Dos #6
—No seas reduccionista. Es poesía —replica ella—. Va de eso, literalmente.
—De todos modos, prefiero leer novela.
Lili se cruza de brazos.
—Vale. Deléitame explicándome la superioridad de la visión de Tolstói sobre la historia.
Aleksandr hace una mueca.
—No soy muy aficionado a Tolstói.
—¿No?
—No. No tiene una visión de la historia, solo una obra caótica, pero los occidentales parecen considerarlo la quintaesencia de la literatura rusa.
—A ver, ¿podemos siquiera leer literatura rusa ahora mismo, con todo lo que está pasando?
—No estaba enterado de que Ajmátova hubiese invadido ningún país últimamente.
—Eso no es lo que quería decir.
—Poner en una lista negra la obra de disidentes de hace casi un siglo porque su etnicidad te resulta intolerable es un síntoma de la misma enfermedad nacionalista que provoca todas estas invasiones y estas guerras.
—Bueno, con eso has dado algún que otro salto lógico.
—¿Acaso las acciones de un autócrata pueden definir a su pueblo? ¿Te has sentido debidamente representada por tu gobierno durante los últimos años?
—Se puede protestar. No veo a la gente manifestándose por las calles de Moscú.
—Manifestarte te lleva directo a una colonia penal.
—Parece la excusa perfecta para el conformismo.
—Y tú no tienes ni idea de la clase de libertad de la que disfrutas aquí.
Lili niega con la cabeza.
—No, no, no. No me vengas con esa basura en plan América primero. Este país tiene unos problemas sistémicos muy arraigados. Los Estados Unidos son responsables de más crímenes de guerras, más Estados fallidos y más economías destrozadas de las que puedes contar con los dedos.
—¿Estamos quemando las obras de la literatura rusa o destruyendo la hegemonía estadounidense? Me estoy perdiendo.
Lili frunce el ceño.
—Vale, pues volvamos a la literatura. ¿A cuáles de tus camaradas apoyas? ¿Rand?
Ladea la cabeza, señalando el extremo de la estantería, detrás de su escritorio.
—No precisamente.
Ella se dirige hacia allí para examinar los libros del a esquina. En los lomos hay un lenguaje desconocido. Extranjero. En cirílico.
—Dostoyevski, Solzhenitsyn, Bulgákov —le traduce él—. Literatura de verdad.
Está a punto de pincharlo sobre sus gustos cuando descubre las fotografías enmarcadas al final de la estantería.
—¿Ese eres tú? —pregunta.
—Sí.
Es una instantánea desvaída, en blanco y negro. Una habitación indeterminada, tal vez una cocina o un salón, un trocito de mantel estampado en una esquina, varios libros abiertos. Una fotografía espontánea.
En la foto, un Aleksandr de once o doce años, sentado a la mesa. Parece infeliz: la expresión infranqueable, los hombros rígidos y la barbilla alzada en un gesto desafiante, pero una tristeza infinita en los ojos.
Lili siente una punzada de empatía. Hace caso omiso de ella y examina el resto de la fotografía. La mujer tiene una mano en su hombro; un gesto que parece desprovisto de afecto, de algún modo, pero también protector. Es guapísima, pero severa. Larga melena negra, mejillas hundidas. Tiene la misma boca y los mismos ojos que Aleksandr, y una mirada seria y desafiante.
Despierta su curiosidad.
—¿Es tu madre?
—Sí.
—Es preciosa. ¿Está…, eh…, está viva?
—Sí, claro que está viva. Y en San Petersburgo. Se niega a salir del país.
—Ah, y… ¿está a favor del régimen?
Exhala con fuerza; es casi una carcajada.
—No.
Es un interés peligroso, el de saber más sobre él, pero Lili sigue jugueteando con los límites.
—¿A qué se dedica?
—A fastidiarme la vida. —Lili le da un golpecito con el hombro—. Es profesora. Era profesora.
—¿Y tu padre?
—Era cirujano cardiaco. Murió cuando yo era pequeño.
Suena rígido, un poco reservado. Es una impresión sutil, pero le da la sensación de que no quiere seguir hablando del tema. Lili se está acercando demasiado a un territorio común que, por su parte, no quiere revelar, el de las historias personales y los padres perdidos. Mira las otras fotografías y se ríe.
—¿Ese también eres tú?
Se refiere a la única fotografía a color. Muestra los vivos verdes de un parque, un banco de madera y dos jóvenes sentados el uno al lado del otro. En esa debe de tener la edad que ella tiene ahora. Lleva unos vaqueros y un suéter de punto de color verde oscuro, y el pelo un poco más largo que en la actualidad. Ya era tan apuesto como ahora, una belleza que es evidente que ha heredado de su madre. Tiene el brazo apoyado en el respaldo del banco en un gesto relajado, pero vagamente protector hacia el otro joven que está sentado a su lado, que tendrá unos veinte años, o casi. Aleksandr desprende una soltura superficial; luce una sonrisa que no acaba de reflejarse en su mirada seria. Contrasta con la expresión de su amigo, sincera, extrovertida, con una sonrisa jovial. Una cierta desconfianza, cautela.
Lili piensa que ya empieza a despuntar. El hombre en el que se ha convertido ya asoma a su rostro.
—¿Es tu hermano? —pregunta; no se parecen, pero la postura de Aleksandr sugiere que hay confianza entre los dos.
