Dos #4
Dios, esto. Esto es lo que ella quería: una necesidad acuciante desvelada, un golpe contra un cardenal. Mientras los recuerdos de anoche —ella, agarrada al lavabo frío, el ritmo de la música, «No es buen momento para que vengas a visitarnos»— se despiertan en su mente, ella le besa con más ganas. Y él iguala su intensidad, cogiéndola de la cara, hambriento, casi muriéndose de hambre. Besa obscenamente bien, y besarle es como tener una necesidad que crece y crece, en lugar de sentir que se satisface un deseo. Y eso no es… No puede…
—Duro —jadea ella, con la boca pegada a la suya—. Yo… Lo quiero duro. Como… Como la última vez.
Él la agarra de las muñecas y se las aprieta contra la cama.
—Qué impaciente —la provoca—. ¿Alguna otra petición?
Lili frunce el ceño y se resiste.
—No he venido aquí a hablar —le suelta—. Tienes un trabajo…
Eso no le gusta.
—¿Un trabajo? —murmura con una expresión severa. Se oye una fuerte exhalación (de ella) cuando la mano que él tiene libre se cuela entre sus muslos, que aún están mojados, calientes—. Vamos, dime, ¿cuál es mi trabajo? —la desafía, frotando la nariz sobre su cuello mientras empieza a dibujar círculos contra ella con los dedos, despacio, pero no con suavidad, forzando la fricción a pesar de lo mojada que está. Empieza a sentirse frustrada; lo que quiere es que la inmovilice y se la folle; quiere terminar con esto y no tener que pensar nunca por qué lo desea.
—Para que te quede claro —le dice con los dientes apretados—: que esté aquí follando contigo no significa que me gustes.
—¿Estamos follando? Ah, entonces ¿es ese mi trabajo, pequeña?
—Que te den. Ni siquiera me caes bien… Ah… —Ha encontrado un punto de fricción concreto.
—Ni se me ocurriría soñar con ello. —Lili oye la satisfacción que emana de su voz.
—Esto no se va a repetir —jadea ella—. Solo… una vez…
Nota su sonrisa pegada a su cuello.
—Ay, Lili —murmura, presionando los labios contra su piel. Le da un beso con la boca abierta que ella no esperaba—. Lo que tú digas.
El mundo se da la vuelta y, de repente, está tumbada boca abajo.
—¿Qué…? —Mira atrás, a punto de protestar; debería indignarle que la mangonee como a una muñeca de trapo.
—Levanta las caderas para mí, cariño. —Coge el cojín que hay junto a su cabeza.
Lili obedece y deja que se lo ponga debajo.
Él se sube a horcajadas sobre sus piernas dejándola completamente atrapada. Le recorre la espalda perezosamente con las manos y luego levanta sus caderas hacia él, montándolas sobre el cojín. Lili lo nota pegado a ella, caliente y pesado. Se agarra de las sábanas y se prepara.
Una ligera caricia sobre su columna. Peligrosamente etérea.
—¿Te tocó alguna otra persona, Lili?
—¿Qué? —¿Por qué le hace preguntas justo ahora?
—Anoche.
El fragmento de un recuerdo; su propia voz: «Que sepas que esta noche me podría haber acostado con un montón de gente. No sabes cuántas…».
—Joder —masculla ella.
Él desliza los dedos en su pelo. No le tira de él, todavía no. Empieza a penetrarla muy muy despacio.
—Te he hecho una pregunta. ¿Dejaste que anoche te tocase alguien así?
En su voz hay una frialdad extrema que parece a punto de estallar. Lili fuerza una carcajada para aliviar la tensión.
—Solo mis amigos.
Cierra el puño sobre su pelo.
—Yo no soy tu amigo, Lili.
La embiste. La visión se le tiñe de blanco; se agarra a las sábanas.
—Dios…
—Abre las piernas —le ordena Aleksandr—. ¿No habías venido a esto?
Cuando se la saca, liberándola de la presión, ella tiembla. Pero él no le da tregua. En cuanto se relaja, la penetra aún más fuerte. El gemido estrangulado de Lili se apaga contra el colchón con la fuerza con la que la embiste; de repente, la saturación del éxtasis implacable empieza a acumularse.
Tiene los ojos llenos de lágrimas.
—No… No puedes…
Se la clava como si ella no valiera nada. La dilata tanto que le arde la carne, y eso que todavía no la ha penetrado hasta el fondo, y no puede ser bueno todo lo que siente, lo sobrepasada que se nota, y que, sin embargo, sea eso justo lo que desea: el éxtasis oscuro y visceral de perder el control, de no tener elección.
—Puedo hacer lo que me dé la gana —le espeta él—. Sobre todo a ti.
Ella gime. Es claro, duro, específico. Esto es lo que desea, la absolución de la carga que le supone su propia voluntad, solo por un instante. Por jodido que sea.
—Ahí —jadea—. Justo ahí.
—¿Ah, sí?
Lili asiente con tanta insistencia que se siente como una niña en clase con la respuesta correcta. Cierra los ojos con fuerza, porque la amenaza del olvido es cegadora y cada vez más estruendosa, porque la ahoga.
—Así, así, por favor… Lo quiero así…
Grita. Grita fuerte, de golpe, porque por fin las caderas de él colisionan contra las suyas, porque por fin se entierra del todo en su interior.
