Dos #5
—Antes me hacía mechas rosas en el pelo. No era ninguna maravilla, porque tengo el pelo negro, pero…
—Mechas rosas, menuda sorpresa.
Oye que enciende la ducha. Entra cojeando en el baño y Aleksandr la pilla haciendo una mueca de dolor por el espejo. Él le sonríe, el muy maleducado.
—Vamos, vente. —Se desata el cordón de los pantalones, se los quita y entra en la ducha.
Tras pensárselo un instante, Lili deja caer la sábana y lo sigue, cerrando la mampara de vidrio tras ella.
La sensación del agua caliente sobre la piel es increíble. La presión, el vapor… De pie bajo una de las alcachofas de ducha, Aleksandr se frota la cara y luego se echa el pelo hacia atrás y la mira.
—Ven aquí —ordena. Lili obedece, esperando… algo, pero no que la meta bajo el agua y le empape la cabeza—. Tienes el pelo hecho un desastre.
Lili lo observa, insegura, mientras él empieza a lavarle el cabello. Desliza los dedos a través de la gruesa melena y le enjabona el cuero cabelludo, indicándole cuándo debe cerrar los ojos e inclinándole la cabeza hacia atrás. Se siente como una niña a la que están cuidando. No sabe muy bien qué hacer con eso.
Cuando el pelo está limpio, las manos de él siguen vagando.
Ella continúa observándolo mientras le lava el resto del cuerpo y una vulnerabilidad frágil se le desliza por debajo de la piel. El aire ligero y juguetón que reinaba entre los dos empieza a desvanecerse poco a poco. Su mirada se torna seria, llena de intención. Las palmas de sus manos resbalan por su cuerpo mojado, recorren la curva de su cintura; desliza los dedos suavemente sobre sus costillas.
Unas gotas de sangre se deslizan por los muslos de ella, mezcladas con la descarga de él. Aleksandr mueve la mano entre sus piernas con cuidado.
Lili se queda sin aliento. Su apremio se despierta de nuevo, como una llama que creía extinta.
Ella se frota contra su mano.
—Por favor… —susurra; su voz casi se pierde entre el murmullo del agua corriente.
Una arruga enturbia su mirada posesiva.
—Cariño, no creo que puedas.
Ella le agarra de la muñeca.
—Por favor, yo…
Él mueve los dedos sobre ella, y le duele, le duele de verdad. El dolor punzante la obliga a apretar los dientes para no sisear, pero ni siquiera empieza a aplacar la necesidad apremiante que se está gestando en su interior.
Aleksandr se detiene. La mira con una expresión inescrutable, y Lili se queda muy quieta.
Ya está. Se ha pasado de la raya. Ella siempre se pasa de la raya, siempre es demasiado. La anega una oleada de vergüenza caliente, y se prepara. Para el rechazo, para la humillación abrasadora de su insuficiencia.
Pero él, en lugar de rechazarla, la besa.
Es mucho más tierno que antes. Que la primera noche, que esta mañana. Le pone el pelo detrás de las orejas; le acuna el rostro. Mueve los labios contra los suyos con suavidad, la tantea con la lengua y le abre la boca con gentileza.
Algo se tambalea en el interior de Lili.
Se rompe un poco.
Se agrieta.
Pero entonces la coge de las caderas. La levanta, la empuja con la pared y ella nota el helor del mármol mojado en la espalda.
—Respira hondo —le ordena, y ella asiente.
Tenía razón él. Cuando se desliza de nuevo en su interior, es demasiado, y demasiado pronto, pero Lili se obliga a soportar el grosor y la dureza, a aguantar ese dolor que crece y se hincha, a resistir ante las protestas de su cuerpo. Quiere apartar de un manotazo la ternura que está fermentando debajo de su piel.
Pero en lugar de presionarla, de forzarla, lo que tiene es la piel de él deslizándose contra la suya, sus propios grititos ahogados, más altos cada vez que él la embiste, la sensación de la piel mojada resbalándose en la pared fría, el roce del aliento de él sobre su cuello. Y las caricias de su pulgar sobre la línea que enmarca su rostro, de su boca, que se mueve pegada a su cuello. Esos besos lentos, el calor, el vapor, una ternura severa.
Siente una presión en el pecho. No es física; no. Está en su pecho, pero más honda. Está en la forma en que la toca, en cómo la mira, en cómo se mezclan de un modo inexplicable la ternura y el afán de posesión…
No. Esto es algo en lugar de nada, y ella no lo quiere. Ella quiere sufrimiento, pero de la mano de él, no de la suya propia.
Si se atreve a tocarlo —a tocar el dolor, pero un dolor lúcido e insondable, no el dolor a manos de él, sino el dolor que vive dentro de ella—, no logrará salir nunca. Se caerá en las grietas de sí misma.
Se aferra a él con más fuerza.
—No seas tierno —susurra—. Por favor… Puedo aguantar más.
—Lili, acabamos de…
—No seas tierno conmigo —suplica, frustrada.
Ve dos chispas de ira en los ojos de él.
«Bien —piensa—. Bien».
—Lili —repite con los dientes apretados—. No me digas lo que tengo que hacer.
Por fin, la amenaza de la brusquedad. «Hazme sufrir —quiere suplicarle—. Fóllame hasta borrar todo el dolor». Que la haga sentir el dolor de su cuerpo, no el de su mente.
