Games Dos #3
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Dos #3

—¿Te parece un dato importante a estas horas? —Lili le da un golpecito en la barriga—. Un metro y noventa y cuatro centímetros, creo.

Ella arruga la nariz.

—No tengo ni idea de qué significa eso. Estamos en América. Adáptate.

Todo se mueve a su alrededor, y cae en la cuenta de que se está balanceando. Unos brazos la sujetan.

Ese suspiro otra vez.

—Vale, nada de comida. Vamos a la cama.

«Sí. Bien», piensa Lili mientras él la conduce por el pasillo. En su habitación —¿era así de grande la cama la última vez?—, se quita las botas de suela gruesa. Se deja caer en el colchón y decide lanzar una bota a una esquina. Tras pensárselo unos segundos, lanza la otra de nuevo al pasillo.

—Creo que deberíamos follar —anuncia.

No tiene ni idea de por qué parece que él está aguantándose la risa. No ha dicho nada gracioso.

—Tentador, pero no.

Lili intenta incorporarse, ofendida, pero él la vuelve a tumbar.

—Quédate aquí —le ordena con severidad. Ella se acuesta y alarga los brazos como si hiciera ángeles en la nieve. Las sábanas de fría seda se deslizan como agua bajo su piel acalorada.

Oye el sonido del agua al caer en la bañera; de repente, unos brazos la levantan de la cama.

—Vamos… Arriba, Lili.

—¿Ahora sí que vamos a follar?

El mundo se reorienta; sus pies se encuentran con el suelo. Mira a su alrededor, confundida. Están en el baño adyacente; ¿quiere follársela ahí? En fin, la encimera tiene la altura adecuada, o eso le parece. Ella no es muy de quejarse, así que empieza a quitarse el vestido.

La puerta se cierra. Se da la vuelta y descubre que está sola en el baño.

—¡Oye! —le grita a la puerta cerrada—. ¿Adónde vas?

—Date un baño. —La voz de él suena cansada, casi condescendiente.

—No, tenemos que follar —le informa a la puerta cerrada.

—No te voy a dejar dormir en mi cama si vienes del Lower East Side.

—¡Pero si no quiero dormir!

—Báñate, Lili. Ahora mismo.

Frunce el ceño, pero el vapor caliente que se eleva de la bañera es tentador. Y lo cierto es que se siente demasiado acalorada y sucia.

Cuando por fin consigue quitarse el vestido, mira a su alrededor. Abre varios cajones. Encuentra Sensodyne, colutorio, productos de baño bien organizados y un jabón de un lujo ridículo con olor a enebro y naranja amarga. Luego deja su ropa interior en el cajón en el que guarda la recortadora de barba. Es un tanga de encaje negro, casi completamente transparente. Al fin y al cabo, es su cumpleaños. Sonríe, orgullosa de sí misma, y se recoge el pelo enredado en algo parecido a un moño en lo alto de la cabeza.

—El agua está muy fría —protesta mientras entra en la bañera.

—Mejor. —Su respuesta le llega ligeramente amortiguada a través de la puerta—. No te vendrá mal. Así se te pasa la borrachera.

—Estoy temblando de frío. —En realidad, el agua tiene una temperatura agradable, pero tal vez si se cree que corre el riesgo de pillar una pulmonía, consiga que entre.

—Por extraño que parezca, no me conmueve mucho.

Lili se desliza por un lado de la bañera en un único movimiento y estira las piernas para tratar de llegar al otro lado. El agua se sale por el borde y cae sobre el suelo de mármol.

—¡Ups! —Se ríe.

—¿Estás bien?

Al buscar el jabón, descubre unas botellas negras con letras rojas.

—¿Este es tu jabón? ¿Por qué no tienes un tres en uno como un hombre normal? —pregunta.

—Me vuelvo a la cama —masculla él desde detrás de la puerta.

Ella se frota con el jabón, tarareando, extasiada con las burbujas. Empieza a adormecerse, arrullada por el calor y lo tarde que es. Le ha dejado un albornoz en un taburete, que es una de esas pijerías de mierda de madera restaurada. El albornoz le queda grande, pero se lo pone de todos modos al salir de la bañera, conteniendo un bostezo.

—Que sepas que esta noche me podría haber acostado con un montón de gente —le informa mientras se mete con él en la cama, aún dispuesta a probar suerte—. No sabes cuántas mujeres, cuántos hombres… Montones. Intercambiables. Y, en lugar de eso, he venido aquí, para que tú ni siquiera me hagas el numerito de papi dominante.

—¿Perdona?

—Ya sabes a qué me refiero. —Bosteza y se acurruca bajo las sábanas.

Las luces tenues se apagan. Se pega a él, pero solo por el calor que despide su cuerpo.

—Duérmete, Lili.

—¿Sabes qué? Creo que no voy a dormir —replica ella, luchando contra otro bostezo.

Hay algo que no va bien. En el fondo de su mente, hay un pellizquito de ansiedad, una pequeña punzada de incertidumbre. Pero está demasiado cansada para analizarlo.

