Tres #4
—¿Y no crees que eso me da más experiencia a la hora de hablar de los defectos inherentes a una economía planificada? El libre mercado es mucho más capaz de autorregularse que un sistema centralizado, es mucho mejor a la hora de promover la excelencia y cubrir necesidades.
—O quizá solo te convierta en alguien egoísta y sin corazón.
—Cuando un Estado interviene tanto en ti y en tu vida, lo que hace es demandar, no ofrecer.
Lili frunce el ceño. Eso no es ninguna estupidez.
—Estás hablando de derechos a cambio de protección. Lo que viene siendo el contrato social.
—Sí. En las sociedades socialistas, no tienes la libertad de entrar o no en ese contrato. Te obligan a aceptarlo.
—A ver, no. Todos nacemos en alguna especie de contrato social preexistente, sin importar de qué país se trate. Tampoco elige nadie nacer en el capitalismo. Nadie vive en un verdadero estado de naturaleza.
—Entonces ¿qué libertades individuales estarías dispuesta a sacrificar a cambio de la protección del Estado?
Ella niega con la cabeza.
—La palabra «sacrificio» tiene tanta carga que distorsiona todo tu razonamiento —repone—. Tienes que plantear la pregunta al revés: ¿Qué clase de protección estatal estamos buscando?
—¿Y bien? —Él se sienta en un banco, junto al estanque.
La mira, esperando su respuesta.
Le resulta un poco desconcertante que alguien quiera escuchar lo que tiene que decir, en lugar de obligarla a ella a escuchar sus opiniones.
—Veamos —empieza, dando un paso hacia él. Deja que el borde de su vestido se mueva un poco cuando se pone entre sus piernas, sin tocarlo. Cuando está sentado, son casi de la misma altura, pero eso, en lugar de nivelar su dinámica, no hace sino inquietarla más. Él la observa con los ojos oscuros—. Idealmente, una sociedad, o su gobierno, proporciona necesidades como la educación, la alimentación y la vivienda. Atención sanitaria, cuidados infantiles… Si te caes, hay un sistema de apoyo que te ayuda a levantarte.
—Un aparato estatal de ese nivel solo protege a la gente de sí misma a la fuerza.
Lili suelta un pequeño resoplido de exasperación.
—Estamos hablando de protección estatal.
Él descansa una mano en la parte de atrás de su rodilla. Una caricia ligera como una pluma. A ella se le tensan de golpe los músculos de los muslos, pero no se aparta.
—Paraliza a la gente y a la sociedad. Los convierte en minusválidos —dice él, y ella, haciendo caso omiso de su sentido común, le pone las manos sobre los hombros—. Promueve la mediocridad. Si siempre tienes una red de seguridad que te protege del golpe, ¿para qué te vas a esforzar?
—O quizá te ayude a sentirte lo suficiente seguro para esforzarte, en lugar de conformarte con sobrevivir.
—Las consecuencias son importantes. —Empieza a trazar un patrón con el dedo sobre la suave piel de detrás de la rodilla.
—Esto no trata de mitigar las consecuencias.
—No, trata de aislar a la gente con la indiferencia gris de la burocracia, con la ilusión de que existe una red de protección, para que nadie se dé cuenta de que le han robado la libertad.
—Te refieres a la pobreza, ¿no? Con lo de exponer a la gente a las consecuencias, lo que quieres decir es que la pobreza es la consecuencia de que el mercado no te considere valioso.
—No se puede proteger a la gente de todo.
—Las personas no son responsables de cada cosa horrible que les pasa.
Él se encoge de hombros.
—O nadas o te hundes.
Lili aprieta la tela de su traje entre los dedos.
—Una forma muy elegante de decir que te parece bien que la gente se ahogue.
Aleksandr ladea la cabeza. Examina su reacción con los ojos entornados, y ella se da cuenta de que, con su frase anterior, el aire juguetón, la mordacidad traviesa propia de su batalla intelectual, ha desaparecido de su voz.
Da un paso atrás para alejarse de él. Contempla los árboles del parque, tan verdes tras los enormes ventanales.
No importa lo que ella piense, ni lo que piense él. No importa que no estén de acuerdo. Su relación no va de eso.
Aleksandr se pone de pie.
—Basta de hablar de política —sentencia—. Te he traído aquí por el arte.
No es ni una disculpa ni una concesión, aunque ella tampoco está segura de cuál de las dos preferiría.
No es su problema. Él no es su problema.
—Vamos —ordena ella—. Si tenemos que estar aquí, quiero subir a la planta de arriba.
Cuenta los pasos que dan mientras vuelven, cruzando las galerías y el Gran Salón.
—¿Cuál es tu obra favorita? —le pregunta él mientras suben la señorial escalinata.
—¿Cuál crees que es mi obra favorita? —contraataca ella.
