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Oferta y demanda

Solo estoy siendo amable, se dice Lili después de ver la nueva portada de The Economist en el quiosco al subir las escaleras del metro, reírse por la nariz y mandarle una foto.

9.37. ¿En serio?

La respuesta de él, una vibración en su teléfono, llega cuando está inmersa entre montones de libros en la biblioteca Butler, en el campus, buscando el texto de Löwith que Kerr, su tutor, le ha recomendado que lea.

10.03. Creo que no ha quedado nada mal.

10.07. Te han llamado la peste de las finanzas

10.10. Cuánto dramatismo.

10.12. Ponen en cuestión tus relaciones con los funcionarios del Tesoro

10.12. Y tu influencia en la Ley de Estabilización Económica de Emergencia del 2008

10.13. ¿Y cómo es posible que China te haya autorizado para lanzar un fondo de inversión en su mercado interior?

10.15. No sabía que te interesara hacer carrera como periodista.

—¿A qué viene esa sonrisa? —susurra Amina desde el otro lado de la mesa que comparten.

Hoy ha hecho una aparición estelar en el campus. Aunque no se la toma tan en serio como ella, porque está más centrada en su carrera como artista que en las clases, Amina también tiene que avanzar con su tesis en Estudios de América Latina, sobre la evolución del poder, el progresismo y las protestas en la obra de Vargas Llosa como reflejo de la polarización ideológica y las decepciones que ha supuesto la democracia en la región.

—Nada, es por una cosa que he visto en Twitter —contesta Lili, dejando el móvil boca abajo.

A medida que pasa el día, se dice una y otra vez que debe dejar de escribirle. Lo que ocurre es que no hay mucha gente que pille lo gracioso que es que Chomsky diga que Rawls es un amigo personal suyo y luego proceda a destripar su teoría de la justicia de arriba abajo, o lo ridículo que es que las declaraciones improvisadas de Rumsfeld sobre los hechos conocidos y desconocidos siga teniendo obcecados a los estudiantes de ciencias políticas (19.07. Yo solo digo: ¿qué pasa con los conocidos desconocidos?; 19.13. Lili, no te estás enterando de nada). Cada vez que le vibra el móvil, se obliga a reprimir la sonrisa que se le dibuja automáticamente.

Hay muchas razones por las que no debería volver a verlo.

Es mayor que ella. Mucho mayor: tiene cuarenta y cinco años, mientras que ella todavía no ha cumplido los veintitrés. Cuando Amina desaparece entre las estanterías, con la larga melena negra iluminada por los rayos de sol que se cuelan en la biblioteca, Lili echa otro vistazo a su carta astral, que aún tiene guardada en el móvil. 3 de enero de 1977. Una carta astral repleta de red flags.

Él representa todo lo que a ella le parece reprochable. Pertenece a una industria que se dedica a propagar la hegemonía occidental y a explotar a personas por dinero, a la que no le importa dejar que el mundo arda, siempre que el S tiene acciones en casi todas las empresas más importantes a nivel global. Ella ha escrito artículos científicos enteros atacando la propiedad cruzada en gestión de activos, de lo que BlackRiver es una de las peores infractoras.

Mientras siguen mensajeándose, ella trata de buscar razones para alejarse de él, para crear una distancia segura entre ella y el recuerdo de la noche que pasó a su lado. Es solo que… Fue como si su mente se disolviera. Como si se abriera de par en par y enmudeciera.

Sabe que no puede salir nada bueno de acercarse a alguien capaz de satisfacer una necesidad suya de un modo tan profundo.

Pero a veces Lili comete estupideces.

