Dos #2
Música más pesada, más baile, cócteles que no conoce. James le da algo con whisky; Lili hace una mueca, pero se lo bebe. La sal de los chupitos todavía le escuece en los labios. Lame más sal de la clavícula de Amina y se ríe cuando esta le da un beso en la boca, un beso que sabe caliente como el alcohol y ácido como la lima.
—¡Otra vez! —masculla James—. Yo nunca puedo besar a otras personas.
—Por el amor de Dios, ya te beso yo, imbécil —contesta uno de sus mejores amigos, Hassan, arrastrando las palabras.
Su novio, Tommy, se parte de risa, tirando su bebida por todas partes y Jackie chilla porque la salpica, y luego Amina se pide un negroni del que Lili quiere un poco, y nota el frío del cristal y risas en el oído, y Hassan ve a amigos de amigos y hay gritos de bienvenida y presentaciones borrosas y caras nuevas. Sigue bebiendo hasta que solo queda el suelo bajo sus pies, los cuerpos de sus amigos a su alrededor y la noche desovillándose, llena y deseable; la estimulante concentración cuando respira una bocanada de aire tras otra, y la inmediatez única de lo que tiene delante.
Cuando sale del bar unas horas después el aire es ruidoso; rebosa calor y humo de cigarrillos. La calle está abarrotada de gente, viva, oscura y resplandeciente, repleta: una ristra de luces rojas que refulge en la carretera, el repiqueteo de los tacones sobre las trampillas metálicas de la acera, los bocinazos furiosos de los coches, que se mezclan con las luces y el humo acre de los porros de los chicos que fuman en la esquina.
Mientras sus amigos debaten sobre adónde ir, Lili se balancea, tarareando la música. Alguien la coge para que no pierda el equilibrio: es James, que se ríe. Ella esboza una sonrisa; se siente cálida, resplandeciente, radiante en la madrugada. Está inmersa en todo lo que la rodea y quiere más, así que empieza a dar vueltas y vueltas, y se sale a la carretera.
Los pensamientos se le agolpan en el fondo de la mente. Son una presencia insistente y pesada, una ansiedad que parece, temporalmente, no tener origen, pero ella no quiere escucharla, no ahora. Se oyen unos bocinazos y alguien tira de ella; Jamie la reprende entre risas, le dice que deje de ser estúpida. Jackie lo regaña —«Por Dios, no la llames estúpida, ¡es su cumpleaños!»— y Lili se ríe, rodea a Jamie con los brazos y empieza a darles vueltas a los dos.
Es tarde. Son tantos que lo de los Uber es un dolor de cabeza, pero nadie quiere coger el metro para ir a Brooklyn ni al norte de la ciudad. ¿Al West Village? ¿A casa de Jamie? El piso de Amina en Broome está más cerca, pero es demasiado pequeño, y Jamie siempre tiene la nevera llena de LaCroix y cajas de comida preparada de Citarella, y Jackie está diciendo no se sabe qué sobre desayunar mañana en el Village.
Lili no se da ni cuenta de que ha terminado en Tribeca hasta que entra trastabillándose en el vestíbulo de su edificio. El resplandor del One World Trade Center se eleva sobre los edificios de hierro forjado. Riéndose, se agacha para pasar sin que el portero la vea. Se oye el pitido del ascensor.
—Puede subir, señorita Marwan.
Maldita sea, piensa ella, la ha visto. Susurra un gracias; todo le da vueltas muy peligrosamente.
El loft está oscuro.
Sigilosa, debería ser sigilosa. Quitarse los zapatos para hacer el ruido mínimo. Empieza a intentar desatarse los cordones de las botas sin dejar de andar. Las paredes dan vueltas y más vueltas.
Una lámpara se enciende; la luz tenue se extiende por el suelo.
—¿Lili?
Perfecto, justo lo que buscaba. Deja de pelearse con las botas, corre hacia él y se lanza a sus brazos. Lleva una camiseta de fino algodón negro, calentita de haber dormido con ella. Hasta su pijama es negro; claro, imagina que llevase, por ejemplo, una camiseta con el logo de la universidad. Empieza a reírse otra vez.
—Lili, ¿qué…?
—Calla —le interrumpe de forma agresiva—. ¡Vas a despertar a todo el mundo!
Alexandr suspira, descansa las manos en la nuca de ella.
—No tengo vecinos —repone.
Pero a ella ya no le interesa eso, lo mira, porque es guapo, guapo de forma insultante, y luce una expresión ligeramente desarmada, como si se acabase de despertar: pelo alborotado, los labios entreabiertos. Lili no recuerda qué es lo que no le gusta de él, porque, de repente, se siente presa de la sensación de lo mucho que le gusta. Le gusta su aspecto, le gusta su altura, le gusta notar su cuerpo pegado al suyo y le gusta el peso tranquilizador de sus manos sobre ella, y por eso ha venido, ahora lo recuerda con claridad y nitidez, por eso no se ha ido con sus amigos al West Village. Lili le acaricia el pecho con las manos. Si es rápida, él ni se habrá enterado de que ha venido: está oscuro, es tarde; un poco de sexo y se marcha enseguida. Alarga una mano y trata de atraerlo hacia ella para que la bese; tiene muchísimas ganas de que la bese…
Algo pesado. ¿La gravedad? No: las manos de él, en su cintura, sujetándola.
—¿Estás borracha?
Ella se encoge de hombros y se mece al ritmo de la música del bar, que sigue sonando en su cabeza.
