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Cuatro #6

El anillo que lleva está frío, le aporta una fricción plateada. La penetra con un tercer dedo y ella no puede sino restregar las caderas más fuerte contra él. Lili se estremece, deleitándose con el dolor acuciante de su cuerpo al resistirse y luego cediendo, cediendo a él, a ese placer líquido que se ha ganado, y que la cubre, justo después.

Él se da cuenta. Suelta una carcajada, rozándole el pómulo con la nariz.

—Siempre estás demasiado estrecha —comenta, tirando de ella hacia el borde de la mesa.

Un movimiento que hace que sus dedos se claven aún más hondo. Se le escapa un lloriqueo de dolor, de impotencia; se le enroscan los dedos. Nunca había sentido una presión tan visceral excepto durante el sexo… El sexo con él.

—Vamos, Lili —la anima en voz baja—. Déjate ir.

No debería saber tocarla mejor de lo que sabe tocarse ella misma. No debería ser capaz de sonsacarle un placer así, un placer oscuro; no debería tener la capacidad de hacerla sentir tan expuesta. Apenas se están tocando, pero se siente asfixiada por él, abrumada por su olor y sus dedos y su mirada.

Pero, mientras lo tenga —mientras hagan esto juntos—, piensa utilizarlo.

Piensa utilizarlo a él.

Moviéndose al compás de cada embestida de su mano, empieza a follarse a sí misma contra el peso de él. Cada vez que rota las caderas se le corta el aliento y está a punto de soltar un gemido. En la distancia, más allá de las respiraciones de ambos, que la aíslan —la de él, firme; la suya, entrecortada—, oye los ruidos de la oficina, los pasos y los teclados. Le duelen las caderas, le tiran los muslos de lo muy abiertas que él le tiene las piernas. Siente que empieza a perder el sentido, que trata de alcanzar una luminosidad dentro de su propio cuerpo. Él sigue sin tocarla, salvo por sus manos.

—Haces un ruido, cuando estás a punto —le murmura al oído—. Está como atrapado en tu garganta y es un poco desesperado… Como si se te hubiese olvidado cómo se respira.

No hay nada silencioso en el gemido que se le escapa entonces, porque tarda un instante de más en morderse el labio para reprimirlo. La mirada de él cae sobre su boca, y Lili quiere… quiere…

«A la mierda». Le rodea el cuello con el brazo que tiene libre, se abalanza sobre él y lo besa. Un beso intenso, necesitado; un beso que está atrapado en su aliento entrecortado cercano al clímax y le hace perder el equilibrio. Él mueve la mano más rápido, más duro; su anillo se restriega contra su piel.

—Ahí —jadea, con la boca pegada a la de él—. Dios, ahí, justo ahí. Estoy a punto, estoy…

El umbral de la liberación, ardiente y cegador, no hace más que acercarse a ella para luego alejarse de golpe. Gime, frustrada, y aprieta los dientes.

—Vamos, cariño. —Nota el esfuerzo en su voz, caliente sobre sus labios—. Córrete. Enséñame lo que eres capaz de hacer.

Su clímax es desesperado. Es una cosa inquieta que le arrancan de dentro, incoherente e inconcluso dentro del lenguaje conocido de su cuerpo, porque ¿cómo es posible que sienta tanto sin tenerlo dentro de ella? Mientras el placer la atraviesa, sigue frotando sus caderas contra sus manos enredadas, y él sigue embistiéndola con fuerza incluso cuando el gozo se transforma en algo más profundo, que sobrepasa el punto en el que ella pensaba que terminaría; colapsa y vuelve a empezar, llegando cada vez más lejos, hasta que la avalancha de sensaciones físicas supera la luz, «Para, por favor, no puedo…».

Cuando él se aplaca por fin, Lili se siente como si saliera a la superficie del agua para coger aire. Él deja de mover la mano, le permite unos instantes para recomponer los pedacitos de sí misma, los pulmones, las piernas, las clavículas, que están pegados a él. Nota la tela almidonada de la camisa contra su pecho casi desnudo.

Aleksandr mueve la mano para cogerla con fuerza de la cintura. Lili observa cómo levanta su mano para llevársela a los labios y se mete los dedos en la boca.

Ella lo observa con los labios entreabiertos.

Una sed acuciante toma forma en su interior, aunque todavía esté navegando por la bruma errática del orgasmo que se apaga.

—Aleksandr… —murmura.

Mete la mano bajo su chaqueta buscando la camisa, los botones.

Pero él se aparta de la mesa. De repente, se encuentra de cara a la pared de cristal, con las manos plantadas contra el cristal para no caerse. La ciudad resplandeciente se extiende bajo ella.

Nota la ropa interior, casi destruida y mojada, pegándosele a la piel, bajando por sus muslos, por sus piernas, hasta que se la quita del todo. Desaparece la tensión de su pecho cuando le desabrocha el sujetador. En un abrir y cerrar de ojos, Aleksandr le aparta el pelo de la espalda, exponiendo su piel desnuda, y presiona los labios por su nuca, por la curva abierta de su hombro, y esos besos ardientes, abrasadores, le aceleran a ella la respiración.

