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Uno #3

Y esto… esto es justo lo que ella busca. La purga del sexo, lágrimas y máscara de pestañas en la almohada y los sonidos de sus súplicas, porque eso es lo que hace, como comprende de repente, bajo el peso incontestable que ejercen las manos de él sobre su cuerpo. Le está suplicando que le dé más con palabras apenas coherentes.

Siempre ha ansiado el sexo duro, pero esto es otra cosa. El asombro que se ha adueñado de ella —porque nunca nadie había sabido follársela así— enseguida se borra con otra ola distinta que lo anega, la del alivio de dejarse ir. Los miedos, el fracaso, las carencias; todo deja de estar en sus manos; por fin, por unos instantes, escapa a su control. Empieza a sentir que se pierde a sí misma, que esta es la liberación que siempre había imaginado y nunca había logrado alcanzar.

Agresividad en sus manos; un ritmo brutal: él le arranca un jadeo tras otro, la hace incluso gritar. A ella se le nubla la vista; se le nubla la mente. Las costuras que mantienen unidos sus pensamientos se deshacen, y lo único que quiere es más. La presión aumenta, el calor se le acumula dentro, y Lili baja la mano, llevando los dedos entre las sábanas y su piel…

Pero Aleksandr le aparta el brazo de golpe y se lo retuerce a la espalda.

—No te corras hasta que yo te lo diga —le ordena.

Se queda desolada solo de pensarlo y gime apretando los dientes.

—No, por favor, por favor…

Le agarra el pelo y tira de su cabeza hacia arriba para pegarla a él, apoyándola sobre su hombro.

—Y no me digas que no —le susurra al oído—. Aguantarás lo que yo quiera.

El calor ruge en su interior; sus palabras le han provocado el tipo de deseo que a menudo ha contenido, el tipo de deseo que siempre había enterrado y reprimido con los dientes apretados. Y, entonces, él la agarra del cuello y los músculos se le constriñen bajo la presión de sus manos. Traga saliva; le cuesta respirar.

Lili pone la mano sobre la de él y le aprieta la muñeca.

«Más —piensa—. Por favor, dame más».

—Más fuerte —susurra con la voz ronca—. Por favor, más fuerte.

Él gime con la boca pegada a su pelo y le aprieta más el cuello. El ritmo de sus caderas se acrecienta y ella se siente como si no fuese nada entre sus brazos. La penetra desde un ángulo nuevo con el que llega todavía más profundo y que hace que se le tensen aún más las caderas, que la presión que se acumula en la base de su espina dorsal esté cada vez más caliente, más dura, más oscura; es una sensación desgarradora e invasiva como el dolor, pero sabe dulce como el placer.

Unos puntos negros empiezan a nublarle la vista. Saborea el silencio que asoma en las fronteras de su mente. Por fin.

—Aguanta, cariño. Muy bien, vamos, así, justo así…

Lili no se da cuenta de que está gimoteando, de que tiene gritos ahogados de indefensión atorados en la garganta, hasta que no comprende sus palabras. Exhala un gemido de frustración porque su cuerpo sigue aferrado a su mente. «Más», piensa; quiere que la lleve aún más lejos. No quiere decidir, quiere que sus opciones se agoten, que la responsabilidad desaparezca.

Lili empuja hacia atrás, hacia él; empieza a tratar de alcanzarlo por sí misma, de atisbar ese momento limpio y oscuro en el que no haya nada; ese respiro que no acaba de llegar.

Y él se da cuenta. Comprende su avidez. Nadie la comprende nunca.

Con una mano, vuelve a empujarla con fuerza contra las sábanas sin soltarle el cuello con la otra. Le duele mucho; la violencia con la que la embiste con las caderas y el apremio del dolor, que se mezcla con el alivio que le da el placer. La mente se le abre y se le acalla.

La presión en su cuello, la restricción de su respiración y el pulgar de él en el punto donde le palpita el pulso. Su mundo se reduce a esas tres cosas, y las manos con las que se agarra a las sábanas, empapadas en sudor, empiezan a sufrir espasmos. Siente que ella no era nada antes de que él la obligara a esto, a bordear el llanto; no era nada antes de esta ola abrumadora, que rompe sobre ella cuando él llega lo más hondo posible, con la mano bien aferrada a su cuello; no era nada antes de la libertad aterradora de pensar que él podría llegar todavía más lejos, que podría recolocar la mano y poner todo su peso sobre su tráquea, que podría purgarlo todo hasta que no quedara de ella más que un aliento que se apaga…

El silencio cae sobre ella. Hay un estallido espectacular de calor que la arranca de sí misma.

Y, cuando la vista se le nubla del todo, se pregunta si él la soltará a tiempo.

La luz entra poco a poco.

Unas sábanas suaves y una habitación desconocida.

Se incorpora apoyándose en los codos y hace una mueca de dolor al mover las caderas y el cuello. Parpadea para que se le acostumbre la vista a la llegada de la mañana e intenta comprender dónde se encuentra.

Al otro lado de la habitación hay un periódico de color salmón debajo de una bandeja de desayuno. Zumo de naranja recién exprimido y café solo. La taza está humeante.

