Gabriela TP, Capítulo XII (Gabriela, Torbellino de Pasiones nº 12) 6
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En ese preciso instante, el mundo de don Carlos Bernabé se detuvo y luego se inclinó peligrosamente sobre su eje.

Apenas la puerta se abrió, el impacto visual fue tan brutal que el viejo sintió como si le hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago.

Sus ojos, acostumbrados a verla de lejos o con ropa de calle, o casual, se abrieron desmesuradamente, recorriéndola de pies a cabeza con una voracidad que apenas pudo disimular.

O sea, si antes la encontraba deliciosa con lo que tuviera puesto, incluyendo ese día que la vio con el minivestido negro en la fiesta del condominio, esta vez, con el aliciente de que se había arreglado así para él, encontró que se veía diez veces más potente,

incluso más que en esas fotos que tenía donde ella aparecía cogiendo con el soldador sobre la mesa de la cocina.

La vio envuelta en ese delicioso vestido color durazno que parecía pintado sobre su piel.

Sus pupilas se dilataron al registrar cómo la tela de algodón abrazaba esos senos firmes que subían y bajaban suavemente con su respiración, marcando los pezones con una insolencia que le secó la garganta al instante.

Su mirada bajó, trazando la curva de esa cintura de avispa y estrellándose contra la magnificencia de sus caderotas, anchas y redondas, que el vestido moldeaba como si fueran una ofrenda sagrada.

Físicamente, la reacción de ese pobre hombre fue inmediata y dolorosa.

Una oleada de sangre caliente le bajó de golpe a la entrepierna, endureciendo su miembro, el que ya traía semi erecto, en cuestión de segundos hasta convertirlo en una barra de hierro que palpitaba furiosa contra la tela de sus pantalones de domingo.

Tuvo que apretar los muslos y encorvarse levemente, usando la posición de "viejo humilde" para ocultar la erección grotesca que amenazaba con delatarlo.

El corazón le martilleaba en los oídos como el bombo mayor de una banda de guerra.

El aroma que emanaba de ella —una mezcla de perfume floral, limpieza, y esa esencia natural de hembra— se le metió por la nariz, embriagándolo más que el alcohol más fuerte.

Sintió un sudor frío perlarle la frente y las manos le temblaron, obligándolo a esconderlas en los bolsillos para no lanzarse sobre ella y arrancarle ese vestido a dentelladas.

Emocionalmente, fue una mezcla de triunfo y tortura.

«¡Dios santo! ¡Esta puta lo hizo para mí! —gritó su mente enferma de deseo—. ¡Se puso así de rica para mí! ¡Quiere que la vea! ¡Quiere que sienta ganas de cogérmela!»

Don Carlos Bernabé se sintió poderoso, validado en su plan maquiavélico, pero al mismo tiempo, se sintió un esclavo absoluto de esa carne dorada que tenía a medio metro de distancia.

—Usted… Usted siempre tan amable, Gabita —logró balbucear con la voz estrangulada, tragando saliva espesa y desviando la mirada hacia el suelo para no perder el control—. Y… Y qué hermosa se ve hoy, si me permite el atrevimiento. Parece una… una reina.

El viejo entró, poniendo rostro de cordero degollado, con los ojos brillando al verla tan arreglada, oliendo su perfume dulce que se mezclaba con el aroma a limpio de la casa, pero por dentro, aullaba como un lobo hambriento frente a una oveja servida en bandeja de plata.

—Pase a la sala, don Carlos, póngase cómodo en el sofá —le indicó Gabriela con un gesto amable—. Yo traigo las cosas en un momento.

Don Carlos avanzó con paso reverente sobre la alfombra mullida y se sentó en uno de los extremos del sofá, con las manos sobre las rodillas como un niño bueno en visita oficial.

Desde allí, su posición era estratégica.

Mientras Gabriela iba y venía de la cocina a la sala con la bandeja, el viejo la devoraba con la mirada.