Y entonces una mano descansa sobre su pelo, acariciándola con un ritmo calmo y pesado. Lili se inclina hacia ella, dejando que la reconforte. Mientras se deja llevar por el cansancio, las sacudidas del alcohol la hacen perder el equilibrio de vez en cuando, pese a estar tumbada, y así, poco a poco, se queda dormida.

Es un buen sueño.

Más que eso. Es un tan bueno que roza el absurdo.

La luz asoma y perturba su descanso. Lili intenta acurrucarse bajo las sábanas; no quiere despertar. Preferiría seguir abandonándose a ese placer, seguir persiguiendo ese sueño difuso. Sin embargo, a medida que recupera la conciencia poco a poco, se da cuenta de que el placer no remite.

—¿Qué…? Oh…

Ahoga un grito al darse cuenta de dónde está; al darse cuenta de lo que está ocurriendo, de que las sábanas son mucho más suaves que las de su cama, y de que es innegable que el placer entre sus piernas no forma parte de ningún sueño. El albornoz con el que se metió en la cama está abierto, más abajo de sus hombros, y la boca de él…

—No te muevas.

Dios, el roce de su aliento contra su piel. Su voz grave resuena a través de su cuerpo; la lengua se mueve despacio, profundo. Lili cierra los ojos con fuerza, tratando de apartar esa intensidad insistente que se acumula poco a poco. Apenas está despierta y ya se encuentra a mitad del camino; la desorienta y la abruma.

—Aleksa…

No debería estar ahí. ¿Qué hace ahí? La luz de la mañana, todavía suave, todavía ligada al alba, se cuela por los altos ventanales. Está en su loft, en Tribeca, con las piernas sobre sus hombros.

Joder. Vale, puede hacerlo. Puede, simplemente…

Él mueve la lengua de un modo que hace que le tiemblen las piernas.

—Ay, Dios… —gime—. No… No deberíamos… —La voz se le rompe con un grito.

Aleksandr se ríe, caliente contra su piel.

—¿Quieres que pare?

—¡No! No. —Él aplana la lengua y la mueve contra ella, haciéndola arquear la espalda con un gemido—. ¡Dios! Sí, justo ahí…

Le empiezan a temblar los muslos. Desesperada por liberar la presión, le araña la cabeza con las uñas y enrosca los dedos de los pies sobre sus omóplatos. Él acelera los movimientos de su lengua, y ella se ahoga, y se ahoga, y…

Se rompe en mil pedazos. No le queda ni una gota de aliento en la garganta.

Es como si la atravesara la oscura luz del alba, como si su piel resplandeciera de brillante placer, un placer que le han arrancado de dentro antes de que sea capaz de dar forma a sus pensamientos, o de pronunciar palabras con claridad.

Lili, jadeante, trata de recuperar el resuello, intenta recuperarse de las réplicas de lo que tal vez haya sido el mejor sexo oral que ha recibido en su vida. Ve blanco y borroso; su visión titubea y se aclara de nuevo. Todo empieza a volver poco a poco: la noche de ayer, el mensaje de Jane, su beligerante borrachera, llegar hasta aquí tambaleándose.

Ay, Dios. Qué manera de cagarla.

Ha sido una cagada impresionante.

Sin embargo, le resulta difícil determinar cuánto la ha cagado, la magnitud de la suprema estupidez que ha cometido al venir aquí otra vez, al quedarse a dormir aquí otra vez, cuando las manos y la boca de Aleksandr siguen moviéndose por su cuerpo, besándola en la cadera, en la cara interna de los muslos.

—Necesitamos poner reglas —consigue decir mientras él le recorre la pantorrilla con la punta de la lengua.

—Reglas. —Nota su aliento cálido contra la piel desnuda.

—Reglas, sí. Límites, acuerdos. No podemos…

«No puedo venir aquí sin más. No puedo quedarme a dormir aquí sin más».

Aleksandr se aparta. La mira durante unos instantes.

Sonríe.

—No, me parece que no.

Con un rápido movimiento, la coge del tobillo y tira de ella, poniéndose encima. Le tapa la luz; no lleva camiseta y le brillan los labios. Comprende, aturdida, que le brillan de ella.

—¿Te gusta salir huyendo, cariño? —murmura, acariciándole la nariz con la suya; no llega a ser un beso.

—¿No? —responde ella, desorientada.

Unas notas leves de alcohol residual todavía la desinhiben un poco. El impulso de besarle y el de resistirse, a la vez, la confunden.

—A mí me parece que sí —repone él, acariciándole la boca con el dedo, un gesto que debería ser romántico, dulce, pero que no se lo parece.

En absoluto.

Lili inhala con fuerza.

La toca como si estuviera acariciando algo de su propiedad.

Debería irse. Debería irse ahora mismo.

Aleksandr se acerca un poco más, dejando la boca suspendida sobre la de ella. Hay una pizca de espacio entre los dos. La está provocando. Desafiando. Y, antes de poder pensárselo dos veces, Lili se alza para acercarse a él, traicionada por su propio cuerpo.

Es absurdo lo rápido que él se convierte en lo único que le importa, lo rápido que lo coge de los hombros, que atrae su boca hacia la suya; lo rápido que él se adueña de ella, empujándola contra la cama, y cómo, cuando él la besa, ella lo siente como un alivio, como inhalar aire de forma desesperada.