Nota un movimiento en la cama, a su lado. Una forma corpulenta se cuela en su campo de visión: unas sábanas arrugadas, una espalda, una vasta expansión de piel, pelo oscuro y alborotado…

Oh, mierda.

Lili sale de la cama con sigilo, coge su vestido y sus zapatos, se bebe un vaso de agua en la cocina, que, francamente, es tan fastuosa que le resulta ofensiva, y sale a hurtadillas del loft.

Convoca una reunión de emergencia en Domino Park.

—¿Qué sabes sobre él?

James se regodea dando un largo trago a su café con hielo.

—Bueno, antes trabajaba con mi padre, cuando estaban en Goldman. Empezaron en Londres. Más adelante, después de algunas disputas por la sucesión, se fue a BlackRiver, lo que creo que mi padre nunca le ha perdonado del todo. Le dijo que lo de BlackRiver nunca llegaría a nada y mira en qué se ha convertido: el banco en la sombra más grande del mundo, el gestor de activos más importante a nivel global… Bueno, el caso es que trabajó en las oficinas de Hong Kong durante un tiempo. Espera, ¿o fue Shanghái? Fuera como fuese, lideró su expansión Asia-Pacífico, llevó a cabo un volumen considerable de operaciones de fusiones y adquisiciones y, además, lo eligieron para la integración de la operación en Europa, Oriente Medio y África antes de volver aquí, a la sede, durante la recesión. No sé cómo, pero se las arregló para que la Reserva Federal le adjudicara a BlackRiver la gestión del rescate al completo, con todos los activos tóxicos, a puerta cerrada, sin que hubiera ningún proceso de licitación competitivo. Mi padre estaba furioso. Y ahora está al mando de todo. Es un puto genio en gestión de riesgos, ha conseguido acumular una cantidad increíble de activos de gestión para la firma y…

—En cristiano, Jamie —le interrumpe Jackie.

—Es un pez gordo —concluye—. Aleksandr Petrov. Gordísimo, en serio.

—¿Es ruso? —pregunta Jackie.

—Sí, pero no mucho. A ver, la Reserva Federal no trabajaría con BlackRiver tan a menudo si no estuviera limpio. Hubo mucha polémica sobre su pasado hace unos meses en el Wall Street Journal, cuando estalló la guerra en Ucrania, pero resultó que había renunciado a su nacionalidad en los noventa. Cuando se fue de Rusia, antes de cumplir los veinte, rompió todos sus lazos con el país. Y no es de dominio público, pero he oído a mi padre despotricar por lo bajo sobre el tema, supongo que resentido por el capital político que le brinda: ha contribuido bastante a las labores de ayuda. Kiev ha recurrido a BlackRiver para que ponga en marcha un banco para la reconstrucción posconflicto, cosas así.

—¿Se fue antes o después del colapso de la Unión Soviética?

—Antes, creo.

—¿Por qué se fue?

James se encoge de hombros.

—No lo sé muy bien. Porque el antiguo orden mundial se estaba desmoronando, porque empezaba una nueva era, porque la superioridad moral del capitalismo iba a prevalecer… A saber. Si tienes tanta curiosidad, conozco a varios tipos que trabajan en relaciones con inversores que seguro que tienen información sobre él.

—No —contesta ella demasiado rápido—. No, no hace falta.

Amina sonríe y se tumba en el césped.

—¿Tan bueno es en la cama?

Lili la fulmina con la mirada.

En realidad, ha sido una estupidez. Mira que pensar que podría olvidarse de todo, de ese «arrodíllate», de la fuerza con la que le apretaba el cuello… Del maravilloso subidón de dejarse ir, del alivio del silencio…

Después de dejar su Citi Bike en Mercer, corre por Spring hacia la dirección que le ha dado Jackie implorándole que le lleve los tacones que se ha olvidado en casa (9.34 - Por favor, Lili, te lo ruego. 9.34 - Es que te pilla de paso. 9.34 - Por favor, sacaré la basura orgánica toda la semana, TE LO PROMETO) antes de ir al campus, que está en la parte alta de la ciudad. Esquiva a los turistas que salen de los teatros de Broadway agarrada a la bolsa de tela en la que lleva los zapatos de Jackie. Llega tarde.

—Lili.

Una voz conocida. Es como el otoño, como la riqueza. Una mezcla cálida y compleja de risas graves, librerías viejas y gruesas esposas…

—Oh. Hola.

En un sillón junto a la ventana abierta de Balthazar, está él.

—Siéntate conmigo, por favor —la invita Aleksandr mientras dobla su periódico.

Lo deja sobre la mesa junto a una taza medio vacía de café. Su mirada, directa e interesada, la hace sonrojar.

Lili se queda allí plantada. No debería.

Aleksandr señala con la cabeza el asiento vacío que tiene enfrente.

Cinco minutos. Puede quedarse cinco minutos.

Entra en el restaurante.

Es demasiado fastuoso e intenso para desayunar. Tiene asientos de cuero rojo, paredes descoloridas de color azafrán, espejos deslustrados y techos altos de hojalata, pero lo que los camareros llevan y traen a su alrededor son desayunos, huevos benedictinos y bloody maries. Lili se sienta en el sillón.

—¿La gente come aquí de verdad? —pregunta.