Cinco #2
En la ducha, se toma su tiempo. Su casa, simplemente, no puede compararse a esto, a la presión, al agua caliente ilimitada de que dispone allí. El chorro cae con fuerza sobre ella, pesado, y exhala. Siente esa agitación, irritada y ansiosa, que en los últimos días se ha ido gestando poco a poco pero que ha enterrado lo más profundo posible. Aunque es fácil ignorarla mientras trabaja, en momentos como este le cuesta un poco más.
«Ya basta, Lili —piensa—. Has llegado a estar meses sin sexo. Contrólate un poco».
Después de la ducha, se envuelve en una toalla grande y limpia; cuelga su ropa para que se seque y bosteza. Encuentra cepillos de dientes en paquetes individuales en un cajón; el toque de un miembro detallista del servicio doméstico.
Se para al pasar junto al dormitorio de invitados y echa un vistazo a la cama.
Mañana por la mañana necesita avanzar con la tesis y nunca duerme bien en una cama nueva.
La habitación de él está a oscuras; las cortinas, parcialmente corridas.
La tormenta sigue adelante, furiosa, húmeda y opresiva, pero en ese espacio tenue siente una distancia segura que la protege de la pesadilla del exterior.
Sus sábanas están planchadas; la seda, fresca. Lili tiene que esforzarse para abrir la cama, como si estuviera en una habitación de hotel. Y, aunque sean sábanas limpias, su olor está ahí, para acompañar esa excitación exasperante. Se estira, tratando de ocupar el máximo de espacio posible, y resopla cuando no puede alcanzar ambos extremos de la cama a la vez.
Necesita varios frustrantes intentos. Piensa en hombres y mujeres sin rostro, en recuerdos que no significan gran cosa; aparta de su mente todo recuerdo de él («haces un ruido, cuando estás a punto») para buscar ese alivio ella sola, pero acaba rindiéndose. Se queda dormida mientras contempla cómo la lluvia golpea contra los cristales.
A la mañana siguiente, la lluvia —torrencial, cielos negros y peligrosos— todavía no ha amainado. Sin embargo, al despertar, Lili se estira, sintiendo aún la pesada calma del descanso. Ha dormido del tirón.
A su teléfono, que está en la mesita de noche, casi no le queda batería. Tiene que encontrar un cargador. Pero, antes que nada: ropa seca.
No debería sorprenderse al ver su vestidor: una habitación de pleno derecho, toda de madera de nogal, con luces empotradas. Desliza las manos por las hileras de trajes; cachemira, lana, lino: Zegna, Brioni, Huntsman, Gieves siente la suave tela bajo su pintaúñas negro descascarillado. Montones de camisas planchadas y almidonadas, con olor a cedro.
Coge una de las camisas blancas: Charvet, detestable, hecha a medida, una marca para hombres arrogantes; de Gaulle, Churchill, Kissinger, Lévy. Las mangas son mucho más largas que sus brazos; no se permite sentirse culpable por lo íntimo de llevarla puesta. Ya se están acostando, le ha dado unas llaves y tampoco es la primera vez que se pone una camisa suya. Durante el tiempo que dure esto, no piensa pedir disculpas.
Hay un cuadro pequeño en una esquina del vestidor. Mientras se arremanga la camisa, Lili contempla los hermosos rojos, los brillantes dorados y los verdes iridiscentes, albergando la esperanza de que no sea un Giotto. Pero no. En este hay más dorados, una complejidad superior en los halos que hay alrededor de las figuras de la trinidad.
En busca de unos calcetines, empieza a abrir cajones —se deslizan sutil y silenciosamente, se cierran con suavidad— y encuentra cinturones, gemelos, relojes Patek Philippe y Vacheron Constantin, pañuelos de bolsillo y una pequeña selección de corbatas que la hace reprimir una sonrisa, pues ya sabe lo poco que le gustan. Por fin encuentra el cajón de los calcetines; coge un par y se los pone. Hay una cajetilla de Gitanes sin abrir escondida entre ellos. Eso la hace reír.
En su despacho, encuentra un cargador para su móvil. Echa un vistazo a los libros en ruso que hay junto a su escritorio; el idioma inescrutable. Mientras acaricia los lomos, se sorprende al ver copias en inglés en la estantería de debajo. Son libros gastados, con páginas dobladas y anotaciones en los márgenes, palabras subrayadas con montones de glosas en cirílico, signos de interrogación escritos por una mano más joven. Fechas de impresión viejas —finales de los noventa— en las páginas de créditos.
Lili coge una copia de Pabellón de cáncer y sale del despacho. Es sábado y es temprano, puede leer un ratito, relajarse un poco antes de empezar a trabajar. Se instala de nuevo en la cocina e intenta descubrir cómo funciona la cafetera. A diferencia de la noche anterior, los periódicos —el New York Times, el Wall Street Journal, el Financial Times y Le Monde— están colocados pulcramente sobre la isla de la cocina. Lili frunce el ceño al ver copias de Le Canard enchaîné y The Guardian. El frutero está lleno.
