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Cuatro #3

—Ya he decidido el tema para la asignatura de este otoño —afirma. Los estudiantes se apuntan en masa a las clases de Kerr antes incluso de que se publiquen el título y el programa del curso—. Vamos a dar economía de transición. Hablaremos del cambio de la planificación centralizada al libre mercado, de liberalización y privatización, de economía institucional, de la ley, el derecho de propiedad durante la transición, de la apertura a la globalización y la inversión extranjera… Un tema muy oportuno, en general. Nos centraremos en los casos habituales: Rusia, China, quizá algunos ejemplos del este de Europa… Pero quiero que sea una asignatura contemporánea, que mire hacia el futuro. Que nos centremos, sobre todo, en cómo estas historias dan forma a las relaciones internacionales en el presente, ¿entiendes a qué me refiero? Toma, échale un vistazo al programa. Tuve un golpe de inspiración, insomne, mientras les suplicaba a esos salvajes que tengo por hijos que por favor se fueran a dormir. Haz las lecturas y dime qué piensas.

Un nuevo pico de estrés.

—¿Todas las lecturas?

—Sí. Ahora mismo no tengo muy claro si lo estoy orientando demasiado hacia Aslund o la economía institucional para empezar, pero el temario necesita esas bases.

—¿Hay algún prerrequisito para esta asignatura? —pregunta con el ceño fruncido, hojeando las muchas páginas de lecturas obligatorias—. Esto… es mucho para los alumnos de grado.

Se encoge de hombros.

—No es más que una asignatura de macro o microeconomía. Pero vas a estar tú para orientarlos, así que no me preocupan. Ya estás muy bregada en esto de hacer de ayudante de cátedra, podrías hacerlo con los ojos cerrados. —Chasquea los dedos al recordar algo de repente—. Mira, ese es uno de los temas de los que quería hablarte antes de irme… Me ha contestado mi amigo de ACNUR; quieren hablar contigo.

—¿Sobre mis crímenes de guerra?

—Sobre tus oportunidades de empleo.

Se queda de piedra.

—Ah… Ah, vale.

Kerr le dirige una mirada penetrante.

—Me dijiste que ibas a empezar a pensar en todo esto.

—Sí, lo sé, y lo haré…

—Ya sabes que me gustaría que te planteases la posibilidad de graduarte antes, en diciembre.

—Pues sí que tienes ganas de librarte de mí —bromea ella con poco entusiasmo.

Resopla irritado.

—Eres una buena estudiante.

—Vaya, «una buena estudiante». Espera un momento, que voy a ir a tirarme al río…

—Lili, ya basta de bromas —la corta con firmeza—. Debes aprovechar las ventajas que disfrutas. Tienes un potencial inmenso, no lo malgastes en algo pequeño. Quiero verte en un buen puesto de trabajo. Tengo amigos en casi todos los sectores, pero en primer lugar necesitas saber qué es lo que quieres, ¿ámbito privado o ámbito público? Ya sé que has descartado la carrera académica, y no te culpo… Hoy en día los despachos están llenos de niños ricos. Pero creo que merece la pena contemplar el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, sobre todo para dar tus primeros pasos en el mundo profesional. ¿O prefieres optar por el sector privado, quizá dedicarte a las inversiones sostenibles? ¿O te interesa más trabajar en proyectos de desarrollo? Tienes que pensártelo bien. Lo que decidas ahora importa.

Ella traga saliva con dificultad.

—Supongo que estaba pensando en terminar primero la tesis.

—Sí, la tesis… —Kerr saca una copia impresa de debajo de un montón de libros—. ¿Has tenido tiempo de echarle un ojo a las correcciones que te he mandado?

—Un poco. —Durante el viaje en metro al norte de la ciudad ha leído por encima, de forma frenética, el borrador lleno de correcciones que le ha devuelto.

Mientras el sudor frío se le acumulaba en la nuca, ha tratado de digerir unas correcciones mucho más exhaustivas de lo que esperaba.

—Es un buen trabajo. Como te he dicho, las ideas están bien fundamentadas, pero hay margen de mejora. Y las fechas…, digamos…, ¿un par, más o menos, para entregar el siguiente borrador?

—¿Dos meses?

—No, dos semanas. A ver si conseguimos tener una versión casi definitiva antes de que me vaya de vacaciones y mis suegros me claven sus garras.

El pánico se le agolpa en la garganta.

—Claro…, sí, vale.

Kerr le sostiene la mirada.

—Soy consciente de que es poco tiempo, pero si te concentras y le dedicas horas, esta revisión podría ser éxito de verdad. Terminémosla para el otoño y así podemos apuntarte para graduarte en diciembre, para que te adelantes, para que puedas aprovechar tu ambición. Es un arma si sabes cómo blandirla; ya hemos hablado de esto. Ya eres joven para estar sacándote un título de posgraduado, no cedas esa ventaja retrocediendo y haciendo solo lo que se espera de ti. Y, cuando vuelva en septiembre, quiero que tengas cinco posibles trayectorias profesionales que estés contemplando, es decir, puestos, organizaciones, contactos potenciales… Tienes que empezar con las entrevistas preliminares. ¿Entendido?

