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Cuatro #4

—Pero ¿no argumentó Weber que el «capitalismo victorioso» ya no necesitaba el ascetismo? ¿No están mejor abordados esos temas con mi análisis sobre cómo nos imponemos una disciplina a nosotros mismos como trabajadores, cómo internalizamos la vigilancia, y cómo eso se convierte en la parte que autopropulsa el capitalismo?

—No. El ascetismo tiene un papel esencial en la victoria del capitalismo como el modo dominante de producción. Podrías pasarlo por alto tan fácilmente como puedes ignorar la Revolución Industrial. Tienes que abordar lo que el ascetismo nos ha ofrecido, en términos morales, porque ¿qué es lo que ofrece este trabajo interminable al empleado? En los Estados Unidos, sin duda, está la promesa de la movilidad social, la idea de que, aunque haya una jerarquía de clase, tú puedes subir escalones gracias a la fuerza de tu virtud moral, expresada a través de tu producción de capital, de tus avances profesionales.

—Aquí tenemos algunas tensiones interesantes, entre lo que es terrenal y lo que no…

—Sí, eso es bueno, muy bueno —admite Kerr—. Apunta esto, investiga un poco. Y, una vez más, aquí también entra en juego la secularización. Explora lo que significa esa tensión, su evolución en unos conceptos seculares que tienen tanto poder sobre nosotros como los divinos. La laboriosidad como prueba de la propia predestinación, en lugar de como un medio para garantizarte tu sitio en el cielo… Es un concepto emocionante. Piensa en cómo ha persistido su fuerza narrativa hasta nuestros días. Hoy, una carrera profesional funciona como un vehículo narrativo. Dentro del neoliberalismo, del capitalismo, de estas ideologías dominantes, es lo que utilizamos para tratar de dar sentido a nuestra vida.

—Igual que los protestantes utilizaban el trabajo como vehículo narrativo a través del cual entender sus vidas —apunta Lili— y sus destinos predeterminados, como una forma de aceptar su falta de poder de decisión. Es una dinámica similar a la que tenemos ahora, solo que en la nuestra no está involucrada la religión.

—Fantástico, sí. Si consigues dar énfasis a la idea de un vehículo narrativo, y ya te estás acercando, porque has hablado de estas ideas del hombre como criatura hacedora de sentido, que están equilibradas y llenas de matices… Podría ser un hilo argumental fantástico para los siglos de pensamiento con los que estás trabajando. También me gustaría que incorporases mejor la idea de la autodisciplina, de la vigilancia de uno mismo y cómo evoluciona. Es una de las ideas teológicas que se secularizan más cruciales: la de un Dios omnipotente a un sujeto neoliberal.

—Creo que Foucault me iría muy bien para justificar esa argumentación, ¿no? —sugiere.

Kerr frunce el ceño.

—Le tienes demasiado cariño a Foucault.

—¡Eso no es verdad!

—Y no quiero ver ninguna metáfora forzada sobre el panoptismo, ¿estamos? Son una muletilla, y ya estoy harto de encontrármelas en los trabajos de mis estudiantes de grado.

—Bueno, ¿el panóptico de Foucault no es en sí mismo una metáfora? —apunta.

—Lo siguiente que tienes que abordar son las subjetividades productivas —continúa Kerr, haciendo caso omiso de su broma—. Este tema está totalmente ausente en tu borrador. Tienes que echarle otro vistazo a Hochschild, y a Negri y… Creo que tengo aquí alguna copia…

Es una conversación larga. Las intervenciones y ocurrencias de Lili van disminuyendo a lo largo de la mañana, porque Kerr se sumerge de lleno en las partes menos sólidas de su tesis, que pronto empiezan a acusar los golpes y a transformarse en enormes defectos imposibles de ignorar. Se centra en todas las partes en las que ha dado saltos lógicos, se ha ido por las ramas sin decir nada sustancioso o no ha rematado un argumento. A medida que intenta apuntar todos los comentarios de Kerr, sus notas se vuelven cada vez más caóticas. Para cuando le da permiso para irse —«Vas a tener que esforzarte mucho, pero si aclaras estos elementos y expandes la amplitud de pensamiento en la que te apoyas, esta tesis será excepcional», la anima alegremente—, está intentando no dejarse llevar por el pánico al pensar en la cantidad de trabajo que le espera.

En la biblioteca, trata de hacer un esquema, pero ha perdido totalmente de vista el hilo conductor de su tesis; los árboles ya no le dejan ver el bosque. No ve ya ni los putos árboles, después de la destrucción indiscriminada a la que acaba de someterla Kerr. El móvil le vibra una vez tras otra. Eileen, su jefa de la granja, le contesta al mensaje que le ha mandado esta mañana sobre su ausencia y le dice que no pasa nada; Lili se toquetea el séptum, nerviosa, consciente de que tendrá que pedir que le cambien todos los turnos de las próximas dos semanas si quiere tener siquiera la oportunidad de empezar con la revisión, pero ahora mismo no se ve capaz de lidiar con ello. Del chat en grupo recibe una notificación tras otra; sus amigos están haciendo planes para esta noche. No hacen más que llegarle mensajes a su portátil, incluidos varios de Amina en los que sigue insistiéndole con lo del viaje a Francia, mandándole enlaces a exposiciones y restaurantes y fotos de sitios. Al final, lo silencia todo.

