Games Cinco #6
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Cinco #6

—Ah, claro. —Aleksandr asiente, da un trago de su coñac y aprieta los labios en una mueca de condescendencia—. Echar la culpa a las generaciones anteriores y decir que las futuras, que no tienen culpa de nada, tendrán que acarrear con las consecuencias… Una vieja canción.

Es un cebo. Ella lo sabe, pero le da igual; piensa demostrarle lo poco que le importa prendiéndole fuego a su pequeño y precioso altar del capitalismo.

—Friedman convenció a Washington de que dejara de cuidar de la gente y le diera a las grandes empresas un poder ilimitado —le espeta—. Así es como terminamos con hombres como usted.

—¿Acaso es responsabilidad del gobierno preocuparse por la gente? —pregunta él.

—Cuidar de la gente —le corrige— no es algo negativo.

—El respeto es más importante que los cuidados.

—¿Qué narices quiere decir eso?

—¿Es que no ha leído a Friedman, señorita Marwan? —pregunta con una sonrisa poco amable. Le duele que no pronuncie su nombre. Su desprecio, esa frialdad, esa diversión desprovista de su afecto habitual, la enfurece—. Su principio básico no es hacer el bien a los demás, sino no obligarlos a hacer el bien.

Lili resopla con desdén.

—Y una mierda.

—Ay, Dios —murmura James, terminándose la copa.

—Eso no es más que una burda excusa para dejar que el libertarismo de libre mercado campe a sus anchas —prosigue Lili—. Como país, seguimos siendo siervos de las ideas de cuatro hombres blancos y viejos.

—Ya veo —repone Aleksandr—. Si se saliera usted con la suya, habríamos bombardeado la Universidad de Chicago en los setenta. Borrón y cuenta nueva.

—Bueno, ya sabe lo que dicen —replica—. El dilema del tranvía no es solo un ejercicio de pensamiento.

—Entonces, mejor matar a los intelectuales antes de que digan algo polémico, ¿no? Eso me suena de algo.

Lili lo odia. Odia cómo tensa sus argumentos hasta distorsionarlos, hasta convertirlos en algo ridículo.

—Friedman desató la obsesión por el lucro —replica Lili con los dientes apretados—. Les convenció a todos de que las corporaciones solo tienen responsabilidad ante sus accionistas.

—¿Y?

—¡Eso es inmoral! —exclama—. ¡Dejar que las grandes empresas hagan todo lo que les apetezca mientras el gobierno da un paso atrás!

—Su argumento no me queda nada claro. Las grandes empresas o el Estado, ¿quién es responsable del bien común?

—No puede desvincularlas así, sin más. Necesitamos que el gobierno actúe como un gobierno, ¡pero eso no absuelve a las grandes empresas de su responsabilidad social!

—El año pasado, nuestro gobierno se gastó casi siete billones de dólares, pero seguimos pidiendo que los CEO se dediquen a arreglar el mundo en sus ratos libres. ¿Es porque son los únicos líderes que tenemos que realmente han conseguido algo?

Ella pone unos ojos como platos.

—Eso es lo más arrogante y lo más ególatra que…

—Vamos, Lili —la interrumpe George con severidad—. Mejor que no…

—No la interrumpas —le espeta Aleksandr, fulminándolo con la mirada.

El ambiente se transforma al instante. Se produce un cambio en las posturas de los presentes. Entornan los ojos, confundidos, mientras la examinan bajo una nueva luz —y también a él, a los dos—, pero ella decide no hacer caso.

—¿Es consciente de que las grandes empresas siempre han sido criaturas del Estado? —pregunta—. La poca exigencia del sistema fiscal, la tendencia deliberada del gobierno hacia el laissez faire… Las grandes empresas son total y absolutamente el producto de la intervención estatal.

—Es una lógica poco sólida, pero se lo permitiré por el bien del argumento en sí.

¿Que «se lo permite»? ¿Quién coño se cree que es?

—La responsabilidad limitada es un privilegio concedido por el Estado —le espeta Lili—. Jamás existiría en un mercado verdaderamente libre.

—No soy ningún anarquista, señorita Marwan —replica, mirando a los demás (a Kara) con una mirada cómplice, con un gesto divertido y cruel.

—No, solo un capitalista con buenas tragaderas por el bien del precio de las acciones la semana que viene.

—¡Lili! —exclama Meredith, horrorizada.

Pero Aleksandr suelta una carcajada.

—Si se hubiera molestado en investigar como es debido, sabría que nuestro compromiso es con el crecimiento a largo plazo, no con la rentabilidad fácil y a corto plazo.

—Sí, compromiso que financian con el dinero manchado de sangre de los saudíes.

—No sea tan reduccionista.

—¡No sea un cerdo capitalista!

—Voy a buscarme algo más fuerte para beber —murmura James.

—No, tú te quedas —le ordena Lili, agarrándolo del brazo. Aleksandr baja la mirada (tenso, enfadado) hacia la mano con la que coge a su amigo—. Tenemos que oír el discursito que Petrov se ha preparado para el Instituto Catón.

—Esa no ha sido muy sutil —replica Aleksandr—. Pero supongo que a los jóvenes les cuesta más entender los matices.

—Y yo supongo que la edad te vuelve más insensible a la idea de humanidad compartida.

—Estos liberales y sus sentimientos a flor de piel… —dice Aleksandr con desdén, dirigiéndose a Kara.

