Tres
Comprobaciones debidas
Cuando Lili abre de un empujón la puerta de su piso, tratando de apartar de su mente ese extraño trayecto, oye a Jackie canturrear en el salón. Las zapatillas de correr de su compañera de piso están tiradas en el vestíbulo. Al entrar al pasillo, le llega el aroma a café.
Frunce el ceño. La mesa de café está llena de cajas de bagels: clásicos y aderezados con sésamo, con semillas de amapola y con mezcla de especias. Hay lascas de salmón ahumado, anillos de cebolla roja, alcaparras y pescado blanco. En el suelo hay papeles de envoltorio de Russ por unos instantes, se había olvidado de lo que la había lanzado anoche a ese torbellino de emociones. Tiene que contestar a Jane, fingir que ha aceptado el rechazo como si no le doliera.
—No, me voy a quedar. Tengo que concentrarme en la tesis. Y este verano va a ser movidito, con la expansión de la granja.
Jackie emite un ruidito para expresar su acuerdo.
—Mejor. No hay nada mejor que el verano en la ciudad. Tenemos el viaje a esa granja al norte del estado y, además, ¡la inauguración de la exposición de Amina es dentro de nada! La semana que viene, en teoría, no tengo mucho trabajo, solo una sesión de fotos… Ah, y mis padres me han invitado a cenar con ellos y me han preguntado si te apetece venir. A mi madre le ha dado por la comida macrobiótica, así que estaba pensando…
Mientras Jackie sigue proponiéndole planes, Lili oye las risas a través de la ventana, la gente que pasea con sus perros o con el carrito, el rugido distante del M al cruzar el puente de Williamsburg y los timbres de las Citi Bike.
Lili tiene unas ideas muy firmes sobre la propiedad privada y la explotación inherente en ella; piensa que hace que el mundo priorice la obtención de beneficios sobre las personas. Mientras escucha distraídamente a Jackie, siente que algo la atraviesa e intenta transformarlo en arrepentimiento, aunque su forma se parece mucho más a la del anhelo. Piensa en eso de «puedo hacerte lo que me dé la gana» y en cuánto algunas partes de ella, partes enterradas y vulnerables, desean exactamente eso, a pesar de sus ideas políticas, a pesar de su ambición.
Quiere que la posean y que la destruyan. Quiere sufrir y no poder escapar de ello. Quiere no tener que intentarlo sin descanso, una rendición temporal de la responsabilidad de tomar sus propias decisiones, de construir su propia vida; desea que se la follen tan duro, tanto, que sus pensamientos no puedan existir, que sus ansiedades, y sus miedos, y sus sueños, y sus daños y sus esperanzas se disuelvan en la nada. Quiere ser sedimento en el fondo de un océano vasto y silencioso. Quiere ser solo su sangre fluyendo, convertida de nuevo en animal. Con los pensamientos anulados. Con las emociones primarias.
Todo lo demás —el roce dulce de los dedos sobre su piel desnuda, la posesión mezclada con la ternura, el «déjame invitarte a una cita»— no lo quiere. No puede tenerlo.
No puede.
—Ah, qué guay, economía. ¿Estás haciendo un MBA o algo así?
Lili hace una mueca.
—Algo así —contesta, removiendo su bebida con la pajita—. Disculpa.
Se aleja de la barra y del chico de veintipocos con demasiada ropa de Aimé Leon Dore puesta. Mientras busca a sus amigos con la mirada entre la multitud, echa un vistazo a su móvil para ver si ha recibido algún mensaje, pero no, nada. Solo está el que ha enviado ella hace casi dos horas.
9.43. Oye, esta noche voy a estar por el centro.
Unos brazos le rodean la cintura, sobresaltándola. Es Amina.
—¿Qué haces? —pregunta, y empieza a balancearse contra ella al ritmo de la música.
—¡Nada! —chilla, bloqueando la pantalla del móvil—. Mirar qué hora es.
Amina gime.
—¡No! La noche es joven. Vente, por allí había un empresario del gluten que está bastante bueno. Panadero, supongo. Me estaba hablando de su masa madre. Necesito refuerzos.
—¿Conoce Jamie tu repentino interés por el pan?
—James sabe que soy un individuo de profundidades insondables.
—Qué forma tan repugnante de contarme que habéis empezado a hacer sexo anal.
—Me parece justo que lo sepas, al fin y al cabo, nos presentaste tú…
—No hagas que me arrepienta de las decisiones que tomé cuando íbamos a la uni.
—Vale. —Amina se ríe—. Pues nada de panaderos. ¿Bailamos?
Lili deja que Amina la conduzca hacia la masa danzante de gente mientras se dice que no volverá a mirar el móvil hasta que no hayan pasado al menos treinta minutos.
Más tarde, sale a hurtadillas para tomarse un descanso del bar abarrotado y le pide un cigarrillo a uno de los amigos galeristas de Amina, tratando de no estar pendiente de los potenciales zumbidos de su móvil. Se decepciona cuando el único que escribe es James, anunciando con gran pompa que por fin ha salido del trabajo.
A la mañana siguiente, cuando se compra un café mientras camina por el SoHo hacia el J y Jackie se va corriendo a su sesión de fotos (con gafas de sol y refunfuñando por culpa del tobillo, que todavía le duele porque Amina la dejó caer anoche cuando, borracha, estaba intentando subirla a caballito por las escaleras de su estudio en Broome), Lili se está preguntando si Aleksandr habrá perdido el móvil. Es mayor. La gente de su generación a veces no entiende del todo eso de enviar mensajes, la comunicación a tiempo real y la rapidez de respuestas.
Ha pasado una semana desde la última vez que estuvo en su loft.
Él podría —debería— haber hecho algo ya a estas alturas. Al menos, enviarle algún mensaje.
Sus palabras dan vueltas en su mente durante el trayecto en metro. «Déjame invitarte a una cita». Es un hombre adulto. Lo que están haciendo está muy claro. Satisfacción mutua, sin compromiso. ¿No?