Dos #7
—¿Puedes decirme qué otro país hay con este nivel de innovación o de posibilidades? Soy consciente de los aspectos negativos, de verdad, pero en la vida todo es equilibrio. Elegir el peso que estás dispuesto a soportar a cambio de los beneficios que buscas.
—¡Pero no eres tú quien soporta ese peso! Esa manera de abordar la cuestión niega las inmensas consecuencias inherentes al capitalismo!
—Quiero la libertad de cosechar recompensas equivalentes a mi esfuerzo. En ningún sitio es eso más posible que aquí. Este país es un regalo.
—Solo para algunas personas —replica—. No todo el mundo empieza desde el mismo sitio.
—Explícame, pues. ¿Qué imaginas para esta sociedad ideal que tienes en mente?
—Para empezar, educación pública y gratuita. Atención sanitaria y cuidados infantiles universales. Acciones climáticas serias, perdonar todas las deudas estudiantiles…
—¿Y cómo gestionarías las inevitables revueltas cuando los impuestos suban por encima del cincuenta por ciento?
—Los impuestos que los paguen los ricos.
—Me han dicho que la guillotina también es muy efectiva.
—Me has leído el pensamiento.
Él sonríe; la mira con condescendencia.
—La revolución es, además de agotadora, una decepción. El cambio y el caos destruyen a la gente con más violencia de lo que nunca lo hará el capitalismo.
—¡Menudo cinismo! Tienes que luchar por lo que crees, por hacer del mundo un lugar mejor.
Él la mira ladeando la cabeza.
—¿Por qué crees que cambiar el mundo es tu responsabilidad?
Ella lo mira de hito en hito.
—¿Cuál es la alternativa? ¿Te conformas con vivir en un mundo como este?
—Yo he visto cambiar el mundo, Lili. Muchas veces, y de un modo más drástico y significativo de lo que espero que tú tengas que experimentar nunca. Es agónico ver cómo tu país se desmorona y el resto del mundo lo observa y vitorea.
Lili se queda en silencio, intranquila. Aparta la vista para fijarla en los lienzos que están boca abajo, contra la pared. Le recuerdan al cuadro inmenso que hay colgado en su salón.
—Dime que eso que hay en tu salón no es un Twombly —dice, cambiando de tema.
—¿Quieres que te mienta?
Ella suelta un gemido.
—Esa clase de arte debería estar en un museo, abierto al público, para que todos pudieran apreciarlo.
—Yo lo aprecio perfectamente aquí.
—No te tenía por un aficionado al arte moderno.
—Técnicamente, Twombly se sitúa en la frontera entre el arte moderno y el contemporáneo.
—Solo en el sentido temporal.
—Y yo que pensaba que estudiabas economía.
Lili suspira y le apoya la cabeza en el hombro.
—No me lo recuerdes. El borrador de mi tesis es un desastre.
—Háblame de tu tesis.
—¿Estás seguro de que no será demasiado para tu corazón capitalista?
Su sonrisa, iluminada por la luz matinal. Lili no quiere que le guste.
—Ponme a prueba.
Traza una línea sobre su pecho con el dedo.
—Estoy investigando cómo la ética de trabajo de los protestantes forma las bases del capitalismo tardío. Cómo la doctrina de la predestinación calmó su angustia religiosa sobre la salvación e hicieron del trabajo una forma de asegurarse esa salvación, para luego secularizarse. La responsabilidad del individuo, la equiparación entre individualismo y liberación, el liberalismo y todo eso.
—Mucho Weber, supongo.
—Ese nombre me genera estrés postraumático.
—Me lo apunto. Al margen de las raíces religiosas, ¿no es positivo tener una ética de trabajo fuerte para encontrar sentido a tu carrera?
—Eso es una estafa capitalista: esa idea de que encontrarás sentido a través del trabajo. La presuposición general de que el trabajo asalariado es inherentemente un bien social y político.
—¿Cuál sería la alternativa? ¿Regular los trabajos forzados?
—Pues la verdad es que hay mucha teoría crítica marxista y feminista, y excelente, sobre la sociedad poslaboral. El concepto de trabajo de hoy en día no trata solo de productividad y economía, trata de poder y dominación. De hacer que la gente internalice el neoliberalismo como su sistema de valores.
Pone los ojos en blanco.
—Hay qué ver qué fascinación por Marx tenéis los americanos. Es a la vez vuestro monstruo y vuestro mesías.
—Marx se revolvería en su tumba si te oyera llamarlo mesías.
—Sea como sea, es ridículo. El comunismo es una visión fallida de la historia.
—¡No es ridículo! Sí, no todo empieza y termina con el marxismo, pero los críticos marxistas han ido ya más allá de Marx.
—Creo que me gustabas más cuando eras anarquista.
—Me parto de risa. Esta exaltación, ¡santificación!, del trabajo es lo que nos lleva a que haya gente como tú, adorada por nuestra sociedad, que ejerce violencia capitalista en trajes de tres piezas y aun así son venerados como líderes.
—No me he puesto un traje de tres piezas por voluntad propia desde finales de los noventa, por lo menos.
—Ah, genial, más o menos cuando yo dejé de llevar mamelucos.
—Y espero que también más o menos cuando empezaste en tu primer trabajo, como una buena joven capitalista.
—Ah, perfecto. También estás a favor de la explotación infantil. No me puedo creer que me haya acostado contigo.
De repente, la mira con más calidez, casi con cariño. Le acaricia perezosamente la piel desnuda con los dedos.
Lili siente un titubeo en su pecho. Se muerde el labio, tratando de reprimirlo, y él detiene la mirada sobre su boca.
—Déjame invitarte a una cita —le pide en voz baja. Lili se pone tensa—. Por Dios, relájate. —Le acaricia la espalda con los nudillos, arriba y abajo.