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A la mañana siguiente, recibe el correo de Kerr justo cuando está tratando de entrar en el restaurante abarrotado de Grove Street donde ha quedado con sus amigos para desayunar.

De: Edward Kerr

Enviado: viernes, 17 de junio de 2022 8.19

Para: Lili Marwan

Asunto: Re: Borrador para revisión

Lili:

Adjunto comentarios. Un gran trabajo. Como primer borrador, está muy bien argumentado. Y es excelente que tengamos tiempo de desarrollarlo más antes de otoño.

Tienes un buen dominio de la historia de la ética y su transición secular. Por ejemplo, tu tratamiento de la secularización de la auto-vigilancia desde el Dios omnipresente al neoliberal que se auto-gobierna es muy acertada.

En lo que quiero concentrarme —que es a lo que verás que se refieren casi todos mis comentarios— es en lograr que articules lo que queda implícito. Como has notado, vemos que emerge una motivación interior hacia el trabajo, lo que se antoja totalmente ilógico desde una perspectiva estrictamente económica; ¿qué nos dice eso sobre cómo estas ideologías nos ayudan a dar sentido a nuestras vidas en la actualidad? ¿De qué manera puedes transfor-mar esto en un hilo conductor que funcione durante todo el manuscrito?

Esta mañana estaré en el campus. Quedemos a las diez. Me gustaría hablar contigo sobre la fecha de entrega y de algunos otros temas que debemos abordar, más allá de la tesis.

Hasta pronto.

—Mierda. —Lili suelta un gemido mientras se deja caer en su asiento, al lado de James.

—Buenos días para ti también —la saluda Jackie, pasándole una taza de café—. Café bien negro, como tu alma esta mañana. Ya hemos pedido, en nada nos traen la comida.

—Gracias. Lo siento, no me puedo quedar mucho rato, tengo que reunirme con Kerr. Me acaba de mandar las correcciones de la tesis. —El nudo de su estómago va creciendo a medida que empieza a revisar el archivo adjunto y ve la cantidad de líneas rojas y comentarios a un tamaño diminuto en la pantalla de su móvil. A su alrededor, en el restaurante, hay mucho ruido. Están en el Buvette, cerca de casa de Jamie, en el West Village, un local que siempre está lleno: codos que se chocan, pedidos que se encargan a gritos sobre el alboroto del salón, un vaivén de platos llenos de huevos revueltos, mermelada de color oscuro y tostadas crujientes. Es demasiado asfixiante para el gusto de Lili, pero a Amina le encanta, piensa que el Buvette es «agresivamente adorable». En circunstancias normales, Lili es capaz de admitir que tiene encanto —por la calidez del ladrillo visto, por la luz del sol—, pero ahora el ruido del restaurante se extingue rápidamente, sustituido por el pánico que desencadena el correo.

—¿No te tocaba trabajar en la granja, en la ubicación nueva de Battery Park? —pregunta James—. Pensaba que luego iríamos al centro juntos.

—Sí, tenías que acompañar a Jamie al trabajo, para que los demás analistas no le peguen y le roben el dinero del almuerzo —añade Jackie. Como es temprano, va con la cara lavada y está radiante, con los rizos rojos recogidos en un moño tirante. Hoy tiene una sesión de fotos para una marca de cuidado de la piel.

Vuelve al correo de Kerr y desliza el móvil hacia el otro lado de la mesa para que su compañera de piso lo lea.

—Me van a despedir —dice—. Le mandé el borrador el lunes. Apenas han pasado cuatro días, ¿cómo es posible que tenga ya las correcciones? ¿Y «algunos otros temas que debemos abordar»? ¿Qué significa eso? ¿Qué significa?

—No creo que te puedan despedir de un máster —comenta James secamente mientras descansa el brazo en el respaldo de la silla de Lili.

—Podría ser yo el primer caso —replica, taciturna—. Ay, mierda, tengo que decirle a Eileen que no voy a poder ir hoy. —Coge su móvil a toda prisa y empieza a escribir un mensaje de disculpa para su jefa en la granja; su nueva ubicación en el centro está en construcción y hoy era un día muy importante para la planificación. Tenían que profundizar en los preparativos de la expansión y la financiación. Va a quedar fatal que se lo pierda—. Lo siento, está todo bien. Está todo bien —se apresura a decir—. Luego me encargo, no dejéis que os estropee el desayuno. ¿Dónde está Amina? —Ha sido ella quien les ha propuesto quedar para desayunar.

—Fuera —contesta Jackie, señalando una de las ventanas del restaurante. Amina está al otro lado de la calle, paseándose de un lado a otro. Se ha recogido la gruesa melena negra en un moño sujeto con un pincel, y lleva una camisa Winchester extragrande que le ha robado a Jamie, azul con el cuello blanco y arremangada, una minifalda negra, diminuta, de Maryam Nassir Zadeh, que Lili y ella se van intercambiando todo el rato, y unas zapatillas sucias, manchadas de pintura. Lili la observa morderse las cutículas con la mirada fija en la acera y el ceño fruncido—. Hablando con sus padres. Creo que la han llamado para decirle que no pueden venir a la inauguración.

