Cinco #3
Se ha quedado en Tribeca todo el fin de semana, esperando a que pasara la tormenta. Ha sido un placer poder limitarse a trabajar rodeada de silencio. Mientras escribía, se regodeaba en el alcance de su propia concentración, en la cadena de disciplina que ha ido armando poco a poco, tachando comentarios, eliminando líneas rojas, abordando correcciones. Ha dejado que Jackie piense que seguía en el campus; se ha permitido hacer caso omiso del impulso de desbloquear el móvil y escribirle a él.
Cuando se tomaba un descanso para comer, paseaba por el loft con los pies descalzos mientras mordisqueaba una manzana. Habitaciones para invitados, una bodega, un gimnasio, otro despacho. Mientras asomaba a una habitación tras otra, notaba el suelo de madera caliente bajo sus pies.
A él parece gustarle el arte de verdad. En uno de los tres dormitorios de invitados cuelga lo que parece un Basquiat; en otro hay un boceto de Rembrandt en la mesita de noche, de trazos íntimos y líneas expresivas. En el pasillo, uno que se le asemeja a un Kandinsky, un Chagall en el segundo estudio. En el salón, Lili ha inspeccionado de cerca el enorme Twombly antes de volver al trabajo.
Le sigue pareciendo surrealista: la tranquilidad, el espacio, la luz… Es muy poco habitual que esté sola en la ciudad, sola de verdad. En el loft, cuando está completamente a solas, tiene espacio para la lentitud de pensamiento, para que una lucidez soportable se consolide en su mente, para escribir frases lo bastante sencillas para expresar sus ideas, y que estas tengan el peso del verdadero poder intelectual.
El recelo también ha hecho acto de presencia. Durante el fin de semana, ha intentado interpretarlo como culpa por beneficiarse de su riqueza, por mucho que se trate de un acuerdo temporal. Ahora, cuando abre la puerta de su propio piso, trata de interpretar sus ganas por volver a Tribeca como impaciencia por seguir trabajando.
—¿Dónde coño has estado? —Jackie la aborda de inmediato. Está desayunando en la mesa de café. Una de las patas de la mesa está forrada de celo—. Y no me digas que en casa de Ami —añade antes de darle tiempo a contestar—, porque está en la cocina.
Amina entra en el salón pelándose una naranja. Mira a Lili con una expresión expectante y se deja caer en el sofá al lado de Jackie.
—En Tribeca —contesta Lili, picando un poco de beicon de tempeh.
—¿Y qué hay en Tribeca? —pregunta Jackie.
—Un amigo.
—¿Desde cuándo tienes amigos en Tribeca? —pregunta Amina.
«Yo no soy tu amigo, Lili».
—Esto… No… Petrov.
Jackie se atraganta con la comida al tiempo que en el rostro de Amina se dibuja una sonrisa victoriosa.
—Págame —le ordena a Jackie tendiéndole la palma de la mano.
—Has hecho trampa. ¡Sabías dónde estaba! —protesta esta.
—¿Qué? —interviene Lili, alarmada.
Amina resopla y se mete en el bolsillo el billete de veinte que Jackie le deja en la mano de mala gana.
—¿Crees que no voy a tener puesto el modo de compartir ubicación en tu móvil? Te pierdes cuando estás borracha.
—¡Eso es una violación de mi privacidad —masculla Lili, dándoles unos golpecitos en las rodillas para que le dejen sitio en el sofá.
—Yo he jugado limpio —insiste Jackie, dándole una taza de café—. Deslicé a la derecha a un asociado de BlackRiver hace unas semanas para ver si así me enteraba de algo.
—¿Disculpa? —chilla Lili.
—Tranquila, no he conseguido sacarle nada. Pero tampoco pensaba que, no sé…, que te mudarías a casa de Petrov.
—No me estoy quedando con él —aclara a toda prisa—. O sea, sí, estoy en su casa, pero él no está, se ha ido de viaje de trabajo. Me dio sus llaves para que yo tuviera un sitio para trabajar.
—¡¿Qué?!
—No tiene importancia, ¡en serio! Hablamos las cosas antes de que se fuera, los dos lo tenemos claro.
—¿Tenéis claro qué, exactamente? —pregunta Amina, entretenida.
—Solo nos estamos acostando. —Lili está sinceramente orgullosa de la seguridad que le infunde a su voz—. Eso es todo. Ninguno de los dos quiere nada más, estamos en el mismo punto. Yo ni siquiera he pasado por mi retorno de Saturno y él ya debe de haber dejado atrás el segundo.
Jackie pone los ojos en blanco.
—Siempre recurres a la astrología cuando no tienes argumentos.
Lili la fulmina con la mirada.
—La astrología es un argumento.
—¡No le hagas caso! —interviene Amina, abrazando a Lili por la cintura—. No le hagas caso, Lil. Esto es bueno, de verdad que lo es. Díselo, Walsh. —Golpea a Jackie en la rodilla—. ¡Díselo!
—Estoy de broma —claudica Jackie, acurrucándose contra ellas y poniendo los pies en la mesa de café—. Tienes derecho a divertirte, y yo estaré encantada de aprovechar los incentivos.
Lili enarca una ceja.
—¿Qué incentivos?