La veía inclinarse para dejar las tazas sobre la mesa de centro, un movimiento que tensaba la tela de su vestido sobre sus nalgas redondas y perfectas, haciendo que la falda subiera unos centímetros reveladores.

Observaba cómo sus manos delicadas acomodaban las servilletas y el plato de galletas, cómo su cabello rubio caía sobre su rostro y ella lo apartaba con un gesto de coquetería inconsciente que le erizaba la piel.

Le costaba creer, viéndola así, tan fina, tan etérea, que esa misma mujer ya estuviera abriéndole las piernas al bruto del soldador de la cuadra.

La imagen de don Braulio encima de esa diosa doméstica le provocó una punzada de envidia ácida, pero no se amilanó.

Al contrario, recobró la compostura apretando los dientes: «Si el soldador pudo, yo también puedo. Pero yo seré más listo. Pues después de todo, él ahora está en su taller y yo estoy aquí, listo para tomar el té con ella —se dijo, reflejando un brillo malicioso en los ojos.»

Entonces, don Carlos Bernabé carraspeó, adoptando su tono de preocupación vecinal, lanzando el anzuelo para medir el terreno mientras ella terminaba de servir.

—Oiga, Gabita. Perdone la pregunta, pero… ¿No estaré molestando? Digo, por la hora. Don César debe estar por llegar del trabajo, ¿no? No quisiera que me encontrara aquí y pensara que estoy abusando de su confianza.

Gabriela se giró hacia él con la cafetera en la mano y una sonrisa despreocupada en los labios, ajena al impacto que sus palabras estaban a punto de tener.

—Ay, no se preocupe por eso, don Carlos —dijo con total naturalidad, dejando la cafetera en la bandeja—. César no va a llegar ahora. Esta semana le tocó cambio de turno en la planta.

El viejo contuvo la respiración, sintiendo que el corazón le martilleaba contra las costillas.

—¿Ah, sí? —preguntó, con la voz un hilo—. ¿Y… como a qué hora va a llegar entonces?

Gabriela se sentó en el sillón individual frente a él, cruzando las piernas con elegancia y regalándole, sin querer, una vista privilegiada de sus rodillas y el inicio de sus muslos torneados bajo el vestido color durazno.

—Sale tarde, tipo once. No llega hasta cerca de la medianoche. Así que tenemos tiempo de sobra para tomarnos un café, o un té, tranquilos y conversar. Estamos solos. Y en el caso que llegara antes no se enojaría… Usted le cae muy bien a él.

Y era verdad, a Cesar no le caía mal don Carlos Bernabé, y si llegara a su casa, encontrando a su mujer tomando el té con él, no se enojaría y se uniría a ellos.

Sin embargo, para el viejo barrendero, la frase "Estamos solos. Y si llegara no se enojaría… Usted le cae muy bien a él…"

resonó en su mente como un fuerte gong de victoria.

Miró el reloj de pared: eran apenas las cinco de la tarde.

Tenía seis horas. Seis horas completas sin el marido, dentro de la casa, con ella arreglada y oliendo a flores, y él sentado en su sofá como un invitado de honor.

Una sonrisa lenta y maliciosa intentó asomar en su rostro, pero la reprimió rápidamente, sustituyéndola por una expresión de alivio servicial.

Sin embargo, en un momento que la rubia se distrajo, con una de sus manos se apretó la verga con fuerza para disfrutar en algo de toda esa belleza que tenía ante los ojos, diciéndose que la puerta a la cama de esa rubia no solo estaba entreabierta para él; que su marido no iba a llegar hasta tarde;

que su amante soldador debería estar inmerso en su mundo de fierros y soldaduras; y para colmo esa deliciosa hembra acababa de decirle que tenía todo el tiempo del mundo.

Gabriela, por supuesto, no tenía ninguna intención oculta más allá de la gratitud y la necesidad imperiosa de desahogarse.

Para ella, don Carlos se había convertido en una especie de confesor laico, un abuelo moderno y comprensivo que no la juzgaba.

