Gabriela TP, Capítulo XII (Gabriela, Torbellino de Pasiones nº 12) 5
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Pero la perfección, como bien sabía don Carlos Bernabé desde su puesto de vigilancia en la vereda, es frágil. Y él estaba esperando el momento exacto, el descuido preciso, para dejar de ser el guardián y convertirse, finalmente, en el tercer amante de Gabriela.

Fue un jueves por la tarde, uno de esos días grises y tranquilos donde el tiempo parece estancarse en el condominio.

Gabriela estaba de pie en su sala, observando hacia su jardín, esperando que el hervidor hiciera el “clek” para prepararse una taza de té.

Miró por la ventana hacia la calle y allí lo vio, como casi siempre.

Don Carlos Bernabé, con su cotona azul desgastada, estaba barriendo las mismas hojas que parecían caer solo para que él tuviera una excusa para estar ahí.

Una punzada de culpa, mezclada con una gratitud inmensa, le atravesó el pecho.

«Es increíble —pensó, mordiéndose el labio inferior—. Ese hombre se pasa el día trabajando y vigilando, dispuesto a distraer a mi suegra por si se aparece, cubriéndome las espaldas con César. Y yo ni siquiera he tenido un gesto decente con él.

Desde que borró todas esas fotos de su celular me trata como a una sobrina, o como a una amiga de verdad, y yo lo tengo ahí afuera, en el frío. En todo este tiempo, si hubiera querido aprovecharse como el principio, ya lo habría hecho.»

Y sí, Gabriela, a los días después de que el viejo borrara todo ese comprometedor material que había tenido guardado en su celular —de ella y de don Braulio—, había esperado que le saliera con una nueva jugada mal intencionada para sacar provecho, pero la realidad la había desarmado por completo:

el viejo había sido todo lo contrario a un villano.

Lejos de amenazarla, se había transformado en su aliado más leal, casi en su mejor amigo.

Esta nueva dinámica había provocado un cambio radical en la postura de Gabriela hacia él; su guardia había bajado hasta el suelo, reemplazando el miedo y el asco inicial por una confianza ciega y una lástima mal entendida.

Ya no veía al depredador que la acechaba, sino a un pobre viejo solitario que se desvivía por su felicidad.

Fue entonces cuando la idea se le formó en la mente con la fuerza de una revelación moral.

Le parecía inconcebible, casi grosero, seguir aceptando su protección y sus coartadas sin ofrecer nada a cambio.

No dinero, porque en su inocencia creía que él se ofendería, tampoco acostándose con él, en agradecimiento, porque una infamia así no pasaba por su mente, sino un gesto de auténtica calidez humana.

Por ende, sin pensarlo dos veces, impulsada por esa gratitud ciega que don Carlos había cultivado tan meticulosamente para tenderle la trampa perfecta, Gabriela abrió el ventanal y salió a su antejardín.

—¡Don Carlos! —lo llamó, alzando la voz lo suficiente para que la escuchara.

El viejo barrendero se detuvo en seco. Levantó la vista, y al verla, esa máscara de viejo bonachón se ajustó automáticamente en su rostro.

—¡Dígame, mi rubia! ¿Pasa algo? ¿Viene la bruja de su suegra? ¿Quiere que vigile mientras usted sale un ratito? —preguntó, listo para entrar en acción.

Gabriela rio suavemente, negando con la cabeza.

—No, no, nada de eso. Está todo tranquilo.

Es solo que… —Dudó un segundo, sintiendo que estaba rompiendo una barrera invisible, invitando al lobo a cruzar el umbral no por necesidad, sino por gusto—.

Estaba por prepararme un té y pensé… ¿No le gustaría pasar un ratito?

Hace frío afuera y quería invitarle una taza y unas galletas.

Como agradecimiento por…, bueno, por todo.

El tiempo pareció detenerse para don Carlos Bernabé. Ahí, parado en la vereda con la escoba en la mano, sintió una descarga eléctrica recorrerle la espina dorsal, más potente que cualquier trago de aguardiente. Su corazón, viejo y curtido en la astucia, dio un vuelco violento.

«¿Esta zorra me está invitando a entrar? —pensó, incrédulo—. ¿Ella sola? ¿Por voluntad propia?»

No era una emergencia. No era para esconderse de nadie.

Era una invitación social. Gabriela, la rubia inalcanzable, la esposa de un hombre serio y trabajador, la rubia amante del soldador, le estaba abriendo la puerta de su castillo por las buenas.

Por dentro, el viejo sintió una euforia oscura y pegajosa expandirse en su pecho.

Sabía exactamente lo que eso significaba.