Aleksandr sonríe. No ha mordido el anzuelo.
—No me atrevería a presumir de saberlo.
A Lili se le ocurre girar hacia el arte contemporáneo, buscar un Duchamp para escandalizarlo. En lugar de eso, recorre un camino familiar hacia los pintores europeos de finales del XIX. Rodea las esculturas de bronce de Rodin, dispuestas frente al triste azul grisáceo de las paredes de la galería.
—Aquí está —anuncia ella, deteniéndose en el extremo de la larga sala—. Es esta.
Aleksandr se inclina para leer el texto curatorial. De repente, Lili siente que todo su cuerpo grita «no»: quiere ser ella quien le hable de la obra. Lo coge de la mano y tira de él hasta que se alejan un par de metros del cuadro, y él puede admirarlo desde la distancia.
—Se llama La isla de los muertos —le explica—. Böcklin, 1880. No lo llena de figuraciones, no intenta ilustrar la muerte, ni mostrar lo que le espera. Lo que aparece en el centro… no es más que oscuridad. Pero nos da la sensación de que está lleno. No tenemos ninguna idea de lo que le espera a la figura que va en el barco una vez llegue a la isla.
Permite que su mirada se relaje sobre la obra, como ha hecho tantas otras veces. Pasan unos segundos y su mirada sigue sumergiéndose en los negros, en las sombras de oscuridad que se mezclan con los verdes, en los fugaces atisbos de blanco.
—¿Qué es lo que te gusta de él?
La voz de Aleksandr se ha colado en su serenidad. Lili lo mira. Está contemplando el cuadro, concentrado y atento. No solo lo mira, sino que lo observa.
—Una mecenas lo encargó como recuerdo de su esposo fallecido —le explica—. Cuando Böcklin lo terminó, le dijo: «Podrás soñarte en el mundo de las sombras más oscuras». Hay algo muy macabro en eso, en soñar con tu muerte, pero también es hermoso, ¿no crees? Casi liberador. O sea, liberador en el sentido de que reformula la muerte como algo parecido a un sueño, en lugar de como un horror que te espera. Un lugar adonde ya has llegado en sueños. —Contempla el resplandor tenue de las sombras al óleo. Los detalles que conoce bien—. Las estructuras que se ven en los acantilados podrían ser tumbas, pero eso no es más que una deducción. No lo sabemos. Y esos cipreses tan oscuros que casi no se distinguen los unos de los otros… Ahí hay algo. Se ve una tensión, un magnetismo. Y luego, además de la oscuridad, hay algo particular en la luz de los acantilados, en las figuras… Como si detrás de ellos, detrás de nosotros, fuera de nuestra vista, hubiera fuego, alguna clase de destrucción. Es un poco… ¿violento? Hace que las copas de los cipreses, que su completa oscuridad, sean casi reconfortantes. Un alivio. Puedes pasarte horas mirándolo.
—¿Cuándo lo viste por primera vez?
—Cuando empecé la universidad.
—No eres de Nueva York, ¿verdad?
Lili se pone rígida de inmediato. Una respuesta inmediata que le resulta familiar: se pone en guardia.
—¿Por qué lo preguntas?
—La mayoría de la gente no es de aquí —contesta.
Una respuesta simple, sin significados ocultos. Sigue contemplando el cuadro, ajeno a su reacción.
La tensión de sus hombros se relaja un poco.
—Soy de California —dice al cabo de unos segundos—. San Francisco.
Piensa en su diminuto apartamento en North Beach, donde se despertaba con el sonido de los tranvías y los loros salvajes de Telegraph Hill. Ventanas saledizas, atisbos del agua y las velas blancas del puerto, subir corriendo al Russian Hill con su padre después de la guardería. La entrada gratis al SFMOMA, mezclas de colores y de formas. «¿Qué te parece?», preguntaba su madre, y Lili ladeaba la cabeza tratando de convertir las emociones en palabras, y su madre asentía y escuchaba y la ayudaba a leer el texto curatorial. El falafel crujiente de después, las servilletas arrugadas, los dedos y los labios manchados de aceite y la sonrisa de su madre, que le limpiaba el tahini de la cara mientras paseaban por las calles de Chinatown. El Embarcadero durante el crepúsculo, el puente de la Bahía encendido por la noche. Las noches de viernes con bucatini frescos y salsa arrabiatta, cuando el laboratorio de su madre ya había cerrado para el fin de semana, y tantas especias que a su padre le lloraban los ojos —«Por Dios, pensaba que íbamos a cenar comida italiana»— y su madre se partía de risa. La risa de su madre es uno de esos sonidos, como el rugido particular del Pacífico y el chachareo de las bandadas de loros, que todavía oye de vez en cuando, de repente, sin aviso previo, dislocado.