Lo de The Flower Shop de esa semana es un caos. Es viernes por la noche, y su cumpleaños. Gritos, voces y bebidas derramadas, sal debajo de las uñas, el zumo de lima pegajoso en el dorso de su mano. La burbuja de brillo y plenitud producto del alcohol se adueña de Lili temprano y con fuerza, difuminando la noche entre sonrisas, música alta y abrazos espontáneos. El bar está abarrotado de gente, de paredes forradas de madera, de bancos kitsch tapizados con estampado de flores, cuadros esperpénticos y baratijas de los setenta. Todos se apretujan en una misma mesa: sus amigos más íntimos de la universidad, unas cuantas modelos amigas de Jackie, los amigos de Amina que se dedican al arte, la publicidad y la moda y que ahora están haciendo sus pinitos en Gagosian, FSG y Helmut Lang, los antiguos compañeros de piso de Jamie de cuando iba a la universidad, que acaban de salir de currar de sus restaurantes y huelen a la mantequilla tostada y el tomillo fresco del servicio de cenas. Alguien se anima a cantar un «Cumpleaños feliz» y se le une todo el local, y Lili se sonroja, avergonzada y complacida a la vez. Se oyen vítores y gritos de «¡Feliz cumpleaños!» y ¿de dónde ha sacado Amina un kazoo? Jackie deja un montón de chupitos sobre la mesa y se oye el repiqueteo vacío de los vasos y se ve un destello de uñas naranja butano y este sí, este sí es un buen tequila. Los cócteles se acumulan en la mesa junto con las servilletas arrugadas y los móviles con baterías moribundas, y Lili se levanta de la mesa con paso inestable y sale envuelta en el ruido y la oscuridad, en el barboteo de las charlas, en el resplandor de la pulsera dorada con un nazar que Amina le acaba de regalar, que era de sus abuelos, que están en Irán. Se apretuja con sus amigas en el baño diminuto y le da un buen trago a la copa mientras echa un vistazo a sus contactos. «Inversor, no le escribas». La música rebota contra las paredes; Jackie les cuenta una anécdota reciente cortesía de una app de citas mientras intenta darle volumen a los rizos rojos y Amina comprueba que su raya del ojo esté bien afilada.

Solo necesita sacárselo de dentro. Eso es todo. Si no, las ganas se infectarán bajo la piel.

Le vibra el móvil. Es un mensaje en el grupo de su familia de acogida.

Jane Remnick. 23.47. Hola, Lili. Lo siento, pero no es buen momento para que vengas a visitarnos. Tenemos mucho trabajo.

Lili se queda mirando el mensaje. De repente, las risas de sus amigas parecen estar a un mundo de distancia.

Una respuesta plana. Ninguna mención a su cumpleaños.

Se agarra del lavabo frío.

Es como recibir un golpe: lo mucho que deseaba que dijeran que sí, lo fuerte que era el deseo de revisitar los lugares a los que había llamado hogar en el pasado y comprobar si todavía le resultaban reconfortantes. No solo Marin; también San Francisco. Lugares en los que había estado con sus padres, recuerdos de su infancia.

Se mira en el espejo sucio. Ve los rasgos de sus padres, atrapados entre su propio rostro y los recuerdos de ellos que se desdibujan: los ojos castaños de su madre y los pómulos de su padre; el miedo que se va acumulando, a medida que se acerca a un cumpleaños más, de que cada paso que da hacia el resto de su vida sea un paso que la separe más de ellos. De que un día todo esté demasiado lejos para ser recordado: las mañanas en su cocina diminuta, cómo cedía la piel de una naranja cuando su madre la pellizcaba con el pulgar y Lili se escondía, avergonzada, bajo su cálida melena negra para escucharla reír mientras hablaba por teléfono con los parientes de Beirut y su padre preparaba el desayuno: huevos escalfados en una shakshuka recién hecha; la luz de San Francisco que empezaba a despertar, disipando la niebla.

A mundos de distancia.

Lili se agarra con más fuerza del lavabo.

«Tienes que estar aquí —se dice—. Tienes que estar aquí».

Se siente a punto de estallar de dolor.

Si se aferra a ellos con más fuerza, si lo intenta con más ganas… Se quedarán con ella… No los perderá del todo.

Pero entonces, de inmediato, la ira contraataca con desesperación: «¿No me podrías haber contestado antes?», piensa. Después de haberse pasado días haciendo equilibrios mientras esperaba la respuesta de Jane, el derrumbamiento de la esperanza la hace sentir peor —tiene ganas de vomitar—; la sustituye una violencia repentina, ardiente. Quiere que todo desaparezca: la inclemencia con la que la asola la vergüenza —su afán hace que se alejen de ella, su insuficiencia no basta para merecerse atención verdadera—, la estupidez abrasadora de haberse permitido desear, de haberse atrevido a tener esperanza…

—¿Estás bien, cumpleañera? —Amina le da un golpecito en el hombro con afecto.

Lili levanta la vista, sobresaltada. Jackie la está mirando a través del espejo.

Ha dejado atrás esta pena en otros momentos; volverá a hacerlo. Se la va a tragar de una sola vez, antes de que se la trague a ella.

Les dedica una sonrisa afilada y radiante.

—Sí, todo bien. —Se termina la copa. El subidón del alcohol la asalta con fuerza. Le enseña las posibilidades—. ¡Vamos a bailar!

De vuelta en el bar, sigue bebiendo hasta sentirse plena, hasta que le cuesta pensar.