Una punzada de empatía familiar suaviza la ansiedad de Lili. La relación de Amina con sus padres —familia rica que huyó de Irán tras la revolución, hija única con la que mantienen una distancia y una frialdad propias de su clase y a la que mandaron de niña al internado Le Rosey; nunca han estado juntos en una misma casa más de unas pocas semanas— es complicada, y eso en los días buenos.

James exhala un enorme suspiro. A la pantalla de su móvil, que está sobre la mesa, también llega una ristra de correos electrónicos. Va vestido para ir a trabajar: pantalones grises, camisa azul recién planchada; sin chaqueta, una concesión porque es viernes informal de verano en la oficina, un vacuo intento corporativo de Goldman para facilitar la convivencia en el ambiente de trabajo. Su pelo dorado —agua salada, veranos al aire libre— se ve más oscuro de lo habitual tras las horas pasadas en la oficina durante el último año, después de graduarse. Lili se resiste a las ganas de alborotárselo; se conforma con darle un apretón de consuelo en el hombro mientras él echa un vistazo a los montones y montones de notificaciones. Luego le da la vuelta al teléfono.

El pasado abril, durante las últimas semanas de universidad antes de la graduación, Amina y ella lo acompañaron a comprarse trajes nuevos. Lili lo recuerda mirándose fijamente en el espejo de la tienda, con un traje oscuro puesto, tan alto y tan extremadamente guapo. Jamie, siempre con el aspecto del típico buen chico americano, encantador, con una bonita sonrisa de dientes blancos, una salud insultante y una chispa traviesa. Solía ir a la biblioteca a buscar a Lili después de su entrenamiento de remo y la hacía reír más de la cuenta con las historias ridículas del equipo, hasta que los bibliotecarios lo mandaban callar con afecto; llegaba tarde a clase y se dejaba caer en el asiento que ella le había guardado. Pero ese día, mirándose al espejo, estaba serio y callado.

Trataron de animarlo chinchándolo un poco: «Serás el nepo baby mejor vestido de tu planta», «Míralo, parece el tipo de chico que se cree que un Rolex es un reloj de gama media», «Cómprate esta camisa, que te la quiero robar». Como, a pesar de todos sus esfuerzos, no conseguían hacer mella en aquel silencio tan poco propio de él, recurrieron a la positividad sin ambages, una señal de que eran necesarias medidas drásticas.

«¡Estás muy guapo!», dijo Amina, con un optimismo que empezaba a teñirse de preocupación, mientras el sastre daba un paso atrás después de medir el ancho de hombros, siguiendo la costumbre de sacudir el polvo inexistente de la tela inmaculada. «De verdad, estás guapísimo. Yo te daría mi dinero para que me lo gestionaras tú sin dudarlo ni un segundo».

James siguió mirando su reflejo, sin responder, con el rostro inexpresivo; estaba como fuera de su cuerpo, desconectado de sí mismo.

«Parezco mi padre», respondió por fin con voz inexpresiva. Lili cruzó con él una mirada a través del espejo; él se la aguantó un momento, pero enseguida la apartó.

—¿No deberías estar ya en el trabajo? —le pregunta Jackie ahora mientras da un trago de su té.

Él se encoge de hombros.

—Tengo un ejército de becarios que ahora mismo están vendiendo sus almas en un Excel; estoy bien.

—Pero ¿no deberías estar ya «en los mercados»? —Jackie mueve los dedos, arrugando la nariz, contrariada. Lili reprime una sonrisa—. ¿Preparándote para cuando suene la campana?

—Trabajo en la banca de inversión, Jackie.

—Ajá.

James la mira horrorizado.

—Pero ¿qué te crees que hago todo el día?

—No sé, ¿gritar en un teléfono?

—No soy corredor de bolsa.

—¿En plan…?

—En plan que no hago eso de la campana, ni voy por ahí comprando y vendiendo o gritando por teléfono. No hay nadie que se vaya paseando por el parquet bursátil con un bate de béisbol.

—Él está por encima de todo eso —bromea Lili, absorbida momentáneamente por la discusión—. Eso es para los plebeyos.

—Cuidadito —la advierte James, señalándola con el dedo—. Algún día tendrás que unirte a nosotros, los vulgares trabajadores, y los bancos de inversión van a babear por ti. Mi madrastra no hace más que perseguir a mi padre para que te encuentre un puesto de trabajo en Goldman, sea donde sea. Parece que las oficinas de Europa, Oriente Medio y Asia están intentando contratar más diversidad, talentos originarios de Oriente Medio. Supongo que es mejor para tratar de conseguir dinero en la región.

—No, gracias —responde ella enseguida—. De todos modos, tampoco estoy segura de poder decir que soy originaria de Oriente Medio.

—Lili va a salvar el mundo —interviene Jackie dando un trago de té con expresión remilgada y satisfecha—. No puede meterse a trabajar en finanzas, va a ser la próxima Sérgio Vieira de Mello.

Las puertas del restaurante se abren y Amina entra a toda prisa, todavía con el móvil en la mano.

—Khob dige, bayad beram. Sí, sí, adiós.