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Cuatro #2

Se le ilumina la cara en cuanto ve a Lili, y se agacha para darle un abrazo; Lili oye unas palabras en farsi como a lo lejos, en el móvil, antes de que su amiga se aparte, cuelgue y se siente al lado de Jackie. Los fragmentos de la conversación hacen aflorar en ella familiares sentimientos de vergüenza, de anhelo y de culpa: idiomas, patrias, historias, partes del mundo de las que Amina está mucho más cerca, a las que tiene mucho más acceso y a las que la conectan muchas más cosas; una herencia regional que Lili no siente que tenga derecho a reclamar como suya.

—Bueno, ¡ya estamos todos! —Amina da una palmada—. Me muero de hambre.

—¿Cómo están tus padres? —le pregunta James.

—Bien. No pueden venir a la inauguración, pero me han dicho que podemos usar la casa de Francia este verano. —En general, Lili ridiculizaría el recurso vacío y absurdo de la ostentación de la riqueza como forma de cubrir necesidades emocionales, pero no lo hace al ver que Amina se encoge de hombros, tratando de disimular su tristeza con fingida indiferencia—. En cualquier caso, olvidémonos de eso… Tengo una noticia fantástica, por eso he propuesto este desayuno: ¡Me han seleccionado para la exposición en Perrotin, en París!

A Lili le da un vuelco el corazón, un subidón de afecto y de orgullo.

—Ami, ¡¿qué?! ¡Qué puta pasada!

—Madre mía, ¡eres una genia! —exclama Jackie, abrazándola con fuerza.

—Cuéntanos más. ¡Cuéntanoslo todo! —insiste Lili—. ¿Cuál es el tema? ¿Cuándo es?

Amina está radiante. Parece a punto de estallar de alegría.

—Es una exposición en grupo, por supuesto. Es en otoño y el tema es el estado contemporáneo de la pintura, las exploraciones sobre el «retorno» al medio clásico que antes se rechazaba, y todo eso, orientada hacia el expresionismo abstracto, claro, pero es muy importante.

—Es importantísimo, joder —afirma James—. Puede que se ofrezcan a representarla.

—¿Tú ya lo sabías? —le pregunta Lili en tono acusador, volviéndose hacia él.

Él sonríe.

—Pues claro que lo sabía. El mes que viene la voy a acompañar a las reuniones preparatorias con la galería en París. Todo artista emergente necesita sus grupis.

—Y tú también vas a venir —le anuncia Amina, cogiéndola de las manos por encima de la mesa—. ¡Nos vamos de viaje a Francia! ¡Europa en verano!

Lili se ríe con la nariz.

—¿Perdona?

—Te mereces un respiro. Vente de viaje con nosotros.

Ella se ríe de nuevo, incómoda.

—Ami, te quiero mucho, pero no puedo largarme a Europa así como así.

—¡Sí, sí que puedes! Son solo tres semanas; nos vamos a principios de agosto. Primero iremos a París y luego bajaremos al sur de Francia.

A Lili se le hace un nudo en las entrañas; el malestar de la vergüenza y la inseguridad.

—¿Y Jackie? ¿Por qué no se lo pides a ella? —Distraerla. Desviar la atención.

—Ya me lo han pedido, antes de que llegaras tú —explica la susodicha mientras se rellena la taza, vertiendo té de una pequeña tetera plateada. Un remolino de jazmín; siempre deja de beber café los días previos a una sesión de fotos—. Tengo la agenda de agosto llena de trabajo.

—Yo también trabajo —contesta Lili—. Ya se lo he contado a Jackie; este verano voy a estar muy ocupada con la granja y no puedo dejarlo todo sin más.

Amina hace un gesto con la mano, como quitándole importancia.

—Para ti es más fácil pedir días libres que para Jackie. ¡Dentro de dos semanas haces ese viaje al norte del estado!

—Es un viaje de trabajo.

—Pues aún con más razón: necesitas un descanso.

—¿Y qué pasa con tu tesis?

—¿Qué pasa con ella?

—¿No tienes que trabajar en ella y revisarla en profundidad? Kerr me acaba de mandar la Biblia entera en correcciones, ¿no ha hecho lo mismo tu tutor? ¿No tienes que dedicarte a eso este verano?

—Lo terminaré enseguida.

—Pero…

Amina suspira.

—Li, a nadie le importa que desentrañe los misterios sobre el neoliberalismo autoritario de Vargas Llosa. No voy a resolver la polarización ideológica de América Latina ni voy a proponer un concepto nuevo y revolucionario para la teoría crítica. La entregaré antes de que termine el año; a mi tutor le da igual. Solo es una tesis de máster.

Siente una punzada en el pecho, dolorosa y complicada. «Si a nadie le importa, ¿para qué escribes una tesis?», piensa. A veces le duele que Amina no tenga que preocuparse por la excelencia académica, por su empleabilidad, por obligar al suelo a que deje de temblar bajo sus pies. Puede dedicarse a su arte en cuerpo y alma hasta que logre hacer de él una carrera profesional; puede caminar por una cuerda a mil metros de altura sin temer jamás a la caída. Ella dispone de la protección que le da la riqueza, de la espontaneidad que le garantiza, del puto brillo que irradia gracias a la seguridad que le aporta, algo de lo que Lili se descubre a veces extremadamente celosa.