—No, un amigo de mi ciudad. Los dos fuimos a la universidad a Inglaterra. Luego me siguió también en el trabajo. Parece que no me lo quito de encima.
—¿De cuándo es la foto?
—Del noventa y ocho, creo.
—Genial. El año anterior a mi nacimiento.
Aleksandr se ríe y se sienta en la silla que hay detrás del escritorio.
—Me acababa de graduar. —Se la sienta en las piernas y, cuando ella se relaja contra su pecho, le apoya una mano en el muslo—. A Michael…, Mijaíl antes de que se anglificara el nombre, todavía le quedaban unos años, pero no hacía más que ir a Londres y presentarse en mi puerta, como un perro callejero. Y con un acento ruso marcadísimo. Dejaba a cuadros a todos mis amigos.
Lili traza un patrón improvisado en su pecho. Ve también una foto de clase. Hileras de caras, togas y sonrisas. Primeros puestos, graduación y éxito.
«¿Por qué no anglificaste el tuyo?», quiere preguntarle.
—¿Qué estudiaste? —pregunta—. ¿Economía?
—Historia y política.
—Oh.
—¿Te sorprende?
—Supongo que no —refunfuña.
—No te preocupes; Michael es el que estudió economía. Le faltó el tiempo.
Lili vuelve a pensar en la fotografía del parque. En el hombre mayor que está con ella en ese despacho; en el hombre joven que la mira desde la imagen.
—¿Y ahora habláis en ruso?
Aleksandr se ríe.
—No, por Dios.
Ella lo mira con el ceño fruncido.
—¿Por qué no? ¿Por la guerra?
—Para los estadounidenses siempre es mejor el acento británico. No hace falta recordarles todo el tiempo de dónde vengo.
Es ridícula la rapidez con la que se le ocurren las preguntas. Las ganas de saber más sobre él.
Él también se da cuenta.
—Puedes preguntarme al respecto —le dice—. No soy alérgico al espectro del comunismo.
—¿Por qué…, por qué te fuiste?
No se lo está imaginando. Hay una sombra de tristeza en su sonrisa.
—Porque no me podía quedar. —Lili se acurruca contra él. Se irá. De verdad. Solo… unos minutos más—. ¿Y tu familia? —pregunta—. Ayer era tu cumpleaños. ¿Tienes planes de verla?
—Ah… La verdad es que no tengo. Mis… mis padres murieron cuando era pequeña. Un accidente de coche. Mi familia de acogida está ocupada.
Aleksandr frunce el ceño.
—¿De acogida?
—No me adoptaron —replica, mirando de nuevo las estanterías. Carraspea—. ¿Cómo es que tienes a Gramsci? ¿Y a Foucault?
—Tienen algunas ideas interesantes.
—¿Estás de acuerdo con Gramsci y Foucault?
—No pongas esa cara de susto.
—Los dos son marxistas, más o menos.
—Fui educado por marxistas, en el sentido literal y el figurado.
—Sí, y has tirado todas esas enseñanzas a la basura.
—Que no comulgue con todas sus ideas no significa que deba ignorar su trabajo. El mundo sería muy limitado si solo explorásemos aquello que sienta las bases de lo que ya creemos. A menudo necesitamos poner a prueba lo que pensamos. Nuestras creencias y convicciones deben aguantar frente a los contraargumentos; de lo contrario, no son más que fe ciega.
Se siente incómoda cuando dice cosas con las que no puede sino estar de acuerdo, aunque sea a regañadientes.
—Está bien —concede Lili—. Dime qué es lo que te gusta de ellos.
—Foucault ofrece visiones interesantes sobre el poder.
—Ya, claro. Supongo que lo de Foucault tiene sentido. Estaba obsesionado con el poder.
Él esboza una sonrisilla.
—Pensaba que valorarías su objetivo de alcanzar una utopía marxista anarquista.
—¿Puedes parar? —refunfuña.
Le da un apretón en el muslo, por debajo de su camisa. A Lili le da un vuelco el corazón.
—Me gusta su forma de pensar sobre las ideas y las instituciones dominantes —dice—. Cómo cuestiona las normas y las narrativas. Nos dio una nueva forma de interactuar con la historia, de comprender quiénes somos y por qué.
—Bueno… Tomó mucho prestado de Nietzsche.
—¿Estás intentando evitar estar de acuerdo conmigo a propósito, o eres así de niñata siempre? —Ella se queda boquiabierta, entre impactada e indignada. Aleksandr sonríe—. Como iba diciendo, Foucault tenía una visión bastante novedosa sobre el poder. No lo ridiculizaba por existir. Lo miraba desde la neutralidad, con matices, más allá de ideas reduccionistas como que solo es fuerza explícita, o capital; pensaba en aspectos como la visibilidad, la perpetuación y el refuerzo en el relato cultural dominante.
—Como Gramsci.
—Sí, Lili —contesta con una sonrisa—. Como Gramsci.
Se niega a analizar esa emoción que se le propaga por todo el cuerpo ante su aprobación.
—Bueno, si comprendes todo eso —dice ella, buscando de nuevo el consuelo de la contención—, ¿no te parece deshonesto? ¿Ver todo eso, la superestructura, la hegemonía cultural en curso, la disciplina que forma a los ciudadanos a la medida del capitalismo, y dejar que sea así? ¿Quedarte de brazos cruzados y beneficiarte mientras otros sufren bajo su yugo? Sobre todo aquí, en este país.