Cuando la besa con brusquedad debajo de la oreja, ella aplana más las manos contra el cristal. Está empapada; tiene los muslos resbaladizos. Tras el ventanal solo hay negrura y las luces de los rascacielos. Tras ella, oye el repiqueteo de una hebilla. Le da un vuelco el corazón.

—Podría vernos alguien. —Siente que tiene que decirlo; los contornos de una protesta que carece de toda sustancia.

—Te acabas de correr encima de mi mesa —replica él, agarrándola de la cintura—. No me parece que te importe mucho.

—Eso es…

Su respiración cambia de golpe, inhala con fuerza, cuando él la penetra, apretujándola contra el cristal.

Es —apenas— más fácil acomodarlo cuando está tan mojada, cuando él empieza despacio. El placer residual aflora de nuevo, mientras hace esfuerzos para no perder el equilibrio de puntillas, mientras trata de ajustarse a su altura. Su cuerpo cede ante él con cada embestida, el golpe frío inicial de la sorpresa se derrite en un charco de calor que la somete poco a poco; y, de nuevo, el mismo alivio: él dentro de ella, la inminente ausencia de pensamiento, y es que no lo necesita, no necesita pensar. Lili deja caer la cabeza contra el hombro de él.

Un risa grave, aireada, contra su oído.

—¿Siempre estás tan dispuesta? —murmura—. ¿O solo conmigo?

Vuelven a despuntar en ella las ganas de discutir.

—¿Siempre follas en horario de oficina, o solo conmigo? —replica, sin aliento.

A él se le escapa entonces una carcajada sincera. La embiste lento y con fuerza, y se la saca lento también, y mientras tanto sigue presionándola contra el cristal, contra la noche negra y la ciudad resplandeciente.

—Hay pocas mujeres tan aventureras como tú.

No le gusta en absoluto que mencione a otras mujeres. Lili empuja las caderas contra él, con fuerza.

Otra carcajada, un soplo de aire contra su pelo.

—¿Te has puesto celosa? —la provoca—. No me disgusta el resultado. Lo apretada que te pones. Es como si te estuviera follando por primera vez…

—O por última —le espeta ella, aunando todo el ánimo de discutir que le queda.

Aleksandr la coge de la cara, apretándole la mandíbula.

—Cuidado con lo que dices, o te daré tan fuerte que saldrás de este despacho cojeando.

—¿Me lo prometes? —susurra, conteniendo una sonrisa.

Esa competitividad, esa osadía, es una de las pocas armas que todavía puede blandir, el único equilibrio con el que puede contar después de haberle cedido el control de ese modo.

La acomete con violencia con las caderas y le aprieta la cara contra el cristal, con la mano enredada en su pelo.

—Ahí afuera hay una ciudad entera —dice; los esfuerzos por follársela así de duro apenas le tiñen la voz—. ¿Quieres que vean lo puta que eres? —Lili suelta un gemido (estúpida, qué estúpida) contra el cristal, empañándolo—. Creo que sí. Creo que te encanta pensar que están viendo cómo te follo hasta el alma…

—Pues yo creo que a ti también —replica ella—. Creo que te pone…

Él se ríe otra vez, ese sonido oscuro, grave, que parece hecho a medida para excitarla e irritarla a la vez, con esa condescendencia que le provoca una confusa mezcla de exasperante deseo.

—Pues sí —admite—. Sigue así, y puede que contigo eche algunos de los mejores polvos de mi vida.

Pensar que no sea así todavía… Algo nocivo, perverso, arde en su interior.

No piensa dejarle ganar.

Resistiendo contra él, contra todo su peso, Lili alarga una mano hacia su cadera y lo apretuja contra ella mientras se frota hacia atrás. Aprieta el abdomen, tratando de marcar el ritmo. Se produce un cambio en la respiración de él, y piensa, por un instante, que será capaz de hacerlo, de conseguir que se corra antes que ella, de ganar…

Pero esa risa. Esa estúpida risa.

Aleksandr le coge las manos y se las inmoviliza contra el cristal.

—Mira la pequeña Lili… —dice—. Cuánto se esfuerza para seguirme el ritmo.

Es brutal, entonces, el modo de embestirla. Es inesperado, y ella grita tan fuerte que no es posible que no la hayan oído en toda la oficina. Lili se echa hacia delante mientras florece el dolor, brillante y hermoso. Nota el frío del cristal contra la frente. La gente puede verla; verlos. Figuras poco definidas tras un cristal lejano. Apenas distingue el reflejo de su propio rostro, las pupilas dilatadas, la boca entreabierta. El resplandor de su silueta desnuda visible en el cristal, su forma de follársela. Lo mucho que le estira la carne al estar tan dentro de ella, haciéndose un hueco, moldeándola para él. La lleva al borde de un filo con el que quiere cortarse.

A Lili siempre le ha gustado el sexo. Siempre le ha divertido, la ha distraído; siempre le ha gustado la excitación predecible pero emocionante, mezclar la dosis correcta de alcohol con la sonrisa adecuada, ladear la cabeza, una carcajada oportuna. Y luego, irremediablemente, un piso en Greenpoint o en Nolita o cerca de St. Mark’s Place, bicicletas de piñón fijo en el recibidor, olor a marihuana vieja, sábanas azul marino. La luz temporal de la novedad, la satisfacción momentánea.