Tres #2
Cuando está sentada en casa con un café recién hecho delante del ordenador, preparada para revisar su tesis, la cosa ya le empieza a parecer absurda. Ahí sigue su estúpido mensaje, mirándola fijamente. Lili lanza el móvil al sofá para no verlo. Se pone los auriculares y se obliga a concentrarse. Si, por una vez en la vida, no tiene el teléfono en silencio —y lo bastante alto para que no se le pase por alto ningún mensaje o llamada—, es solo para asegurarse de que Jackie pueda ponerse en contacto con ella si se ha olvidado las llaves.
Es un largo día de trabajo para su compañera de piso, así que Lili aprovecha la tranquilidad para hacer su última revisión. Se ha quedado sin incienso, así que coge uno de los de sándalo de Jackie y lo mueve sobre su escritorio antes de colocarlo en una de las geodas de cuarzo rosa apiñadas en el alféizar de la ventana; «concéntrate, Lili». Tiene que entregar el borrador el lunes, para la primera revisión en profundidad de Kerr. Cada revisión la acerca más a su graduación, a ese futuro vulnerable lleno de posibilidades, con todas esas puertas sin abrir que su máster en economía puede ayudarle a cruzar: la oportunidad de una seguridad real, una estabilidad que se habrá ganado ella sola, control sobre lo que le ocurra; la embriagadora y a la vez pérfida combinación de prestigio y un buen sueldo que le daría un trabajo acomodado en el sector privado si de verdad lo necesitara, a cambio de sus principios, sí, pero hay otro horizonte, el frágil potencial de un trabajo significativo que haga el bien en el mundo y la mantenga a ella a la vez. Es una esperanza en la que no suele permitirse pensar demasiado.
Debe ir paso a paso. El primero es revisar la tesis, una página tras otra. Le da la sensación de que es algo inalcanzable, y que a la vez está a punto de escapársele de las puntas de los dedos.
Por la tarde, mientras mordisquea distraídamente una manzana apoyada en la encimera de la cocina y piensa en el estado actual de su argumentación sobre la interacción entre el perdón, la perfección y la autonomía en las diferentes visiones sobre la predestinación, el móvil suena, y a un volumen alarmante. Lili corre a aceptar la llamada. Casi se le cae la manzana de la mano.
—Mierda… Joder… ¿Hola?
—Muy colorido. Hola a ti también, Lili.
Es él.
—Te escribí —dice ella, con un matiz acusador en la voz.
—Estaba de viaje. He aterrizado hace unas horas.
El alivio le inunda el pecho; no tarda en seguirlo una oleada de irritación.
«Lili —se advierte—, no seas idiota».
Oye un murmullo extranjero al otro lado del teléfono. Frunce el ceño y se sienta de un brinco en la encimera de la cocina.
—¿Dónde estás?
—En Estambul. —El murmullo se transforma en sonidos e imágenes: aguas abiertas, las olas perezosas lamiendo los cascos, el rugido del tráfico desordenado y un idioma a la vez melódico y áspero; risas en el crepúsculo y calles abarrotadas.
Sus padres habían estado. Después de graduarse, en los noventa. Habían compartido algunos recuerdos con ella al fantasear con un viaje que volverían a hacer en algún momento a Oriente Medio, esta vez como una familia. Una idea que murió con ellos, y que ahora solo puede hallar dentro de las fotografías que tiene enterradas en lo más profundo de su armario. Lili nunca ha salido del país.
Balancea las piernas y aparta esos pensamientos.
—¿Cuándo vuelves?
—El miércoles.
—Vale.
Una pausa que se alarga. Los sonidos de su calle se mezclan con los de la ciudad en la que está él, distantes. Lili se muerde el labio, pero a Aleksandr parece resultarle cómodo el silencio. Se oye el repiqueteo de un vaso, los graznidos de las gaviotas envueltos en ráfagas de viento cálido. Son las últimas horas de la tarde en Estambul y, bajo el crepúsculo púrpura, la luz del sol se marchita sobre el Bósforo mientras los ferris se abren paso a través de las aguas oscuras. Imagina la Santa Sofía erigiéndose en el horizonte, atrapada entre la puesta de sol y la llamada nocturna del almuecín.
Puede hacerlo. Puede seguir follándoselo y no sentir nada. Sexo sin compromiso. Podría ser así, sin ataduras, sin importancia, eficiente.
Es una mujer adulta. Es capaz de gestionarlo.
—¿Estás… estás libre cuando vuelvas? —pregunta, tragándose un pedacito de orgullo.
Sexo. Lo único que quiere es sexo. Un sexo sin complicaciones que le deje la mente en blanco.
Él se ríe.
—Sí, Lili. Puede que encuentre algún hueco.
—Solo si no estás muy cansado de desmantelar estados del bienestar por todo el mundo —le espeta.
—En realidad, me resulta reparador. Exponer a la gente al poder y la fuerza del libre mercado es como un reconstituyente.
—Adiós —contesta ella, y cuelga, no sin antes sentir de nuevo su risa, el vuelo de los pájaros y una noche de verano, caliente y húmeda.
El viernes por la noche, el Maybach está parado delante de su casa. Lili pone los ojos en blanco, pero entra. Esta vez, no hay nadie en el asiento trasero.