Ya no era el sirviente, ni el cómplice que espera afuera, tampoco el jardinero que ayudaba a todo el condominio.

Estaba entrando en el círculo íntimo de ella. Estaba entrando en "tierra derecha".

«Pobre ilusa —se dijo a sí mismo, mirándola a los ojos desde la distancia, mientras una erección traicionera y dolorosa comenzaba a despertar bajo la tela sucia de su pantalón—. Cree que me está pagando los favores con una taza de agua caliente y galletas, pero me está dando la llave maestra.

Me está dejando entrar a su mesa, a su confianza absoluta. Y una vez que esté adentro, sentadito frente a ella… ya no habrá vuelta atrás.»

Don Carlos Bernabé disimuló su triunfo con una maestría de actor consumado. Se quitó el desteñido gorro de lana con pom-pom que andaba trayendo puesto con humildad, bajando la cabeza como si el honor fuera demasiado grande para él.

—Vaya, Gabita, eso sí que no me lo esperaba —dijo, con la voz temblorosa de emoción fingida—. Sería un honor, de verdad. Un agüita caliente me vendría de maravilla para los huesos. Pero… ¿no le molesta? Mire que ando con la ropa de trabajo.

—¡Por favor, don Carlos! No diga tonterías —insistió Gabriela, acercándose más a la reja—. Usted es mi amigo. Pase, la reja está abierta.

El viejo barrendero bajó la vista hacia su cotona azul manchada de polvo y grasa, y negó con la cabeza con una firmeza teatral.

—No, no, rubia. Me daría vergüenza entrar a tu palacio con estas fachas.

Tu siempre estás tan impecable… No podría perdonarme ensuciarte el piso o que me veas así de desaliñado en tu propia mesa.

—Levantó un dedo, pidiendo una pausa—. Deme cinco minutos.

Voy a mi cuarto, me lavo las manos, me cambio la camisa y vuelvo… Voy y vuelvo, te lo prometo.

Gabriela sonrió ante la humildad del hombre.

—Está bien, don Carlos. Lo espero entonces. Pero no tarde, eh.

Don Carlos Bernabé dio media vuelta y caminó por la calle dándole la espalda a Gabriela con un paso que intentaba ser mesurado, pero que por dentro era un galope.

Apenas dobló la esquina, fuera de la vista de Gabriela, su postura de viejo humilde se desmoronó.

Se enderezó, apretó los puños y soltó una risa seca, gutural, que se perdió en el viento de la tarde.

—¡Me invitó! —susurró, con los ojos inyectados en una mezcla de incredulidad y triunfo—. ¡La muy putita me invitó a tomar el té!

Caminó rápido hacia su cuartucho, sintiendo la sangre bombearle en las sienes.

Sabía perfectamente lo que estaba pasando.

No era solo un té. Era la validación de semanas de trabajo fino, de mentiras tejidas con paciencia de artesano.

Esa rubia le estaba abriendo la puerta de su intimidad doméstica, el último bastión que le faltaba conquistar antes de llegar a su cama.

Al entrar en su habitación, el olor a humedad y encierro lo golpeó, pero hoy le pareció el aroma de la victoria.

Se quitó la cotona con manos temblorosas, arrojándolo a un rincón.

Mientras se lavaba la cara y las manos en el pequeño lavabo manchado, se miró en el espejo roto.

Vio a un hombre viejo, arrugado, pero que en sus ojos brillaba la llama de un depredador joven.

«Cálmate, viejo zorro —se dijo a sí mismo, salpicándose agua fría en la nuca—. Cálmate. No vayas a cagarla ahora.»

La tentación era brutal. La idea de tenerla sola en su cocina, de olerla, de tocarle "accidentalmente" la mano al recibir la taza, le hacía hervir la sangre.

Su verga, despertada por la invitación, latía pesada y dura contra su muslo.

Podía imaginarse empujándola contra la mesa, levantándole la falda, tomando lo que tanto deseaba allí mismo, violársela si es que era necesario.

Pero don Carlos Bernabé no era un novato. Sabía que la precipitación era la madre del fracaso.

«Aún no —se advirtió, mientras se ponía su mejor camisa a cuadros, abotonándola hasta el cuello para ocultar la piel flácida—. Si te lanzas hoy, la asustas. Si intentas algo hoy, se acabó el juego. Hoy eres el amigo. El confidente. El viejo inofensivo que solo quiere su compañía. Ahora si ella,

por voluntad propia, quiere pasarme el sapo y dejar que le meta la verga, esa es otra historia —fantaseaba.»

Se peinó con esmero, aplastando los pocos pelos grises con agua y gel, y se roció generosamente con su colonia inglesa barata, esa que guardaba para ocasiones especiales.

