Games Cinco #5
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Cinco #5

Algo parecido a la liviandad florece repentinamente en su pecho —qué estúpida—: sorpresa, cree, quizá algo de emoción, que sería más fácil de explicar que esa felicidad tan peligrosa. Sin embargo, en cuanto empieza a sentirlo, se marchita.

Le había dicho que volvería el domingo.

Le había dicho que volvería el domingo, pero está aquí, en Nueva York, en una fiesta, con la familia de Jamie y una mujer al lado. Es la morena alta que vio en su despacho, excepcionalmente guapa, de unos treinta años, como mucho. Suelta una carcajada alta y traviesa tras hacerle un comentario a Michael y a los Greene; parece que todos se conocen bien.

En lugar de sonreír, Lili frunce el ceño. Al mismo tiempo, Aleksandr la observa con los ojos entornados y baja la mirada, no para recorrerla a ella de pies a cabeza, sino para fijarla en el brazo de Jamie, con el que le está rodeando la cintura. Aprieta los dientes.

Lili levanta la barbilla.

—Vamos. —No piensa amilanarse bajo la mirada fija de Aleksandr—. Socialicemos.

James se termina la copa.

—Supongo que es mejor no pensárselo.

Lili se pinta una sonrisa radiante en la cara y deja que Jamie la conduzca hacia su familia y sus invitados.

—¡Lili! —exclama Meredith—. Cuánto tiempo, ¡te hemos echado de menos!

—Yo también me alegro mucho de verte —interviene James mientras Meredith besa a Lili en las mejillas.

—A ti te vi la semana pasada, querido —repone Meredith, dándole unas palmaditas en el brazo. Su relación siempre ha sido cordial, si bien rozando una agresiva neutralidad por parte de él, y decididamente optimista por parte de ella—. Bueno, Lili, ¿cómo te va? Cuéntanoslo todo.

—¿Sigues esclavizada por el mundo académico? —pregunta George, su padre.

—Estoy trabajando en mi tesis, sí —contesta, tratando de concentrarse en el persistente aroma del perfume de Meredith (lánguido, delicadas notas de Chanel N.º 5) para ignorar los fuertes latidos que le reverberan en los oídos, para ignorar la presencia conocida que acaba de ponerse a su lado.

—¿Qué estudiabas? ¿A los Amish? —pregunta George.

—A los protestantes.

—Ah, sí, sí, por supuesto. Andrew, esta es la chica de la que te hablaba —le dice George a un hombre que no conoce y que también forma parte del grupo—. Lili Marwan. Una mente brillante, una jovencita muy prometedora.

—Andrew hace un trabajo encomiable en integración de criterios ESG en BlackRiver —explica Meredith—. Hemos pensado que podrías empezar a explorar tus opciones para después de tu graduación.

—Oh, Lili está interesadísima en los criterios de integración de BlackRiver —dice James, y Lili le da un codazo, provocándole un suave gruñido.

—Yo preferiría de largo verte en Goldman, por supuesto —apunta George—, pero en BlackRiver no lo están haciendo mal.

—Qué recomendación tan entusiasta —interviene Andrew con una sonrisa—. Es un placer —le dice a Lili.

—Y los demás enemigos que se encuentran entre nosotros —prosigue George— son Michael Vasiliev, que se encarga de que las operaciones de que la firma entera vayan sobre ruedas, y Kara Taylor… Un día conseguiremos sacarte de ese edificio, Taylor, recuerda bien mis palabras…

—Metida en un ataúd, probablemente —responde la mujer, Kara.

La misma que estaba al lado de Aleksandr aquella noche, con unos tacones de aguja, y le guiñó un ojo. La misma de la que Lili no se había vuelto a acordar. Podría reírse de sí misma por haber sido tan idiota. La mujer dibuja una sonrisa despampanante, pintada de rojo vivo. Hasta su voz es hermosa.

—Y, por último, Petrov, mi rival más preciado —dice George. Lili no se permite mirar al hombre corpulento (al mentiroso) que está de pie a su lado—. ¿Cómo pintan los últimos beneficios?

—Ahora mismo, el mercado está en un buen momento.

Y su voz, su voz, su voz…

Lili se termina la copa. George se ríe.

—En Goldman nos gusta decir que nuestro desempeño se basa en nuestros sólidos principios.

—Bueno, tal vez pronto os acerquéis a nuestro rendimiento medio —comenta Michael, haciendo girar el líquido de su copa, ámbar, salpicado de cubitos de hielo cuadrados. Lili se concentra en el movimiento, en los puños franceses de su camisa, en cómo el hielo se desliza repetidamente contra el cristal mientras trata de mantener el control, mientras trata de luchar contra esa oleada de fuego que le trepa por la garganta, una oleada de ira, frustración, y estupidez, sobre todo, porque ¡qué estúpida ha sido!—. Es cierto que el beneficio de uno repercute a todos.

George frunce el ceño.

—Diría que nuestra influencia va más allá de la cotización en bolsa, aunque entiendo que ese no es el caso para firmas más nuevas, como BlackRiver.

—Por desgracia, estamos muy comprometidos con rendir por encima de lo esperado —replica Kara.

