Tres #3
Durante sus primeros meses en la ciudad, cuando acababa de empezar la universidad y podía entrar casi gratis, había diseccionado el Met sala a sala, visitando un ala en cada ocasión. Presionó la nariz contra el cristal que protegía el largo despliegue del Libro de los muertos de Imhotep, contemplando los metros y metros de papiro repleto de escritura hierática con los que los sacerdotes entonaban hechizos, ensalmos y rezos.
—Es gracioso, ¿verdad? —musita ella mientras contempla los relieves de la piedra caliza—. Es el mismo tipo de piedra que en los edificios que hay ahí fuera. Me parece que tiene cierta ironía. Tumbas para los vivos, galerías para los muertos.
—También hay similitudes en el materialismo. Me sorprende que no menosprecies a los faraones por su avaricia. Enterrados con sus riquezas, con sus barcos y sus cuadrigas, con su armario al completo, sacrificando a sus sirvientes…
—¿Sacrificando a sus sirvientes? ¿Es eso lo que piensas hacer con Michael?
Aleksandr enarca una ceja en una expresión divertida.
—¿Disculpa?
—Lo conocí el otro día —le aclara—. Estaba en el coche, cuando me fui de tu casa.
Frunce el ceño.
—No estaba enterado.
—Al parecer, soy un problema —le informa Lily con cierto decoro. Aleksandr suelta una fuerte carcajada—. ¡No te rías! —protesta ella, fingiendo indignación.
—Lo siento, pero pareces orgullosa de su desaprobación.
Ella le dedica una sonrisa radiante.
—No le caigo bien.
—A Michael no le cae bien casi nadie. Pero es prácticamente inofensivo. Le gusta pensar que me evita problemas.
—¿Soy un problema? —le provoca ella.
Aleksandr sonríe y niega con la cabeza.
—Si él no se pasa la noche en vela, no estoy haciendo bien mi trabajo.
Las galerías dan paso, por fin, al ala Sackler: a la sala enorme con un vasto cielo de cristal que se extiende sobre ellos, el agua quieta que refleja los verdes del parque y el templo de piedra bajo el crepúsculo, con sus tintes de luz dorada que se desvanecen en los bordes del cielo.
—La mayoría de todo esto no debería estar aquí, ¿sabes? —dice Lili. Su voz se torna más suave, un poco más reverente, mientras rodean la piscina de agua que refleja todo, más allá de los bancos. Las monedas resplandecen bajo el agua—. Es una forma de saqueo cultural.
—Nasser le regaló el templo a los Estados Unidos en 1965. La presa de Asuán lo habría inundado.
—Eso es solo una obra, hay miles de ellas.
—¿Y qué harías? ¿Repatriarlas todas? ¿Dejar vacíos los museos de todo el mundo?
—¿Te parece justo que la gente tenga que viajar para ver su propio patrimonio?
—Sí, por supuesto. El museo hace un trabajo de conservación de las obras artísticas, eso es un servicio…
—Ay, por Dios —masculla mientras entra en el templo.
—No todos los países tienen siempre las mejores condiciones para preservar su propio legado —insiste rodeando una columna.
Levanta la vista para mirar los grabados del dintel: el disco solar de Horus, con sus alas extendidas.
Ella lo mira boquiabierta.
—¿Cómo puedes decir esto? Esto que tenemos delante es, literalmente, la cuna de la civilización occidental. ¿No te parece que los griegos puedan hacerse cargo de los Mármoles de Elgin?
—Los griegos casi no pueden hacerse cargo ni de su propia moneda —masculla él.
—¿Qué has dicho? —pregunta ella con brusquedad.
Su sonrisilla le indica que sabe perfectamente que lo ha oído, y, sin embargo, sigue examinando el relieve de las paredes de arenisca. Desliza suavemente un dedo sobre el contorno de Isis, con el anj en la mano.
Ella pone unos ojos como platos. No debería tocarlo.
—Me resulta extraño que no quieras que todo esto se conserve —insiste él—. ¿No es acaso tu patrimonio?
Ella frunce el ceño.
—¿Qué te crees, que Oriente Medio es todo un mismo lugar? ¿Que Egipto, el Líbano, Siria, etcétera son lo mismo?
—No, no soy americano.
—Claro, porque los británicos tienen un historial mucho mejor en esa región.
Se ríe.
—Tampoco soy británico, Lili.
—No sabes nada de mí —replica ella, frustrada.
Aleksandr enarca una ceja.
—Ni tú de mí. —Sigue caminando por el templo—. ¿Qué me dices de las ruinas de Palmira? Para conservarlas hizo falta intervención occidental.
—Por Dios, no puedes soltar eso y quedarte tan a gusto. Un grupo extremista no constituye la totalidad del pueblo sirio.
—La única razón por la que se conservan muchas reliquias es porque los coleccionistas las compraron.
—Exacto, coleccionistas de arte occidentales. El Estado Islámico saqueó esas ruinas y se las vendió a occidente porque alimentaba la demanda del mercado. Las antigüedades de sangre me dan la razón: son las presiones del capitalismo las que provocan este tipo de expolio cultural. Fragmenta a los pueblos arrancándolos de su historia. El capitalismo es violencia.
