Gabriela TP, Capítulo XII (Gabriela, Torbellino de Pasiones nº 12) 4
57%

4

Terminaron el vino entre bostezos y comentarios sobre los vecinos, sobre el vestido de la señora del presidente de la junta y sobre lo mala que estaba la música al principio. La normalidad doméstica se asentaba sobre ellos como una manta pesada, cubriendo las grietas de la traición.

—Vamos a la cama —dijo finalmente César, dejando las copas vacías en la mesa de centro—. Estoy muerto.

Subieron las escaleras apagando las luces a su paso.

Al entrar al dormitorio matrimonial, el corazón de Gabriela dio un vuelco.

La cama estaba hecha, con la colcha limpia que ella había puesto apresuradamente antes de irse.

A simple vista, era el lecho de un matrimonio feliz.

Pero ella sabía. Sabía que el colchón aún guardaba la memoria del peso de don Braulio, que el aire aún conservaba moléculas invisibles de su pasión prohibida.

—César —dijo Gabriela, deteniéndose antes de desvestirse, sintiendo de pronto una urgencia física y moral—. Me voy a dar una ducha rápida. Me siento pegajosa por el baile y el humo de la fiesta. No quiero acostarme así.

—¿A estas horas? —preguntó él, ya desabrochándose la camisa—. Bueno, no tardes. Yo ya me voy metiendo al sobre.

Gabriela entró al baño y cerró la puerta con pestillo.

Se quitó el vestido negro, dejándolo caer al suelo como una piel que ya no necesitaba, y se deshizo de la tanga.

Al mirarse en el espejo, vio un rastro de semen seco en sus muslos.

Abrió la ducha y se metió bajo el agua caliente.

Frotó su piel con delicadeza, lavando el sudor y el olor a tabaco y sexo ajeno.

Se lavó entre las piernas meticulosamente, dejando que el agua se llevara los restos de don Braulio por el desagüe.

Era un acto de limpieza, pero también de extraña lealtad.

Amaba a César, a su manera retorcida y egoísta, y la idea de acostarse junto a él, piel con piel, llevando todavía dentro suyo la semilla del soldador, le parecía una falta de respeto que ni siquiera ella podía permitirse.

Quería volver a ser, al menos por unas horas, solo su esposa.

Salió del baño envuelta en vapor, oliendo a jabón de lavanda y a inocencia fingida. Se puso su pijama de seda y se deslizó bajo las sábanas. Sintió un escalofrío. Eran suaves, frescas, pero su piel, aunque limpia, aún ardía al contacto con el recuerdo.

César se reacomodó a su lado, apagó la lámpara de su mesita y se acercó para darle un beso de buenas noches en la frente, aspirando su aroma a recién duchada.

—Mmm, hueles rico. Descansa, cariño. Te ves preciosa, hasta cuando duermes.

—Descansa tú también, César —respondió ella en un susurro.

César se giró, dándole la espalda para acomodarse, y en pocos minutos su respiración se volvió profunda y rítmica.

Gabriela se quedó despierta, mirando la oscuridad del techo.

Su cuerpo estaba agotado y limpio, pero su mente era un caos turbulento.

A su lado, su esposo dormía tranquilo, confiado en la pureza de su mujer.

Dentro de ella, el recuerdo físico de don Braulio seguía palpitando en su memoria, imborrable.

Y en su mente, la sonrisa cómplice de don Carlos Bernabé brillaba en la oscuridad.

Estaba acostada en la escena del crimen, junto a la víctima, limpia por fuera, pero manchada por dentro.

Sin embargo, mientras cerraba los ojos, una sonrisa involuntaria se dibujó en sus labios.

No sentía arrepentimiento. Sentía que, por fin, su vida tenía el color intenso que siempre había deseado, aunque ese color fuera el rojo de la culpa y el peligro.

Los días posteriores al bingo bailable se deslizaron sobre el condominio con una normalidad engañosa, como una capa de pintura fresca sobre una pared agrietada.

