Tres #7
Lili lo golpea con las caderas; no le ha hecho gracia esa ocurrencia. Aleksandr se echa a reír y le pone la mano que tiene libre en la otra cadera para atraerla hacia sí.
—Como decía, fue un punto de inflexión. El arte de aquí en adelante está en deuda con este cuadro, incluso el que no es abiertamente religioso. Es una de las obras maestras del Met, pero lo han comisariado de una forma muy sutil. Permiten que el poder de la obra te atrape poco a poco, en lugar de recurrir a una espectacularización forzada. —Hace un ruidito de apreciación, casi como si se estuviera divirtiendo—. En realidad, debería ser contemplado de rodillas. Es un objeto de devoción, cuya finalidad es ser reverenciado.
Lili siente cierto calor en el rostro.
—Intenté comprarlo —confiesa entonces.
Ella pone los ojos en blanco, permitiendo que el magnetismo del cuadro y su intimidad dorada se desvanezcan, pasando a un segundo plano.
—¿Por qué no dejarlo ser, sin más? —pregunta.
Se vuelve para mirarlo y… Qué cerca está. Ve en sus ojos un calor que no es del todo amable. Es intencional. Su mirada es penetrante.
—Exacto —dice.
Su voz, grave, solo para ella en esas salas vacías, la hace recordar la fuerza de su mano alrededor de su cuello, el frío húmedo del mármol cuando la abrazaba durante el dolor.
Lili cierra las manos en puños. Da un paso atrás para recorrer el resto de la sala.
No le gusta.
No le gusta nada.
Solo lo está… utilizando.
Es un acto feminista de cosificación invertida, lo está sometiendo a lo mismo a lo que el patriarcado ha sometido a las mujeres durante milenios. Solo lo quiere por su cuerpo y por lo que puede ofrecerle.
—¿Crees que es una reacción a tu infancia? —le pregunta, imbuyendo una distancia desagradable a su tono de voz—. Este deseo de poseer cosas… ¿Es porque no se te permitía?
—La propiedad es una forma de poder.
Ella resopla.
—¿Y eso te gusta?
—Me gusta el poder —se limita a decir.
Lili hace una mueca.
—Dios. Me parece que no tienes remedio.
—¿Has sido alguna vez del todo impotente? ¿Has estado en una situación en la que se tomaran todas las decisiones por ti, en la que estuvieras completamente a merced de los demás?
—Hablas en calidad de hombre blanco. Vives en un mundo en el que todo está hecho a tu medida.
—Lo admito, pero el privilegio no es poder.
—¡Sí que lo es!
—El privilegio hace que tener poder sea más fácil, sí, pero la vida no te la regala nadie.
—El privilegio mismo es una dinámica de poder. De poder sobre los demás, y no con los demás. Es un juego de suma cero.
—Sí, de eso se trata.
Ella resopla exasperada y lo fulmina con la mirada por encima de una vitrina.
—No es posible que no veas que eso es inmoral. Un sistema de suma cero, dominado por los conceptos de propiedad privada, libre mercado, el «vive y deja vivir»…, hace daño a la gente. Hay un coste humano.
—A eso se le llama «historia».
—No seas condescendiente conmigo.
—He visto la alternativa. En la que el poder, aparentemente, reside en manos del pueblo. Nunca es así en realidad. Es la misma historia en cualquier sistema. Si tienes control sobre los demás, tienes poder sobre los demás. Prefiero la realidad a la estafa. Prefiero tener ese poder que estar a merced de nadie.
—Es de un cinismo absurdo.
—Eres muy joven.
Ella abre unos ojos como platos. Está a punto de replicarle, pero él levanta una mano.
—No te estoy insultando. Me refiero a que solo has vivido aquí, en un país que, por mucho que a vosotros los americanos os guste lamentaros, te permite libertad de pensamiento, expresión y movimiento. Te permite coexistir con millones de personas que no piensan lo mismo que tú. Eso te da autonomía, la capacidad de definirte. Es una libertad que nadie puede darte, tienes que cogerla tú.
—Quitársela a alguien, quieres decir.
Ve en él una expresión a medio camino entre la condescendencia y la consideración, como si ella no lo hubiese entendido del todo.
—Tal vez.
Fuera, el crepúsculo ha dado paso a la noche sobre la ciudad. Las fuentes del museo están llenas de luz. Dos coches esperan al ralentí.
Lili mira a Aleksandr confundida.
—¿Por qué…?
Él abre la puerta de uno de los coches y se la aguanta.
—Ha sido una tarde encantadora, Lili. Hasta la próxima.
Ella se echa a reír.
—Muy gracioso.
Él enarca una ceja. Ella se siente irritada al instante.
—Estarás de broma —le espeta, incrédula—. ¿Y ya está?
—No follo en la primera cita.
Ella no se traga esa expresión de inocencia.
—Esto no era una cita —replica ella.
—Ya.
—Te lo digo en serio. Ha sido… un paseo. Un paseo en un sitio cerrado.
—Por supuesto. —Se limita a sonreír, con la misma expresión de tolerancia condescendiente.
Lili tiene ganas de patalear.
En su lugar, se mete en el coche con la menor gracia y gratitud posible. Antes de cerrar la puerta, Aleksandr asoma y dice:
—Te convendría recordarlo, Lili: cuando quiero algo, suelo conseguirlo.