—Igual un poquito.
Él frunce el ceño. Vaya, decepcionarlo no era precisamente lo que quería.
—¿Cuánto has bebido?
Ella sonríe y le acaricia el pecho de nuevo.
—¿Quién sabe?
La tela de su camiseta es verdaderamente fina; podría deslizar las manos y…
—Lili…
Ella hace un puchero, pero pausa su débil batalla contra su camiseta y se concentra, tratando de hacer el recuento.
—A ver… Pues no mucho. Tequila, en casa, aunque no era del bueno… Luego Jamie ha pedido una ronda del bueno cuando hemos salido por el Lower East Side; ha invitado él… ¿O ha sido Hassan? Da igual, obviamente no iba a decir que no… Luego ron con cola, aunque no estoy a favor de Coca-Cola, porque ¿sus prácticas inmorales? Qué locura. Y Jackie ha pedido unos margaritas, pero la sal me ha dado sed, así que he bebido un poco más. Jan conocía al camarero y tenía la cuenta abierta. Trabaja en distribución de bebidas alcohólicas o algo así y conoce a todo el mundo, es como un cartel gigante… Así que me he pedido un negroni con mezcal gigante, un puto… Uf, y luego Tommy me ha hecho probar un manhattan, que es lo que bebe su padre, porque estaban esos tipos del Upper East Side… ¡Ah! Y Hassan ha encontrado unos chupitos de gelatina, pero entonces Amina… Brillante, es brillante. ¿Sabes que nos conocimos de fiesta por el centro en el primer año de universidad? Ella iba a la NYU, o sea, nos conocimos en la cola del baño, es mi alma gemela… Bueno, el caso es que se le ha ocurrido que tomáramos chupitos directamente de los cuerpos de los otros y…
—Dios —murmura, pasándose una mano por la cara.
Ella frunce el ceño y lo coge de la muñeca. Le gusta su cara, quiere verle la cara.
—Ay, no —se ríe, moviendo a la vez sus manos cogidas—. Aleksandr enfadado. No he tomado muchos de esos… O sea, no he tomado ninguno, excepto de Amina. Más bien los demás los han tomado de mí.
—¿Estás de broma?
—Pues la verdad es que soy bastante divertida. La gente se cree que soy muy seria, pero tengo mucho sentido del humor. —Salta a la vista que está contrariado; Lili se da cuenta a pesar de ver borroso.
No entiende por qué; ella es divertida, lo que pasa es que la gente no suele verlo a la primera. Es graciosa, y también una genia, porque si él no está contento sabe exactamente cómo arreglarlo: el vestido, debería quitarse el vestido y…
Él la coge de las muñecas, lo que a ella le parece de mala educación. Trata de soltarse.
—Lili… Lili, para. —La mira con atención—. ¿Llevas purpurina?
Ella se olvida del vestido y lanza los brazos al aire en un gesto de celebración.
—¡Sí! ¡Es mi cumpleaños! ¡He cumplido veintitrés!
La mira tanto rato que se pregunta si no estará contando el tiempo demasiado despacio.
—Santo Dios —murmura, casi para sí—. ¿Veintitrés? Está bien, ven aquí.
Movimiento. Él camina, llevándola hacia atrás, y Lili se agarra a él para no perder el equilibrio.
—Sí, sí, ya lo sé… Soy géminis. Pero creo que las géminis tenemos una mala fama injustificada. No los hombres, está claro, esos son unos psicóticos. Pero creo que mi ascendente en Leo me equilibra bastante, además, con la luna en Sagitario… Pero no le cuentes a nadie que tengo a Venus en Capricornio, eso es un secreto…
Una luz entre blanca y azulada se derrama en la cocina; le hace daño en los ojos. Entierra la cara en su pecho, pero solo es la nevera. La camiseta, ahora pegada a su mejilla, huele bien; nota el aroma fresco y limpio de una ducha reciente, de las sábanas usadas y el aire fresco de la noche.
—¿Quieres agua, o té o…, leche, o algo?
—¡¿Qué es eso?! —chilla ella.
A Aleksandr casi se le cae el cartón de leche de la mano.
—¿Qué es qué? Santo Dios…
—¡¿Eso son lácteos?!
—¿Sí?
Le arranca el cartón de la mano. Oye el chapoteo de la leche fría dentro del envase.
—¡Esto es asesinato! Asesinato y violación, ¡la industria láctea es una industria asesina! Arrancan a los terneros de sus madres el día en que nacen; ¿cómo puedes estar a favor de eso? A las vacas las violan para esto, es violencia. Esta leche está llena de sangre y de pus, literalmente, es horrible para ti, horrible para el planeta…
Le quita el cartón de las manos y vuelve a dejarlo en la nevera.
—Ya lo pillo, nada de lácteos.
—No, no y no —dice Lili, cerrando la nevera con todas sus fuerzas—. No. Vamos, a buscar Oreos.
—¿Qué?
—¿Tienes Oreos?
—¿Oreos?
—¡Oreos! Madre mía.
—No, no tengo Oreos. Puede que tenga un poco de pan en el congelador.
Lili lo señala con dedo acusador.
—Estás intentando gustarme.
—Estoy intentando evitar que te ahogues en tu propio vómito.
Ella echa la cabeza hacia atrás para mirarle, cogiéndose de sus antebrazos para no perder el equilibrio.
—Eres muy alto —observa.
—Sí.
—¿Cuánto mides?