Para el mundo exterior, la vida seguía su curso: los niños iban al colegio, los maridos al trabajo y las esposas cuidaban de sus hogares.

Pero para los protagonistas de este drama oculto, cada día era un movimiento más en un tablero de ajedrez invisible.

Don Carlos Bernabé se había convertido en una sombra constante y benévola alrededor de la casa de Gabriela.

Ya no era el barrendero que pasaba de largo; ahora era el guardián de la puerta, el centinela de los secretos.

Una mañana de martes, mientras Gabriela sacaba la basura, se encontró con él barriendo las hojas secas de la acera con una dedicación casi artística.

—Buenos días, mi rubia favorita —saludó el viejo, deteniéndose y apoyándose en el mango de su escoba como si fuera un bastón de mando—. ¿Cómo amaneció hoy? ¿Tranquila?

Gabriela le sonrió genuina, una sonrisa que le nacía de la gratitud. Desde la noche del bingo sentía que le debía la vida, o al menos su estabilidad sentimental.

—Buenos días, don Carlos. Sí, tranquila. César se fue temprano y… bueno, aquí estamos, empezando el día.

El viejo asintió, mirando hacia ambos lados de la calle con ojos de águila.

—Haces bien en estar tranquila. Yo he estado echando un ojo. Ayer vi a tu suegra, la señora Romina, merodeando por la otra calle, como buscando excusa para venir a molestar.

Gabriela sintió un nudo en el estómago.

—¿De verdad? Ay, Dios… Si viene hoy, se va a encontrar con que todavía no hago el almuerzo.

Don Carlos soltó una risita rasposa y le guiñó un ojo.

—No te preocupes, rubia. Yo me encargo. Si me cruzo con ella "casualmente" le diré que te vi salir temprano hacia el centro, que fuiste a hacer unos trámites bancarios urgentes y que no volverás hasta la tarde. Y si se me pasa te envío un mensajito poniéndote de sobre aviso

Gabriela suspiró, llevándose una mano al pecho.

—Don Carlos, no sé cómo pagarle todo eso que hace por mí. De verdad, me salva la vida.

El viejo barrendero se encogió de hombros, restándole importancia con falsa modestia, aunque por dentro disfrutaba cada palabra de agradecimiento como si fuera una caricia.

—Para eso estamos los amigos, Gabita. Para cuidarnos las espaldas. Tú vive tu vida, disfruta de tus amores, que de los intrusos me encargo yo.

Y así pasaban los días. Don Carlos tejía su red con paciencia de araña, ganándose centímetro a centímetro la confianza ciega de Gabriela.

Se convertía en indispensable. Si ella necesitaba ir al taller de don Braulio para un encuentro fugaz de besos y toqueteos rápidos detrás de una estantería, don Carlos le avisaba si la costa estaba despejada.

Si César llegaba antes de tiempo, don Carlos encontraba la manera de interceptarlo en la entrada con alguna historia sobre el jardín, el clima, o una eventual reparación en su casa, dándole a Gabriela esos minutos preciosos para componerse.

Mientras tanto, en el taller de soldadura, la paciencia de don Braulio se erosionaba como metal oxidado.

El recuerdo de la noche del bingo, de tenerla en su propia cama, de marcarla con su semen, se había convertido en una droga que necesitaba volver a consumir.

Los encuentros furtivos de cinco a diez minutos no le bastaban; quería más.

Quería poseerla de nuevo, con tiempo, sin ropa, sin prisas.

—Maldita sea —gruñía golpeando el metal con el martillo, imaginando que era la barrera que lo separaba de Gabriela—. Necesito cogérmela otra vez. Necesito que grite mi nombre.

Y César… César vivía en la ignorancia más absoluta y feliz.

Llegaba a casa cada tarde, besaba a su esposa, cenaba con ella y le contaba su día, sin notar que la mujer que tenía enfrente vivía en dos mundos paralelos.

No veía la ansiedad en sus ojos, ni la complicidad extraña que tenía con el barrendero. Para él, su vida era perfecta.