«Paciencia —se repitió mientras salía de su cuarto y cerraba con llave—. Hoy ganas terreno. Hoy te metes en su cabeza un poco más. Hoy haces que se sienta tan cómoda contigo que la próxima vez…, la próxima vez sea ella la que te pida que te quedes más tiempo… Y capaz que, en una de esas,

hasta me la culee hoy mismo.»

Caminó de vuelta hacia la casa de Gabriela, sintiendo cada paso como una marcha triunfal.

La anticipación le hacía cosquillas en el estómago.

Iba a entrar. Iba a sentarse en su mesa.

Iba a ser parte de su mundo. Al llegar frente a la reja, se detuvo un segundo para componer su máscara.

Respiró hondo, relajó los hombros, encorvó un poco la espalda y ensayó su sonrisa más inofensiva y paternal.

«Aquí vamos, mi rubia —pensó, mientras su dedo pulsaba el timbre—. Abre la puerta, que tu mejor amigo ha llegado.»

Minutos antes, Gabriela, apenas vio al viejo alejarse con paso sorprendentemente ágil hacia la zona de los contenedores, cerró el ventanal.

En lugar de quedarse en la cocina para preparar esa tertulia con don Carlos Bernabé, caminó hacia el pasillo y subió las escaleras hacia su dormitorio.

No lo hizo con ninguna intención oculta; no había en ella un deseo consciente de seducir al viejo barrendero.

Era, simplemente, su naturaleza. Gabriela era una mujer que no sabía existir sin ser femenina, o sin sentirse hermosa.

La coquetería era para ella tan natural como respirar, un hábito arraigado mucho antes de conocer a don Braulio o a César.

Al entrar en su habitación, decidió que la falda y la blusa que llevaba, aunque cómodas, ya estaban un poco ajadas por el ajetreo del día.

Abrió su armario y sus dedos se deslizaron sobre las telas hasta encontrar uno de sus vestidos hogareños favoritos.

Era una prenda sencilla de algodón suave, color durazno pálido, de esos que parecen inocentes colgados en la percha pero que, en el cuerpo de una mujer como ella, se transformaban en una segunda piel cargada de intenciones que ella misma ignoraba.

Se quitó la ropa rápidamente y se deslizó dentro del vestido.

La tela cayó sobre ella abrazando cada centímetro de su anatomía con una fidelidad devota.

Se paró frente al espejo de cuerpo entero y se observó, girando levemente.

El vestido, aunque de corte simple y falda hasta la rodilla, tenía un escote redondo que dejaba respirar la piel dorada de su pecho, insinuando la curva firme y generosa de sus senos sin mostrar demasiado, pero prometiéndolo todo.

La tela se ceñía a su cintura estrecha, marcando esa curva peligrosa que se ensanchaba luego en unas caderas poderosas y redondas, caderas de hembra hecha y derecha, diseñadas para el deseo.

Al moverse, el algodón se tensaba sobre sus nalgas firmes y respingonas, dibujando su contorno con una precisión casi obscena, y sus muslos torneados se adivinaban sólidos y fuertes bajo la caída de la falda.

Era una visión de sensualidad doméstica, una mezcla explosiva de ama de casa y diosa del erotismo.

Se sentó frente a su tocador y se miró en el espejo.

Se acomodó el cabello rubio, dejando caer unos mechones estratégicos sobre el cuello, y tomó un brillo labial suave.

Se lo aplicó con delicadeza, frunciendo los labios carnosos al final para evaluar el resultado.

Luego, se roció un poco de perfume en las muñecas y en el valle entre sus pechos.

«Es solo una visita —se dijo, alisándose la tela sobre el vientre plano—. Pero una visita merece ser bien recibida.»

Gabriela, diciéndose lo anterior, no se daba cuenta de que, para un hombre como don Carlos Bernabé, esos pequeños detalles —el vestido marcando sus curvas, el aroma a flores, el brillo en sus labios— no eran cortesía, sino gasolina pura para un incendio en su mente cachambrienta.

Diez minutos después, el timbre sonó. Gabriela bajó con toda naturalidad y abrió la puerta.

Don Carlos estaba ahí, igual de ordinario y vulgar que siempre, pero intentando verse un poco más a la altura.

Se había quitado la cotona azul y llevaba unos pantalones de tela marrón algo gastados pero planchados, y una camisa a cuadros abotonada hasta el cuello.

Se había peinado el escaso cabello con agua y gel, y un olor fuerte a colonia lo envolvía como en una nube.

—Adelante, don Carlos. ¡Qué elegante! —le dijo Gabriela, haciéndose a un lado con una sonrisa luminosa.