La biblioteca Butler está casi vacía y silenciosa como una tumba. Las oscuras estanterías iluminadas por la luz del sol la calman un poco.

Pero no es capaz de aislarse de todas sus distracciones. Mientras trabaja, sigue oyendo la voz de Amina sobre el ruido del restaurante, esa mañana, durante el desayuno.

«¿Lo sabe él?».

A medida que pasan las horas, los pensamientos le siguen arañando la mente: viejos cuadros, piedra caliza, el brillo de la pintura al óleo oscura, una mano en la parte de atrás de su rodilla.

Se siente alterada, inquieta.

«Te convendría recordarlo, Lili: cuando quiero algo, suelo conseguirlo».

Echa un vistazo a la hora y desbloquea la pantalla del móvil.

19.28. ¿Qué haces esta noche?

19.39. Estoy en la oficina.

19.41. ¿Puedo pasarme? Quiero hablar contigo sobre una cosa.

19.45. Por supuesto. Estoy libre a partir de las 21. Las recepcionistas te acompañarán.

Bien. Territorio neutral.

Espera encontrarse unas oficinas vacías, que los empleados ya se hayan ido a casa. Sin embargo, cuando llega, descubre que está tan concurrida como si fuese mediodía. El ascensor la lleva a una planta llena de gente pegada a su ordenador, con las chaquetas del traje tiradas encima de las sillas, las camisas arrugadas por el agotamiento y los ojos cansados, clavados en el resplandor azul de los modelos de Excel. Avanzan a golpe de clic en las presentaciones que tienen en pantalla; entran corriendo en salas de reuniones acristaladas. Hay cajas vacías de Sweetgreen tiradas por las mesas; rascan con dedos nerviosos los bordes de los vasos para llevar de Blue Bottle. El ambiente está helado por el aire acondicionado, pero enrarecido, porque está todo lleno de cuerpos que hace horas que no salen al exterior, un contraste con el calor oscuro y abrasador que hace fuera.

Antes de que Lili se pueda acercar al personal de recepción, una inconveniente figura gris se interpone en su camino.

—Ya me encargo yo —le dice Michael a los recepcionistas. Luego se vuelve hacia Lili—. ¿Te has perdido?

Ella apenas reprime el impulso de poner los ojos en blanco.

—¿Está Aleksandr?

—Es lo más probable.

—Me ha pedido que me pase por aquí. Si te apartas, puedo encontrar el camino yo sola.

—Ni hablar. —Michael mira atrás, como si quisiese comprobar cuántos testigos hay presentes—. Ven conmigo. —Sin molestarse en mirarla, entra en la gran oficina abierta—. Ahora está ocupado. Puedes esperarlo en una de las salas de reuniones más pequeñas por si luego tiene tiempo. Pero es poco probable. La verdad es que no puedes presentarte…

—Lili.

Es Aleksandr. Sale de una reunión con quienes parecen sus directores generales y vicepresidentes.

Su forma de pronunciar su nombre, esa curvatura letal de su sonrisa, enseñándole los dientes… Por Dios, hay gente delante. Debe de pagarles terriblemente bien, porque, decididamente absortos en su trabajo, se marchan enseguida a sus respectivos despachos, disimulando cualquier mirada de curiosidad, salvo por la mujer alta y morena que hay junto a él. Mirada penetrante, zapatos de tacón. Tiene un iPad en la mano y parece que la hayan dejado con la frase a medias. Observa a Lili con un interés evidente, con descaro.

—Que Michael te lleve a mi despacho —dice Aleksandr—. Yo voy enseguida.

Lili oye el resoplido de exasperación de Michael. No puede evitar sentirse satisfecha. La mujer que hay al lado de Aleksandr se fija en la expresión en el rostro de Lili y le guiña un ojo antes de marcharse con él.

El despacho de Aleksandr está en la dirección contraria adonde la llevaba Michael. Cuando le abre la pesada puerta, se fija en que lleva una alianza. Siente una punzada de sorpresa, seguida de un pensamiento sarcástico; siente pena por la persona que esté casada con él. Probablemente, una mujer gris y amargada, con ropa de cachemira y mechas rubias en tonos fríos detrás de las orejas, batidos nutritivos en todas las comidas, joyas de Elsa Peretti, clases de pilates y clavículas finas como ramitas.

—Quédate aquí —dice Michael—. No toques nada.

—¿No puedo ejecutar ninguna compraventa de última hora? ¿O es que el jefe no tiene Bloomberg Terminal en su ordenador?

—Me aseguraré personalmente de que la rentabilidad de tus planes de pensiones sea deplorable.

—Es muy osado por tu parte pensar que tengo planes de pensiones.

Michael frunce el ceño.

—Señorita Marwan, deje que le explique cómo va a ir esto —dice—. Él tendrá sus escarceos con usted, por muy inconvenientes o penosos que estos sean, yo apretaré los dientes y gestionaré las consecuencias que tengan para él, y luego el asunto llegará a su fin y el orden será restablecido. Usted volverá a Brooklyn y yo no tendré que verla nunca más.

—¿Me está desafiando?

Él aprieta los dientes.