Estaba totalmente olvidada de que ese mismo hombre, grosero y ordinario, hace un poco más de un mes la había chantajeado para intentar cogérsela.

—Ay, don Carlos —suspiró ella, tomando su taza con ambas manos y mirando el vapor que subía—.

Usted no sabe lo difícil que es. A veces siento que voy a explotar.

Don Braulio… Él es tan intenso, tan… demandante.

Y yo quiero estar con él, de verdad que sí, pero entre el miedo a que César se entere y la vigilancia de mi suegra, apenas podemos robarnos unos minutos.

El viejo barrendero asentía con gravedad, sorbiendo su té ruidosamente para ganar tiempo y disimular cómo sus ojos se desviaban una y otra vez hacia el escote de Gabriela cada vez que ella se inclinaba hacia adelante para enfatizar su angustia.

—Lo entiendo, Gabita, lo entiendo perfectamente —dijo él, con voz pastosa—.

El amor prohibido es como el fuego: si no se le da aire, se apaga o explota.

Y esa suegra suya… ¡Ja! Esa vieja es como un halcón.

Pero no se preocupe, que para eso estoy yo.

Mientras yo esté atento barriendo las veredas de esta cuadra, usted tendrá sus momentos de libertad.

—Gracias, de verdad.

Gabriela, tras contestar, le sonrió con dulzura, y luego, buscando mayor comodidad, se movió del sillón individual al sofá grande, sentándose en el extremo opuesto al de don Carlos.

Mantuvo una distancia prudente, no por miedo, sino por costumbre, subiendo las piernas al sofá, dobladitas, así como de lado, abrazándose a uno de los cojines, lo que hizo que el vestido se recogiera peligrosamente, dejando sus muslos expuestos casi hasta donde la decencia permitía.

Don Carlos tuvo que morderse la lengua para no gemir. Tenía las piernas de la mujer de sus sueños a medio metro de su mano arrugada. Podía ver la textura suave de su piel, la de esos muslos brillosos, sus pantorrillas, y la forma perfecta en la que sus músculos se tensaban.

—Es que… con don Braulio siento cosas que… —Gabriela bajó la voz, ruborizándose—. Cosas que nunca creí sentir. Es una locura, don Carlos. Pero también amo a Cesar, eh —terminaba recalcándole.

—El corazón no manda, rubia. Y el cuerpo menos —respondió don Carlos, haciéndose el filósofo mientras imaginaba esas mismas piernas enredadas en su cintura—. Usted solo déjese llevar. Yo me encargo del resto.

La conversación sobre el soldador, Cesar, y amores compartidos, se fue apagando poco a poco, dejando un silencio cómodo en la sala. Gabriela, sintiéndose en confianza, tomó el control remoto de la mesa de centro.

—¿Le molesta si pongo la tele un ratito? —preguntó—. Es que a esta hora dan "Pasión Oculta", la teleserie que sigo, y está en una parte buenísima.

Don Carlos Bernabé no había visto una teleserie en treinta años.

Su entretenimiento consistía en mirar la basura ajena y fantasear con las viejas del barrio que aún se mantenían “culeables”, como decía él.

Pero su instinto de depredador se activó al instante.

Si decía que no, la visita podría terminarse.

Si decía que sí, ganaba otra hora en el paraíso.

—¡No me digas! —exclamó el viejo, fingiendo una sorpresa mayúscula y llevándose una mano al pecho—. ¡Pero si yo soy fanático de esa novela! No me la pierdo nunca, aunque a veces me toca escucharla por la radio mientras trabajo. ¡Justo hoy pensaba que me iba a perder el capítulo!

Los ojos de Gabriela se iluminaron.

—¿En serio? ¡No lo puedo creer! —rio ella, encantada con la coincidencia—. ¡Qué maravilla! Entonces tenemos que verla juntos. Póngase cómodo, don Carlos, que ya va a empezar.