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Uno
Apalancamiento
—Vístete —le ordena Jackie desde el umbral de la puerta de su cuarto—. Vamos a salir.
Lili mira la hora en la pantalla de su ordenador.
Su compañera de piso se da cuenta y gime a modo de protesta.
—Vamos, no son ni las nueve. Hace días que no te vemos, y sin ti nunca nos divertimos.
Lili se toquetea el séptum mientras calcula las horas de trabajo productivo que le quedan esa noche.
—Kerr quiere que le entregue el borrador dentro de poco.
Le duele negarse. Quiere salir; desea fervientemente notar la vieja sensación de libertad y las emociones que le regalaría una noche de fiesta: el verano en la ciudad, el escozor del mezcal, el humo de los cigarrillos en las aceras llenas de gente, las risas cómplices con sus amigos, el alivio de haberse librado de sus responsabilidades durante unas horas… Quiere alejarse del trabajo, guardar el móvil que no hace más que mirar (todavía no hay respuesta). Le gustaría respirar hondo, apartar el incansable resquemor de la ambición y la insuficiencia, que la reconcomen mientras escribe, y la tensión del esfuerzo constante. Pero está a punto. Un vistazo más y habrá terminado: el primer borrador completo de su tesis, listo para que lo revise su tutor. Y, por unos instantes, el suelo estará firme bajo sus pies.
Jackie no se rinde.
—¡Vamos! —insiste. Todavía lleva el maquillaje del trabajo, una sesión de fotos para una marca de ropa. Se acaba de lavar la melena de color rojo intenso y está preciosa. Lili oye a su amiga Amina, que está detrás de ella, hablando por teléfono, y el repiqueteo de sus zapatos de tacón mientras se pasea por su diminuta cocina, típica de Williamsburg—. Podemos salir, tomar algo, bailar y estar en casa antes de medianoche.
Lile resopla mientras juguetea con su teléfono.
—¿Cuándo has llegado tú a casa antes de medianoche?
—Mira quién habla…
—Una hora —implora Amina, uniéndose a la conversación. Tiene las manos manchadas de pintura al óleo seca de color burdeos oscuro. Lili se pregunta en qué cuadro habrá estado trabajando hoy—. Una hora, por favor. Tómatelo como una intervención. Por Dios, ¡te echamos de menos!
—Dile que me estoy muriendo —dice una voz masculina e insistente que se oye lejana, en el teléfono de Amina—. Dile que es terminal.
Lili pone los ojos en blanco. Es James, uno de sus mejores amigos desde que lo conoció en la universidad y también el novio de Amina.
—Jamie, quieres que salga por el Distrito Financiero —replica Lili lo bastante alto para que la oiga—. Estamos casi en junio, estará lleno de becarios de finanzas.
—¿A mí me lo vas a decir? Me voy a pasar toda la noche en la oficina haciéndoles de niñera. ¿Te has enterado de lo de ese analista de Goldman que ha muerto por exceso de trabajo? Ese voy a ser yo, a no ser que me tome un respiro de una hora con alcohol y chicas guapas…
—Cuidadito —le advierte Amina.
—¿No sería esto tu praxis socialista? —la chincha Jackie—. ¿Rechazar la preponderancia del trabajo sobre el ocio?
Lili se echa a reír y niega con la cabeza.
—Salid, divertíos. La semana que viene me apunto, lo prometo.
Amina suspira.
—Vale —accede, y le da un beso rápido a Lili en la frente—. Pero que sepas que voy a beber por las dos.
—¿Y si esta noche conozco a mi marido? —protesta Jackie—. ¿Y si el día que lo conozco es hoy y tú no estás ahí para verlo?
Lili reprime una sonrisa.
—Te lo digo con todo el cariño del mundo, pero dudo mucho que pase eso.
Le vibra el teléfono. Lo coge, presa de un alivio abrumador, pero solo es una notificación del chat de grupo con el resto de sus amigos. Se le cae el alma a los pies.
Oye a Jackie parlotear en el pasillo mientras coge las llaves y Amina mira los precios de Uber.
Mientras se mordisquea un padrastro, abre el mensaje que le ha mandado a sus padres de acogida esa mañana.
10.37 - ¡Hola! Espero que estéis bien. Si os parece bien, estaba pensando en ir una semana a casa a visitaros este verano.
No hay nada más. No le han contestado.
Siente una llamarada de vergüenza que le trepa por la garganta. Casi nunca les escribe; intenta con todas sus fuerzas no ser una carga.
Mira a su alrededor. Montones de libros con las esquinas dobladas en las páginas que le interesan; su pequeña maleta asomando del armario, por si acaso iba de visita a Marin por primera vez en años; borradores desordenados de la tesis en el escritorio, tazas de café frío, la cesta de la ropa sucia medio llena, un mono de trabajo manchado tras su jornada matinal en la granja junto al East River; el alféizar de la ventana desbordado de plantas, restos de incienso, la notita pegada a toda prisa en el calendario recordándole que saque dinero del banco —del seguro de vida de sus padres, un dinero que raciona con mucho cuidado y que le cuesta horrores usar— para el alquiler, porque sus ahorros empiezan a escasear y así seguirán hasta que su trabajo como profesora asistente vuelva a empezar en otoño.