A Lili le hierve la sangre.

—Cuidar de los demás no es tener los sentimientos a flor de piel, ¡es justicia social!

—Su justicia social tiene un coste inaceptable para mi libertad individual.

Lili podría darle un bofetón.

—Son todos muy libertarios hasta que se desploman los mercados, entonces van corriendo a Washington a pedir ayuda —le espeta con desdén.

—Más bien diría que Washington viene corriendo a nosotros.

—Un sistema muy efectivo.

—Somos más libres de lo que lo hemos sido nunca en la historia de la humanidad.

—Sí, si eres un hombre blanco con dinero.

—Si eres mínimamente competente.

—Lo repito, ¡el juego está amañado! No todo el mundo parte de la misma línea de salida; no puedes hablar sobre libertad sin reconocer la desigualdad.

—Toda una socialista de champán —murmura Aleksandr dando un trago de su copa.

Lili cree que está a punto de estallar.

Pero, antes de que le dé tiempo a reaccionar, interviene James.

—Papá, ¿qué estabas diciendo sobre la OPI del lunes?

—Ah, sí, esta pasará a la historia —responde George, recuperando enseguida la atención de los demás—. Unos niños con sus apps asesorados por Andreessen; no creí que fueran a salir adelante…

El murmullo de las conversaciones y las opiniones se extiende poco a poco sobre la hostilidad de su discusión; los demás se les unen enseguida. Fluctuaciones en las tendencias de inversión en Asia Pacífico, la explosión de la financiación en las fases avanzadas…

A su lado, Aleksandr da otro trago. Se le nota la tensión en la mandíbula. Flexiona la mano alrededor de la copa; ella odia que le haya permitido que la toque.

—Eres un cabrón de mierda —masculla Lili entre dientes, más para sí misma que para que lo oiga él.

Solo que la oye.

El ambiente cambia de nuevo, con el aire llenándose del ruido de la tela de su traje, del aroma de su colonia. Se acerca a ella.

—¿Puedes repetir eso, cariño? —Su voz le acaricia los hombros, hace que se le tense la piel. No hay ni pizca de afecto en el término cariñoso—. No te he oído.

Ya basta.

Ya basta, joder.

Lili lo agarra de la muñeca —le da igual la imagen que dé— y se lo lleva.

Tira de él pasillo abajo, dejando atrás el ruido de la fiesta. Pasan junto al personal que ella conoce, gente a la que normalmente saluda, pero ahora mismo le hierve la sangre. Su rabia y su frustración —que se están agrietando, dando paso a algo más profundo que no piensa dejar que le haga daño— hacen que se le erice la piel, de tantas ganas que tiene de gritarle. Dobla esquinas que conoce hasta que lo mete de un empujón en la habitación de James, donde los sonidos de la fiesta se pierden en la distancia.

—Qué bien conoces la casa, ¿no?

—Cállate —le espeta Lili, cerrando la puerta—. No soy ninguna socialista de champán, ¡puto cabrón de mierda!

—¿Ah, no? Pues aquí, en Park Avenue, se te ve como en casa —replica él en un cruel tono de burla.

—Jamie es mi amigo.

—Ah, sí, y menuda amistad la vuestra. —Deja la copa sobre la cómoda con un golpe sordo—. Tiene guasa, ¿no? Darle alas al ojito derecho de los Greene mientras clamas por la caída del capitalismo.

—No le estoy dando alas, ¡por el amor de Dios!

—¿Mentir te hace sentir mejor al respecto?

—¿Mentir? ¡¿Mentir?! El mentiroso eres tú. Dijiste que no volvías hasta el domingo.

—No era mentira, he vuelto antes de tiempo…

—Ya, claro, antes de tiempo. ¿Para honrar a este bastión de la caridad con tu presencia?

—¿Te daba miedo que viera lo íntimos que sois tú y el cachorrito de los Greene?

—¿Y a ti qué más te da?

—Me dijiste que no te estabas follando a nadie más.

Idiota. Es una idiota, porque cuando ha visto a esa mujer, Kara, junto a él —con esa sonrisa tan radiante, con esos ojos tan inteligentes—, le han dolido partes muy profundas del pecho.

—Ya, bueno. Igual te he mentido, como has hecho tú.

Aleksandr da un paso hacia ella, pero Lili no recula ni un centímetro.

—Yo no miento —repite; una furia fría se mezcla con una iracunda contención—. Y te lo dejé muy claro: engañar es una línea roja infranqueable para mí. Si te follas a otra persona, esto se acaba.

—¡No me estoy follando a James! —grita—. ¡Estoy aquí porque su novia no podía venir! ¡Ni siquiera he besado a nadie desde te conocí, salvo a Amina el día de mi cumpleaños! Y eso no cuenta, porque es mi mejor amiga. Y aunque lo hubiera hecho, ¡no tienes ningún derecho a hablarme así cuando tú te has presentado aquí con esa mujer, como si yo fuera idiota!

Aleksandr frunce el ceño.

—¿Qué?

—No te hagas el tonto, es insultante. Kara, esa que hasta a Michael le cae bien.

Para su sorpresa, Aleksandr se echa a reír. Lili hace una mueca.

—¿Sabes qué? No —masculla, y hace ademán de rodearlo para ir hacia la puerta—. No pienso seguir con esta conversación.

Él la coge de la muñeca y la atrae hacia sí.