Pero, en lugar de agarrarla con más fuerza, en lugar de embestirla con más violencia —de follársela—, Aleksandr sigue moviéndose despacio, tanto que se vuelve loca. Siente una ternura visceral y aterradora, una plenitud que le duele de forma distinta a como dolía antes. Siente la presencia de él, que la mira, que está junto a ella.
La aterra. Lo que ella quiere es insensibilizarse, no revelarse. Quiere que sea cruel, que haga con ella lo que quiera sin contemplaciones, que la haga sentir insignificante, sin ningún valor, que haga que encuentre esa libertad que habita en la nada, «por favor, la nada…».
Aleksandr lleva la mano a su cuello, con los dedos aún enredados en su pelo. Pero no la estrangula. La agarra con suavidad.
Y, cuando vuelve a besarla, Lili rompe a llorar. Le duele la cabeza; le anhela el cuerpo. Necesita detener esto; necesita encontrar algo conocido, el destello de placer superficial que le ponga fin a esto. Desesperada, baja la mano entre los dos para intentar tocarse.
Pero él la agarra de la muñeca y se la presiona contra el mármol mojado, enredando sus manos.
—No —le murmura al oído. Su aliento hace que se le sonroje la piel mojada—. No. Yo me ocuparé de ti.
Un sollozo le estalla en el pecho. Siente la agonía. Estalla en su interior, brutal y despiadada, cuando empieza a correrse, y sus gritos sincopan sus sollozos; él la besa otra vez, acompañándola, y ella lo abraza con tanta fuerza que no sabe si está buscando más o rogando porque termine.
Cuando acaba de correrse, apenas sigue dentro de su propio cuerpo para sentirlo.
Una repentina inhalación de aire contra su boca, una embestida más dura contra sus caderas. Y entonces, justo cuando ella empieza a regresar, nota cómo él termina, llenándola.
Aleksandr la mira entonces. El aire que respiran flota entre los dos, del uno al otro, con él todavía dentro de ella, todavía abrazándola. Las lágrimas se deslizan por sus mejillas mojadas; la ducha sigue encendida. Los sollozos que la sacuden empiezan a aquietarse, a recular hacia el interior.
Él la mira, y no es expectante, sino paciente.
Ella no quiere saber qué es lo que espera.
Después, con una camisa blanca y limpia suya y un café caliente en la mano, Lili se pasea por el apartamento secándose el pelo con una toalla con aire distraído, mientras Aleksandr revisa sus correos electrónicos en el móvil, en la cocina.
La mañana ha inundado suavemente el loft. Es una luz constante, tranquila. Una calma frágil se ha instalado en sus pulmones. Su teléfono está abandonado en algún lado, junto con su ropa de anoche. El pelo mojado gotea en el suelo, recién peinado, mientras entra en otra de las habitaciones que hay cerca de su dormitorio.
Es su estudio, o despacho. Las paredes están cubiertas de estanterías y unos altos ventanales muestran el sol que se alza sobre las calles estrechas de Tribeca. Un escritorio de madera restaurada, papeles, plumas estilográficas, unas gafas sobre un ordenador portátil fino y gris. Hay un sillón reclinable de la marca Eames en una esquina, unos libros apilados en la mesa de café, un sofá de cuero gastado. Varios lienzos apoyados en la pared, escondidos de ojos ajenos. Se nota que es un espacio vivido, en el que él pasa su tiempo.
Lili da un trago de café y ladea la cabeza para leer los títulos en los lomos de los libros.
Judt, Tucídides, Pamuk, Rilke.
Frunce el ceño: Calvino, Gramsci, Baldwin, Foucault…
—¿Juzgando mis gustos literarios?
Se da la vuelta. Aleksandr la está observando desde el umbral de la puerta.
No lleva camiseta, y eso la desconcentra.
Lili vuelve a mirar los libros y acaricia los lomos con las manos. Todavía se siente en un frágil equilibrio, tierna y susceptible tras la ducha, así que busca la distancia segura del intelecto.
—¿Has escondido los de Friedman antes de que yo viniera? —le pregunta.
Él se ríe.
—No me has avisado con mucha antelación.
Lili se sonroja.
Unos pasos y aparece tras ella. Coloca las manos en su cintura y le da un beso en un lado del cuello. Lili se permite cerrar los ojos un segundo. Las dudas la asaltan; se siente a la vez frágil y segura, una sensación desconocida.
—Cuando estás borracha, eres una mezcla muy confusa entre traviesa y petulante —murmura.
—No es verdad —protesta ella, volviéndose hacia él.
—Y muy exigente.
Distraída con su proximidad, le mira la boca; los labios de él dibujan una sonrisa. Quiere…
Lili se aclara la garganta y señala la librería con un gesto.
—¿Rilke?
—Es un poeta excelente.
Ella pone los ojos en blanco.
—No está mal. Un poco recargado.
—¿Qué prefieres tú?
—Me gusta mucho Darwish.
Él sonríe con más ganas.
—Por supuesto.
—¿Qué significa eso?
—Sientes una afinidad inexplicable por los comunistas.
Ella resopla.
—Es mucho más que eso. ¿Acaso lo has leído? ¿Memoria para el olvido? O: «Por ignorancia, decidí llamarte patria…».
—Dios, languidece en su propio romanticismo.