Cinco #4
Cuando, horas más tarde, levantaba la vista, ya había oscurecido. Broadway estaba atestada de tráfico, los restaurantes se encontraban abarrotados, y ella podía seguir trabajando, o darse un baño, o acurrucarse en el sofá a leer. Tenía libertad, se sentía ligera en su propia piel, como si llevase ropa ancha, aunque fuese prestada.
De vez en cuando, la asaltaba una aguda punzada de ansiedad que le recordaba lo frágil que era todo aquello.
«Esto es temporal —se decía entonces—. Todo esto es temporal. Disfrútalo mientras dure».
—¿Crees que tienes que vender tu alma para llegar tan lejos en el mundo de las finanzas? —le pregunta a James mientras contempla la fiesta; está tratando de no pensar en cómo ella se ha beneficiado de este tipo de riqueza, de un modo diferente, esa semana—. ¿Cuántos pactos con el diablo tenemos delante ahora mismo?
—A ver, técnicamente, yo ya trabajo en finanzas —repone él, tirándose del cuello de la camisa, incómodo. Lleva la corbata demasiado apretada.
Lili suspira y alarga una mano para aflojarse el nudo.
—Eres el hijo del jefe y, tal vez, el analista menos motivado que se haya visto nunca en Goldman —le corrige, ajustándole el nudo para que pueda respirar mejor—. No creo que el nepotismo cuente como trabajo.
—He estado pensando en rebelarme. —Sonríe.
—¿Te refieres a mudarte a Los Ángeles a vivir la vida?
—Calla. No, he estado hablando con algunos fondos en fase semilla que apuestan por fundadores infrarrepresentados. Mujeres, gente de color… Estoy pensando en utilizar mi fondo fiduciario y participar como inversor. A ver, depende de quién quiera asociarse conmigo, claro. Mi encanto tiene sus límites.
Ella frunce el ceño, desconcertada.
—Jamie, la verdad es que eso suena muy bien.
—No te sorprendas tanto. —Sonríe de nuevo y le da un pellizco en la barbilla—. A ver si me vas a ofender. Tengo tanto belleza como inteligencia; es casi injusto para el resto de vosotros… Santo Dios, escóndeme, acaba de entrar mi hermano.
Lili resopla mientras él se agacha detrás de ella.
—Sí, tengo la altura perfecta para esconderte.
—William te tiene miedo.
Ella sonríe.
—¿De verdad?
—Sí, desde que lo machacaste por espiaros a Amina y a ti el verano pasado, cuando os bañasteis desnudas. Lo acusaste de sexualizar la felicidad femenina. No creo que hubiese oído tantas palabras polisilábicas desde que se presentó a las pruebas de acceso a la universidad.
—¡Ah, sí, me acuerdo de eso! —Lili asiente con cariño—. Fue un día estupendo.
—En tus peores días, también me das miedo a mí.
—¿Crees que puedo darles suficiente miedo a tu padre y tu madrastra para que nos dejen irnos pronto?
Él suspira.
—Te quieren mucho, ya lo sabes. Siempre preguntan por ti.
—Sí, lo sé. Tokenismo de la peor especie. Además, antes pobres que nuevos ricos.
James hace una mueca.
—Te diría que lo hacen con la mejor de las intenciones, pero no sería verdad.
Ella lo mira. Parece desolado. Por mucho que trate de tranquilizarlas, ella lo sabe: estar allí solo le recuerda a su madre.
James entró en su vida en el semestre de primavera de su primer año de universidad, cuando se sentó en el asiento del aula magna que le había guardado a Jackie. «Está ocupado», le avisó ella en voz baja. «Y tu amiga llega tarde —contestó él con una sonrisa—. Me llamo Jamie, me acabo de trasladar. Encantado de conocerte». Ella creyó pillarlo de inmediato: un chico blanco, alto, guapo, cargado de privilegios; ella se mostró escéptica, él coqueteó con ella con descaro. Era más listo de lo que esperaba, a pesar de los amigos deportistas, de la sudadera de Harvard asquerosamente antigua, de que apestara a dinero. Cuando lo oyó gritar su nombre en el bar abarrotado del 1020, también pensó que sabía exactamente cómo terminaría la noche, y casi tuvo razón: se fueron juntos enseguida, se enrollaron en su habitación con labios que sabían a ginebra; ella le agarraba del pelo y él sonreía con la boca pegada a sus dientes y la agarraba de las caderas, hasta que, al quitarle la camiseta, tiró su lámpara y con ella todo lo que había en su mesita de noche: el montón de libros, los tickets arrugados, monedas y una botella medio vacía de cerveza que se derramó encima de una invitación elegante de cartón grueso en la que había una fotografía en blanco y negro de una mujer hermosa, con una sonrisa ancha y bonita, una melena rubia que le recordaba a la de alguien y la frase «En recuerdo de…».
«Mierda —masculló él, mientras trataba de recogerlo todo a toda prisa—. Perdona…».
«¿Es tu madre?», preguntó ella, muy sobria de repente.
«Perdona, no… La verdad es que no quiero hacer esto —confesó él—. No pretendo ser un cabrón, pero ¿te importaría…?».
«Siempre las hacen en blanco y negro —observó ella mientras miraba la invitación, haciendo caso omiso de que le estaba pidiendo que se fuera—. A mí siempre me ha parecido que es peor así. ¿Ha muerto hace poco?».
