Cinco
Mercados emergentes
Es absurdo.
No se va a quedar en su casa.
No lo va a hacer.
Esa semana, Lili es muy disciplinada con el trabajo. Cada día, coge el transporte público hasta el norte de la ciudad y se queda en la biblioteca hasta que la cierran. Las correcciones de Kerr son constructivas, pero rigurosas y extenuantes. Se ve obligada a abrir su tesis de par en par, a descuartizar su borrador para extraer las ideas que están demasiado enredadas entre sí, para dilucidar las que han quedado demasiado implícitas, pero está decidida a conseguir un buen resultado, decidida a llegar a un punto en el que pueda contemplar sus ideas, sus palabras, y sentir algo parecido al orgullo. Quizá entonces sienta alivio, seguridad durante una fracción de segundo —esa puta paz, tan frágil y tan ajena— por haber conseguido lo suficiente, aunque sea solo un instante.
Pero es agotador. El trayecto de una hora hasta el campus, y eso si tiene suerte; el apuro de ducharse, vestirse, salir por la puerta; el peso de su bolsa, que está a reventar entre el ordenador y los libros anotados; la batería del móvil, que no hace más que agotarse, y el enredo del cargador, los auriculares, los bolígrafos; el trayecto de vuelta en el metro cada noche, apretujada contra gente tan cansada como ella. Tiene que cancelar la cena con Jackie y sus padres y no puede ayudar a Amina con su inminente inauguración en el centro. No hacen más que llegarle correos nuevos a su bandeja de entrada: de la granja, del resto del personal tratando de organizar el horario de los voluntarios, de la planificación del próximo taller intensivo en el norte del estado, de los intentos por reunir las garantías necesarias para las próximas rondas de recaudación de fondos… Se ve obligada a no responder a ninguno, pero siente una punzada de ansiedad al pensar en los daños que los turnos que ha anulado causarán en su nómina. «La estás cagando —piensa, mientras archiva los mensajes para después junto con los que Kerr le envía todo el rato sobre puestos de trabajo (“Política climática en el PNUD. En Addis Abeba. ¿Sí? ¿No?”)—. Los estás decepcionando».
Para cuando empieza a ver de nuevo cierta coherencia en los pedacitos desestructurados de su tesis —por fin comienza a sumergirse en ese estado mental lúcido en el que empieza a parecerle factible realizar un buen trabajo—, el personal de la biblioteca anuncia que es hora del cierre. Afuera está oscuro; es hora de volver a casa.
El destello de sus llaves, que están metidas en el cajón del escritorio, se le antoja atractivo.
«No, Lili —piensa, aferrada a su terquedad—. No».
Será fuerte. Aunque se esté royendo las cutículas de los nervios hasta dejárselas en carne viva, aunque le cueste dormir por la noche mientras trata de dar con algo que pueda decir que sea novedoso en este campo, aunque no haga más que mirar el calendario y preguntarse cómo narices será capaz de tenerlo listo para el viernes que viene, la fecha de entrega, cuando tiene su reunión con Kerr. Lili se pone recta, coge su tarjeta del metro e intenta agenciarse cada día la misma mesa de la biblioteca, la que está escondida junto a las estanterías.
El viernes por la noche, casi una semana después, claudica. Ya ha vuelto a casa después de llevar todo el día en el campus, y no está ni por asomo cerca de terminar lo que tenía programado para hoy. Es tarde, y se siente como si no hubiera tenido ni un solo pensamiento inteligente en toda su vida. Sus amigos están borrachos, arreglándose para salir —qué se esperaba, es fin de semana— y Amina se cuela en su habitación para robarle el lápiz de ojos. Suena Vince Staples a todo volumen y Jackie está obligando a todo el mundo a tomar chupitos. El vodka se derrama por encima del borde de los vasos —Lili no lo piensa limpiar— y hay un bar nuevo en Grand, y una de las amigas modelos de Jackie conoce al dueño y entonces se oye un golpetazo, el crujir de la madera astillada, una carcajada estruendosa y un juramento de James («¡Ups!», se ríe Jackie) y Lili está hasta el coño.
Coge las llaves, mete lo que necesita en una bolsa de tela y escapa de su piso, directa al metro.
Después de Bowery, la J se queda vacía. Lili baja en Canal. Le dan la bienvenida las luces fluorescentes, unas maletas de plástico brillante dispuestas en la calle, a la venta, junto con unos bolsos de imitación de un cuero espantoso. Las rejas de metal ya cubren los escaparates cerrados y las empresas de mensajería; los toldos y las marquesinas están iluminados, con sus caracteres chinos y sus agresivos garabatos grafiteados, y los WeWorks y Duane Reades languidecen bajo los andamios. Pasan chicos con Vans gastadas pateando con sus skates, y fumando en la esquina de Lafayette, grupos de analistas de Citi y chavales que trabajan en las agencias del centro de camino al metro. Hay humedad y calor, y la noche exhala a través de la ciudad. Mientras Lili baja por Walker en dirección a Tribeca, las calles se van estrechando, se van calmando. Pequeños cañones en mitad de la ciudad, rendijas de la luna entre los edificios.
