Tres #5
Mientras se enjugaban las lágrimas de risa, le contaron a Lili el viaje a Oriente Medio que hicieron después de la universidad. Los recuerdos de segunda mano, las fotografías desvaídas guardadas en su armario, que tantas veces ha mirado, con tanto anhelo —intentando con todas sus fuerzas aferrarse a sus padres, agarrarse a esas personas que ya no están aquí, que nunca podrán responder a sus preguntas ni compartir con ella más de sus historias—, hasta que se hacían más vívidas que sus propios recuerdos. En Estambul, la llamada del almuecín bajo el crepúsculo púrpura, el té negro fuerte junto a las aguas del Bósforo, las colinas del verde más vivo y los intensos vinos tintos de Georgia, los trenes que cruzaban el Cáucaso, las cajas de albaricoques que despedían un aroma cálido y dulce. Luego, el estruendo de las calles colapsadas de tráfico de El Cairo, de las que se refugiaban en los patios escondidos de las casas de sus parientes lejanos, con sus fuentes de agua fresca; la pintura descascarillada de las paredes y los carteles de los políticos, velos y minifaldas, los huertos de Damasco, llenos de hierba salvaje, ir al zouk a comprar hojas de té y za’atar —«el sirio es más picante», le explicaba su madre cuando le contaba esas historias—, los suelos de mármol de la mezquita, sus cabezas inclinadas hacia el cielo para contemplar el interior de la cúpula de la Mezquita de los Omeyas, un mosaico azul emborronado. Y, por fin, el Líbano. Beirut, la ciudad de su madre, junto al mar.
Cuando llegaron, la jacaranda había florecido en el denso aire nocturno. Llevaban las mochilas llenas de etiquetas de viaje y las luces de la ciudad resplandecían a lo largo de la costa. Por las calles había viejos sentados, fumando, impertérritos a pesar de los gritos de alegría de su madre cuando se lanzó a los brazos de su madrina.
Beirut, donde las melodías suaves y precisas del francés se mezclaban con la intensa riqueza del árabe. Dos idiomas de garganta. Las noches se alargaban alrededor de la mesa de la cocina, llena de chupitos de arak, de familiares y vecinos que pasaban a saludar. Las ventanas abiertas dejaban pasar la brisa del mar. Se levantaban temprano y su madre arrastraba a su padre a las panaderías armenias, donde comían pan ácimo hecho a la leña, crujiente y fino como el papel y espolvoreado de harina. Rodeada por las charlas matinales de los cafés llenos de gente, a su madre le costaba mucho menos ofrecer su radiante sonrisa. Por fin estaba en casa; cómo se había relajado. Una ciudad plagada de cicatrices de la guerra civil, pero suya.
Hamra, Achrafieh, Mar Mikhaël, los barrios de la infancia y juventud de su madre. Los guiaba por los callejones, por los mercados abarrotados de gente; bajo las pérgolas cargadas de adelfas y la ropa colgada en los tendederos; por entre los sonidos de las cocinas, de las abuelas llamando a sus nietos para que fueran a cenar, y los Mercedes hechos polvo aparcados ante paredes de vivos naranjas, ante villas coloniales marcadas por grafitis y agujeros de bala. Mientras tanto, los jubilados jugaban al backgammon en la calle. En las casas de los amigos y familiares que tenía desperdigados por la ciudad les aguardaban comidas de bienvenida, el brillo y el repiqueteo de los platos delgados cuando los disponían sobre la mesa. Mojaban el pan de pita en el humus aliñado con un aceite de oliva casi verde y el sonido de la radio se mezclaba con el de la televisión, y a ambos les interrumpían los estallidos de carcajadas, mientras los primos de su madre corregían los errores del árabe universitario que hablaba su padre, el americano que estaba entre ellos.
Después de la cena, su padre se llevaba un mondadientes, para disgusto de su madre, y volvían a casa paseando por la Corniche, disfrutando de la noche. El humo de los cigarrillos se mezclaba con el repiqueteo de los rosarios, con las olas que rompían contra las playas de guijarros. Los atardeceres dorados se alargaban en los balcones de los amigos de su madre, desde donde observaban las calles estrechas llenas de restaurantes y discotecas con vasitos de tinto barato. Las motos pasaban zumbando junto a los edificios bombardeados, las luces de las tiendas de falafel estaban encendidas y los niños jugaban en el mar. Lili ha intentado hacer suyos todos esos recuerdos, para sentir —para merecer— algún tipo de conexión con sus padres, para aferrarse a la idea de herencia que le pertenece.
Era la primera vez que su madre volvía a Beirut desde que se había marchado, durante la guerra civil. Se lo había contado a Lili bajito, mientras miraban juntas las fotografías. Su familia era mucho más pequeña, mucho más escasa. Sus padres y su hermano —«tus abuelos y tu tío»— habían muerto en la guerra. Muchos otros parientes habían perecido también, en el fuego cruzado; algunos habían emigrado, si habían tenido suerte. Es un lugar que Lili no ha visto nunca, una familia atenuada y fragmentada que no conoce. El apellido de su madre, con todas esas historias ya inaccesibles para ella: algo que le dieron.
