Cuatro #5
—¿Disculpe?
—Creo que podría causar mayores estragos que estos.
Michael la observa con una expresión evaluadora durante un momento largo y tenso. Lili no se amilana bajo su mirada.
Salta a la vista que decide que no merece la pena gastar energía en ella.
—No toque nada —repite, enfatizando cada palabra tanto que Lili hasta se preocupa de que tenga la presión demasiado alta.
Se marcha. La puerta se cierra y los sonidos de la oficina se apagan.
Tras quedarse sola, Lili mira a su alrededor. Paredes revestidas de madera marrón cálido. Un color field que le recuerda a Rothko, de un burdeos luminoso y tostado. Hay una ancha mesa con un delgado monitor de pantalla partida y un teclado nimio, y algunas carpetas delgadas. Unas elegantes sillas Breuer Wassily, un sofá Grand Modele. La ciudad oscura y resplandeciente asoma tras los ventanales: una pared entera de cristal. No hay libros, el número de objetos personales es mínimo. El Financial Times del día está tirado sobre el sofá de cuero. Lili coge el periódico y empieza a hojearlo con aire distraído.
La puerta se abre, dejando pasar de nuevo el ajetreo de la oficina.
Lili suspira y suelta el periódico.
—Michael, no tengo intención de hacer nada…
—No soy Michael —dice Aleksandr, cerrando la puerta tras él.
Antes de que pueda hacerle ningún comentario sobre la impresionante mala educación de su jefe de personal, las manos de Aleksandr están sobre su cintura. La apretuja contra él y la besa. Y, en cuanto se da cuenta de lo que está pasando, en cuanto la sorpresa empieza a transformarse en ganas, gracias a su aroma, al calor de su boca, a la aspereza de su barba, y ella empieza a dejarse llevar, a aferrarse a él…, se aparta.
—¿Cómo estás? —le pregunta.
—Eh…, bien. Sí, bien. —Lili se siente vulnerable, siente que ha perdido el equilibrio.
Apoya las manos en su pecho un instante fugaz. Lleva ropa de trabajo; se fija en las pequeñas diferencias: un pañuelo discreto en la solapa, solo un botón desabrochado. Luego da un paso atrás y se aclara la garganta. ¿Sería malo admitir que le gusta su voz? No quiere pensar que es la misma que probablemente habla cada día con el presidente de la Reserva Federal, ni la que da discursos en el Foro de Davos, y que celebra sesiones plenarias con multimillonarios en Sun Valley.
—¿Tienes hambre? Daniel suele reservarme una mesa en…
—Estoy bien. ¿Qué hace aquí todo el mundo todavía? Es tarde.
Aleksandr frunce el ceño.
—No son ni las nueve. ¿Dónde quieres que estén?
—Disfrutando de algo remotamente parecido a una vida personal.
Hace un gesto con la mano, como quitándole importancia, y rodea su escritorio.
—Les pago lo suficiente. Pueden tener su vida más tarde.
A pesar de su visceral rechazo a la idea de que las vidas se reduzcan a un trabajo que pueda ser comprado, una parte traicionera de ella quiere ir tras él cuando lo ve sentarse. Quiere ponerse entre sus piernas, apoyarle las manos en los hombros y apartarle el pelo hacia atrás; sentir su mirada fija sobre ella, ver esa sonrisa que siempre coquetea con la autosuficiencia.
Lili se cruza de brazos y cauteriza ese estúpido instinto. No, no es un instinto. Es una idea. Y de las disparatadas.
—¿No querías hablar de algo conmigo? —la apremia, apoyándose en el respaldo.
—Sí —contesta, sentándose en una de las sillas al otro lado del escritorio. Es mejor que haya muebles de oficina que los separen, una cierta apariencia de profesionalidad, cualquier cosa que sofoque esa inclinación blanda y traicionera que la empuja hacia él, esa sutil sensación de seguridad que no debería sentir; una pizca de vulnerabilidad temblorosa que le recuerda a la piel mojada, a los besos cálidos en el cuello, a las lágrimas en las mejillas—. He estado pensando y creo que nos hace falta un poco de claridad.
Aleksandr enarca una ceja.
—¿Claridad?
—Sí. —Lili no va a permitir que esa táctica de contraatacar con preguntas la afecte. No va a dejar que le coma el terreno—. Esto, sea lo que sea —continúa, señalando a ambos—, tiene que estar claro. Yo tengo mi vida y tú tienes la tuya. Tienen que estar separadas. No me gusta la incertidumbre, y dudo que te guste a ti. Si esto va a continuar, tenemos que definirlo. Es muy sencillo.
No ha sido su momento más brillante, pero ha ido al grano. Mientras Aleksandr la observa, se prepara, lista para esquivar cualquier contraataque le lance.
«Necesitamos poner reglas».
«No, me parece que no».
—Vale. Defiende tu propuesta.
Lili frunce el ceño. ¿Ha calculado mal? Pensaba que él se negaría, o se lo discutiría, o… ¿algo así?
—Bueno, ¿qué quieres tú? —pregunta.
Él sonríe; una pizca de arrogancia.
—No, Lili. Ahora mismo estoy en el lado del comprador. Convénceme para que compre.
Le arden las mejillas. Ella no es algo que pueda «comprarse».
Lili alza la barbilla, haciendo caso omiso de la complicada mezcla de lujuria e indignación que provocan en ella sus palabras.
