Dos #8
—¿Por qué querrías invitarme a una cita? —pregunta, desconfianza.
—Disfruto de tu compañía.
—Ya estás disfrutando de mi compañía.
—Me gustaría disfrutarla de manera más extensa.
Ella no responde. Escudriña su rostro. Luce una expresión calma, relativamente abierta. La observa observarlo.
—No es ninguna trampa, Lili.
Se lo parece. Lo mucho que quiere besarle, lo mucho que le gusta tener sus manos sobre la piel.
—Debería irme —susurra ella al cabo de unos instantes.
La expresión de él se torna un poco menos abierta, pero el cambio es casi imperceptible. Apenas si lo atisba un segundo antes de que desaparezca.
—Está bien —dice él.
En la calle, siente que el denso aire estival la asfixia. El fuerte ruido del tráfico le roba la calma, la reemplaza con la violencia de la realidad. La resaca empieza a palpitarle suavemente en las sienes. Mientras se preparaba para irse del loft, evitando la mirada de Aleksandr, el móvil le vibraba de forma incesante con una retahíla de mensajes de sus amigos, correos de la granja sobre quién debe encargarse del horario de los voluntarios de la semana que viene, un recordatorio de Kerr sobre la inminente fecha de entrega. Los planes que llenan su vida real, que la espera.
Un coche negro está detenido al ralentí en la esquina. Tiene las ventanas tintadas. Lili relee el mensaje de Aleksandr. «Tengo un coche esperando fuera —le ha dicho arriba—. No me lo discutas. Esta es la matrícula». Es un Maybach. Entra.
En el interior, por suerte, está fresco, gracias al aire acondicionado. Sin embargo, en lugar del vacío y el silencio —unos instantes para asimilar lo ocurrido durante la mañana—, encuentra sentado en el asiento trasero a un hombre que le resulta familiar. Lleva un traje gris caro, el pelo castaño claro rapado, y está mirando su móvil con mala cara.
—Eh…, hola —dice Lili.
Levanta la vista. Es la primera vez que la ve y, de algún modo, ya parece haberlo molestado.
—Hola, señorita Marwan. Cierre la puerta, se está saliendo el aire frío. —Cuando ella entra, recelosa, él se guarda el móvil en el bolsillo del pecho y da unos golpes en la ventana—. Podemos irnos —le dice al chófer—. A la dirección que le haya dado Petrov.
Lili lo mira con desconfianza mientras el coche se aleja de la esquina. Apenas oye la ciudad en el exterior, aislada en esa burbuja de riqueza fría.
—¿Y usted es…? —pregunta.
—Michael. El jefe de personal del señor Petrov. —Sorprendida, de repente entiende por qué le resulta familiar: lo ha visto en la fotografía del despacho cuando era un muchacho amable y dulce que apenas contaba veinte años, sentado en un banco en un parque. Ahora es un hombre mucho más frío y severo, un hombre que parece disgustado ante la mera perspectiva de dirigirse a ella. Echa un vistazo a su reloj de muñeca—. Como ya se habrá dado cuenta, el señor Petrov es un hombre muy ocupado. —Lili enarca una ceja, preguntándose qué derroteros tomará esta conversación—. Muy, muy ocupado —enfatiza. Él también tiene acento británico. Es un acento duro y preciso, pero cuidado. Intencional y frío—. Si nos ponemos técnicos, podríamos decir que el desempeño de los sectores interconectados de la economía global depende de su atención, concentración y dedicación.
—Disculpe, pero ¿sabe él que usted está aquí?
Michael hace caso omiso de su pregunta.
—Mi trabajo consiste en asegurarme de que él pueda hacer el suyo —prosigue—. En asegurarme de que tenga las respuestas, las estrategias y los recursos necesarios para que continúe proporcionando resultados excelentes para nuestros inversores.
—Fascinante.
—Me paga para que le facilite la vida, señorita Marwan. —Parece ya harto, a pesar de que solo haya tenido que lidiar con ella unos minutos—. Para que la haga eficiente. Efectiva. Usted no es ninguna de esas cosas.
—Muchas gracias —replica ella.
Él frunce el ceño.
—Por su culpa, hoy ha pospuesto toda una mañana de reuniones. Con clientes importantes, clientes institucionales, que han cogido vuelos desde el otro lado del mundo para discutir sobre nuestros objetivos y metas compartidos. Clientes institucionales cuyo desempeño afecta al futuro financiero de cientos de millones de individuos.
—No sé si pelearse con SoftBank y Blackstone por los fondos de inversión saudíes aseguran el futuro financiero del mundo entero.
Michael frunce aún más el ceño. Lili alza la barbilla, sin amilanarse.
—He tenido que explicarle a estas personas, personas importantes, le repito, señorita Marwan, por qué el señor Petrov ha tenido que posponer estas reuniones de forma tan repentina. He tenido que asegurarles, por supuesto, que nada que no fuera de vital importancia habría requerido su atención inmediata. —Michael la mira fijamente, sin parpadear—. Así que no me queda más remedio que preguntarme qué tiene usted tan importante que requiera este tipo de atención.
Lili resopla y apoya las botas en el asiento que tiene enfrente.
—¿Le parezco importante?
Él no se ríe.