El verano que cumplió seis años, los tres fueron a Carmel-by-the-Sea y a Monterrey. Océano y más océano; su padre se la subió a los hombros y su madre se rio como si la felicidad no pesara nada. El viento soplaba y las olas rompían limpiamente. Tomaron un estofado de pescado fresco en un restaurante y sus padres compartieron una botella de vino, y Lili balanceaba las piernas por debajo de la mesa, recordando la sensación de las sonrisas en su pecho. La forma como su padre miraba a su madre cuando esta explicaba sus últimos avances en su tesis, lo animadamente que gesticulaba ella para demostrar sus conceptos sobre la física, el espacio y el tiempo; su padre se reía, y cogió el vaso antes de que ella lo tirase al suelo sin querer. Ella se puso roja y él le dio un beso en la mejilla, y Lili sintió que el corazón se le agrandaba un poco.
El dolor es a menudo sencillo, pero injusto.
Estaban volviendo por el puente desde el este de la bahía. Era fin de semana. Su madre había tenido que ir a echar un vistazo a los laboratorios de la universidad, y su padre la había llevado en lugar de dejarla coger el BART. Habían dejado a Lili con una vecina, una joven estudiante de arte que se acababa de graduar en Berkeley. Lili había pasado el día pintando con ella, sentada en el suelo de parquet bajo los rayos del sol que entraban por la ventana. Se reía, con la pintura seca en las palmas de las manos…
El centro de acogida de después era frío y estéril. Las luces eran fluorescentes, les daban suplementos en dosis cuidadosamente medidas. Los mantenían vivos, pero no los cuidaban. Existían, pero no vivían. Vitamina D, pero no la luz del sol. Una red de seguridad gris y apagada con dos agujeros enormes. Plana y estúpida.
No pasó mucho tiempo allí después del accidente. Unas pocas semanas, mientras el estado hacía las comprobaciones de rigor: ¿los padres no tenían testamento? ¿No tiene parientes sanguíneos en el país? ¿Amigos de la familia? La acogida internacional no era una opción: Israel acababa de invadir el Líbano y los pocos familiares vivos que tenía su madre residían en un lugar recién encendido por la guerra. Después, el tutor del estado la informó de que le asignarían una familia de acogida. Había tenido suerte, mucha suerte: era pequeña, y sus padres habían sido dos jóvenes inteligentes, brillantes. Era una pena, la madre doctoranda, el padre que trabajaba en tecnología…
Mill Valley, pues. Redwoods: preguntas difíciles, niños ricos. Árboles por todas partes, secuoyas y madroños que abarrotaban el cielo. Bicicletas de montaña, el ruido de las ruedas al derrapar por el barro, casas enormes que se ocultaban en el bosque, coches demasiado caros en el estacionamiento del colegio. Allí, las risas de su infancia ya no eran amables. Adolescentes, el repiqueteo de las botellas, las fiestas en casas, los padres ausentes. Las amistades del instituto, la telaraña inestable y mutable de las alianzas adolescentes. Allí se sentía sola de un modo que le dolía profundamente, como un tatuaje en su interior. Su escapatoria era la arena oscura de Tennessee Cove, hacer senderismo sola; de adolescente, se escapaba de la casa en cuanto podía solo para conseguir un pedacito de nada y de libertad.
Jane le compraba pinturas y le dejaba leer lo que ella quería. Sonreía cuando Lili le llevaba las notas, y solía acordarse de su cumpleaños. Robert, su marido, que casi nunca estaba en casa pero era amable, le enseñó a conducir, y ella le ayudaba a instalar una red alrededor del huerto cada primavera para que los ciervos no se comieran las verduras. En la casa amarilla de Jane, que estaba cerca del inicio del Dipsea Trail, los rostros alrededor de la mesa cambiaban con frecuencia. Los otros niños de acogida se iban cuando la cosa no funcionaba, o cuando los adoptaban, o cuando podían volver junto a sus familias o trasladarse a nuevas casas de acogida. Lili nunca pudo relajarse del todo, nunca llegó a experimentar con toda confianza la sensación de tener un hogar.
En San Francisco se había sentido en casa. Era cálido, fácil, seguro. Mirara adonde mirase, la gente o se parecía a ella o no se le parecía en nada, y nadie miraba a nadie dos veces. En el parque había niños como ella, atrapados entre diferentes culturas. Lili veía mujeres en el autobús, cenando con sus amigas, haciendo la compra después del trabajo, riendo, sonriendo, como los rayos del sol. Mujeres que podrían haber sido ella cuando fuese mayor.