—Me gusta el sexo contigo —afirma—. Y creo que a ti también te gusta. Eso es todo. Un beneficio mutuo. Sin compromiso. Que sea solo… sin compromiso.
Aleksandr ladea la cabeza, divertido.
—¿Y qué te creías que era esto?
«No —un murmullo contra su oído, haciendo que la piel mojada se erice, se le acelere—. No. Yo me ocuparé de ti».
—Exacto —contesta Lili, cuidadosa, llena de sospechas—. Sin compromiso.
—Sin compromiso —coincide Aleksandr.
Ella ve perfectamente la puta sonrisa de suficiencia que está tratando de disimular.
—Es decir, que no es nada serio. Follamos y punto.
—Llevo más tiempo en el mundo que tú. Estoy familiarizado con este tipo de acuerdos.
Es mejor que no examine muy de cerca la respuesta de su cuerpo a esas palabras. Se parece demasiado a los celos.
—Genial —replica con los dientes apretados—. Pues ya está.
—¿Era eso lo único que querías discutir?
—Eh… Sí. Sí. —¿Debería… debería irse?
—Bien. —Aleksandr asiente, como si acabase de tachar una tarea de una lista—. Ahora quítate la ropa.
Ella se lo queda mirando.
—¿Perdona?
—La ropa, Lili. Que te la quites.
—¿Qué? ¡¿Aquí?! —Echa un vistazo a la pesada puerta. Está cerrada, pero detrás de ella hay montones de personas.
—Aquí. A no ser que no te apetezca.
Lili lo mira con los ojos entornados.
Un neoliberal de cuarenta y cinco años no va a poder con ella.
Se pone de pie, aguantándole la mirada. Se quita los zapatos sin agacharse; se quita la camiseta. Se desabrocha los botones de los vaqueros y se los quita también.
No lleva nada especial debajo. Ropa interior negra, un sujetador sencillo. Sin embargo, la mirada de él, clara, concentrada, le provoca un estremecimiento que le sabe a miedo. Miedo a lo que pueda hacer, a lo que ella no puede anticipar. Un miedo disuelto en algo más. Algo que no quiere admitir.
Pero Lili también sabe jugar.
Se pone recta, se obliga a sentirse cómoda bajo la peligrosa excitación que le provoca su atención. Rodea su escritorio y se sube, apoyándose delante de él. Abre las piernas. Él no hace ademán de tocarla, y Lili se mete dos dedos en la boca. El calor estalla en su interior cuando la mirada de él se desplaza, veloz como un rayo, hacia sus labios. Aguantándole la mirada, se mete esos dos dedos por dentro de la ropa interior.
Empieza con caricias familiares y ensayadas. Lili sabe cómo tocarse, sabe correrse rápido y bien. Está mucho más mojada que cuando está sola en su habitación. Se siente el cuerpo caliente y abierto mientras él la contempla sin mover un músculo. Y su atención…
Es como poder.
Siente el instinto habitual de cohibirse, de apartar esa emoción.
Pero lo desea. Quiere ser importante.
Lili baja más un dedo y lo desliza en su interior. Se apoya en la mano que tiene libre y abre más las piernas.
Cree ver, por el rabillo del ojo, un pequeño espasmo en la mano de Aleksandr, que tiene apoyada en la rodilla.
Añade otro dedo y acelera, tratando de frotarse del modo justo con la palma de la mano. Mientras sube el ritmo, sus respiraciones se acortan. Pequeños gritos ahogados, sus dientes contra su labio inferior cuando trata de contener los sonidos, una costumbre de cuando intenta no hacer ruido en su habitación, cuando está sola.
Un movimiento; la silla de Aleksandr al retroceder. Se ha puesto de pie. Apoya la mano sobre su rodilla desnuda y esa primera caricia de piel contra piel hace que le tiemblen las piernas, que sus rodillas den un brinco, como si fuese un animal asustado.
Su siguiente respiración es, no hay duda, menos controlada.
Aleksandr deja la mano ahí unos instantes antes de subírsela por el muslo. Cuando llega entre sus piernas, cubre la suya con ella, acariciando la fina tela de su ropa interior.
—Puedes hacerlo mejor —murmura él, y, cuando empuja, siente su voz hasta en las entrañas.
Se le nubla la visión durante una fracción de segundo: la obliga a meterse los dedos más hondo de lo que nunca había sido capaz ella sola. Un gemido involuntario escapa de sus labios.
—Dios, Aleksan…
—Termina con lo que has empezado —le ordena, presionándola más, tanto que casi le hace daño en los nudillos. Lili ahoga un grito y se inclina un poco hacia atrás, tratando de acomodarse a la profundidad que él busca, a esa dicha demasiado honda.
Él se inclina sobre ella y empieza a guiar su mano.
—Así —murmura—. Me gusta ver cómo te follas, Lili. Es lo que querías, ¿no?
En un pequeño y prometedor embate de placer, se le cierran los ojos. Intenta que sus jadeos superficiales no se descontrolen hasta convertirse en gemidos; sus hombros se mueven con violencia, al compás de los movimientos que hace él cuando la obliga a meterse sus propios dedos, y la presión aumenta.
Se oye el ruido de la tela cuando Aleksandr mueve la mano. Desliza la mano bajo su ropa interior, sin dejar de controlarle y dirigirle la muñeca, pero ahora…
—Joder —dice Lili, sin aliento.