—No es un buen momento y ya está —le explica Lili—. Iré a cada exposición que hagas en Nueva York, te lo prometo, pero no puedo hacer un viaje como este ahora mismo.

Amina se encoge de hombros. No la ha convencido ni una pizca.

—Vamos a ir.

—Sí, vosotros dos vais a ir, seguro.

—Y tú vas a venir con nosotros.

Lili exhala un pesado suspiro, tratando de ser paciente, tratando de respirar hondo a pesar del malestar que siente. James guarda silencio a su lado; él conoce bien esta discusión.

—Ami, no me lo puedo permitir desde múltiples perspectivas. No me puedo pedir tantos días libres en el trabajo solo con un mes de antelación, no me puedo arriesgar a cagarla con la tesis y no… No tengo dinero para esto.

—Li, por Dios, no vas a tener que pagar nada.

Lili se echa hacia atrás de inmediato, como si se hubiera quemado; nota la mano de Jamie en su espalda, estabilizándola.

—Esto no funciona así. No voy a aceptar tu dinero así, por la cara.

—Pero ¡no es mi dinero! No he trabajado para ganármelo, así que deja que me lo gaste en ti…

—Amina, por favor. —Lili cierra los ojos un instante—. Haz el favor de parar, ¿vale? Ahora mismo estoy bastante estresada, no es que pretenda ser una aguafiestas, te lo prometo. Es que no puedo y ya está. No puedo.

Amina levanta las manos en señal de rendición.

—Vale, vale… Pero piénsatelo un poco, ¿de acuerdo? Me gustaría mucho que vinieses. No hay nadie con quien me guste más hablar sobre arte. Quiero compartir esto contigo.

—Hablando de arte —interviene James, inclinándose hacia Lili con una sonrisa traviesa—. ¿Cómo fue tu cita en el Met?

Amina, que justo estaba cogiendo la leche, casi vuelca el café.

—¡¿Qué?! —chilla.

—¿Quién te lo ha dicho? —exige saber Lili.

—¡No me dijiste que fuese un secreto! —protesta Jackie.

—¡Tampoco te dije que fuera una noticia de interés nacional que tuviera que ser televisada!

—¿Cómo crees que serán sus conversaciones guarras? —le pregunta Jackie a James, pasando de ella.

—Uf, depravadas a más no poder. En plan: «Bájate al pilón como bajó la libra después del Brexit».

—«Apodérate de mis medios de producción».

—«Dame como Soros le dio al Banco de Inglaterra».

—Puedes usar cualquiera de esas en tu próxima cita, si quieres —le ofrece Jackie.

—No fue una cita —la corrige Lili a toda prisa—. Yo no tengo citas. Solo es sexo. Sexo conveniente y sin compromiso, eso es todo.

De eso se ha estado convenciendo en los días que han pasado desde que fueron al Met. De que es capaz de hacer esto, de seguir follándoselo y no sentir nada. De que puede sofocar esa curiosidad que siente por él, tan aguda, tan luminosa y tan tenaz que no hace sino crecer desde aquella mañana en su despacho después de su cumpleaños, desde que caminaron entre obras de arte en las salas vacías del museo. De que puede tratar esto —ese sexo abrumador que le borra la mente— como un ejercicio, o como comer kale, como algo que solo le concierne a su cuerpo. De que esa vulnerabilidad que se le coló bajo la piel como un cuchillo, en la ducha… no forma parte de ello.

—Solo es sexo —repite.

Amina enarca una ceja.

—¿Y lo sabe él?

Una hora más tarde, llama a la puerta de Kerr, aunque ya se la haya encontrado abierta.

—Estoy segura de que con eso superas el límite de peso de tu equipaje —observa.

Él levanta la vista de los dos libros que está evaluando. Su despacho, que suele encontrarse inmaculado, está hecho un desastre: tiene libros apilados de cualquier manera con una lógica solo conocida por él, una maleta de mano abierta sobre la mesa casi llena hasta los topes de libros, blocs de notas de la marca Rhodia medio gastados y bolígrafos baratos, como hace siempre antes de irse de vacaciones con su familia. Desde que Lili lo vio por última vez, hace dos semanas, cuando supervisaron juntos los exámenes de los estudiantes de grado, se ha vuelto a rapar el pelo, una señal de la llegada del verano, del fin de las clases: lo hace cada año después de dejarse crecer el afro durante el semestre. Sonríe al verla.

—No se le pueden poner límites al conocimiento —repone, señalándola con uno de los libros que tiene en la mano—. Y, en realidad, este es para ti.

—Ah… —Coge el grueso volumen y echa un vistazo al título—. Superar el plan: la reforma económica china. ¿Ahora tengo tareas de lectura recreativa para el verano?