Él vaciló, receloso. «Sí —admitió al cabo de unos instantes—. Hace un par de meses». Aunque su expresión era neutral de una forma ensayada, a ella no se le pasó por alto que tragó saliva con fuerza.
«¿Vas a ir a la ceremonia de recuerdo?».
Él resopló. «No sé si está bien que me hagas esa pregunta. ¿No se supone que todos tenéis que tratarme como si fuese de cristal?». Su tono de voz estaba lleno de amargura; a ella le resultó familiar.
«Yo no fui a la de mis padres —dijo ella, sentándose en su cama—. Tampoco es que me dieran la opción, era muy pequeña… Pero no sé si habría ido, de haber podido».
Él la miró fijamente, inquieto, reevaluándola. A ella le pareció muy joven.
Podría haberse ido, pero se quedó. Se volvió a poner la camiseta y empezaron a hablar. Y no dejaron de hacerlo, ni siquiera cuando a ambos se les hubieron pasado por completo los efectos del alcohol. Hacía muchísimo frío —estaban a finales de enero, y en mitad de la noche—, pero fueron a la pizzería de la 111, y luego pasearon por la ciudad. Su madre había muerto en otoño; un cáncer. Se lo habían diagnosticado justo cuando él se había ido a la universidad, a Boston, y había sido muy rápido. Para cuando había conseguido arreglar lo de trasladarse de nuevo a la ciudad, para empezar en Columbia en primavera, ya había fallecido.
Lili, como norma, no hablaba sobre sus padres; ¿qué iba a conseguir haciéndolo sino revivirlo? Pero esa noche le contó a Jamie un poco más de lo que solía contarle a nadie: cómo habían muerto, cómo se había enterado… Más abajo, en el Upper West Side, siguieron paseando y charlando, bordeando el parque a través de Bryant Park y el Flower District. Llegaron hasta el centro, hasta los mercados de Chinatown, que estaban empezando a abrir, y se detuvieron al llegar al agua. Ella veía su aliento en el aire frío, y el cielo empezaba a aclararse con la llegada de la mañana.
En la clase del lunes siguiente, ella le guardó un asiento. Él respondió al gesto con la sonrisa más radiante que había visto hasta el momento, y, desde entonces, fue uno de sus mejores amigos. Cuando le presentó a Jackie, y luego a Amina, sintió un bienestar profundo, agudo —gente que era suya—; sintió que el suelo era firme bajo sus pies, que por fin podía respirar, al menos un poco.
Es algo que todavía la sorprende, haber encontrado amigos que se le antojan como un eco posible, desvaído, de una familia: Jamie, Jackie y Amina. Aunque ellos no sintieran necesariamente lo mismo —no lo sabe; es un tema difícil de abordar—, esa cercanía, más de la que había sentido nunca durante su infancia en Mill Valley, era un regalo, si bien a veces se asemejaba un poco a una trampa. Un regalo que intenta no gastar demasiado rápido, en el que intenta no apoyarse demasiado, en el que intenta no confiar demasiado del peso que carga.
—Venga —dice Lili ahora, cogiéndolo de la mano con una sonrisa—. Vamos a por una copa.
Lili se abre paso entre la gente tirando de él. Todo el mundo le saluda afectuosamente al reconocerlo: socios de su padre, amigos de su madrastra, padres de sus antiguos compañeros de clase en Dalton… Pero Lili está decidida a llegar hasta la barra.
—Dos negronis, por favor —le pide al camarero.
—Sin hielo —añade James, que está detrás de ella. Le pone las manos en los hombros—. Sin nada de hielo.
—Esa es la actitud —dice Lili, dándole unas palmaditas en la mano.
—Una hora. Una hora y nos vamos a casa, a ver La gran apuesta.
Ella se ríe por la nariz.
—Sigo sin entender cómo puede ser esa tu peli preferida para relajarte. ¿Damos una vuelta…?
—¡Lili, querida! —Oye una voz al otro lado de la sala. Es Meredith, la madrastra de Jamie—. ¡James!
—A la mierda lo de irnos pronto —murmura James en voz baja, de repente—. Esto va a ser mi Super Bowl.
—¿Qué? —Lili se da la vuelta, confundida, mientras da un trago de su negroni recién hecho.
Busca la melena rubia de Meredith entre esa multitud de sonrisas blancas, terceras esposas y diferencias de edad, cuando, de pronto, un rostro familiar llama su atención en su campo visual.
Es como escuchar su canción preferida en una fiesta que estaba convencida de que iba a odiar: Aleksandr, al otro lado de la sala.
Es más alto que la mayoría; tiene la espalda ancha, el pelo peinado hacia atrás, como si estuviese aún ligeramente húmedo tras darse una ducha. Una imagen familiar; lleva una camisa negra bajo el traje negro, con los primeros botones desabrochados, y ese hueco en el nacimiento del cuello a la vista, donde ella sabe que se mezclan su colonia y el aroma cálido de su piel. Una postura cómoda; otea la multitud con la mirada oscura, siguiendo la de Meredith. Es injusto lo guapo que es, casi hermoso, si es sincera, y, sin poder evitarlo, empieza a sonreír en cuanto él la ve.