Tres #6
En cambio, en aquel enclave lleno de niebla y de sombra, en el cabo, nadie se parecía a ella. Nadie le permitía vislumbrar el futuro. Se sentía forastera, una niña pequeña aislada al otro lado de un cristal impenetrable a la que habían soltado en mitad de aquella ciudad desconocida. Estaba a apenas media hora de casa, pero aun así sentía que no hablaba el mismo idioma que todos los que la rodeaban. Le habían robado el sentido del equilibrio y ahora debía acostumbrarse a una nueva gravedad que le habían impuesto a la fuerza. Era como si la geografía que había recorrido hasta entonces la hubiera convertido en alguien de otra especie.
Lo intentó con todas sus fuerzas. Las notas, la conducta, los amigos. Nunca se quejaba, casi nunca se le borraba la sonrisa. Empezó a dársele muy bien, desde muy pequeña, presentar una superficie limpia y mantener cualquier profundidad —oscuridad, deseo, necesidad, la fealdad de añorar que te cuiden— escondida. Los padres, los padres de sus amigos, la adoraban. Solo que no eran sus padres. Si alguien, en el colegio, hacía algún comentario —«¿Qué clase de apellido es Marwan?»—, ella agachaba la cabeza o se marchaba. Si no hacía caso de lo que le dolía, tal vez desapareciese.
El esfuerzo era constante. Era agotador tratar de alcanzar en todo momento la tensa seguridad de la perfección, prepararse siempre para la inminente llegada de cualquier cambio repentino, de otro accidente. Si encajaba lo suficiente, si alcanzaba la excelencia suficiente, sería suficiente para que la quisieran. Para que la acogida se transformase en adopción, para que la estabilidad por fin se colocara a su alrededor. Para que Jane llamara a la puerta de su habitación y le dijera: «Vamos a hacerlo oficial. Llegados a este punto, no es más que una formalidad, pero nos gustaría adoptarte, queremos que seas nuestra…».
Cuando Lili obtuvo dos becas completas para Columbia y Stanford, tras sacar los dos gruesos sobres del buzón con manos temblorosas, le pidió a Jane su opinión.
Jane se encogió de hombros. Estaba fregando los platos y su atención la ocupaban los dos nuevos niños de acogida, que no tenían más de dos años y habían empezado a llorar. «La que más te guste, las dos son universidades excelentes —contestó—. Noah, por favor…».
Al día siguiente, Lili envió su carta de aceptación a Columbia.
Jane y Robert la llevaron al aeropuerto. Le dijeron que viniera a visitarlos —a visitarlos, no a casa— alguna vez, pero ella supo que su habitación ya no sería suya.
Lili se aclara la garganta. Aparta la vista del Böcklin.
—De todos modos —dice, mirando hacia el resto de la sala—, durante la primera semana de universidad vine aquí, decidida a encontrar mi cuadro. —Se obliga a soltar una carcajada desdeñosa para consigo misma—. Al principio me decepcionó un poco ver que no hacía más que volver a este. No es que sea muy llamativo.
Aleksandr no contesta.
Al cabo de unos segundos —tras dejar que su mirada salte por las esculturas de bronce de Rodin, por el largo vacío de la sala— se permite mirarlo.
Él la está observando a ella, un poco demasiado de cerca. Con una atención demasiado perceptiva, con un interés carente de decoro. Como si hubiera preguntas que quiere hacerle y estuviese contemplando el mejor modo de planteárselas. La incomoda, la pone tensa.
Entonces se da cuenta de que todavía le está dando la mano. Se la suelta y da un paso para alejarse de él.
—¿Cuál es tu cuadro preferido? —pregunta.
Cree que la presionará, que se dará cuenta de que está cambiando de tema. Y sí, se da cuenta —entorna ligeramente la mirada—, pero no le insiste.
—Dímelo tú —la desafía.
Lili ladea la cabeza y lo mira con atención. Inhala arte y aire con control, apartando el aroma de las secuoyas, del falafel, de la brisa salobre.
—Diría el Bosco, o Goya —se aventura—. Aunque, no sé, quizá te guste mucho Vermeer.
Aleksandr sonríe.
—Cuando era más joven, sí, sentía cierta afinidad por el Bosco. Pero no es mi favorito.
La conduce entonces a las salas de arte europeo más antiguo, inmediatamente posterior a la época medieval, de los albores del Renacimiento. Lili reprime el impulso de poner los ojos en blanco, convencida de que la está llevando a uno de esos lienzos de tamaño absurdo: los gigantescos seis metros de alto de Tiepolo, algo barroco, entre el naturalismo y la teatralidad. Obras de arte concebidas para iglesias y palacios, pensadas a gran escala para infundir terror y veneración.
Pero no: la lleva a una de las salas más pequeñas en las que la iconografía religiosa resplandece en las paredes.
—Este —dice, delante de una vitrina en una esquina.
Lili frunce el ceño.
—Existen cientos de versiones de esta imagen —dice, mirando a su alrededor—. La Virgen y el niño debe de ser la imagen más replicada en el arte occidental.
—Pero este va un poco más allá.
Le coloca una mano en la cadera, con suavidad pero con firmeza, para ponerla delante de él a mirar el cuadro. Lili se concentra, tratando de no hacer caso de su presencia, a su espalda, del calor que despiden sus manos sobre ella.
El cuadro, encerrado en su vitrina, es más pequeño que una hoja de papel. Y, cuanto más lo mira, más le atrae.
—Es una imagen íntima, de devoción. —Se agacha para hablarle al oído. Su tono de voz es despreocupado, casual, pero ella se queda sin aliento de todos modos—. Lo más probable es que no estuviera en una iglesia, sino en alguna casa. Que formara parte de un altar personal, de esos ante los que los habitantes de la casa pasan cada día. Lejos de la mirada del público. Hay cierta ternura en esa intimidad cotidiana, una desatención que implica afecto, más que la falta de él. Si te fijas en el borde inferior del marco, verás las quemaduras de las velas que colocaron demasiado cerca. Un mundo pequeño, sagrado, guardado como un tesoro.
Es tenue, sutil, pero el cuadro tiene un magnetismo que permanece escondido hasta que Lili se permite relajarse. Una vez que deja que la absorba, le resulta cada vez más inmersivo. Es hipnótico y envolvente, más que los llamativos Giottos y Lorenzettis que hay a su alrededor. El halo de María está hecho de delicados trazos, como filigranas doradas, como delicados son los pliegues de su velo, el lustre gastado del marco de madera astillada. Un parpadeo y se lo habría perdido.
—Su simplicidad es engañosa, la verdad. Estamos acostumbrados a las imágenes de la Virgen y el niño por su prevalencia, pero este cuadro tan pequeño, que data de algún momento alrededor del 1300, supuso un punto de inflexión para el arte occidental. Duccio introdujo una dimensión humana en la representación de las figuras divinas: hay una presciencia en la mirada de María, y Cristo, apartando el velo de su madre, está casi consolándola. Esta forma de representar al niño Jesús es un vestigio de la tradición ortodoxa oriental. Pretende expresar, en cierto modo, su divinidad, que se le perciba como un equilibrio entre alguien por completo humano y por completo divino, sus dos naturalezas. Que estén presentes las almas, y no solo los símbolos.
—¿Eres religioso? —le pregunta, algo sorprendida.
—No, de hecho, soy un ateo bastante recalcitrante —responde—. Al menos, el ateísmo del Estado sí que causó una impresión duradera.