A Lili le habría parecido gracioso (lo bastante distendido para una conversación, lo bastante agudo para ser incisivo) si no le hubiera sonreído a Aleksandr mientras lo decía.

—Es extraño que no haya nadie de BlackRiver que se haya postulado para la oferta del Tesoro del pasado mes de enero, ¿no? —añade George—. Justo estaba hablando con Paulson…

—Andrew —interviene Meredith, poniendo una mano en el brazo de su marido, navegando con maestría entre una jerga cada vez más específica—. Como os decía, Lili está estudiando en la escuela de posgrado de Columbia, trabajando en su máster. En economía; tiene una inteligencia extraordinaria. Nos encantaría que hablaseis con ella sobre vuestro trabajo, sobre las oportunidades que presenta.

—¿Te interesa la inversión sostenible? —le pregunta Andrew.

Tiene esa clase de rostros apuestos y cálidos en los que te apetece confiar.

—Me interesa la economía sostenible.

—A todos debería interesarnos —contesta él—. Petrov cree que es…

—¿No le parece que es problemático justificar los criterios ESG según el beneficio obtenido? —le interrumpe Lili.

Frunce el ceño, confundido. No se lo esperaba.

—Al fin y al cabo, nos dedicamos a gestionar dinero —concede.

—A veces parece que su industria permite que el dinero la gestione a ella, y no al revés. —Sabe que debería morderse la lengua; nota que Meredith parece desconcertada, que George está entretenido y Andrew, confundido ante su injustificado comportamiento, que además parece ir contra él.

—Bueno… —responde Andrew despacio—. Nuestra esperanza es que, si conseguimos incentivar a nuestros clientes para que inviertan de un modo que les beneficie tanto a ellos como al planeta, podremos construir una maquinaria a largo plazo que nos conceda un beneficio recíproco.

—Si a su firma le preocupara el planeta de verdad, se plantearía poner en duda la mentalidad que prioriza el crecimiento a toda costa.

—No todos podemos ser santos, señorita Marwan.

Es Aleksandr, que está a su lado. La vibración grave de su voz, su aroma. Se vuelve hacia él sin poder evitarlo, y debe levantar la vista para mirarlo, porque la diferencia de altura entre ambos es absurda, estúpida; su envergadura es pura misoginia. Hay frialdad en esos ojos inteligentes y oscuros; Lili casi puede saborear los restos de humedad de su pelo ligeramente mojado, que roza contra el cuello de la camisa. Una ducha recién salido del vuelo, tal vez, en el mismo loft donde ella ha pasado los últimos días, donde la apretujó contra el mármol, con la piel mojada, donde la llevó al orgasmo a través de sus lágrimas. O tal vez la ducha se la haya dado en otro sitio, con otra persona, y presiona los dedos contra la copa vacía; quiere abofetearlo y también quiere llorar, porque ella sabía que esto tenía fecha de caducidad, pero no había pensado que caducaría de este modo.

Lili aparta la vista. Coge una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasa por ahí.

—Papá, estabas diciendo que has hablado con Paulson… —interviene James, alisando la fisura del conflicto a toda prisa—. ¿Qué piensa él sobre el tapering de la Reserva Federal?

—Ya conoces a Hank… —George se ríe—. Cree que el gobierno no debería haberse involucrado hasta este punto, pero que, una vez lo ha hecho, tiene que llegar hasta el final… —La discusión continúa sin ella, reconducida con maestría por James. A George le encanta hablar, y James sabe cómo animar a su padre a llevar la voz cantante en una conversación. Lili contempla el subibaja de las burbujas de su champán mientras escucha vagamente la discusión sobre quién se está perfilando para dirigir la Fed. La fiesta se va animando; corre el alcohol, los banqueros se ríen.

Va vestida de rojo. La mujer que está con él, Kara. Un vestido entallado y elegante que se ajusta a su figura a la perfección y que a la vez es completamente apropiado para la ocasión. Tiene ojos grandes e inteligentes, una melena castaña lustrosa que sacude para echársela detrás de los hombros, piel morena y oscura, una boca hermosa de labios carnosos. Dice algo sobre los riesgos inflacionarios con una sonrisilla juguetona y todo el mundo se ríe. Hasta el puto Michael se ríe.

Lili coge su copa con tanta fuerza que le duelen los nudillos.

—¿Qué piensa usted, señorita Marwan?

Aleksandr de nuevo, interrumpiendo a George. Mirándola con una fijación inquietante.

—¿Disculpe?

—Greene cree que la última administración leyó la Teoría General demasiadas veces.

Lili se ríe por la nariz. No va a caer.

Ve una chispa en los ojos de Aleksandr.

—¿No está de acuerdo? —insiste.

—Este país está mucho más encandilado con Friedman que con Keynes —murmura—. Gritamos aterrorizados por el fantasma del comunismo ante cualquier intervención gubernamental real que beneficie a cualquiera salvo a los ricos.

George se ríe.

—Es una chica lista, ¿verdad, Petrov?

Aleksandr no le hace caso.

—Supongo que pensará usted que Friedman es el diablo.

—Creo que es el responsable de degradar el respeto por la humanidad y de hipotecar nuestro futuro, sí.