—El mundo es violencia. Sin importar la sociedad o la ideología.
—Dios. ¿No te resulta difícil ser tan increíblemente despiadado?
—Se te irá haciendo más fácil con la edad.
Ella frunce el ceño y no le responde. Examina durante unos instantes los grabados de flores de loto —el relieve hundido de las deidades, cinceladas en la piedra— antes de volver a mirar a Aleksandr. Él la está observando.
—Vale, muy bien —dice—. ¿Y qué piensas del derecho a la propiedad? Seguro que te encanta.
—Tengo intención de que aquello que me he ganado trabajando siga siendo mío, sí.
—Entonces estás de acuerdo: el derecho a la propiedad es el más importante para ti.
—Eso es un poco extremado.
Es como si estuviera jugando con ella. Sugiere, alude, escapa antes de que ella logre determinar exactamente en qué cree. Está bien, en ese caso, será ella quien se lo diga: lo etiquetará una vez tras otra hasta que él le revele lo que piensa de verdad.
—Si crees que la propiedad privada es sagrada, ¿cómo justificas todo esto? ¿Un museo lleno de reliquias robadas de otras culturas?
—¿Por quién me tomas, con este énfasis en la propiedad privada, por un libertario?
—No lo sé, ¿lo eres? ¿Crees en el anarquismo del hombre blanco?
—Técnicamente, es una fe acérrima en la política y la economía del laissez faire.
—¿Eso es lo que piensas, entonces? ¿Que el libre mercado nos salvará a todos?
—El libre mercado somos todos. Es el acuerdo colectivo de miles de millones de personas y de sus transacciones, todos los días. La planificación central, a manos de un solo individuo, interfiere con el estado natural del mercado, interfiere con la libertad y hace que las sociedades acaben cayendo en una dictadura sin darse cuenta.
—No todas las concepciones del socialismo conducen a una dictadura, ¡eso es muy simplista! Necesitamos algún tipo de planificación, algún tipo de intervención gubernamental. El socialismo democrático contiene, literalmente, la esencia de la democracia liberal incorporada.
—Cualquier sociedad socialista prohibiría actos capitalistas entre adultos que dan su consentimiento.
—No puedes estar de acuerdo con Nozick.
—De ningún modo estoy de acuerdo con Nozick. No creo que nadie pudiera acusarme con credibilidad de ser un libertario de derechas.
—Entonces ¿de qué te acusarían?
—De ser un neoliberal convencido, supongo. —Lili se lo queda mirando—. ¿Qué?
—¿Dónde está la salida?
Aleksandr se ríe y sale del templo.
—Eres tú la que intenta desafiar la norma y defender tu punto de vista. ¿Por qué debería convertirme en un defensor del… anarcomarxismo, creo que lo llamaste el otro día? Convénzame, señorita Marwan.
Ella se sonroja.
—Aquello fue una broma.
Él esboza una sonrisa de suficiencia.
Lili se aclara la garganta y sale del templo, tras él.
—En realidad, no soy marxista. El marxismo tradicional no es apropiado para organizar la sociedad, pero como estructura analítica… ayuda a darle sentido al mundo, es una de las grandes ideas del último siglo. Pero sí creo en la democracia liberal, elegida por una nación, así que supongo que los marxistas radicales no aceptarían mis ideas sobre el socialismo en el marco del Estado, aunque Marx sí considerase la democracia como el objetivo último.
—Marx no dejó su compromiso con la democracia tan claro como a los socialistas les gusta pensar. ¿Una sociedad sin Estado? ¿Un comunismo global sin Estados? Le pudo la pereza.
Lili resopla.
—Hablas como un verdadero capitalista. ¿Perezoso es el mejor insulto que se te ocurre?
—¿De verdad crees que una vez el proletariado se haga con el poder llegará la democracia? En aquel momento iba ya como pollo sin cabeza. Se estaba quedando sin ideas.
—Bueno, a decir verdad, no me entusiasman ni el materialismo histórico ni sus etapas de la historia. Y no me gusta tampoco su visión sobre el estado social del bienestar, eso de que alejaban a la gente de la verdadera visión socialista. El estado del bienestar, las ayudas a la sanidad, a la vivienda, los sistemas de apoyo y una renta básica universal de alguna clase ayudan a la gente a respirar un poco. Aligeran un poco el terror al fracaso dentro de un sistema capitalista y nos permiten preocuparnos de los problemas sociales, medioambientales y políticos reales.
—Porque los gobiernos tienen un excelente historial a la hora de abordar esas preocupaciones, ¿no?
Lili lo mira con los ojos entornados.
—¿Y el sector privado sí?
—Las burocracias estatales siempre tienden a la incompetencia y la ineficiencia. ¿Ha habido algún gobierno que haya avanzado de forma efectiva contra la pobreza o el cambio climático?
—¿Qué me dices del rescate financiero? Aquello fue una intervención gubernamental y tú participaste en ella.
Sonríe.
—A veces, la economía se beneficia de la dirección de una mano firme.
Lili se cruza de brazos.
—¿Qué tienes en contra de que el Estado trate de cuidar a sus ciudadanos? Por Dios, ¡te criaste en un país socialista!