—Tía, nunca, nunca en mi vida, había probado unos bagels recién hechos tan ricos, y me he criado en esta ciudad. Piénsalo: seguro que nos podría ayudar a entrar en Zero Bond…
Lili se ríe por la nariz.
—Tú ya puedes entrar en Zero Bond, Jackie. Además, no creo que sea su rollo.
Su compañera de piso esboza una sonrisilla.
—¿Sabes cuál es su rollo?
—Ay, Dios…
—Vale, vale —interviene Amina, interrumpiéndolas con una palmada—. Va, cuéntanos, ¿cómo es su piso?
—Es un piso.
Amina resopla.
—Está podrido de dinero.
—Hosseini, tú también tienes dinero.
Ella niega con la cabeza.
—No, tanto no.
—Quemémoslo todo.
—Yo tapo las salidas y tú buscas las cerillas —contesta James, oteando la fiesta.
En teoría es una recaudación de fondos, celebrada en la opulenta sordidez de la casa de Park Avenue en la que se crio Jamie, llena de risas secretas, sonrisas adineradas y el suave siseo del champán. La melodía del harpa —tranquila, traviesa— se desliza por entre la ristra de banqueros bien vestidos y bien considerados y sus esposas, sus abogados, sus políticos y sus hijos. En las paredes, los cuadros oscuros de batallas navales contrastan con el desnudo de Francis Bacon colgado sobre la chimenea; de las lámparas de araña gotean gemas de cristal y los arreglos florales son tan grandes como ataúdes. Mientras hacen equilibrios con sus bandejas llenas de comida, los camareros negocian el paso a través de la multitud de vestidos de Herrera y Packham, de trajes hechos a medida y de apellidos con pedigrí. Lili se pregunta, y no por primera vez, cómo es posible que James haya salido relativamente ileso de una infancia como esta.
—¿Para qué está recaudando dinero tu madrastra exactamente? —pregunta, dividida entre una diversión escéptica y el disgusto por lo que tiene delante.
Beneficios fiscales disfrazados de filantropía; aquí hay dinero suficiente para arreglar casi cualquiera de los problemas del mundo. Lo único que haría falta es que quisieran intentarlo. Es una sensación conocida, la de merodear por los márgenes, la de ser una forastera que mira hacia el interior. No solo en relación con la riqueza que impregna; le pasa con la mayoría de gente, en general. Pero si ha venido es por Jamie. Se arma de valor para actuar.
—¿Niños? No, creo que víctimas de minas terrestres… Espera… ¿Niños soldados que también fueron víctimas de minas terrestres?
—Para, antes de que caves un agujero tan hondo que no puedas salir de él —le aconseja Lili, mientras trata de ajustarse el dobladillo del vestido negro que lleva prestado, que le llega hasta el suelo, de forma que la exagerada raja se vea un poco más conservadora; Amina le saca varios centímetros de altura.
—¿De verdad que Ami se iba a poner eso? —pregunta con una expresión nostálgica.
—Los ojos aquí arriba —refunfuña ella.
Es un viernes por la noche, y ha venido para hacerle un favor. Los padres de Amina han llegado desde Europa por sorpresa, y esta se ha retraído a su burbuja de ansiedad habitual ante la perspectiva de pasar tiempo con ellos. «¿Puedes acompañar tú a Jamie a la recaudación de fondos? —le ha implorado a Lili esta mañana—. Tengo el vestido preparado y todo. Por favor… Le prometí que no tendría que ir solo».
Y Lili ha aceptado, porque siempre intentan que Jamie nunca tenga que ir solo a estos eventos familiares, por mucho que él les haya asegurado que no pasa nada («Hace ya casi cuatro años que murió, no soy ningún inválido», saltó una vez), y porque por fin estaba libre, al menos en el futuro más próximo: le ha enviado la tesis revisada a Kerr esta misma mañana, y han tenido la reunión correspondiente esta tarde. Cuando se ha marchado de su despacho, vibrante tras el exceso de café y un buen debate, ha sentido que algo parecido a la satisfacción —al orgullo— crecía en su interior.
Lo ha conseguido: ha revisado su tesis y ha hecho un trabajo de puta madre.
En el trayecto entre Columbia y Tribeca, el móvil vibraba constantemente con los mensajes de sus amigos. Ha reprimido una sonrisa mientras leía sus felicitaciones y sobre sus planes para la celebración de esta noche. También iba echando un vistazo a los demás mensajes, porque quería recibir un mensaje suyo, aunque no estaba dispuesta a ser ella quien escribiera primero. «El domingo —se ha dicho al volver al loft—. Vuelve el domingo». En el baño principal, baja la cremallera de la bolsa en la que lleva el vestido que le ha prestado Amina. Sobre la encimera de mármol hay un pequeño neceser con sus propios productos de baño.
Concentrarse le resultaba más fácil si se quedaba en el loft. A lo largo de la semana la mesa del comedor se fue llenando de las revisiones de su tesis, de libros abiertos y tazas de café vacías. Saboreó el rigor de las horas de escritura arduas e ininterrumpidas, con interacciones humanas mínimas, salvo por las breves conversaciones con Louis cuando salía a tomar el aire y un nervioso intercambio con el personal de servicio, para asegurarles que no necesitaba que limpiasen ninguna habitación ni que le llenaran la nevera, que solo se iba a quedar unos días.