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Uno #4

Se ríe mientras trata de suavizar la situación, sea cual sea. Hay algo en su interior que vibra con frenesí.

La sombra de sonrisa que se atisbaba en los labios de él se torna sardónica.

—Es evidente. ¿Quieres un café? ¿Algo de comer?

—Ah, no, yo…

—Otro café solo —le pide Aleksandr al camarero que acaba de aparecer—. Y la tortilla, la tostada francesa y los huevos en cocotte. También los dos huevos benedictinos, y las mejores pastas recién hechas que tengas.

El camarero se marcha y Aleksandr se vuelve hacia ella.

—Bueno, Lili. —Sostiene su nombre en la lengua—. ¿Haces a menudo eso de salir corriendo después de follar?

La obscenidad de su acento (que es formal y cortante, con ciertas notas que denotan la aspereza del ruso; ha descubierto su historia los días siguientes a aquella noche a base de búsquedas en Google a regañadientes que terminan con ella cerrando el portátil de golpe) le resulta impía.

El camarero vuelve con el café. Aleksandr no aparta la vista; su discreta sonrisa no titubea.

Ella todavía tiene moratones en las caderas. Sombras en el cuello. Justo esa misma mañana ha acariciado las marcas con los dedos, decepcionada porque hayan empezado a desvanecerse.

Lili coge la taza de café caliente.

—¿No deberías estar trabajando? —pregunta—. Estamos en mitad de la semana.

Aleksandr enarca una ceja.

—Pueden pasar sin mí durante unas horas.

Esa mezcla de condescendencia y diversión debería enfurecerla. Sin embargo, lo que le apetece es tumbarse y abdicar toda su voluntad, verse forzada a dejarse ir, como hizo aquella noche.

Traga saliva con dificultad.

—La industria en la que trabajas es malvada, ¿lo sabes? —le espeta Lili, con palabras llenas de torpeza. Tiene muy presente que su aspecto no es el mismo que el de aquella noche. Se ha vuelto a poner el piercing en la nariz, lleva las uñas sucias de tierra porque la última semana ha hecho turnos extra en la granja, un moño despeinado y una falda corta con botas militares. Recurre a las contiendas intelectuales para imponer distancia, para apartarlo—. Ayudas a los que ya son asquerosamente ricos a hacerse más ricos. Lo único que haces es parapetar sistemas de opresión y desigualdad para beneficiar a las élites. Los multimillonarios ni siquiera deberían existir.

—¿Eso hago? —responde. Tiene los brazos apoyados en el respaldo del sillón y el traje le realza la anchura de los hombros. Se adueña del espacio, es como si él fuera el centro de ese condenado restaurante—. ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?

—Soy una tarotista, friganista y anarquista radical con una fuerte inclinación hacia el comunismo —responde con voz inexpresiva. Trata de no mirarle los dedos (ni la boca) mientras da un trago de café; trata de extinguir todo su deseo—. Creo que hay que acabar con los ricos y todo ese rollo. Ya sabes a qué me refiero.

—Pensaba que el anarquismo y el comunismo eran incompatibles —murmura.

Lili se queda de piedra.

—Pero tampoco tengo muy claro qué es lo que defiende la juventud últimamente —prosigue—. Cuando yo estudiaba la carrera todavía nos pasábamos La ideología alemana. Supongo que ahora está un poco desfasado.

—¿Dónde estudiaste? —pregunta ella antes de lograr contenerse.

—En Inglaterra. Y luego en Boston. —Se ajusta la manga y comprueba que tiene los gemelos bien colocados; una costumbre. Lili se clava las uñas en la palma de la mano—. No me has contestado. ¿A qué te dedicas en realidad?

—Ah. Ya. Estoy haciendo un máster.

—¿De qué?

—Economía —murmura.

Aleksandr sonríe como si la hubiera pillado.

—¿Y necesitabas que unos analistas de segundo año te explicaran cómo vender en corto? ¿Dónde estudias?

—En la Universidad de Columbia.

—Nada mal.

Se pone tensa por instinto, pero su tono de voz no parece en absoluto de mofa. Suena a que la está alabando.

«Aguanta, cariño. Muy bien, vamos, así, justo así…».

Da un trago de café caliente.

—¿Y qué tienes pensado hacer después? —le pregunta—. Eres amiga del hijo de Greene. ¿Banca de inversión?

—Lo dudo —replica Lili, irritada porque él sepa nada sobre ella, aunque solo sea de su amistad con James. Se pregunta qué más puede haber descubierto—. Me gustaría hacer algo que mejore el mundo de verdad, como trabajar en ACNUR, en el ECOSOC o en el Programa para el Desarrollo. Quizá pueda desmantelar la hegemonía del capitalismo occidental como agente infiltrada en el Banco Mundial o el FMI. Deshacer parte del daño que estás haciendo tú.

—Eres toda una santa.

Eso sí es mofa. Frunce el ceño y, cuando está a punto de contestar, le vibra el teléfono.

—Mierda. —Es Jackie—. Tengo que irme, llego tarde a ver una amiga… —Aleksandr se pone de pie cuando ella lo hace; él, con elegancia, ella, con torpeza—. Bueno… —dice, mirándolo—. Adiós, supongo.

Él le quita el móvil de la mano. Teclea un número de teléfono y luego el suyo vibra en el bolsillo del traje, lo saca, sonríe y le devuelve el suyo.

—Adiós, señorita Marwan.

Cuando Lili ha bajado media calle, mira atrás. Ha vuelto a levantar el periódico, pero la está mirando por encima del papel.

Aleksandr esboza una sonrisilla y ella se sonroja.