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Uno #2

Otra carcajada de voz grave. El hielo repiquetea contra el cristal. Se le tensan las entrañas.

—Mejor así. En cualquier caso, no creo que quisieras irte con alguien que vive en un estudio de veinte metros cuadrados en Murray Hill. Deja que te invite a una copa.

—Solo una —accede ella, forzándose a que su voz desprenda un tono de severa advertencia. No sabe si va dirigida a él o a sí misma—. ¿Vas a intentar explicarme lo que significa vender en corto?

Él sonríe. Sus dientes relucen bajo la tenue luz.

—Solo si me lo pides por favor.

No es solo una copa.

Porque Aleksandr (ese es su nombre, y lo pronuncia con una voz que, por un instante, adquiere un tono más grave, un tono más duro, más rico, con un matiz distinto escondido bajo la elegancia de Oxford, continental, del este, con reminiscencias a iconos dorados) no se muestra horrorizado ni incómodo cuando ella empieza a despotricar sobre cómo el EBITDA permite que empresas no viables financiadas con capital de riesgo sigan explotando a la clase trabajadora prometiendo a los miembros de los consejos de Sand Hill Road (blancos todos ellos) que tienen potencial de crecimiento a largo plazo, aunque este se aplace una vez tras otra, ni cuando insulta a las empresas de capital de inversión, que son saqueadores corporativos con pretensiones que están desangrando a los Estados Unidos junto a los consultores de gestión, ni cuando arremete contra la repugnante hipocresía de los fondos de cobertura que gestionan las pensiones de los profesores y los bomberos.

En lugar de eso, sonríe, adoptando una expresión que coquetea con la ironía (y sí, también con la condescendencia, pero Lili supone que es mayor que ella, aunque no está segura de cuánto; tal vez una década, tal vez más), y da tanto como recibe. La provoca por su vehemencia respecto al impacto negativo de las inversiones de multinacionales en los países en vías de desarrollo («Por Dios, lo de “tercer mundo” ya no se dice —le corrige ella—. No estamos en la Guerra Fría. ¿Cuántos años tienes, cuarenta?»), sobre si la inestabilidad es o no inherente al modelo Harrod-Domar («Pues claro que te encanta la economía neoclásica —gruñe ella—. Seguro que también crees que el mercado se regula solo») y sobre si realmente se puede culpar al neoliberalismo de la ayuda extranjera de los vacíos de poder en Oriente Medio.

Mientras el calor y la pesadez del alcohol se filtran en su organismo, Lili saca su móvil y le pregunta cuándo y dónde nació. El 3 de enero de 1977, a la una y cuarenta y tres de la madrugada, en Leningrado. Canales congelados, pieles de mandarina tiradas en la nieve, las plazas vacías; pestañas manchadas de copos de nieve, servicios mínimos en el hospital y días libres para año nuevo. Cuando saca su carta astral, no se ríe con desprecio ni le pregunta: «No crees en esa mierda de verdad, ¿no?».

En lugar de eso, se inclina hacia delate y la escucha mientras ella va clicando en las distintas casas.

—Capricornio. Tiene sentido. Pero, madre mía, ¿ascendente en Aries, en serio?

—¿Cómo que aries? Acabas de decirme que soy capricornio.

—Todos tenemos varios signos, obviamente. No te enteras.

—Vale, ¿qué viene ahora?

—Pues… Tienes la luna en Escorpio. Vaya. Qué mala suerte.

—¿Disculpa?

—O sea, es que ni siquiera se toca con las otras casas…

El peso de su atención es embriagador. La escucha con interés, rebate sus argumentos, enarca una ceja cuando lleva sus tesis demasiado lejos. Que nunca la interrumpa se le antoja, de algún modo, exuberante.

En una o dos ocasiones, Lili lo pilla mirándole la boca, tan fugazmente que se le habría podido pasar por alto. Se descubre deseando que su mirada se detenga ahí unos segundos más. El bar está abarrotado y ella tiene el cuerpo inclinado hacia él, lo bastante cerca para saborear su colonia, una mezcla de noches frías y ámbar caliente que se combina con la delicada quemazón que le deja el alcohol en la lengua. Le mira la boca y los dientes blancos mientras él dice algo sobre el neocolonialismo económico y…

—¿Quieres venirte a casa conmigo? —La voz de él se impone sobre el ruido que los rodea.

Lili sonríe sin poder evitarlo. Manda un mensaje a sus amigos para avisarlos. Él tiene un coche esperándole fuera.

Ella esperaba que la tocase ya en el coche, pero no lo hace. Es un poco absurdo. Ha accedido a ir con él a casa, ¿no? Una noche; sexo fácil. Quizá incluso consiga que sea un poco brusco con ella. Mientras trata de prestar atención a sus reflexiones sobre Von Mises y acerca de restringir la intervención gubernamental, se le tensan los dedos por la necesidad contenida de tocarle, de ir hacia él a cuatro patas y subírsele a horcajadas en las piernas, de imaginarse la aspereza de su barba contra la palma de sus manos.