Mientras pone la cafetera en marcha, va al baño de invitados a ver si la ropa se ha secado, pero sigue mojada. El zumbido de la máquina de café se funde con el golpeteo de la lluvia. Hay un tocadiscos en una esquina del salón y unas estanterías bajas llenas de vinilos: Buckley, Getz, Vysotsky, New Order, Gilberto, The Rolling Stones, Dutronc, Dassin… Mientras los ojea, encuentra Goldberg Variations de Gould. Pone los ojos en blanco al ver que el disco que tiene Aleksandr es el de 1981, no el de 1955, pero se lo pone de todos modos.
Es menos definido, menos claro e intenso que la versión del año 1955 de Gould que ella solía escuchar mientras escribía sus ensayos durante la carrera. Se le antoja menos espontáneo, menos virtuoso en exceso. No le da esa impresión tierna de arrogante improvisación. Bajo las notas de apertura del aria —más lentas, casi pesadas si las compara con el aleteo intenso y definido de sus grabaciones de Moscú y Salzburgo—, puede oír el canturreo de Gould, siguiendo las notas. Le resulta reconfortante.
Se arrellana en el sofá, café en mano, y contempla el diluvio en el exterior y los ríos de lluvia que resbalan por las enormes ventanas. Música, calor y un libro en la mano; está a salvo mientras el clima sigue su curso. Se detiene unos instantes, exhala. Apoya la cabeza en los cojines blancos.
Allí, todo le parece más fuerte, más brillante. La vastedad del loft, la calma refinada de Gould, la ociosidad de las horas libres, esa inclinación precisa de la luz matutina… Allí, los libros descansan en las estanterías, en lugar de en montones en el suelo. Allí, se encuentra en el filo de algo indecible, y le resulta embarazoso, le da vergüenza desear la protección reconfortante de la riqueza.
Lili conoce los atavíos del dinero. Conoce su idioma, sus juegos de referencias y alusiones, las diferencias entre el brillo sutil y los fogonazos horteras. Ha desarrollado la habilidad para leer sus códigos, para discernir su vocabulario, para reconocer la vestimenta —las marcas, los diseños, los hábitos— que cubre la riqueza como una capa. Es capaz de distinguir las diferencias para encajar mejor, aun siendo incapaz de acceder ella misma a tales fortunas. Un mecanismo de protección para comprender el idioma, aun sin saber hablarlo. Creció en Marin, donde sus compañeros de clase ricos celebraban fiestas en las que sus padres estaban ausentes, donde había fines de semana en la casa de Sonoma y en áticos vacíos de San Francisco a los que seguían las resacas adolescentes. Cuando empezó a estudiar en Nueva York, conoció la lenta exposición al dinero de James, la riqueza de cuna y su inmensa magnitud, y conoció también la inmediatez resplandeciente del de Amina, del de los nuevos ricos, que intentaba imitar a la anterior. No obstante, ella siempre ha tratado de mantenerse alejada de eso, de la riqueza de sus amigos. Ellos nacieron con dinero, supone; un accidente de nacimiento.
Pero esto… ¿tener tanto espacio para pensar? ¿Sentir que el peso de la vida se levanta un poco, que tiene un poco de margen para respirar? Tiene espacio para sentir las cosas con amabilidad, margen para relajarse, un respiro en el aire, la seguridad de tener un suelo firme bajo sus pies… Cosas que han hecho mella en ella desde que era pequeña y huérfana, desde que tuvo que aprender de repente a ganarse el afecto de los demás, a ganarse la estabilidad y su lugar en el mundo. Es precario, el sentido —medio escondido, poco aceptado, políticamente hipócrita— de lo que tal vez desee. Es más que la conveniencia material y la seguridad que le regalan su riqueza; es el espacio para respirar que le permite el concepto de él: Aleksandr, dándole las llaves de su casa.
No quiere esto. Y no confía en ello.
La estabilidad se define en relación con la inseguridad; presencia frente a ausencia, lo rápido que te la puedan arrebatar. El espacio para respirar que te permite semejante riqueza la hace pensar en la justicia y el fracaso. Que tiene que ser inmoral que una sola persona tenga todo esto, que entre la dicha y la miseria hay un equilibrio injusto, que a ella le resulta problemático beneficiarse de ello.
Pero, mientras abre el libro de Solzhenitsyn, no le pasa desapercibido lo que tanto trata de ignorar: lo mucho que anhela este tipo de tranquilidad, de belleza y de espacio, a pesar de cuál sea su origen. Lo mucho que desea soltar las dificultades y florecer, y cuánto, y lo rápido que renunciaría a mucho de sí misma para hacerse con un pedacito de todo eso, y lo mucho que duda antes de simplemente alargar una mano y cogerlo.
Es lunes cuando el azul esperanzado del cielo asoma por encima de la ciudad. El agua sigue derramándose por las alcantarillas de las calles; los adoquines de Tribeca resplandecen, inmaculados. Lili necesita ropa limpia, así que se va a casa, aunque piensa volver al loft más tarde a trabajar.