No sabe cómo, pero se la está follando más duro y más profundo que nunca. Cada vez que se mueve la obliga a acomodarlo; es agonizante, es una oleada constante y ardiente de un placer que va de la mano con el dolor, y se siente abrumada del modo exacto que anhela, lo desea tanto que la necesidad está alojada en su garganta, y lo está siempre.
Se siente desgarrada, como si sus costuras se estuvieran deshilachando. Tanta violencia la enraíza en su propio cuerpo, donde puede —ahí, con él— desear con indecencia, sin vergüenza. Siempre ha sido demasiado, o no lo suficiente, una dicotomía que le eriza la piel.
Más hondo. Lo quiere más hondo, hasta que no pueda pensar en nada que no sea él. «Bórrame», es lo que quiere decirle; que siga adueñándose de ella hasta que no quede nada. Empuja las caderas hacia él, desesperada.
—Por Dios —gime él—. ¿Es que nadie te ha follado nunca como es debido? —Ella gime, y él sabe lo que significa—. Vamos, cariño —la anima cuando su cuerpo empieza a temblar, cuando un rescoldo de fuego despiadado comienza a desplegarse en su interior—. Enséñame lo mucho que puedes aguantar.
—Me haces daño —le ruega, pero es a la vez súplica y protesta.
«Hazme más daño».
—Lo sé —contesta él. La alabanza desentona con cómo la agarra del cabello, de la nuca—. Lo sé, pero lo estás haciendo muy bien.
Le tira del pelo y el pecho de ella se separa de la cama. Cambia de postura; ella sigue viéndolo todo blanco, pero sigue queriendo más…
Aleksandr la agarra del cuello. Por fin, la inunda el alivio.
Es inmenso. La aniquilación perfecta. No quiere la carga de decidir cuándo debe respirar. Quiere caer y no saber si la cogerán a tiempo; quiere que se la follen hasta borrarle la mente, y quiere culpar al alcohol de anoche, que sigue corriendo por sus venas, de este deseo de que él —él— la empuje hasta ahí, de que sea él y nadie más…
Le cuesta respirar, pero una resistencia se adueña de sus esfuerzos. Lili solloza, frustrada. Aleksandr lo nota.
—Déjate ir, Lili —le ordena.
La estrangula hasta que se le nubla la vista, y ahí, en la periferia de su campo de visión, siente una sensación de incoherencia e intensidad que la ahoga.
Tiene permiso para sentirse así a veces, piensa.
Tiene permiso para sentir algo parecido a la libertad.
En su interior hay un anhelo que él golpea una vez tras otra. Despliega emociones, madejas enredadas, aguas pesantes. Cosas oscuras, demasiado profundas para sacar a la superficie, pero que ella quiere exorcizar; necesita que desaparezcan, que le arranquen su peso, que es invisible, monumental, que la hunde con fuerza aunque lo ignore. Quiere que las estrangule hasta sacárselas todas de dentro, que le robe el aliento, que la lleve hasta el borde del precipicio, donde todo la abandone, y entonces caer, y que la deje completamente sola…
El helor del silencio. Le queda poco aire en los pulmones y la visión se le ennegrece del todo.
La envuelve una nada atronadora. Mientras desaparece, es vagamente consciente del movimiento de su cuerpo con cada embate, con la fuerza, el impacto; es consciente del calor líquido que se despliega por su vientre, de que él todavía se la está follando y de que, quizá, hayan llegado demasiado lejos, pero ese dichoso silencio crece, y ella se permite cerrar los ojos.
—Tienes algunas canas, ¿lo sabías? —dice ella.
Aleksandr contesta con un «hum» poco expresivo. Sigue leyendo su periódico mientras le acaricia la cadera a través de la sábana siguiendo un patrón constante de movimientos. El aroma a café se mezcla con el del papel del periódico.
«Quédate», ha murmurado al terminar, como si ella fuese capaz de moverse. El sonido de su propia respiración volvía poco a poco mientras con las manos, cerradas en puños, retorcían las sábanas mancilladas, mientras trataba de recuperar un sentido de sí misma a regañadientes. Ha oído el repiqueteo de una taza —aroma a café— en la mesita de noche, cuando él se ha vuelto a recostar a su lado.
Lili alarga una mano y le acaricia con los dedos los mechones de la sien.
—Justo aquí —insiste, decidida a demostrar que tiene razón.
Él suspira y baja el periódico. La mira. Ella tiene la cabeza apoyada en el muslo de él.
—Trabajo en finanzas. Es estresante.
Está irritado. Ella nota que está tratando de disimularlo, e intenta no sonreír.
Lili sigue acariciándole las sienes con los dedos. Está dolorida y se siente utilizada, bien utilizada, pero también tranquila y abierta. Es como si la dureza con la que debe armarse durante su vida diaria pudiera deshacerse durante un rato. Fuera del loft, la vida real volverá a su sitio a toda prisa; quiere disfrutar de esa tranquilidad un poquito más.
—Me gustan.
Él vuelve a subir el periódico.
—Ya me encargaré de ellas luego —murmura.
Lili se incorpora a toda prisa con una sonrisa en el rostro.
—¿Te tiñes el pelo?
—No pienso participar en esta conversación —contesta él saliendo de la cama.
Lili, decidida, se envuelve en la sábana y lo sigue al baño.
—¡Si quieres te ayudo!
—Ni hablar.