Su calle está vacía. Lili echa un vistazo a las galerías oscuras, ya cerradas. Unos lugares que contienen pocas obras de arte que justifiquen lo que vale el alquiler; algún lienzo, alguna escultura, un par de piezas de arte textil. Al final de la calle, en la puerta del restaurante de la esquina, hombres trajeados con las corbatas flojas y mujeres con tacones y vestidos elegantes se ríen y fuman: cenas de trabajo, mezcal caro, platos pequeños de gastronomía mexicana de postín.
Cuando se dispone a abrir la puerta, la sorprende el portero, que le da la bienvenida. Lili cierra la mano con la llave dentro, incómoda. Por supuesto que el personal vive aquí.
—Hola, esto… Ale… El señor Petrov me dio esto.
—Por supuesto, señorita Marwan —le contesta con una sonrisa profesional y solícita—. Suba, por favor. Me llamo Louis. Si necesita algo, solo tiene que hacérmelo saber.
En el loft reinan una oscuridad y un silencio más que bienvenidos. Se pone de puntillas para encender la luz que hay sobre la cocina Lacanche totalmente equipada que no le cabe duda de que no utiliza. El tamaño del espacio abierto —techos altos, muebles de poca altura— es abrumador. El vacío intencional de la riqueza. Distingue las formas familiares del enorme sofá blanco y los muebles del salón, entre los que se encuentra la mesa de comedor, que se alarga casi tanto como la sala. Contempla los altos ventanales, el Twombly gigantesco. Las sombras del loft se le antojan vivas, íntimas.
No sabe si seguir paseándose, así que deja la bolsa sobre la isla de la cocina. Desliza los dedos sobre las finas vetas blancas y doradas que atraviesan el mármol negro. Es opulento, ridículo, pero también —ahora que está sola puede admitirlo, aunque sea a regañadientes— hermoso.
Saca su ordenador de la bolsa —espera que las cámaras de seguridad que tenga, sean las que sean, capten bien la pegatina gastade de Bernie2016 que tiene en el dorso de la pantalla— y se pone a trabajar. El repiqueteo rítmico de su teclear la reconforta. Cuando le llega a su móvil una alerta por condiciones climatológicas adversas, la ignora. Alertas de inundaciones, de huracanes en la ciudad: cada verano la misma historia.
Es casi medianoche cuando se levanta del ordenador. El filtro de luz azul de su ordenador ha teñido la pantalla de color anaranjado. Está exhausta; siente que se le han agotado los pensamientos, pero de un modo bueno y limpio, como si hubiese logrado bregar con su trabajo, en lugar de verse derrotada por él.
Echa un vistazo a Uber y descubre unos precios desorbitados. Frunce el ceño y mira por la ventana. Está diluviando. Siente un ligero temor —llegará a casa empapada—, pero recoge sus cosas y baja de todos modos. Solo son cinco minutos andando hasta el metro. Se ha enfrentado a cosas peores.
—Señorita Marwan, la cosa no pinta bien ahí fuera —la advierte Louis, el portero—. Déjeme llamar a un coche para…
—¡Estoy bien! —insiste ella—. Solo es un poco de lluvia, no es necesario que nadie se ponga a conducir con este tiempo.
No es solo un poco lluvia. En cuestión de segundos, está empapada. No ha recorrido ni una manzana cuando casi la derriba una ráfaga de viento, potenciada por una lluvia cruel, tan furiosa que tiene que clavar los talones en el suelo para no caerse. Se apretuja la bolsa contra el pecho, tratando de proteger su portátil del agua. Broadway es un desastre; los coches se deslizan sobre el agua y las bocas de tormenta están desbordadas. Las escaleras que bajan a la estación de Canal Street están resbaladizas, cubiertas de arroyos de lluvia. Mientras espera en el andén, Lili observa cómo el agua se va acumulando en las vías, cómo gotea del techo. El metro no va a venir.
«No seas idiota», piensa.
No pasa nada. Es una emergencia. Se quedaría en casa de cualquier amigo si estuviera atrapada de ese modo. Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas. Al fin y al cabo, le dio sus llaves; básicamente, le dio permiso para quemar su casa si quisiera, para convertirla en un paraíso okupa, para retomar Occupy Wall Street en su salón, si le daba la gana. Puede quedarse una noche a dormir.
Cuando ha vuelto al loft, le escribe a Jackie.
00.31. Oye, me voy a quedar a dormir en casa de un amigo. No quiero salir con esta lluvia.
00.31. ¿Estás bien?
00.33. ¡Sí! Ya en casa xx
00.33. ¡Qué amigo!
En uno de los cuartos de baño para invitados, Lili se quita la ropa empapada y abre el grifo de la ducha, poniendo el agua lo más caliente posible. Fuera, oye el restallido de un trueno ensordecedor. Los sonidos de esa tormenta no hacen nada por tranquilizarla. La invade una sensación de precariedad y de urgencia; el huracán está llevando a la ciudad a su límite.