Que el conductor se detenga en Tribeca, en una calle oscura y silenciosa, la coge desprevenida. Frunce el ceño y mira el edificio, distraída por un instante del sexo que le nubla los pensamientos. Una fachada impresionante de arquitectura en hierro. No se esperaba que un hombre como él viviera ahí, en uno de esos edificios reconvertidos que antes eran fábricas o almacenes. En el centro, en un lugar con una entrada anodina que fácilmente podría confundirse con la puerta del servicio o con la de una de las galerías de arte de las plantas bajas; con un vestíbulo estrecho, oscuro y discreto y un portero con pinta de estar contratado por una empresa de seguridad.

En el ascensor (son cinco pisos y él pulsa el botón del tercero), ella se apoya en la pared opuesta a él, envalentonada y audaz por gracia del alcohol.

—¿No tenías efectivo suficiente para comprar el ático? —lo provoca.

—No, el resto del edificio son viviendas sociales.

Ella le fulmina con la mirada.

—Qué gracioso.

Él sonríe.

—No te imaginas las ventajas fiscales.

Las puertas se abren con un pitido suave y discreto que apesta a riqueza.

—¿Es tuyo?

—Sí.

Lili da un paso adelante y gira sobre sí misma poco a poco para contemplar el loft. Observa los techos, los altos ventanales y las vistas de las estrechas calles de Tribeca por la noche. Al otro lado de la estancia hay un cuadro enorme que preside la pared, un lienzo beige con hendiduras de colores oscuros y trazos bruscos con detalles en rojos, naranjas, blancos y azules. Un caos ordenado que se acerca al grafiti, violento, como Leda y el cisne o La caída de Hiperión de Twombly.

—¿Te sorprende? —le pregunta él.

—Supongo que sí. Te hacía más en la esquina de la 81 con la Quinta Avenida. Ya sabes, de ir a correr por el Embalse, trajes Brioni a medida, de almorzar en San Pietro…

—Qué imagen tan vívida.

—Calla, estaba pintando un retrato —replica ella, señalándolo con dedo acusador. Él sonríe—. Una casa en Bridgehampton, niños en Dalton…

—No estoy casado.

Lili no entiende por qué esa afirmación le hace un nudo en el estómago.

—¿Tienes algo de beber? —le pregunta.

De repente, está nerviosa. Se da la vuelta, buscando el mueble bar, pero lo hace demasiado rápido y pierde el equilibrio, y ve cómo la alfombra cara y los suelos de parquet se acercan a su rostro de forma acelerada.

Unos brazos la cogen a tiempo. Una mano descansa donde su cuello se encuentra con su hombro.

—No necesitas otra copa, cariño.

Un estremecimiento se origina en la base de su espalda. Su voz, severa y reconfortante, es como una caricia en el pelo; es, no sabe cómo, a la vez tranquilizadora y amenazante. La empuja a apoyarse en él, y entonces gira la mano y le roza la tráquea con el pulgar.

Lile pone unos ojos como platos. Aleksandr enarca una ceja.

—¿No? —murmura, acariciándole los labios con su aliento.

Y ella se lanza a besarlo con tanta fuerza que se tambalea.

Un vestido arrancado de los hombros; alguien inhala aire con brusquedad, y no es ella (recuerda vagamente que no se ha puesto sujetador). Una camisa desabrochada con frenesí, zapatos lanzados quién sabe dónde, una cama demasiado grande y unas sábanas demasiado suaves. Ella le araña la cabeza con las uñas y él, casi rugiendo, la empuja contra el colchón. Le baja las bragas por los muslos y las deja colgadas de un tobillo; demasiada impaciencia para quitarlas del todo. El calor de su boca en la base de su cuello, luego en sus pechos, caliente, exigente. La palma de su mano en la cara interna de sus muslos; un destello frío la informa de que lleva un anillo puesto justo antes de que él deslice dos dedos en su interior. Una dilatación repentina que debería resultarle dolorosa, pero no lo es, porque está mojada, mojada de cojones, y él no para, inmovilizándola contra la mano. Busca la hebilla de su cinturón y nota lo dura que la tiene a través de la tela y…

De repente, deja de notar su peso. El aire y el vacío la asaltan, la desestabilizan.

—Arrodíllate.

De inmediato, sin pensarlo del todo, sin contemplar siquiera la posibilidad de negarse, le obedece. Y, cuando sus manos y sus rodillas apenas se han encontrado con el colchón, él ya está tras ella y un miembro ardiente la penetra de repente, sin avisar.

—¡Oh! —Lili cae sobre sus codos, llena, con la carne tirante.

Respira en jadeos cortos, se agarra de las sábanas con tanta fuerza que se le ponen los nudillos blancos. Es demasiado, casi en el mal sentido.

—Chis —murmura él, poniéndole una mano en la nuca. Le acaricia los relieves de las vértebras y los delicados huesos de la espina dorsal. Son caricias reconfortantes, totalmente discordantes con cómo se la está follando: mueve las caderas despacio, persuadiéndola de hundirse más y más contra las sábanas, de relajarse un poquito más. Y entonces la embiste de nuevo con fuerza y ella tiembla—. Tengo que darte un poco de sí… —dice, y el gemido que le arranca es casi animal.

Le deja la mente en blanco; se la expurga de un plumazo. Solo le queda el cuerpo, lleno de sensaciones y de él, que se la folla en su cama como si no mereciera caminar, como si quisiera asfixiarla contra las sábanas.