Cuatro #7
Pero esto, cómo Aleksandr se la folla… Comparado con otras personas, chicos, chicas, con cómo debe dirigirles, darles un empujoncito en la dirección correcta… Por Dios, con él casi no tiene ni que pensar. Puede dejarse ir y abrirse por completo y él sabrá qué hacerle, y será caliente, abrasador, y se sentirá llena en su propio cuerpo. Ha tenido buen sexo antes que él; en teoría, lo tendrá también después. Pero esto es otra cosa, no le parece de la clase de sexo que vaya a ser capaz de olvidar, del tipo de huida sin la que pueda acostumbrarse a vivir. Esto se le antoja como un antes y un después…
«No».
Se esfuerza por pensar una réplica; intenta que resurjan sus ganas de luchar.
—Tú te estás acercando a ser el mejor que he tenido nunca —le contesta entre gritos ahogados—, pero aún te falta…
Y, justo cuando empieza a atisbar ese filo luminoso, cada vez más nítido, a saborear el peso de la trascendencia sobre la lengua, de vislumbrar la promesa de que la tensión va a desaparecer, él deja de moverse.
—Qué… Aleksandr, qué…
Le presiona la palma de la mano sobre la barriga y aprieta con fuerza. Hace que lo note todavía más dentro de ella, la estira todavía más. La visión le titubea, se le tropieza, como una película atascada.
—¿Me sientes, cariño? ¿Sientes cómo llego más hondo de lo que ha llegado nunca nadie?
Ella asiente enseguida, con vehemencia. El sudor le cae por la espalda, está a punto de echarse a temblar por la intensidad de la presión que ejerce él en su interior, por su tamaño. Está de puntillas y su cuerpo trata con todas sus fuerzas de encontrar más margen para todo lo que él le exige, para todo lo que él saca de ella.
Es insoportable, lo duro que es. La presiona, la mantiene en ese filo, al borde de esa luz que amenaza con desvanecerse; esto es lo que es sentir que has perdido la cordura. El ventanal está manchado de su sudor, y cada vez le queda menos aliento; siente que se aleja peligrosamente de la pérdida de sentido que tanto busca.
Lili aprieta los muslos y trata de forzar pequeños movimientos de cadera. Siente una esquirla de placer, tras encontrar el sitio justo entre el cristal y él para provocarse un poco de fricción.
—Vamos —gimotea, casi enfadada—. Quiero correrme…
—Pues córrete —le dice él. Se aparta un poco, liberándola de una pequeña fracción de su peso—. Fóllate conmigo, Lili.
Ahora que tiene más espacio, Lili sigue moviéndose de forma indecente y desesperada. Le da igual. Lo desea, lo desea con todas sus fuerzas; su mente solo piensa en una cosa y hace que todo lo demás —el aire, el agua, todo— parezca secundario, una nimia inconveniencia, valioso solo porque le permite seguir haciendo esto: desmoronarse debajo de él, reducirse a sí misma a su cuerpo y luego a la nada, lograr que sus pensamientos se apaguen como la llama agonizante de una vela.
—Qué poca vergüenza —le susurra él, acariciándole la oreja con su aliento—. Lo mucho que lo deseas. Mírate, no paras…
—No puedo —jadea ella, frustrada y exhausta—. No puedo, necesito que…, necesito que…
—¿Qué necesitas, Lili? Dímelo y te lo daré.
—A ti —confiesa, sin aliento y con los dientes apretados—. Que… que me folles, por favor.
La naturalidad con que recupera el mando —con que sus manos se pliegan alrededor de su cintura, abarcando toda su espalda, con que retoma el control sobre ella— la libera de extenuantes cantidades de tensión. Por fin empieza de nuevo a follársela, tan duro como ella quiere: implacable, sin contenerse, robándole la capacidad de protestar o resistirse, de apenas dejar que esa intensa esquirla de placer se afile, que el frustrante peso del clímax se acerque cada vez más a ella, que llegue a un lugar en el que no tenga nombre, en el que no tenga voz…
Cuando se corre, algo se desgarra en su interior: el sentido de sí misma, arrancado de su cuerpo.
Una separación que le da espacio.
Espacio para respirar.
Silencio.
—¿Te estás acostando con alguna otra persona? —Le pregunta Lili mientras se pone la camisa.
Aleksandr suelta una carcajada corta y seca y levanta la vista de su móvil, en el que estaba echando un vistazo a sus correos.
—¿Cuánto tiempo crees que tengo al día?
Ella se cruza de brazos.
—Eso no es una respuesta. —Trata de obviar los celos irracionales y amargos que la asaltan de repente, que hacen que le entren ganas de arrancarle el pelo a esa mujer sin nombre.
—No, no me estoy viendo con nadie más —contesta Aleksandr, pronunciando con claridad. Se apoya en su escritorio y tira de ella, poniéndosela entre las piernas. Con una mano, le aparta el pelo de un hombro y se lo deja caer por la espalda—. ¿Y tú?
Su tono de voz no ha cambiado, que ella note, pero no sonríe.
Lili levanta la barbilla; un gesto travieso.
—¿Tiene importancia?
De repente, el humor que creía haber aportado a la conversación se esfuma. El aire entre los dos ha perdido toda su ligereza.
—Yo no comparto, Lili. —No hay nada de humor, jocosidad o distensión en su actitud—. No te lo volveré a preguntar. ¿Te estás follando a otras personas?
Contempla por unos instantes la posibilidad de provocarlo.
—No —responde al final.
—Bien.
—Bien —replica ella, que no está dispuesta a dejar que sea él quien tenga la última palabra.
Él enarca una ceja y permite que el momento se alargue. La hace sentir como una niña.
Lo mira con el ceño fruncido. Él sonríe; la atrae más hacia sí.
—¿Qué planes tienes para este fin de semana? —pregunta.