al temblor de la puerta.

—¿Todavía puedes correrte tú sola? —le pregunta en voz baja, pegado a sus labios. Se la está follando más duro de lo que debería, pero Lili estaría dispuesta a romperse los huesos por este tipo de sexo, por seguir teniéndolo con él—. Tuviste que pensar en mí, ¿verdad? ¿Mientras he estado fuera?

Ella gime otra vez; su respuesta se divide entre la resistencia y la rendición. La presión, el ritmo, la fuerza, la fricción y el calor casi cegador de su sangre, que bombea en su corazón… Es demasiado, y deja caer la cabeza sobre su hombro. Se siente llena, una redefinición que después la dejará terriblemente vacía. Cierra los puños, arrugando la tela de su traje, aferrándose a él, «Quédate», piensa, mientras la folla casi hasta hacerla perder el sentido, «No te vuelvas a marchar».