Aprieta los dientes, pero se las arregla para sonreír.

—Entendido.

Él asiente, más calmado.

—Fantástico. Ahora siéntate, siéntate —dice, señalando los sillones que ya conoce, de cuero gastado y reposabrazos agrietados, que hay junto a la ventana. Se sienta en uno de ellos, le quita el capuchón a un bolígrafo y abre el manuscrito por la primera página—. Empecemos con esto.

Ella saca el portátil de su bolsa de tela y se sienta en el otro sillón. A pesar de la ansiedad, del estrés —de las fechas de entrega cada vez más aceleradas—, allí se siente segura. En ese despacho ha estado a punto de llorar muchas veces, como durante su segundo año de carrera, cuando se desmoronó en las semanas más duras del semestre de invierno, angustiada por los pasos que debía seguir después de graduarse, y él le había preguntado con amabilidad: «¿Has pensado en hacer un máster? No es como en Humanidades o en Ciencias Políticas, con un posgrado en Economía se puede ganar dinero, y no siempre tienes que entregar tu moral a cambio de un salario».

Ahora, Kerr le dice:

—Lo digo en serio, has hecho un trabajo excelente. —Se sube las mangas de la camisa ancha de lino para evitar mancharse con la tinta del bolígrafo. Ya tiene la piel marrón oscura llena de manchas negras, un síntoma de que ha pasado la mañana escribiendo—. Salta a la vista que comprendes la ética protestante como fenómeno histórico, los dogmas teológicos, ese cambio tan complejo al secularismo y las fuerzas económicas contemporáneas con las que se tropieza tanta gente. Ahora bien, ¿cómo puedes ir más allá de esas conexiones? Si te sumerges en lo que no se está explicitando en este borrador, ¿qué más podrías desvelar? Es evidente que hay varios contraargumentos que deberías abordar. Tiendes a alejarte con tozudez de los razonamientos que no te gustan y esperar que baste solo con la fuerza de tus argumentaciones, que no es algo que vaya a dejar pasar…, pero ya llegaremos a eso. En primer lugar, necesitamos reforzar la investigación sobre la doctrina de la vocación de Lutero. No te has detenido en esto el tiempo suficiente. Lutero juega con el concepto aristotélico de la vida buena encajando la vida buena, que es la vida piadosa, en sus propios términos, dentro de la vida mundana. Lo divino en lo cotidiano, lo sagrado en el día a día, todo eso. Este es un cambio crucial.

—Sí. —Lili asiente—. Establece las bases para justificar espiritualmente una vocación que pertenece al mundo terrenal. Que se concentra en el mundo material, en los elementos tangibles del día a día. Weber y Taylor hablan mucho de esto.

—Exacto, exacto. Que pertenece al mundo terrenal, esa es la cuestión clave. Tu vocación, tu llamada, tu forma de servir a Dios puede encontrarse en esta vida mundana. Aquí ya vemos indicios del concepto moderno de «carrera profesional», de la idea de que todo trabajo, por terrenal que sea, es igual a ojos del creador, allana el camino para la idea de «trabajar por trabajar» en un contexto que acabará siendo secular. En el siglo XVI, este era un concepto extremadamente radical. Es imprescindible que desentrañes bien este cambio, porque lo que estamos viendo es el nacimiento de la motivación interiorizada por trabajar. Ahí es donde tu tesis sobre las concepciones neoliberales del capitalismo autopropulsado puede materializarse. Tienes que expresarlo más claramente.

—Pero ¿no es un salto muy grande conectar los dos de forma tan explícita? El siglo XVI con los tiempos modernos, quiero decir. Has dejado muchos comentarios sobre cómo me muevo por ideas de diferentes épocas —apunta Lili con recelo, clicando sobre el borrador lleno de correcciones—. Has dicho, cito: «Más saltos temporales que un Señor del Tiempo» —lee secamente.

Kerr parece encantado con su propio comentario.

—Por supuesto, aquí no debes sobreestimar la intención de los padres de la Reforma. No estás diciendo que ellos vieran venir estas consecuencias. Busca el equilibrio adecuado entre sus intenciones y sus consecuencias, enfatiza que son unas raíces que van evolucionando, sobre todo con el ascetismo… No entras lo suficiente en el ascetismo, ni por asomo. Los protestantes hicieron mucho para promover el ascetismo en el resto del mundo, solo tienes que comparar una catedral católica con una iglesia protestante. El contraste es evidente. Y ese contraste en apariencia superficial esconde algo mucho más profundo, unas diferencias subyacentes que se basan en ese ascetismo que persiste en la cultura moderna, sobre todo en la americana: piensa en la pornografía del esfuerzo y las horas extra, en los ejecutivos de las startups y sus baños fríos, lo de levantarse a las cuatro de la madrugada, el excepcionalismo de Silicon Valley, el resurgimiento del estoicismo entre los tech bros obsesionados con el biohacking… Es vital que tengas todo eso en cuenta.

Lili frunce el ceño.