Siente un cosquilleo de nervios y excitación; una euforia bañada en ansiedad: elige interpretarlo como el resultado del alivio por haberle enviado por fin el borrador a Kerr, y no como expectación ante sus planes de esta noche.
Los delgados tirantes de su minivestido de seda se le resbalan constantemente por los hombros. Debajo lleva un tanguita negro; ha prescindido del sujetador. Se ha quedado mirando el cajón de la ropa interior unos segundos de más mientras se vestía; lo que a él le pueda gustar no importa.
El sol se pone mientras cruzan por el puente de Williamsburg, bañando la ruidosa ciudad de una luz dorada y almibarada, de una languidez como de miel, seductora, pícara y parpadeante. Al dejar atrás el puente, el coche gira a la derecha en Bowery en lugar de seguir a través de las calles asfixiadas de coches del centro.
—Disculpe —dice Lili, inclinándose hacia delante para hablar con el conductor—. Perdone, pero ¿no íbamos a Tribeca?
—El señor Petrov me ha dado otra dirección —la informa.
No es maleducado, pero tampoco muy comunicativo.
—¿Cuál, exactamente?
—Me ha dicho que es confidencial.
Lili se apoya en el respaldo del asiento.
19.27. ¿Me estás secuestrando?
19.30. Nada más lejos de la realidad.
Lili resopla.
Mientras el coche continúa en dirección al norte, la preocupación hace mella. No le gusta nada que le oculte adónde va.
19.35. ¿Adónde voy?
19.37. Si tienes otro apartamento, me voy a rebelar.
19.41. Petrov.
19.45. ¿Siempre has tenido tantos problemas con la autoridad?
Edificios de antes de la guerra, altos y señoriales, los verdes vivos del parque. Las casas de piedra caliza de la Quinta Avenida, aldabas ornamentadas en forma de cabeza de león, maletines, coches negros, porteros ociosos y mujeres con tacones seguidas de niños pequeños y sus cuidadoras.
Cuando el coche se detiene delante de los escalones familiares de la 82 y Central Park, Lili no está muy contenta. Está pensando si cruzarse de brazos y negarse a bajar del coche cuando el chófer —Richard; se ha enterado de su nombre cuando ha intentado sonsacarle los detalles sobre el destino al que se dirigían, y a Lili no le ha sentado bien ni que le fuera leal a su empleador ni que ella pareciera resultarle graciosa— le abre la puerta.
—Gracias —refunfuña, fulminando con la mirada los escalones del Met.
—Hola, Lili.
Quien le ha abierto la puerta no es el chófer, sino Aleksandr.
Se le ve un poco cansado tras los largos días de viaje, pero también relajado. La hora mágica le queda bien. Lleva desabrochados varios de los botones de la camisa que asoma bajo el traje de lino negro.
Todo sería mucho más fácil si no fuera tan guapo.
—¿Qué hacemos aquí? —le pregunta ella con el ceño fruncido.
Él sonríe y cierra la puerta del coche.
—El viaje me ha ido bien, muchas gracias. Nada digno de mención en el vuelo de vuelta.
Ella frunce aún más el ceño.
—¿Qué es esto? Pensaba que íbamos a tu casa.
Él le apoya una mano en la parte baja de la espalda y la conduce escalones arriba.
—Vamos, Lili.
—¿Es esto un atraco?
—Tenía la impresión de que te gustaba el arte.
—Me gusta, pero no había accedido a esto. Además, está cerrado…
—No para nosotros.
Lili se aparta del calor de su mano y termina de subir los escalones sola, indignada. «Nosotros» no es un concepto ante el que esta noche esté dispuesta a ceder.
—Esto es ridículo —masculla cuando el guardia la deja pasar.
El Gran Salón, normalmente repleto de ruido, gente y fascinación, audioguías y mapas desplegados de las salas del museo, de turistas con pantalones cortos de color caqui y polos, que tan enternecedores le resultan —no sabe por qué— cuando miran los altos techos, está ahora vacío. Está impregnado de serenidad, de una sensación propia de las horas prohibidas que oscila entre la emoción y el secretismo.
—¿Adónde te gustaría ir primero?
Él ni siquiera trata de contener su sonrisa. Debería dar media vuelta e irse. Esto —un museo, los dos solos, la noche estival— se asemeja demasiado a una cita.
Solo que… Es el Met. Es el Met, y está vacío.
Treinta minutos. Le va a conceder a esto —sea lo que sea— treinta minutos, y luego lo arrastrará a algún rincón, le sacará lo que ha venido a buscar y se irá.
—Al Templo de Dendur —anuncia, girando hacia la derecha, hacia el ala Sackler.
La siguen los pasos de él —zapatos demasiado caros, suelas de cuero duro—, a quien no le cuesta nada mantener su ritmo. Mientras se dirige a las salas de arte egipcio, el silencio del museo la tranquiliza un poco. Pasa junto a los bajorrelieves de arenisca, el peso protector de los sarcófagos. Arte funerario. La mirada directa de los retratos de El Fayum, en esos ocres y cerúleos desvaídos, cae sobre ella desde las paredes de la galería: muerte, piedra y color, vivos a través de los siglos.