La puerta del piso se abre con un chirrido de las bisagras. Jackie se ríe de algo que ha dicho Amina.
De repente, Lili siente una inconfundible punzada de dolor: qué rápido olvidaron su presencia sus padres adoptivos; qué rápido superan su ausencia sus amigas.
Pero, aunque no la necesiten, al menos esta noche puede sentirse deseada.
Lili cierra el ordenador de golpe.
—¡Esperad! —grita—. Que le den, voy con vosotras.
—Sí, sí, mi película preferida es El lobo de Wall Street… Me parece un retrato crudo y fidedigno de… Scorsese desnuda verdaderamente el alma americana, ¿sabes?
Lili hace una mueca y se termina la copa.
Si tiene que empezar su noche de viernes escuchando a unos analistas de segundo año haciéndole mansplaining sobre derivados financieros y opciones de trading, está en su derecho de desplumarlos a base de cócteles a precios astronómicos, y considerarlo justicia retributiva en nombre del proletariado por la crisis de las hipotecas subprime y la discriminación crediticia.
El bar está a reventar con sus clientes habituales. Chalecos Patagonia con el logo de la marca, cubatas de vodka, relojes Hublot demasiado brillantes y «Tengo una reserva en Tao para luego, ¿por qué no te vienes conmigo?».
Mientras Amina entretenía a su Uber, antes de salir, Lili se ha puesto un vestidito negro de seda holgada que encontró el mes pasado en una tienda de segunda mano, se ha quitado el séptum y se ha calzado unos zapatos de tacón con tiras. «No puedes ponerte las botas militares —ha protestado Jackie—. Vas a asustar a esos pobres chicos».
Ahora, sus amigas están perdidas entre la clientela del bar abarrotado. Ella se ha acercado a la barra a pedir otra copa, y, como preveía, se ha encontrado a varios hombres dispuestos a invitarla.
—Vender en corto es todo un arte. Ponderar la información adecuada, el apalancamiento adecuado… —Es el chico rubio del grupo de analistas que se ha reunido a su alrededor. ¿Charlie? ¿Cristopher?
—Vaya —contesta Lili arrugando la nariz—. Pero ¿cómo funciona? ¿También se puede vender en largo? —Añade una risita para darle énfasis.
Una chica tonta, una cabeza hueca, ningún máster en economía en el horizonte. Casi le da vergüenza lo fácil que le resulta acariciarles el ego o morderse el labio cuando le explican un concepto particularmente difícil.
—En realidad, sí. No es fácil de entender, tiene su truco —interviene uno de los más altos. ¿John? ¿Josh?—. Básicamente, si te pido prestadas unas manzanas por un euro y luego se las vendo a Matt…
Mientras la entretiene con una explicación digna de niños de preescolar, ella echa un vistazo a su móvil. Un ratito más, hasta que James vuelva al trabajo. Entonces podrán escapar de este tropel de financieros y reunirse con el resto de sus amigos.
Esta noche le gustaría que la follaran. Es lo que piensa mientras otea el bar.
Le gustaría que la forzaran a entrar en su cuerpo y salir de su mente. Le gustaría resistirse, que la inmovilizaran hasta que el murmullo implacable de sus pensamientos se apagase. Hasta acallar el mensaje sin respuesta, la tesis, el horizonte tras su graduación, cada vez más cercano e igual de incierto, el regreso implacable de la inestabilidad y la incertidumbre, como le pasa siempre. Quiere que todo se detenga por unos instantes; quiere ese silencio que le deja espacio para respirar. Sin embargo, sabe que, probablemente, lo que encuentre esta noche solo la decepcione.
Al ver que el chico lleva unos segundos sin hablar, Lili arruga el rostro en un ensayado puchero de confusión.
—Pero ¿cómo sabes que el precio de las acciones va a bajar?
Tras ella, oye un resoplido cercano a la carcajada. Frunce el ceño y se vuelve con brusquedad.
—¿Hay algún problema? —le pregunta al hombre que está en la barra, detrás de ella.
Joder.
Es… guapísimo.
Es alto, de espalda ancha y aspecto ágil, con el pelo negro y grueso y rasgos patricios: pómulos altos y una nariz recta y elegante. Tiene la mandíbula marcada, barba bien recortada y los labios curvados en una sombra de sonrisa. Los ojos son oscuros e inteligentes. Viste un traje negro, sin corbata, con el cuello de la camisa planchado y almidonado. Los primeros botones están desabrochados.
—El numerito de «explícame lo que es vender en corto» está un poco visto, ¿no te parece?
Acento británico. Sílabas claras y educadas. Una pizca de calidez; debajo, una refinada aspereza.
—No sé muy bien a qué te refieres —le espeta Lili.
El bar está abarrotado, pero cuando el hombre le hace un gesto al camarero (Lili ve el destello de unos gemelos), este acude al instante.
—Ya estaba visto en mis tiempos, pero me alegra ver que sigue siendo rentable. Coñac, con hielo —le ordena al camarero.
—Ya. ¿Has terminado? —replica ella.
Se vuelve hacia los analistas solo para descubrir que se han marchado. Se han escabullido entre la multitud. Uno de ellos le lanza una mirada furtiva; no a ella, sino al hombre de su lado.
Frunce el ceño.